Categoría: Crianza

QUIERO QUE MI HIJO RECOJA LOS JUGUETES

“No se puede obligar a nadie a hacer algo que no le nace de corazón.”

A próposito de una reflexión que puse hace unos días, en la que decía que igual que no está bien decirle a tu pareja que hasta que no recoja los platos no vais al cine, tampoco lo está decírselo al niño con los juguetes, me llegaron varios mensajes de papás preocupados porque sus hijos sean responsables. “Tendrán que recoger lo que han sacado ¿no? Yo quiero que sea responsable”, decían.

La responsabilidad, la empatía, compartir, dar un beso, pedir perdón, la autonomía, la independencia… todas estas cosas relacionadas con la educación salen de dentro, no se pueden forzar. He hablado de ellas en muchos artículos anteriores porque es un tema que se repite y me doy cuenta de que existe una idea equivocada y generalizada de que podemos hacer que otra persona sienta lo que no siente.

Cuando obligas a otro niño a hacer lo que no sale de sí mismo, no le estás enseñando nada sobre eso. Obligar a otro a compartir, forzarle a ser autónomo o a recoger no le hará ni más empático ni más independiente ni más responsable.

La responsabilidad tiene que ver con reconocer y aceptar las consecuencias de algo. Uno aprende a ser responsable a través de la propia experiencia, equivocándose y aprendiendo de los errores.

Como explicaba en el post de las consecuencias lógicas, confundimos muchas veces esto con los castigos. Si un niño no recoge sus juguetes y le dejas sin ir al parque, le estás castigando. Eso jamás le hará una persona responsable. Como mucho sumisa.

La responsabilidad se aprende cuando me dejan experimentar las consecuencias. Por ejemplo: Me llevo un juguete al cole, no estoy pendiente de él y lo pierdo, me gasto la paga el primer día y no me queda dinero, si no echo a lavar la ropa sucia no tengo ropa limpia, si insulto a ese niño no quiere jugar conmigo…

Uno se hace responsable en la medida en que puede vivir en libertad y experimentar las consecuencias. Nadie puede hacerte responsable. Nadie te puede obligar a hacer lo que no quieres. Si no nace de ti no es responsabilidad es obedicencia.

Para conseguir que un niño haga lo que no quiere hacer tienes dos opciones, obligarle a la fuerza o mediante premios, castigos, chantajes y amenzas. Las dos son una falta de respeto y un abuso de poder. Y ese no debería ser el modo correcto de relacionarnos con nadie.

Tenemos que aceptar que los niños no son siempre como nosotros queremos que sean. Podemos mostrarles valores a través de nuestro ejemplo, ser empáticos con ellos para que lo sean con los demás y respetar que no quieran hacer lo que nosotros les digamos.

Vale, y entonces ¿cómo hago para que recoja? Dependiendo de la edad puedes explicar, invitar a recoger, decirle por qué es importante recoger, que tú le ayudas, que lo haces tú hoy por él, pero sobre todo tener claro que puede elegir no hacerlo y no pasa nada (recoger para un niño no es importante ni tiene valor). Y no tener miedo, eso no hará de él un irresponsable y mejorarás enormemente tu relación con él si dejas de lado los castigos y amenazas.

¿Recogerá algún día? Quien sabe… Igual un día no encuentra algo por el desorden y decide recoger, igual le agobia el caos y decide recoger, o igual se hace mayor, se independiza, sigue pensando que no le importa el desorden y decide no recoger. Es su vida, tenemos que dejar que experimenten las consecuencias y respetar. Porque tienen derecho a no recoger.

HABLARÉ DE ESTO Y MUCHO MÁS EL 27 DE ABRIL EN EL TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. PLAZAS LIMITADAS.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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NO SOY UNA MADRE PERFECTA

Con esto de las redes sociales ocurre una cosa. Que como normalmente mostramos nuestra mejor cara, lo bonito, lo divertido… y en mi caso además como se trata de un blog en el que se critica mucho todas esas cosas que los adultos hacemos mal con los niños, podría parecer que yo nunca me equivoco, que soy una madre perfecta. Pero nada más lejos de la realidad. Ni lo soy ni lo quiero ser.

