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LAS EMOCIONES

“Enfadarse con un niño enfadado, gritarle a un niño que grita, y pegarle a un niño que pega, es como embarrarle de lodo porque se ha ensuciado y esperar que así se limpie.” L. R. Knost
Hugo tiene cinco años y está pasando el momento más difícil de lo que lleva de vida. Acaba de tener una hermanita y está muy celoso. Su forma de expresarlo es con potentes rabietas y contestando mal a cualquier adulto que intente hablar con él. Su profe cada vez que se pone así porque algo no sale como él quiere, le castiga y se enfada diciéndole que hasta que no se calme no le va a hacer caso y que esas no son formas de ponerse. No soporta verle fuera de sus casillas. Hugo no quiere ir al cole.
Las emociones están de moda. Se habla de inteligencia emocional, tenemos en las aulas cuentos sobre las emociones, hablamos de ellas y hacemos actividades para desarrollarlas porque nos han dicho que eso hará de los niños mejores personas. La intención es buena, pero lo estamos enfocando mal. Las emociones no se educan, se viven.
Los niños sienten, mucho y muy intensamente, y lo que los adultos solemos hacer es reprimir sus emociones en vez de acompañarlas. Tendemos a pensar que hay emociones positivas y negativas y esto no es cierto. Las emociones son todas buenas y necesarias, otra cosa es que sean más o menos agradables.
Cuando un niño está triste, enfadado o siente miedo nos suele molestar, probablemente porque es lo mismo que hicieron con nosotros, porque huimos de esas emociones, porque no nos dejaron vivirlas y queremos librar a los niños de ello cuanto antes. Por eso, cuando un niño llora ledecimos que deje de hacerlo, cuando se enfada y tiene una rabieta nos solemos enfadar con ellos y cuando tienen miedo, o bien menospreciamos su sentimientos diciendo que no pasa nada o incluso nos reímos de ellos. Y esto nada tiene que ver con acompañar las emociones de los niños y ayudarles a entenderlas y así poder vivirlas, sino que reprime algo que existe por una razón y que si no es expresado, esa rabia, miedo o tristeza se quedará dentro y es entonces cuando vendrá el problema.

Para acompañar las emociones de los niños basta con ponernos a su altura y decirles que entendemos lo que están sintiendo, podemos decir “veo que estás muy enfadado porque Fulanito te ha quitado el juguete”, “veo que estás triste porque echas de menos a mamá” o “entiendo que te de miedo entrar ahí”. Poniendo nombre a sus emociones los niños sienten que está bien llorar o enfadarse y entonces podrán salir de ahí gracias a que han podido vivirlo. Si un niño se enfada y nos enfadamos con él, más enfadado estará, porque se sumará a su razón inicial que el adulto no le permite sentirse como quiere, por lo que entenderá que hay algo malo en él y que está mal sentir lo que se siente.
Todos queremos niños empáticos, que se conviertan en adolescentes que nos cuenten lo que les pasa y como se sienten, pero desde que son pequeñitos no hacemos más que negarles lo que está pasando, ninguneándolos no dando importancia a sus pequeñas frustraciones que para ellos son terribles. Los cuentos y actividades pueden estar muy bien pero si queremos tener niños sanos emocionalmente empecemos por el principio y dejemos de reprimir y comencemos a dejarles vivir.

LAS RABIETAS

“La etapa de las rabietas es buena. Y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas.” Rosa Jové

Imagina que estás muy enfadado por algo, porque alguien te ha hecho algo que no te ha gustado. Mientras esperas que los demás empaticen contigo, lo que recibes es que se enfadan por haberte puesto así, o te ignoran y te hacen sentir mal por tu reacción, dicen que exageras y que no es para tanto. Eso claramente no te ayudará a estar mejor. Pues a los niños tampoco.

Los niños pequeños alrededor de los dos años entran en la fase de las llamadas “rabietas”. No es casualidad, es el momento en el que empiezan a darse cuenta que son seres independientes, quieren tomar decisiones, dicen a todo que no, están creando su “yo” y quieren reafirmarse. Esto es sano y necesario para que el día de mañana puedan ser personas seguras de sí mismas y lo que os contaba en el post anterior, más empáticas también.

Su expresión de ira nos desborda. Los niños sienten así. Sus emociones son intensas y nos cuesta mucho acompañar estos momentos porque a nosotros no nos permitieron expresar el enfado cuando éramos pequeños. Queremos que acabe cuanto antes, si estamos en un lugar público más todavía. Nos incomoda muchísimo.

Pero el que tiene un cerebro inmaduro es el niño, los que debemos aprender a controlarnos ante estas situaciones somos nosotros. Decimos: “Es que se pone como un loco y no entiende a razones”, cuando nosotros estamos también perdiendo el control y encabezonados muchas veces porque hagan lo que nosotros queremos.

