Mes: junio 2018

¿POR QUÉ MI HIJA NO LLEVA PENDIENTES?

“No es mi responsabilidad ser bonita. No estoy viva para ese propósito” Warsan Shire
Hacemos muchas cosas a lo largo de nuestra vida que si reflexionáramos mucho sobre ellas, no haríamos. Bebemos leche que para ser extraída ha conllevado sufrimiento animal, compramos ropa la cual lleva detrás explotación de personas y también ponemos pendientes a las niñas. Se ha hecho siempre, no paramos mucho a pensar en ello para que no aparezca la “disonancia cognitiva”, término que me encanta y que tanto malestar nos provoca.
Pero a veces sí nos paramos, pensamos, lo vemos claro y ya no podemos hacer las cosas de otra forma. Y eso es lo que me pasó con el tema de los pendientes de mi hija.
Nos escandalizamos con las mutilaciones que se les hacen en algunos países a las niñas, pero los pendientes sin ser exactamente lo mismo, tienen una base común. Marcar a las niñas desde que nacen, perforándoles su cuerpo con la excusa de que quedan bonitos o de que así se sabe que son niñas (como si eso fuera importante para algo más que para que la gente por la calle no se confunda).
Esos agujeros que les duelen, que se les pueden infectar, que se les puede enganchar, en definitiva, que les hemos hecho en su cuerpo sin su consentimiento, nos parecen bien porque son en las orejas y porque lo hemos decidido nosotros. Si con diez años quieren agujerearse la lengua o el ombligo ya no nos parece tan buena idea, porque los agujeros solo cuando y donde manden los adultos.
He oído de todo. Que mejor ahora que no les duele, como si los bebés fueran insensibles al dolor. Que así no se acuerdan. Como si no acordarte te ahorrara el mal trago. Que ya se los querrá hacer ella de mayor y será peor. No entiendo que sea peor si es su decisión. Y me han preguntado ¿y si luego se los quiere hacer? Pues que se los haga obviamente, es su cuerpo y puede agujereárselo si quiere y donde quiera.
Además el tema de los pendientes en las niñas lleva implícito algo más profundo. Algo muy machista. Relacionado con el respeto al cuerpo. Queremos educar a las niñas en que su cuerpo es suyo, que nadie puede tocarlo sin su consentimiento pero les obligamos a dar y recibir besos que no quieren y les hacemos pendientes. Todo una gran contradicción.
Y no, no es una crítica a los papás que han decidido hacerlo. Entiendo que cada uno es libre para tomar las decisiones que quiere y que se hace en base a la información y circunstancias que se tiene. Solo es una invitación más a reflexionar sobre lo que hacemos por costumbre, porque todo el mundo lo hace y que quizá viéndolo desde otra perspectiva podría cambiar nuestra forma de hacer las cosas.
¿Y vosotros qué pensáis? ¿Si volvierais atrás se los haríais a vuestras hijas?

POR FAVOR, NO SENTÉIS A LOS BEBÉS

“El niño que llega a algo por su propio medio adquiere conocimientos de otra naturaleza del que recibe la solución totalmente elaborada.” Emmi Pikler

