Mes: marzo 2018

EDUCAR A UNA NIÑA EN UN MUNDO MACHISTA

Hija, eres una bebé preciosa, un bombón, pero también eres fuerte y una campeona.
Hija, te visto de rosa, de verde, de rojo y de azul. Porque no hay colores para niñas y colores para niños. Porque no hay por qué diferenciaros por lo que lleváis puesto.
Hija, puedes jugar al fútbol, a las muñecas, a ser princesa o guerrera. A lo que te haga feliz.
Hija, si te gustan las barbies está bien, y si te gustan los coches también.
Hija, no tienes que ser delicada. Puedes ser valiente, jugar a luchar y mancharte. Ah y si un niño te pega no es porque te quiere. 
Hija, eso que haces si no es de señoritas tampoco es de señoritos. Si está mal, está mal para todos.
Hija, puedes jugar al baloncesto y odiar bailar, no hay actividades de niñas y de niños.
Hija, puedes vestirte como te de la gana, con vestido, con pantalones, con chándal, con falda…con lo que te haga sentir más cómoda.
Hija, si te apetece depilarte y usar sujetador está muy bien, pero si no quieres hacerlo también lo está. Haz lo que te haga sentir bien a ti. Que no te importe lo que piensen los demás.
Hija, no tienes que ser como esas que salen en la tele, ni estar delgada. Deberías cuidar tu alimentación y hacer ejercicio para estar sana. Tú ya eres bella como eres, que nadie te haga creer lo contrario.
Hija, no tienes por qué maquillarte ni usar tacones. Eres perfecta tal cual eres. Pero si decides usarlo está genial. Que nadie te diga lo que tienes que hacer con tu cuerpo.
Hija puedes estudiar lo que quieras, puedes ser ingeniera, futbolista, médico o directora. Que nadie te diga hasta donde puedes llegar.
Hija, no tienes por qué echarte novio. Tú ya estás completa. Pero si encuentras a alguien con quien compartir tu vida que sea alguien que no piense que es superior a ti o que eres de su propiedad. Los celos no indican amor. 
Hija, no permitas que nadie te controle tu vida, ni que te diga con quien puedes juntarte o en que gastarte tu dinero. Quien bien te quiere no te hará llorar.
Hija, puedes acostarte con quien te apetezca. Pero también puedes decir que no siempre que quieras. No tienes obligación de complacer a nadie. Tienes derecho a cambiar de opinión. Tu cuerpo es tuyo y siempre puedes decidir que hacer con él, quien puede tocarlo y quien no.
Hija, no tienes que ser madre si no te apetece. Si lo decides estará genial también. Haz con tu vida siempre lo que te diga el corazón.
Hija, si decides tener hijos edúcalos por igual si son niñas o niños pero enséñales que el mundo en el que vivimos no es igual para todos y que ser niña es mucho más difícil.
Hija, nunca dejes de luchar por un mundo más justo para todos.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


9 MESES DENTRO 9 MESES FUERA O LA EXTEROGESTACIÓN

“El cuerpo de la madre es la mejor máquina jamás inventada: aporta nutrición, temperatura, glucosa, desarrollo cerebral, optimismo y salud con el mínimo coste” Nils Bergman
Mi hija ha hecho 9 meses. Los nueve meses se corresponden más o menos con la edad en que un bebé comienza a gatear y marcan un hito muy importante en el desarrollo del niño. Veamos por qué.
El bebé humano nace prematuro. Somos la única especie, en la que las crían nacen totalmente desvalidas y dependientes. No tienen nada de lenguaje, no pueden moverse ni desplazarse. Esto ocurrió gracias a que pasamos de movernos a cuatro patas a ponernos de pie lo que estrechó la pelvis de la mujer que junto a cerebros cada vez más grandes imposibilitaban un parto de un bebé más mayor.
¿Y a dónde quiero llegar con todo esto? A que los bebés necesitan para su correcto desarrollo seguir viviendo de la forma más parecida posible a la que tenían cuando estaban en el útero, ya que están inmaduros y su cerebro está terminándose de desarrollar.
¿Y cuáles son esas cualidades? Calor. Olor. Movimiento. Ruido. El bebé en el útero se encuentra siempre recogido y abrazado. Eso le da seguridad y bienestar, por eso no es capricho de los bebés querer estar en brazos. No les hemos acostumbrado a eso. No son unos listos porque reclaman eso una y otra vez. Es que lo tienen en sus genes y sirve para algo. Portear a un bebé en una mochila es la forma más cómoda para un adulto de poder ir con un bebé a cuestas. Todos los bebés se quejan cuando los dejamos en el carro y se callan cuando los cogemos en brazos. ¡No saben nada! Decimos irónicamente. Efectivamente lo saben todo.
En el útero también tienen comida a demanda. Las recomendaciones de hace años eran dar el pecho o el biberón cada tres horas e ir espaciando las tomas. Las nuevas recomendaciones hablan de darlo a demanda, es decir siempre que el niño quiera, lo más parecido a lo que sentía el bebé en la tripa.
Alrededor de los nueve meses los bebés comienzan a gatear y quieren estar menos en brazos y más tiempo descubriendo el mundo. Pueden seguir a mamá y desplazarse por sí mismos. Evidentemente esto no significa que ya no necesiten contacto, brazos, alimentación a demanda… sino que poco a poco irán hacia esa independencia que tanta prisa tenemos los adultos porque adquieran.
Podemos relajarnos, no los vamos a malacostumbrar, sino todo lo contrario. Les vamos a dar las mejores condiciones para que se sientan totalmente seguros el día de mañana y puedan volar, para que se desarrollen de la mejor forma posible. De lo contrario, estaremos consiguiendo justo lo que no queríamos, que el niño se vuelva más dependiente, que quiera compensar lo que no tuvo y se pasará el tiempo buscando ese contacto, ese calor, esos brazos que le faltaron, de todas las formas posibles y con las estrategias que tienen y que tan poco nos gustan, como llamadas de atención, rabietas y demandas constantes.
Démosles a los bebés lo que necesitan cuando son bebés y así no tendremos que preocuparnos por esos adultos que se pasen la vida buscando aquello que no tuvieron.