Desde que nació Mia me he equivocado muchas veces. En cosas más y menos importantes. He cambiado mi opinión respecto a otras. He dicho que iba a hacer una cosa y he acabado haciendo otra. Y sé que me equivocaré muchísimas veces más. Porque somos personas, con nuestras mochilas y nuestra realidad y hacemos lo que podemos con lo que tenemos, (aunque esto no debería ser excusa para no querer mejorar). Igual que los niños, nosotros también estamos aprendiendo, en este caso a ser padres y aprender siempre implica cometer errores.

Cada vez que me equivoco tengo una oportunidad para mostrarle a mi hija que no hay que ser perfecta, que uno se puede equivocar y que está bien pedir perdón. El error debería servirnos para ser mejores y no para quedarnos anclados en él. Porque si hay algo con lo que cargamos los padres, las madres sobre todo, es con la culpa. A los niños les regañamos cuando se equivocan y solemos hacer lo mismo con nosotros mismos.

Hagas lo que hagas te sentirás culpable. Pero la culpa es un sentimiento muy malo que no aporta nada. No podemos volver atrás a reparar lo hecho. Lo que sí podemos hacer es reflexionar sobre como puedo hacerlo mejor la próxima vez.

Una noche cuando Mia tenía unos tres meses, estaba agotada, llevaba una hora en la teta y me dolían muchísimo los pezones. Le puse un chupete y me sentí culpable. Yo, que sabía que podía interferir en la lactancia, que podía ser perjudicial, que sabía que no lo necesitaba y que había dicho muchas veces que no se lo pondría.

Cuando tenía un año le puse el móvil en el coche para los viajes porque no podía ir sola a ninguna parte con ella porque lloraba todo el camino. Me sentí culpable también. Yo, que me había dicho a mí misma que hasta los dos años no se acercaría a una pantalla.

Hoy miro aquello con perspectiva y lo que me parecía horrible hoy me parece que no tiene ninguna importancia. Entiendo por qué lo hice y eso es lo que importa.

Me he encontrado muchas veces diciendo cosas y repitiendo frases las cuales luego critico en numerosas ocasiones. Tenemos algunas cosas tan interiorizadas que se nos escapan y nos salen automáticamente si no lo pensamos mucho. Es normal y darse cuenta es el primer paso.

Hay momentos que no la he hablado o tratado como me gustaría, a veces no he estado todo lo presente que debería o no la he respondido todo lo rápido que necesitaba. Soy consciente de que la razón de que esto ocurriese era el cansancio, el sueño, la soledad…

Criamos en soledad, (una pareja también es criar en soledad). Porque ocuparse de un niño, o de varios, de una casa, de un trabajo sin tribu, es demasiado para una o dos personas. Criar de esta manera hace que a veces nos veamos desbordados y lamentablemente esto lo pagan los más indefensos. Los niños.

Tener esto presente es importante para tomar medidas. Si yo sé que anoche me enfadé con ella porque no se dormía porque en realidad yo estaba muy cansada, igual puedo acostarme antes y así estaré mejor al día siguiente. Si yo sé que la obligué a la fuerza a sentarse en la silla del coche porque llegábamos tarde a algún sitio, igual puedo salir con más tiempo la próxima vez y así ir más tranquilas.

Se trata de no caer en la culpa sino de utilizar esos “errores” para aprender y hacerlo mejor la próxima vez. Evidentemente que a veces no podremos descansar más tiempo, tener un relevo o salir antes de casa, pero solo el hecho de saber por qué actuamos como actuamos con ellos, es un gran paso.

Porque lo grave no está en lo que he hecho mal con el niño sino en pensar que le he regañado porque es que no para, que le he he gritado porque es un desobediente o que le he obligado a hacer algo por su bien. Solo el hecho de saber que lo que ha ocurrido es por cómo estás tú y no por lo que ha hecho el niño te coloca en una posición diferente desde la cual puedes decirle al niño: Siento haberte tratatado así. Y eso, es una de entre un millón de formas de ser una buena madre.

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LOS DEBERES

“Lo siento mamá, todavía nos queda al menos una hora de juego, no puedo hacer los deberes.” FRATO

Habéis sido muchos los que me pedíais que hablara del tema de los deberes. Es un tema que trae de cabeza a padres de niños de todas las edades, porque ya hasta en infantil mandan deberes. Es preocupante, algo de lo que se ha hablado y discutido mucho pero con lo que no se ha conseguido nada porque seguimos igual o peor que antes.