El otro día contaba mi experiencia en la escuela tradicional y como me llevó a acabar descubriendo las pedagogías alternativas, que cambiaron mi vida. Entre todo lo nuevo que fui descubriendo, hubo algo que me conquistó y que a día de hoy me parece importante y necesario para cualquier papá, pediatra o profesional de la educación infantil. Es Pikler o el movimiento libre.
Emmi Pikler fue una pediatra que trabajó durante muchos años en Budapest con niños sin hogar. En el orfanato pudo estudiar el movimiento de los bebés y su desarrollo en libertad, sin intervención adulta. Y de esos estudios nace lo que hoy llamamos movimiento libre, y que por desgracia tantos profesionales aún desconocen.
Pikler dice que la posición de la que parten los bebés es boca arriba. De ahí aprenderán a darse la vuelta, después reptarán, para más tarde gatear, sentarse, ponerse de pie y andar. Parece sencillo y obvio, pero la realidad es que hoy en día hay muchos niños, muchísimos diría yo, que no gatean, que no reptan y que se pierden una gran cantidad de aprendizajes en su desarrollo motor. Esto ocurre por varias razones.
Desde la desinformación que existe aún hoy, en muchas consultas pediátricas se insiste en poner a los bebés boca abajo cuando son muy pequeñitos, con intención de que fortalezcan el cuello, una postura que no les suele gustar nada, ya que no suelen estar preparados. También se mira como un logro cuando el bebé se sienta con apoyo, cosa que hace que muchísimos adultos sienten a los bebés cuando sus espaldas aún no están preparadas.
¿Y qué ocurre cuando les sentamos? Lo primero aclarar que no es bueno porque forzamos su columna que evidentemente no está preparada, cosa que vemos claramente porque se caen para los lados y hacia atrás. Lo segundo es que como no es una postura a la que han llegado por ellos mismos, lo que suele ocurrir cuando empiezan a gatear, no pueden salir de ella. Un niño que se ha aprendido a sentar, sabe volverse a tirar al suelo a gatear o reptar. Un niño al que se le sienta se queda bloqueado, no puede moverse, depende de nosotros para cambiar de postura por lo que se pierden un montón de movimientos, pasando muchas veces directamente a andar desde la postura sentado, hasta “culear”, moverse arrastrando el culo desde la posición sentado. En las escuelas y muchas familias que desconocen esto, sientan a los bebés alrededor de los seis meses y ahí se pasan jugando los niños mucho tiempo. Pikler en sus estudios demostró que el niño es movimiento y que cambia de postura muchísimas veces. Estar en la misma postura jugando para un bebé es completamente antinatural. Pero claro, no pueden hacer otra cosa, porque no pueden salir de esa posición.
Además pasa otra cosa, si sentamos a un niño a jugar sentado, obviamente rechazará que le tumbes. La visión en vertical les gusta más, entonces ya no quieren estar jugando boca arriba ni boca abajo, ni reptar, que es lo que les toca por su edad. Y esto puede hacer que se pierdan todo lo demás.
Lo mismo ocurre con ponerlos de pie. Si lo pongo de pie agarrado a un mueble antes de que él lo haya logrado, lo primero es que estoy forzando sus piernas que no están preparadas, y lo segundo es que se quedará ahí sin poder moverse hasta que alguien lo cambie de postura. En cambio si él logro arrodillarse y ponerse de pie, aprenderá también a bajar.
Igualmente ocurre con el andar. A los niños no hay que enseñarles a andar. Lo harán cuando estén preparados. Dar las manos a los bebés en alto para que den pasitos, además de que es fulminante para nuestras espaldas, no les enseña a andar bien, no es desde su iniciativa cuando están preparados, dependen de nosotros para desplazarse y además pasa igual que con lo de sentarlos, si lo hacemos pueden después rechazar gatear y solo querer que les lleves andando tú.
En el instituto Pikler, el cien por cien de los niños gateaban. En libertad, con posibilidad de movimiento y sin intervención adulta los niños gatean y hacen todas las posiciones por ellos mismos, antes o después. Así que por favor, ¡no sentéis a los bebés!

