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LA VIDA ES DURA O LA FRUSTRACIÓN INNECESARIA

“Vivimos en una Sociedad, donde desde la más tierna infancia, se nos enseña a soportar la frustración. Existe la creencia generalizada, de que si no hay frustración marcada por los adultos, los bebés y los niños, no logran tener ningún límite a su demanda y como consecuencia, devienen en sujetos anti-sociales y no adaptados.” Yolanda González
Nos pasamos el día frustrando a los niños. Desde que nacen escuchamos frases como “no le cojas tanto que se acostumbra“, “no le des tanta teta que te usa de chupete” que no quieren decir otra cosa que: no respondas a sus necesidades primarias, contacto, alimento, succión… que se te subirá a la chepa y tienen que aprender, rápido y desde bien pequeños que la vida es dura.
Después los bebés crecen y seguimos frustrándolos. No le dejo eso, le pongo muchos límites y le digo a todo que no. Que aprenda que no todo puede ser, que la vida no gira en torno a él, es que la vida es así, tiene que aprender a frustrarse.
Efectivamente, la vida es dura y está llena de frustraciones. Y todos queremos que nuestros niños aprendan a tomarse las cosas bien y que no hagan un mundo de todo. Pero es que a tolerar la frustración no se enseña frustrando al niño. Lo que esto consigue es que el niño se enfade cada vez más porque verá el mundo como un lugar hostil donde nada puede conseguir. En cambio si veo que puedo lograr cosas, eso me hará una persona segura y por tanto que tolera mejor las frustraciones. (Hablaré próximamente del tema de la autoestima, que está muy relacionado con esto.) 
El mundo está lleno de límites que el niño se va a ir encontrando a lo largo de su vida, hay muchas cosas que le frustrarán, la vida es de por sí bastante frustrante así que no necesita que añadamos ninguna más. Imagínate que en el trabajo cada vez que fueras a hacer algo no te dejaran, que te regañaran constantemente, que te castigaran, que constantemente te hicieran esperar… ¿Cómo crees que tolerarías la frustración en un entorno así?
Un niño al que apenas se le dice que no, que tiene sus necesidades cubiertas, aceptará mejor cuando algo no pueda ser, confiará más en el adulto y en su criterio que si no le dejamos hacer nada. Sentirá que él también es escuchado y aunque esto no nos libre de rabietas normales si ayudará a que sean en menor cantidad.
Decimos a los niños que tienen que esperar, muchas veces no queremos darles las cosas rápido con la intención de enseñarles, para que aprendan que no todo es YA. Y es lo mismo, los niños los tres primeros años están en etapa egocéntrica, con lo cual no entienden de esperar. A partir de ahí, y no de un día para otro, podrán cada vez esperar más y ser más pacientes. Es un proceso, que como todos, (control de esfínteres, andar, empatizar…) no se enseña, se adquiere con la madurez. No tenemos que hacer nada. Podemos darles las cosas cuando nos las pidan sin miedo a estar creando monstruos impacientes.
¿Significa esto que tenemos que darles todo a los niños y evitar cualquier esperar? Evidentemente que no. Hay límites que obligatoriamente tendremos que poner, pero son pocos (en el coche hay que abrocharse por ejemplo) y habrá veces que por circunstancias no podamos darles lo que quieren ya mismo, (la comida aún no está lista), pero eso nada tiene que ver con frustrarles o hacerles esperar con el propósito de que aprendan algo. Será además duro para ellos, agotador para nosotros y una gran pérdida de tiempo porque no habrá servido de nada. Bueno sí, les hará creer que la vida es más dura de lo que es en realidad y por tanto a tolerar peor la frustración, justo lo contrario de lo que pretendíamos.

LOS PRECIOSOS DOS AÑOS

“Respira, serás madre toda tu vida. Él solo será niño una vez.” Jessica Gómez

Mañana Mia cumple dos años. “Los terribles dos” dice la gente y a mi me parecen preciosos.

Muchas cosas que nos parecen horribles de la crianza no son horribles en sí. Lo que ocurre es que nuestras expectativas eran otras y nos frustra ver que las cosas no son como querríamos.

En nuestra cabeza queremos niños obedientes, sumisos, que hagan caso a la primera, que no se enfaden, que no repliquen, tranquilos… y un niño de dos años es todo menos eso y de ahí que nos parezca terrible.