A pesar de que sabemos que no sirven para nada, que roban tiempo de juego y que empeoran las relaciones familiares, seguimos los profes mandándolos y los padres empeñados en que los hagan. Es urgente que ambos cambiemos el chip.

Hay numerosos estudios que demuestran esto que digo. Los países con mejor rendimiento escolar no son los que más deberes mandan. No existe relación entre deberes y mejores notas. En cambio sí hay relación entre excesivos deberes con efectos perjudiciales en el niño.

Esto solo, debería ser determinante para que papás y profes se negarán a continuar mandando a los niños a hacer deberes. Pero cuando hablamos de cambiar algo que llevamos haciendo años siempre aparecen las excusas o los miedos.

Es que tengo que dar el temario y si no nos da tiempo. Es que tienen que aprender hábitos de estudio. Es que tienen que ser responsables. Es que todos los hacen. Es que si no los lleva le van a castigar. Es que refuerzan lo aprendido. Vamos a desmontar esto.

Nadie te obliga como profe a que se hagan todos los ejercicios del libro. El niño pasa seis horas lectivas en el colegio, tiempo de sobra para dar el temario. No se puede usar el tiempo de juego y descanso de los niños para esto.

Respecto a la responsabilidad y los hábitos de estudio, los deberes consiguen todo lo contrario. El niño sale cansado del cole, después de ocho horas y necesita desconectar. Hacer deberes consigue que aborrezcan más aún el estudio, quieren hacerlo rápido para irse a jugar, les supone una carga que más que conseguir responsalibilidad consigue obediencia. Porque ser responsable sale de dentro, nadie te puede forzar.

Lo de que refuerzan lo aprendido ya os he comentado que hay muchos estudios que desmienten esto. Es obvio. Llega un momento en que tú cabeza necesita descansar. Seguir haciendo ejercicios no hará que mejore mi comprensión. El niño que va bien los hará bien y el que va mal los hará mal.

Y respecto a los padres aconsejo siempre lo mismo: Lo primero es pelear con quien haga falta para que se eliminen los deberes del centro (sé que es complicado a veces). Hay leyes que defienden este derecho y ciudades y ecntros que lo han conseguido.

Si esta opción no es posible yo me negaría a que mi hijo los hiciese. Le permitiría no hacerlos y le explicaría al maestro las razones. (Siempre que esto no genere problemas al niño o con el centro).

Y si no te queda más remedio siempre puedes decirle que lo haga rápido para irse cuanto antes a jugar sin darle importancia ninguna al resultado o incluso “ayudarles mucho” para que acaben cuanto antes y poder así disfrutar del poco tiempo que algunos padres tienen con sus hijos para hacer cosas interesantes, divertidas y que partan del interés del niño, con las que seguro aprenderá muchísimo más.

Los deberes no es solo que no sirvan de nada es que estropean las relaciones familiares. Son fuente de conflictos, castigos, chantajes… Entorpecen más que ayudan. Son un incordio para padres y para niños que ya con cuatro años tienen que leerse un libro cada fin de semana y hacer un dibujo. Esto hace que la dinámica familiar se tenga que amoldar a los deberes, discutir con el niño el domingo a última hora porque no lo ha hecho y lo peor de todo, consigue lo contrario de lo que pretendía. Si querían fomentar la lectura y el dibujo, han conseguido que el niño no quiera leer y odie pintar

Los deberes generan estrés en los niños. Pero no solo en los que los hacen, también en los que se escaquean y prefieren jugar pero están sufriendo por si los van a castigar o a pillar sin ellos. Un niño no debería estar jugando sintiéndose mal porque no ha hecho los deberes ni dejando de disfrutar un segundo por hacerlos. #BASTADEDEBERES

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CASTIGOS VS CONSECUENCIAS

“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.” Robert G. Ingersoll

En el post de la Disciplina Positiva que podéis leer aquí, ya expliqué un poco que es muy fácil caer en los castigos y disfrazarlos de consecuencias. Hoy quiero explicar mejor cúal es la diferencia y por qué creo que un niño aprende de las consecuencias naturales y no de los castigos.

En el post de los castigos, ya os conté que estos no sirven para nada más allá de empeorar nuestra relación con los niños, crear niños sumisos y obedientes y hacerles sentir mal. Pero está muy de moda hablar de consecuencias lógicas y muchas veces es más de lo mismo. “Yo no castigo dejo que experimente las consecuencias.”