MATERNIDAD Y FEMINISMO

“Para mí lo realmente subversivo es la revolución amorosa que pone en el centro de la lucha feminista los cuidados y los afectos” Coral Herrara
Feminismo, por si aún queda algún despistado por ahí, es querer la igualdad para hombres y mujeres. Así que, antes que nada, todas deberíamos decir bien alto y bien claro que nos consideramos feministas.
Dentro del feminismo, como pasa en todos lados, hay diferentes posturas. Una de ellas se posiciona en contra de que las mujeres se queden en casa cuidando de los bebés. Dicen que nuestras madres lucharon para conseguir entrar en el mercado laboral y ahora nosotras volvemos a casa a ser esclavas de la crianza y la limpieza del hogar. Hablan de dar biberón para que así la mujer pueda dormir y todo se reparta al cincuenta por ciento, y de escuelas infantiles para que la mujer empiece cuanto antes a trabajar. Esa es su igualdad ideal.
De lo que se están olvidando algunos, es de que los bebés no entienden de igualdad. Entienden de estar nueve meses en un cuerpo que han olido, sentido, oído, escuchado y que es el que necesitan. Pero como suele pasar, lo que necesitan los bebés pasa a un segundo plano. Normalmente el bebé crea un vínculo con la madre, que le da el pecho o pasa más tiempo con él. No se trata de ser iguales respecto a la crianza del bebé, no es necesario, porque resulta que hay mil cosas que un hombre puede hacer para que la cosa sea igualitaria.
Mientras la mamá da el pecho, el papá puede hacer el baño. Mientras la mamá duerme al bebé el papá puede preparar la cena. Puede dar un paseo al bebé para que la mamá duerma la siesta. Pero la idea no está en maternar a partes iguales sino en ser un equipo. Que la mamá no tenga que dar el pecho, dormir al beé, hacer el baño, sacar al bebé de paseo, hacer la cena y todo esto ¡sin dormir!
Nos hemos creído que el trabajo fuera de casa nos hace libres. Y nos la han colado pero bien. Ahora trabajamos fuera de casa por unos sueldos indignos y además seguimos encargándonos más de las tareas de la casa y los niños. No lo digo yo, lo dicen todas las encuestas. Hemos pasado de ser esclavas de nuestra casa a ser esclavas de un sistema que además nos paga peor que a ellos.
Muchas mamás dejan a sus bebés llorando (los bebés y las mamás) en las escuelas infantiles porque se les acaba la baja. Algunas apenas perciben 200 euros porque el resto se va a a la escuela o a la cuidadora, casi siempre mujeres también.
En mi caso, he trabajado cuidando un bebé en una casa y me han pagado por ello, se paga a mujeres de la limpieza que vienen a tu casa a realizar las tareas. Con lo cual cuidar es trabajar.
El problema es que a las mamás que queremos quedarnos en casa cuidando de la casa y de los niños nadie nos da un duro (quien tuviera dos años de baja como en algunos países). Entonces lo que nos esclaviza no es quedarnos en casa y cuidar a los bebés que es lo que necesitan además. Lo que nos esclaviza es que nadie nos paga por ello. Hablemos claro, es cuestión de dinero. Los cuidados no son el problema, el problema es que son invisibles. Aun así yo elijo cuidar.