La mayoría de rabietas vienen provocadas por el adulto, porque no les dejamos tocar algo, porque tenemos prisa, porque queremos que hagan algo que no quieren. ¿Quién es entonces el que no entiende a razones? Otras veces es porque están cansados, estresados o se frustran por algo.

Los niños tienen derecho a enfadarse. Desde que se levantan hasta que se acuestan están prácticamente todo el rato haciendo lo que nosotros queremos. La rabieta también es la forma que tiene el niño de decir “basta, no puedo más”.

Podemos prevenirlas en la medida de lo posible, intentar que no se estresen tanto, que no se les pase su hora de dormir, que su mundo no sea muy frustrante diciéndoles a todo que no, pero la realidad es que las rabietas van a aparecer y hay que acompañarlas.

Hay que respetar que el niño se enfade, estar ahí, tranquilos. Podemos decirle que sabemos que está enfadado. No entremos en luchas de poder, no quieren molestarnos. No deberíamos intentar cogerle o tocarle si no quiere. Nada de “abrazos de contención” cuando el niño no quiere ser abrazado, eso es represivo. Tampoco ignorarles ni mucho menos regañarle.

Dejemos que expresen la emoción, lo que no sale se queda dentro. Según vayan creciendo podrán expresarlas de otra forma. Y tranquilos, no os preocupéis, es una fase, y como todas las fases, pasará.

NO PASA NADA

“Cuando empezamos a ser más conscientes de aquello que nos pasa a nosotros, nos es más fácil entender y conectar con el otro. Cuando comprendemos más al otro, también le podemos amar más.” Yvonne Laborda

No pasa nada, les decimos a los niños muchas, muchas veces. Cuando se caen, si se les rompe algo, si lloran por alguna cosa. Lo hacemos con la mejor intención, para restarle importancia, porque pensamos que así pasará antes pero sucede justamente al revés.
Imagina que te das en la pierna con el pico de la mesa y pegas un grito. ¿Qué te hace sentir mejor que te digan: oye no grites que eso no es nada o que te dgan: uff eso duele como te entiendo? Ahora imagina que has roto con tu pareja y estás llorando, ¿prefieres que te digan, ya pasó, ya está, vale ya de llorar, no es nada o que te abracen y te digan: llora lo que quieras, entiendo tu dolor, debes sentirte fatal?
Los niños como los adultos necesitan comprensión. El primer paso para ayudarles a desarrollar sanamente su mundo emocional es dejarles que sientan, y no juzgar ni ignorar sus emociones. Cuando nos reímos de sus miedos, nos enfadamos por sus llantos o ignoramos su tristeza, les estamos diciendo que sentirse así está mal. Decir que no pasa nada cuando para ellos sí que pasa es negar lo que están sintiendo.
A nosotros nos puede parecer una tontería el motivo de por qué lloran, pero lo que a nosotros nos parezca da igual. Para ellos es importante, están tristes y quieren que se les entienda. Además un niño que es comprendido saldrá mucho antes de su estado que uno que no. Si me pongo a llorar porque se me ha roto un juguete y mi mamá se ríe, me ignora o le resta importancia, eso no me ayudará a estar mejor. Porque encima de que estoy triste por mi muñeca rota, se suma que mi madre se ríe de mi o me ignora, lo que hará que me sienta aún peor.

Esto no quiere decir que tengamos que asustarle sé más o hacer un drama donde no lo hay, si un niño se cae y nos ve una cara de espanto será peor, pero eso no significa que debamos quitarle importancia a su dolor. Además con niños muy pequeños a veces sí que nos tocará distraerlos porque no pueden entender los límites o porqué no pueden tocar eso o abrir ese cajón.

En definitiva, acompañemos las emociones de los niños, pongámosle nombre y demos importancia a lo que les pasa. Porque no es lo mismo decir: no te pongas así, te he dicho mil veces que no te voy a comprar más chuches, que decir: entiendo que estés enfadado, sé que te encantan las chuches pero no puedo comprártelas porque no son buenas para ti. Es muy diferente. Su reacción también lo será. No dejarán de llorar de inmediato porque les comprendamos,eso está claro, pero os aseguro que no se sentirán igual. Probadlo y me contáis.

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.

LOS COLES “BILINGÜES”


“Si hablas a un hombre en una lengua que entiende, el mensaje llega a su cabeza. Si le hablas en su lengua, le llega a su corazón.” Nelson Mandela

Los coles bilingües están de moda. No niego que aprender inglés pueda ser importante. Que el nivel de este país es vergonzoso es una realidad. Pero nos han dado gato con liebre con este tema. Las familias se lo han creído y empiezan a verse las consecuencias. 