Un acto tiene consecuencias y aprendemos de ellas. Y es el mejor aprendizaje que podemos tener porque es el de la experiencia propia. Siempre decimos que no hay mejor forma de aprender que vivir, que experimentar algo. En los niños pequeñitos lo vemos muy claro. Ellos aprenden todo así continuamente. Si hago esto ocurre esto otro.

Las consecuencias naturales de los actos es lo que ocurre después naturalmente. Por ejemplo: Si pinto la pared, la consecuencia natural es que queda pintada. Si no te bañas estarás sucio. Si no te pones el abrigo tienes frío.

Si un niño no quiere recoger la habitación la consecuencia natural es que estará desordenada. No hay otra. Podemos hablar con él, ayudarle, ser ejemplo de orden. Pero tendremos que respetar que no quiera. De lo contrario tendríamos que obligarle a hacerlo ya sea con amenazas, castigos o consecuencias disfrazadas.

Para que una consecuencia sea natural debe estar relacionada directamente con el acto en sí. Si le decimos a un niño que si no se pone el abrigo no salimos al patio es castigarle por no hacer lo que nosotros queremos que haga. Puedo llevarle el abrigo por si luego tiene frío y se lo quiere poner.

Decirle a un niño que si no se termina la comida no hay postre es un castigo. La consecuencia natural de no comer es tener hambre, esto nada tiene que ver con el postre.

En definitiva se trata de cambiar la mentalidad de querer que los niños hagan lo que no quieren hacer a través otra vez de la manipulación y el chantaje disfrazándolo de consecuencias cuando no lo son.

¿Y qué pasa con los límites? Un límite es algo que ponemos al niño para protegerlo y no permitimos que experimente las consecuencias de ir sin cinturón en el coche por ejemplo, jugar con un cuchillo o cruzar la calle solo. Porque los límites no se ponen para que el niño aprenda nada, se ponen para proteger. El niño aprenderá a medida que vaya creciendo que es importante usar el cinturón, tener cuidado con el cuchillo y al cruzar la calle. En cambio las consecuencias las experimentará él solo y le servirán para aprender.

Como he dicho en varias ocasiones, si tu frase empieza por “si” (si haces esto, te pasará esto) casi seguro que es un castigo, porque las consecuencias naturales no hace falta que se las digamos, ocurren sin más.

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NO QUIERO QUE A MI HIJA LE PASE LO MISMO

“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las asesinen.” Margaret Atwood

El viernes es 8M, Día Internacional de la Mujer. He escrito varios post sobre feminismo porque los que me seguís desde hace tiempo sabéis que para mi es muy importante educar a los niños en igualdad.

Parece que está de más decirlo, pero siempre hay algún despistado por ahí que aún piensa que ya existe igualdad, que no hay por qué luchar ya o que las mujeres no sufrimos más por el hecho de ser mujeres.

Pero nada más lejos de la realidad. Ser mujer y niña significa que vivirás unas cosas solo por el hecho de serlo.

El primer recuerdo que tengo de haber vivido algo por ser mujer es de cuando tenía 8 años. (Estoy segura que me pasaron mil cosas antes). Nos disfrazamos para un baile del cole y la profe me maquilló. Un niño de mi clase me llamó puta. Me lo dijo porque yo era una niña.

Cuando tenía 12 años una profe me dijo que no podía ir con los pantalones tan cortos al colegio, que enseñaba mucho. Me lo dijo porque yo era una niña.

He tenido que escuchar cosasa como que calladita estás más guapa, que no haga eso que parezco un marimacho, que para presumir hay que sufrir, que quien bien te quiere te hará llorar…

Por ser mujer he tenido que aguantar muchas cosas que un hombre ni se imagina. Me han tocado en el metro, en la calle, me han acosado, me han perseguido, se han masturbado por la calle delante de mi, he sentido miedo yendo sola, he pensado al andar de noche que un grupo de chicos podía violarme (y cosas peores que no me apetece contar por aquí). Todo esto porque soy mujer.

Alguno podría pensar, pobre chica, le ha pasado de todo. Pero solo hace falta que preguntéis a cualquier mujer de vuestro alrededor, todas tenemos muchas historias como la mía, todas hemos sufrido alguna vez en nuestras vidas el machismo.