YO TAMPOCO QUERÍA IR AL COLE

“No puedo enseñar así por más tiempo. Si os enteráis de algún trabajo en el que no tenga que hacer daño a los niños para ganarme la vida, hacédmelo saber.” John Taylor Gatto
Rocío tiene 20 años, acaba de terminar la carrera y no puede creerse que va a empezar a trabajar en un cole de infantil como tutora. Es su sueño. Tiene mil ideas y está emocionada, pero cuando lleva un mes allí ya no está tan contenta y no entiende por qué. Pasan los meses y cada vez tiene menos ilusión. A pesar de que los niños la adoran, ella no está bien. Se siente estresada, cansada, ha empezado a tener problemas con las compañeras, con la jefa y a tener crisis de ansiedad. La gente le dice que es normal, que ya se acostumbrará. Aguanta allí tres años hasta que un día no puede más y decide dejar atrás el que creía su sueño y no volver más. Rocío tampoco quería ir al cole.
A pesar de que la carrera de magisterio deja mucho que desear y de que está anticuada en metodologías y demás formas de hacer, creo que todas salimos de allí con ilusión y ganas de cambiar las cosas, de por fin tener un aula con niños y disfrutar de la profesión. Pero somos muchas las que nos damos de bruces con la realidad de un sistema educativo que deja poco margen de actuación, que tiene muchas trabas y que nos pone muchas zancadillas para disfrutar de verdad de estar con los niños.
Esta es mi experiencia y cada una tendrá la suya, pero me consta que muchas cosas se están haciendo mal en muchos sitios. Que no era la única que lo estaba pasando mal. Que hay mucha gente que quiere huir de las escuelas infantiles y mucha que no puede.
29 niños de 4 años en muy pocos metros cuadrados es muy estresante. Tienes varias opciones: coges el rol de sargento, los tienes firmes y callados para que no se te descontrolen, o tomas el rol de animadora que tanto me disgusta, de estar cantando y haciendo teatro todo el día para que estén entretenidos y tampoco se te descontrolen. Y luego está la opción 3, que fue la que acabó conmigo y me trajo problemas. Dejar que se descontrolen, que jueguen, que salten, que se peleen, que hagan trenes con las sillas, castillos con las mesas, que no vayan en fila, que coman lo que quieran… Eso sí, las tres son agotadoras por igual, aunque unas mejores que otras.
Lo peor era bajar a la piscina. Todos los días me decían que nos iban a poner un ayudante, pero acabó el curso y nunca vino. Bajaba con los 29, los desvestía, se bañaban y luego tenía que vestirlos a todos, en media hora, con el calor del vestuario, mientras camisetas y calcetines volaban por los aires y se mezclaban unos con otros. Todo esto rezando para que la camiseta que le había puesto a Berta, fuera la de Berta y no la de Juan, porque sino al día siguiente tendría bronca de su madre. Como aquel día que Luis se fue con los zapatos cambiados, el derecho en el izquierdo y recibí una nota diciendo que era inadmisible lo que había ocurrido y que no me iban a consentir que volviera a pasar.
Bueno miento, lo peor no era eso. Lo peor era la violencia y lo peor es cuando la normalizas. Porque gritar es violencia, zarandear es violencia, meter una cuchara en la boca a la fuerza es violencia, humillar es violencia, dar en la boca a un bebé por morder es violencia, insultar es violencia, tener a un niño castigado sin moverse es violencia. Y hubo un día en que vi claro que o me iba o acabaría convirtiéndome en esas personas que me horrorizaban tanto cuando pisé el cole por primera vez. 

Por suerte elegí lo primero y a esas personas en realidad les debería dar las gracias, me enseñaron aunque quizá no de la mejor forma, el tipo de maestra a la que nunca me gustaría parecerme. Salí de allí pensando que mi carrera como maestra había terminado, no quería saber nada más de coles y niños. Pero todo en la vida pasa por algo y siempre digo que si no hubiera estado allí, hoy no estaría aquí. Porque no, no dejé la educación, sino que descubrí un mundo nuevo llamado pedagogías alternativas, con sus luces y sus sombras, pero que me cambió la vida, sí, suena grande, pero es verdad. Pero eso es otra historia y ya os lo cuento otro día…

LAS MANUALIDADES

“Todo niño es un artista, porque todo niño cree ciegamente en su propio talento. La razón es que no tienen ningún miedo a equivocarse… hasta que el sistema les va enseñando poco a poco que el error existe y que deben avergonzarse de él.” Ken Robinson