El primer problema que planteo es la formación del profesorado. De un año para otro un gran número de coles han pasado a ser bilingües y es imposible que a los profes les de tiempo a adquirir un nivel tan bueno como para llamar bilingüe a un colegio. Esto da lugar a profes con un pésimo dominio de la lengua que hacen lo que pueden. Yo misma soy maestra de inglés y he ejercido en cole “bilingüe” cuando el nivel con el que salimos de la carrera es realmente vergonzoso.

Los niños de infantil por ejemplo acaban aprendiendo palabras de vocabulario, muchas veces descontextualizadas, a fuerza de repetirlas, pero para nada hablan inglés o entienden más que cuatro frases, es imposible cuando no es significativo para ellos más allá de un aula. En algunas escuelas se compagina la enseñanza de la lectura y escritura en inglés y en español con las dificultades que esto conlleva. No digo que no exista inglés en infantil, es una opción más como otra cualquiera, pero sí cuestiono el cómo se imparte la asignatura y la idea de hablar SIEMPRE en inglés a los niños.

El niño en los primeros años está formando su personalidad, se está desarrollando en muchos aspectos y es básico para ello la comunicación. Poner por encima de todo la adquisición de una lengua (aunque no se llega a adquirir como ya he dicho) antes que otras cosas más importantes me parece un grave error.

Necesitamos nuestra lengua para expresarnos, para hablar de sentimientos, de emociones. Un profe no puede conectar con un niño en una lengua que no es suya. Muchos profes se quejan de no poder usar el humor, la ironía porque en otro idioma es imposible. Se pierden muchísimas cosas cuando hablamos en inglés a los niños. Como dice Mandela cuando hablamos en otro idioma lo hacemos desde la cabeza y los niños necesitan que les hablemos desde el corazón y no solo eso, necesitan entendernos además. Esto es fundamental.

Los profes que tienen que hablar en inglés todo el rato se sienten obligados a ello por la imposición del sistema pero muchos no se sienten cómodos en esa lengua y se ven limitados en su relación con los niños. 

Otro aspecto  a considerar es el de los resultados. Está ocurriendo que los niños están obteniendo menor puntuación que antes en las asignaturas que son en inglés. Es normal. ahora se añade la dificultad del idioma. Si se te da mal inglés, fracasarás en esa y en las demás. Se está enseñando el ciclo del agua en inglés a niños que no dominan la gramática inglesa. Es como querer que multipliquen sin saber sumar. Además desconocerán los propios conocimientos en su lengua. Saberse historia o biología en inglés y desconocerlo en el propio idioma es algo que está ocurriendo. Además que como he dicho antes, exige a los profesores un trabajo extra de preparación que para muchos es casi inalcanzable.

Por lo que parece los resultados de todo esto no están siendo muy positivos. Seguimos con bajos niveles de inglés y al final los que lo dominan son los que tienen recursos para salir fuera del país o dar clases particulares o en academias. Con lo cual para mi el “plan bilingüe” es un fracaso y si tuviera que elegir un cole creo que hay aspectos muchísimos más importantes que este a tener en cuenta a la hora de escolarizar. Pero como siempre digo, es solo mi humilde opinión. Y vosotros ¿qué opináis?

LOS MIEDOS


“El miedo es una oportunidad para ser valiente.”
Halloween está a la vuelta de la esquina y quería aprovechar la ocasión para hablar de los miedos infantiles y qué hacer cuando aparecen.
El miedo, como cualquier otra emoción es útil y nos ayuda en la vida. Sentir miedo prepara nuestro cuerpo para huir, pelear… ante un peligro. Este puede ser real o imaginario, pero lo que está claro es que la emoción es positiva y necesaria. Sin el miedo no hubiéramos sobrevivido como especie.
Pero como solemos hacer con otras emociones que consideramos negativas, la rabia, la tristeza… intentamos reprimirlas, que desaparezcan rápidamente, muchas veces porque es lo que hicieron con nosotros y muchas otras porque creemos que así conseguiremos niños más seguros y como suele pasar, ocurre completamente al revés.
Hay varios tipos de miedos. Los reales, miedo al fuego, a los animales…, miedos patológicos que nos bloquean y no nos permiten vivir, (los cuales hay que tratar con especialistas) y los miedos que les trasmitimos nosotros a nuestros niños.