Si entendemos como es un niño de dos años podemos empezar a disfrutar de lo maravilloso que es y disfrutar del momento (aunque sea duro y cansado a veces) porque no estaremos perdiendo energías tratando de que encaje en ese modelo de niño de dos años que tenemos en nuestra cabeza y porque nos podremos relajar sabiendo que es un niño normal, más que normal sano, al que no le pasa nada, que no hay que estar todo el día luchando contra él.

Un niño de dos años necesita moverse, mucho, no va a estar mucho tiempo haciendo lo mismo, es caótico. Nos agobiamos en casa con ellos, porque lo sacan todo, porque quieren subir, trepar, saltar en el sofá… es vital para ellos. Mucho parque y permitirles ese caos y ese movimiento nos ayudará a relajarnos.

Un niño de dos años está descubriendo que no es el centro del mundo, que ya no todo gira en torno a él y se frustra mucho y de forma muy intensa. Cuando son bebés es más sencillo, es más fácil darles lo que necesitan.

Un niño de dos años quiere reafirmarse, sentirse válido, empieza a enteder que puede decidir y entonces dicen mucho que “no” (nosotros lo decimos más que ellos), no quieren compartir, les gusta mandarnos, dirigir, tener el control. Es normal, es sano. Si permitimos que tomen decisiones, estamos ayudando a que adquieran seguridad y autoestima. Porque nos pida que nos sentemos aquí y hagamos esto y aquello no estamos haciendo de ellos pequeños tiranos sino todo lo contrario.

Un niño de dos años quiere hacerlo todo solo, quiere tener responsabilidades, quiere colaborar y hacer lo que hacen los adultos. Permitámoslo. Que limpien, que cocinen, que nos ayuden (aunque no lo hagan perfecto). Que hagan cosas solos, aunque tarden más. Eso también les dará confianza en sí mismos.

Un niño de dos años es desobediente. O más bien diría que no puede obedecer. Y hacen muchas cosas que no nos gustan. Lanzan cosas, guarrean con la comida, hacen ruido. Hay que preguntarse: ¿es peligroso o malo para su salud? ¿No? Pues déjale. Pretender que dejen de hacerlo es peor, seguramente querrá hacerlo más. Si permitimos que esta fase pase dejarán de hacerlo. Con quince años no lanzará lentejas por los aires ni dará golpes con una pala en la pared. Os lo aseguro.

Más que ver qué está haciendo el niño, habría que observar que siento yo cuando el niño hace esas cosas. Y ahí podemos encontrar que igual a nosotros nos regañaban por jugar con la comida, no nos dejaban saltar en la cama, nos gritaban si no obedecíamos, nos retiraban el amor si hacíamos algo que no querían. Todo eso que tenemos bien metido en el cuerpo nos sale de repente cuando vemos a un niño de dos años siendo él mismo.

Un niño de dos años es maravilloso. Empieza a hablar y te hará reir con sus ocurrencias. Empezará a jugar simbólicamente y a montarse historias y no podrás creer que tu bebé se ha hecho tan mayor. Aún es pequeño y puedes disfrutar mucho todavía del contacto que te pide y de los mimos que necesita. Es divertido, es energía, te pedirá que bailes, que hagas el león, que te sientes a leerle un cuento, que seas su compañero de juego.

Que un par de rabietas no te impida disfrutarlo.

OS RECUERDO QUE EL 22 DE JUNIO ESTARÉ EN VALENCIA EN LA ESCUELA INFANTIL MI KITA. DE 10:30 A 13:30 HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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APRENDER A ESPERAR

“Se aprende a soportar la frustración cuando uno es suficientemente fuerte y tiene suficiente amor” Yolanda González

Seguro que conocéis el experimento de las nubes de golosina. Consiste en que a unos niños de cuatro años se les pone una chuchería delante y un adulto les dice que si esperan unos minutos a que vuelva y no se la han comido les dará dos.

Con este experimento se demostró que quince años después, los niños que habían podido controlarse, los que eran menos impulsivos, eran más felices. Tenían mejores relaciones sociales, trabajos en los que disfrutaban, una vida mejor.

El experimento está genial pero sabiendo eso lo interesante sería ver qué es lo que podemos hacer los adultos para que los niños cuando lleguen a los cuatro años sepan esperar y controlen mejor sus impulsos. Es decir, qué podemos hacer para que sean más felices.

Al contrario de lo que pudiera parecer no hay que frustar a los niños desde bien pequeños haciéndoles esperar. Hablé de la frustración innecesaria aquí. Se oye muchísimo la frase de: “Es que tienen que aprender a esperar.” Y a próposito hacemos que esperen con intención de “enseñarles”.