Erik tiene tres años y ayer, que fue el día de la familia, tuvo que dejar su juego a desgana para que le pusiera pintura en los pies y los plantara en un folio. El mes pasado tuvo que pegar unas orejas, con mi ayuda, a uno de los 24 conejos que había hecho para Pascua. Mañana pintará con pintura de dedos una flor para la fiesta de la primavera y para Navidad haremos tarjetas en las que pegará papelitos verdes dentro de un arbolito dibujado por mí. Yo odio este tipo de actividades, Erik también. Creo que a los únicos a los que les gustan es a sus papás. Erik hay días que no quiere ir cole.
Como contaba en el artículo de el baile  de fin de curso, en la escuela infantil, y en primaria también ocurre mucho, se hacen un montón de cosas absurdas que además de gastar energía y tiempo tanto para los niños como para las profes, creo que no sirven para nada, e incluso que son perjudiciales.
Para fomentar la creatividad, la capacidad para crear e inventar, algo de lo que tanto se habla ahora en educación, quizá este tipo de actividades sea lo peor que hay para ese fin. Decirle a un niño de qué color pintar eso, cómo y dónde poner esa pegatina, cómo dibujar aquello, y dónde colocar esas orejas al conejo, deja nula opción a la creatividad. Todo ya está creado por otros, solo hay que acatar órdenes.
Por otro lado, no solemos dejar a los niños opción de hacerlo o no, suelen ser actividades dirigidas e impuestas, no queremos que ningún papá se quede sin regalo, y si vemos que no hay forma de que lo haga, siempre podemos hacerlo las profes, si total, el fin es que el niño saque un regalito. ¿Porque era ese el fin no?
Porque divertirse con este tipo de actividades, los niños no se divierten. Aprender, no aprenden nada que no puedan hacer jugando o con actividades libres que ellos elijan. Y la creatividad, ya hemos visto que fomentarla no la fomentan. Entonces, ¿Por qué seguimos haciéndolas?
En el aula debe haber tijeras, pegamento, pinturas y material creativo a disposición de los niños para el que quiera utilizarlo. Deben ser libres para crear lo que quieran y libres para regalárselo a quien quieran. Porque obligar a un niño que no quiere a hacer una manualidad para dársela a alguien, es de todo menos un regalo.
Me da la sensación de que las maestras intentamos llenar muchos espacios haciendo cosas porque creemos que si no hacemos nada y los niños juegan todo el rato, están perdiendo el tiempo, cuando es justo lo contrario, están perdiendo el tiempo haciendo estas actividades y es mil veces más productivo para ellos el juego libre.
Un voto para dejar de lado las manualidades obligatorias, y lo siento mucho por los papás que se quedarán sin tarjeta de Navidad, pero estoy segura de que las maestras que se pasan tardes recortando orejitas y ojos de conejo de cartulina me lo agradecerán.

NO QUIERO OLVIDARLO

Dice la abuela que ya no se acuerda de si yo gatee, que no sabe exactamente cuando me salió el primer diente ni el pelo, que esas cosas se olvidan. Pero yo no quiero olvidarlo.

No quiero olvidar ese olor a recién nacida que me embriagaba y que creo que solo olía yo y hacía que no pudiese parar de olerte.

No quiero olvidar tu primer baño en casa, que te debió relajar mucho porque te hiciste caca dentro de la bañera.

No quiero olvidar mis miedos, mis inseguridades, mis agobios de madre, por si respirabas, por si llorabas, por si estabas bien.

No quiero olvidar que he llorado, de cansancio, de sueño, de alegría y felicidad.

No quiero olvidar todas tus siestas sobre mí. Porque si no eran así, no dormías y a mí me sabían a gloria.

No quiero olvidar tus primeras sonrisas, esas que te agrandan el corazón.

No quiero olvidarme de aquel día en que enganchada a la teta, te reías a carcajadas, con lo que te cuesta ti reírte así.

No quiero olvidarlo, que eres una bebé muy seria y que por eso cuando te ríes es tan especial.

No quiero olvidar el día que te diste la vuelta por primera vez mientras yo tendía la ropa y al girarme vi que estabas boca abajo y la rabia que me dio habérmelo perdido.

No quiero olvidar el primer día que te dimos un trozo de pan, y todos los demás en que te has echado yogur por el pelo y lanzado lentejas por los aires.

No quiero olvidar esas primeras palabras tuyas sin significado (acagua, embé…) que para mí lo significan todo.

No quiero olvidar esa sonrisilla de abuelita, esos morritos y payasadas que te gusta hacer.

No quiero olvidar que a los nueve meses gateaste, a los diez subiste las escaleras de la abuela y a los once te salieron tus primeros dos diente y te quedaste de pie por primera vez.

Y que con un año, todavía apenas tienes pelo.

No quiero olvidar nada de esto. Y como no quiero olvidarlo, lo escribo.

¡FELIZ PRIMER CUMPLEAÑOS MI AMOR! TE QUIERO