Por un lado les contagiamos nuestros miedos absurdos. Si yo me tenso ante el acercamiento de un perro o de una araña, seguramente el niño hará lo mismo. Somos el reflejo donde se miran, si ven que algo nos da miedo, a nosotros, que somos los que debemos darles seguridad, ellos sentirán que eso que nos asusta ha de ser realmente peligroso. Por tanto intentemos en la medida de lo posible no transmitirles nuestros miedos.
Por otro lado somos los adultos muchas veces los culpables de generarles miedos no reales, con historias, dibujos, imágenes para las que no están preparados, diciéndoles cosas como “va a venir el señor y te va a llevar…”. Luego cuando por la noche aparecen esos miedos no les permitimos vivirlos, no los acompañamos e incluso hay quien se burla o ignora.
Sea el miedo del tipo que sea, hay que aceptarlo y darle al niño seguridad. Como con cualquier otra emoción, si no dejamos que la viva, se quedará dentro. Pretender que un niño tenga menos miedo diciéndole cosas como: “que no pasa nada”, “que eso no da miedo”, “no seas tonto”, “con lo mayor que eres”… conseguimos que el niño sienta que no está bien lo que siente, por tanto que él no está bien. Negar su emoción es negar lo que él es.
Tenemos que darles seguridad con nuestras palabras: “no te va a pasar nada, estoy aquí”, y también empalizar con su sentimiento: “entiendo que esos ruidos te asustan, veo que te da miedo ese animal”, poniendo nombre a la emoción y acogiendo a los niños siempre que lo demanden físicamente.
Muchas veces en nombre de la autonomía y la independencia, dejamos que los niños pasen miedo solos en su habitación. Esto no los hará más valientes sino más inseguros. El proceso para eliminar esos miedos es madurativo y lo vivirán de forma más saludable si sienten que tienen una base segura a la que acudir cuando aparezcan.
En fin, que disfrutéis mucho con los niños si celebráis esta fiesta, pero no olvidéis que los sustos y las bromas son para disfrutar, todos. Si un niño lo está pasando mal, no quiere hacer algo o llora, claramente no está siendo divertido. Respetemos a ellos y a sus miedo, evitemos cosas para las que no están preparados y acompañemos si aparece la emoción.
¡FELIZ HALLOWEEN!

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

NO SE GRITA

“Tus niños al crecer tal vez olviden tus palabras, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir” Maya Angelou
Lucas tiene 6 años. Es un niño muy nervioso. El pobre vive castigado, porque no hace caso y pega mucho. La profe de natación habla siempre conmigo porque no sabe qué hacer con él para que obedezca. Yo no sé qué decirle. La madre de Lucas me ha escrito en la agenda para ver si pasó algo en natación el último día. La profe me cuenta que se portó mal y le dejó sin nadar. Él me cuenta que la profe le gritó muy fuerte y lloró. Su madre dice que ahora Lucas los días de pisci no quiere ir al cole.
No se grita a los niños. No está bien. No digo que no lo haya hecho. Muchas veces he perdido los nervios y he gritado. (Ese es mi problema, no de ellos. Nadie hace perder los nervios a nadie, los perdemos nosotros solos.) Pero no está bien. Después les insistimos a ellos con el “no se grita”, pero me pregunto, ¿quién gritó primero?.
Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto. Quizá porque son los más débiles y no pueden defenderse, descargamos toda nuestra ira y cansancio sobre ellos. No es justo.
Gritar a un niño como obligarle a comer es violento, como pegarle o humillarle, aunque esto último nos parezca más evidente. La violencia no está justificada y la hemos normalizado en muchos ámbitos. No vale de nada hacer palomas de papel el día de la paz si luego somos violentos con ellos. Seamos coherentes con lo que decimos y hacemos.
Gritamos porque nos desbordamos, porque el trabajo es estresante, tenemos muchos niños, incluso porque creemos que si lo decimos más fuerte nos entenderán mejor. Pero gritar no muestra más que nuestras carencias y falta de recursos para solucionar los problemas. Cuando alguien nos grita a nosotros, ¿cómo nos sentimos? ¿nos ayuda en algo? ¿acaso así comprendemos mejor el mensaje?
A lo largo de mi experiencia me he encontrado muchos niños con miedo. Con miedo a dirigirse a los profes. Niños que te hablan y preguntan todo con una gran inseguridad. Hay que trabajar esa inseguridad, decía alguna compañera. ¿No somos nosotros los que deberíamos trabajarnos para dejar de gritarles y hacer que se sientan asustados?
¿Y cuando son ellos los que gritan? Ellos sí tienen derecho a gritar porque son niños. Porque están aprendiendo todavía formas de comunicarse y resolver los conflictos. No tienen tantas estrategias como nosotros. No nos lo tomemos como algo personal, sus emociones son intensas y es normal que exploten. Somos los adultos los que supuestamente deberíamos saber gestionar nuestras emocilones, no ellos. 

Intentemos no gritarles, como intentamos no gritar a nuestra pareja o a nuestros amigos. Y si nos equivocamos, pidamos perdón. Les sorprenderá, no están acostumbrados. No hay mejor ejemplo que darle a un niño que pedirle perdón y mostrarle que todos podemos cometemos errores. Con ese gesto tan simple les estamos dando una gran lección de humildad y estarán entendiendo que gritar no está bien. Ah, y además así nos podemos ahorrar las absurdas palomas.