Obviamente que a veces en la vida hay que esperar, que la comida está caliente y no se la puedo dar al bebé, que tengo 14 niños en clase y no puedo darles agua a todos a la vez y tienen que esperar, pero porque no queda otra, eso no les va a ayudar en nada. Hacerlo a propósito no tiene ningún sentido.

El niño pequeño es egocéntrico, no entiende de esperas. Son impacientes y quieren las cosas ya. Si tienen hambre, sed, quieren brazos… tenemos que atender esas necesidades. Si tardamos, cada vez se pondrán peor porque no pueden gestionarlo de otra manera.

Gracias a esto, a responder a las demandas del niño generamos una mayor seguridad en sí mismo y mayor autoestima. Un niño así, el día de mañana podrá controlar mejor sus impulsos y esperar. Es un proceso, es madurativo. No se trata de enseñarles a esperar sino de dejar que adquieran la paciencia mientras no les hacemos esperar porque sí.

Un adulto impulsivo e impaciente fue un niño pequeño al que le hicieron esperar en sus necesidades más básicas. Esto provoca que se pase toda la vida en ese estado de impaciencia en el que se encontraba. Por otro lado, un niño que tiene el contacto y la atención a demanda superará esa etapa egocéntrica, será un adulto más sano y en consecuencia con más control de su vida.

Pedimos a los niños cosas para las que no están preparados. Queremos que se controlen, que sean pacientes. Pero ¿y nosotros? ¿Somos acaso un ejemplo? ¿Tenemos paciencia con ellos?

ADULTOCENTRISMO

“Cuando las autoridades o las personas adultas adopten decisiones que tengan que ver con los niños y las niñas deberán actuar siempre teniendo en cuenta sus intereses y ser reconocidos como personas.” Derechos del Niño

Vivimos en un mundo basado en las relaciones de poder. Unos mandan y otros obedecen. Unos están arriba y otros abajo. Como explica tan bien Paloma Palenciano en su monólogo “No solo duelen los golpes” que os recomiendo muchísimo, (podéis verlo en Youtube), en el mundo hay personas que están arriba, con privilegios y personas que están abajo, discriminadas. Blancos, negros. Hombres, mujeres. Heterosexuales, homosexuales. Y así tenemos un mundo racista, machista y homófobo. Pero existe una gran desigualdad que pasa desapercibida, que es una lacra social cuyas víctimas no pueden si quiera manifestarse. El adultocentrismo.

Mañana es el día de los Derechos del Niño y quería aprovechar la ocasión para hablar de esta realidad tan dura que observo cada día y tanto me duele. Los niños en nuestra sociedad son tratados como personas de segunda. Los adultos creemos que los niños son propiedad nuestra y que eso nos da carta blanca para hacer lo que queramos con ellos. “Es MI hijo”.

Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto porque jamás no lo permitiría. Les hacemos cosas que un amigo no nos perdonaría, les hablamos de una forma que no hablaríamos a nuestra pareja. Les obligamos a comer, les manipulamos, les chantajeamos para conseguir que hagan lo que nosotros queremos… y se lo hacemos siendo las personas que más queremos. ¿Por qué?

Porque vivimos en una sociedad enferma, como he dicho antes basada en relaciones de poder. Unos dominan y otros se someten. Y sí, a los niños los tenemos sometidos y nos molesta mucho, muchísimo cuando quieren rebelarse ante su situación.

Lo que tienen las relaciones de poder es que el más fuerte somete al más débil. Y aquí los niños son un punto fácil donde volcar todas nuestras frustraciones. Siempre digo que cuando tenemos un mal día reaccionamos peor con los niños que cuando ha sido bueno, lo que demuestra que cómo actuamos con los niños no tiene que ver con lo que ellos hacen sino con cómo estoy yo. Cuando más sana está una sociedad mejor trata a sus niños.

Tanto en las escuelas como en las casas los niños no son tenidos en cuenta, se da por hecho que ellos no saben, ellos no pueden opinar, nosotros mejor que nadie sabemos lo que es mejor para ellos. Y entonces así conseguimos personas obedientes, sin criterio y desconectadas totalmente de sus necesidades reales. Otros eligen por mí cuánto tengo que comer, cuándo, si tengo frío, si quiero salir a la calle, si necesito descansar, si necesito moverme.