EL PAÑAL

“Los árboles no crecen tirando de las hojas” Proverbio japonés

Lucía tiene 3 años, es de diciembre y va a la clase de cuatro años y en cuatro años ya no se puede llevar pañal, hayas nacido en enero o en diciembre. Lucía controla bien el pis pero la caca aún se le escapa. Se la hace encima casi todos los días. La tengo que cambiar entera prácticamente todos los días. Todo porque nadie ha entendido bien que a controlar esfínteres, como a andar o a hablar, no se enseña, se adquiere. Lucía no quiere ir al cole.
Con los niños parece que siempre cuanto antes mejor. Cuanto antes anden, hablen o no usen pañal mejor. Como si eso fuera indicativo de algo. Que no lo es. Como si tuviera que ver con lo que va a ser el niño en el futuro o con su nivel intelectual. Hay niños que andan con siete meses y otros que lo hacen con 18. Hay bebés que duermen nueve horas seguidas (los que menos) y otros que se despiertan cada hora y todos son normales.
Con el control de esfínter pasa lo mismo. Cada niño lleva su proceso y hay que respetarlo. Forzarlo solo nos va a llevar a agravar el problema. A estar más tiempo cambiando al niño de ropa. A generar más presión en él. A desesperarnos y agobiarnos.
Si esperamos al momento en el que el niño está física y psicológicamente preparado, el proceso será más lento y sencillo. No pasa nada por volverle a poner el pañal si nos hemos adelantado. No es una vuelta atrás porque nunca estuvo listo.
En muchas escuelas se fuerza el control de esfínter. La meta es que en la clase de tres años salgan todos sin pañal. Para ello se hacen auténticas barbaridades como tener al niño sentado en el orinal durante largos períodos de tiempo hasta que salga algo. ¡Cómo si eso sirviera para algo!
No es el verano el mejor momento para quitar el pañal porque no pasa nada si se mojan, no son los dos años el mejor momento porque es cuando la mayoría controlan. El mejor momento es cuando el cuerpo del niño esté preparado.
Lo sabremos porque el propio niño será consciente de que tiene ganas de hacerlo y nos lo hará saber. Aseguro que no hay niños de ocho años que prefieran hacérselo encima. En definitiva, dejar el pañal es fácil, no hay que hacer prácticamente nada más que esperar a qué el niño esté preparado.
Ah, y por favor, dejemos de ridiculizar, regañar, o enfadarnos porque al niño se le ha escapado algo. En serio, el niño no desea mojarse ni mancharse. Y además si tanto se escapa, seguramente es porque nos hemos adelantado. Así que si alguien tiene la culpa de algo, como casi siempre con los niños, somos nosotros.

ACOSTUMBRARSE

“Cuando otras personas esperan de nosotros que seamos como ellos quieren, nos obligan a destruir a la persona que realmente somos” Jim Morrison
¡Cuántas veces al día puede escuchar una madre la frase: Se tiene que acostumbrar! Ayer volvimos a matronatación. En el grupo al que asistimos los bebés van con algún familiar a la clase. En el grupo que estaba a nuestro lado están los de dos años que ya van solos. Ayer había un niño allí de dos añitos. Era el primer día que estaba en ese grupo, sin su mamá. Se pasó toda la clase llorando y gritando ¡mamaaaá! Lo estaba pasando realmente mal. No quería meterse en el agua y estaba ya mojado y temblaba de frío. La monitora medio que se reía de él, medio que le regañaba por llorar. Y a mí, que tengo ese don de empatizar hasta el extremo, se me estaba revolviendo todo así que me acerqué educadamente a su monitora y le dije, pobrecito, que venga su madre a por él ¿no? NOOO me dijo, SE TIENE QUE ACOSTUMBRAR.
¿Acostumbrarse a qué exactamente? Me pregunto yo. ¿Acostumbrarse a que da igual que sientas miedo o frío o que necesites a mamá, porque no va a venir? ¿Acostumbrarte quizá a que en los momentos que más necesitas a tu referente no esté? ¿Acostumbrarte a que la vida es dura? Esto lo oigo tantas veces como la frase de: Se tiene que acostumbrar.
Se que estas respuestas en general son expresadas fruto del miedo. Pero no entiendo a qué exactamente tenemos tanto miedo. En este caso, miedo quizá a que el niño nunca quiera bañarse sin su madre. Pero eso no va a pasar. ¿A qué tarde más en adaptarse?
A los niños se les malacostumbra, cuando se les dan golosinas para merendar todos los días. Se les malacostumbra cuando se les compra juguetes para cubrir el tiempo que no estamos con ellos, se les malacostumbra a los gritos y a las humillaciones pero nunca vamos a malacostumbrar a un niño por darle cariño y responder a sus necesidades. A eso es a lo que sí se tienen que acostumbrar.
Un bebé no se tiene que acostumbrar a que no le cojan. Es más cómodo para nosotros que esté sin molestar en una hamaca pero no es mejor. No se tiene que acostumbrar a dormir solo. Llegara el día que quiera hacerlo. No hay niños de 18 años durmiendo con sus padres. Es más cómodo para nosotros que lo hagan desde los seis meses, pero no es mejor.
Un niño no se tiene que acostumbrar a llorar y que nadie le haga caso. Porque como se acostumbre, significa que habrá normalizado que sus necesidades no son importantes. Que no merece ser atendido ni consolado. Que no merece atención. En definitiva que no vale nada.
Porque esos niños serán el día de mañana, esos adolescentes y adultos que se miran al espejo y no se gustan, que no confían en sus posibilidades. Que no se quieren. Y nos echaremos las manos a la cabeza y no sabremos de donde vienen esas inseguridades y esa baja autoestima. Y quizá, ya sea tarde.