Cosas que parecen tan simples como llevar a un niño atado cuando quiere moverse, obligarle a ponerse el abrigo si no quiere, obligarle a dar un beso a alguien son adultocéntricas.

Veo eternas luchas de poder entre adultos y niños cada día. Adultos en realidad que están dañados y no son capaces de minimizar su ego cuando están con un niño. Pelearse con un niño que quiere llevarse al parque por ejemplo un cuento de casa y a nosotros, como no entraba en nuestros planes, nos molesta, es una lucha de poder.

Pelearse con un niño que quiere ir vestido de Superman a la calle es una lucha de poder. Pelearse con un niño que no quiere comerse los guisantes es una lucha de poder. No es por su seguridad, ni por su salud, es “porque lo digo yo”, que quede claro quien manda. Porque en una relación de poder siempre hay alguien que manda.

Pero podemos romper con esto y construir mejores relaciones con nuestros niños. Solo tenemos que hacer dos cosas. Por un lado, ser conscientes de si estamos metidos en otras relaciones de poder e intentar salir de ellas, y por otro, cambiar nuestra mirada hacia los niños, verlos como seres humanos iguales a nosotros y simplemente empezar a tratarlos como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

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LAS EMOCIONES

“Enfadarse con un niño enfadado, gritarle a un niño que grita, y pegarle a un niño que pega, es como embarrarle de lodo porque se ha ensuciado y esperar que así se limpie.” L. R. Knost
Hugo tiene cinco años y está pasando el momento más difícil de lo que lleva de vida. Acaba de tener una hermanita y está muy celoso. Su forma de expresarlo es con potentes rabietas y contestando mal a cualquier adulto que intente hablar con él. Su profe cada vez que se pone así porque algo no sale como él quiere, le castiga y se enfada diciéndole que hasta que no se calme no le va a hacer caso y que esas no son formas de ponerse. No soporta verle fuera de sus casillas. Hugo no quiere ir al cole.
Las emociones están de moda. Se habla de inteligencia emocional, tenemos en las aulas cuentos sobre las emociones, hablamos de ellas y hacemos actividades para desarrollarlas porque nos han dicho que eso hará de los niños mejores personas. La intención es buena, pero lo estamos enfocando mal. Las emociones no se educan, se viven.
Los niños sienten, mucho y muy intensamente, y lo que los adultos solemos hacer es reprimir sus emociones en vez de acompañarlas. Tendemos a pensar que hay emociones positivas y negativas y esto no es cierto. Las emociones son todas buenas y necesarias, otra cosa es que sean más o menos agradables.
Cuando un niño está triste, enfadado o siente miedo nos suele molestar, probablemente porque es lo mismo que hicieron con nosotros, porque huimos de esas emociones, porque no nos dejaron vivirlas y queremos librar a los niños de ello cuanto antes. Por eso, cuando un niño llora ledecimos que deje de hacerlo, cuando se enfada y tiene una rabieta nos solemos enfadar con ellos y cuando tienen miedo, o bien menospreciamos su sentimientos diciendo que no pasa nada o incluso nos reímos de ellos. Y esto nada tiene que ver con acompañar las emociones de los niños y ayudarles a entenderlas y así poder vivirlas, sino que reprime algo que existe por una razón y que si no es expresado, esa rabia, miedo o tristeza se quedará dentro y es entonces cuando vendrá el problema.

Para acompañar las emociones de los niños basta con ponernos a su altura y decirles que entendemos lo que están sintiendo, podemos decir “veo que estás muy enfadado porque Fulanito te ha quitado el juguete”, “veo que estás triste porque echas de menos a mamá” o “entiendo que te de miedo entrar ahí”. Poniendo nombre a sus emociones los niños sienten que está bien llorar o enfadarse y entonces podrán salir de ahí gracias a que han podido vivirlo. Si un niño se enfada y nos enfadamos con él, más enfadado estará, porque se sumará a su razón inicial que el adulto no le permite sentirse como quiere, por lo que entenderá que hay algo malo en él y que está mal sentir lo que se siente.
Todos queremos niños empáticos, que se conviertan en adolescentes que nos cuenten lo que les pasa y como se sienten, pero desde que son pequeñitos no hacemos más que negarles lo que está pasando, ninguneándolos no dando importancia a sus pequeñas frustraciones que para ellos son terribles. Los cuentos y actividades pueden estar muy bien pero si queremos tener niños sanos emocionalmente empecemos por el principio y dejemos de reprimir y comencemos a dejarles vivir.

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.