Las mujeres lo tenemos mucho más difícil en todo. No ocupamos cargos de poder, tenemos los peores salarios, morimos cada año asesinadas por nuestras parejas, sufrimos violencia machista, violencia institucional, violencia obstétrica, nos encargamos más de la crianza y de las tareas del hogar, sufrimos más trastornos alimentarios debido a la presión por la estética…. y podría seguir con muchísimo más. Y todo esto nos ocurre solo por ser mujeres.

Y yo, no quiero que mi hija por ser mujer tenga que pasar por nada de eso.

Por todo esto, nos vemos el viernes.

SI NO HACES LO QUE YO QUIERO ME ENFADO

Si te enfadas con un niño porque no quiere hacer lo que le has pedido, en realidad es que no era una petición sino una exigencia.

Hice esta reflexión el otro día porque me doy cuenta de que son muchas las relaciones entre padres e hijos, también entre parejas, amigos… que se basan en esta premisa.

Las relaciones basadas en chantajes emocionales son tóxicas, dañinas para los niños, que el día de mañana reproducirán esto con sus amigos, hijos o pareja.

Cuando nos enfadamos porque un niño no hace lo que queremos le estamos mandando el mensaje de que si no es como nosotros queremos que sea no le aceptamos. Enfadarnos con él es castigarle por ser como es.

Si no me das un beso me enfado, para un niño, significa que le quieres por lo que hace no por lo que es.

Queremos manipular a los niños y lo peor de todo es que lo conseguimos. Porque un niño lo que menos quiere en el mundo es que sus referentes le dejen de querer. Y entonces nos dan besos sin quererlo y hacen cosas que no quieren para que no nos enfademos. Dejan de ser ellos mismos para complacernos.

Si un niño (o cualquiera) no quiere hacer lo que queremos que haga tenemos que aceptarlo. Tiene derecho a no pensar como tú.

Estos patrones son comunes en muchas familias y continuan en la edad adulta. Cuando por ejemplo tu madre se enfada porque no vas un domingo a comer a su casa te está chantajeando. Prefiere que vayas aunque no quieras ir (que hagas lo que ella quiere) por encima de lo que a ti te apetece (ser tú mismo).

Si tus padres se enfadan si sacas un tema de conversación te están manipulando para que hables de lo que ellos quieren. Es una forma horrible de negarte como persona. A través del enfado consiguen que hagas, digas y seas lo que ellos quieren.

Y bajo este tipo de relaciones nos convertimos en adultos que por no enfadar al otro nos negamos a nosotros mismos. Con la excusa que nos han metido muy a fuego, de que hay que hacer cosas por los demás, somos capaces de hacer cosas que no queremos para satisfacer los deseos de otros.

Hay que hacer cosas por los demás, sí, pero cuando desees hacer cosas por los demás, no por miedo a que se enfaden, porque entonces dejarás de hacerlas con gusto y se convertirán en una obligación. Y no hablo de individualismo, hablo de respeto a uno mismo.

Decir más NO a los demás para decirse SÍ a uno mismo. Aunque se enfaden.

JUGAR CON LOS NIÑOS

“Es necesario dejar que los niños se aburran de vez en cuando… Solo así aprenden a ser creativos.” Kim Raver

Creo que nunca antes en la historia los padres han jugado tanto con los niños como ahora, a pesar de ser justo cuando menos tiempo pasamos con ellos. Y no es una casualidad. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué está ocurriendo?

No me refiero a compartir momentos, risas, cuentos… si no a ese juego simbólico que pertenece a los niños y en el que muchas veces veo que los adultos no terminan de encontrarse cómodos.

No quiero que penséis que me parece mal jugar con los niños a los muñecos o a los dinosaurios. Es solo que me interesa reflexionar por qué tienen ahora esa necesidad y nosotros intentamos cubrirla aunque no nos apetezca.

Por un lado está la socialización. Los niños más o menos alrededor de los tres años necesitan jugar con niños. Muchos niños no encuentran el tiempo ni el espacio para hacerlo. Vivimos cada vez de forma más solitaria, apenas conocemos a nuestros vecinos. Nos da miedo que nuestros hijos salgan solos a casa de un amigo, tampoco podemos o queremos llevarles. Vamos poco al parque. Y al final, un niño que necesita estar con otros niños para jugar, nos lo pide a nosotros porque no tiene otra opción.

Viviendo en comunidad esto no ocurriría. Los adultos disfrutarían de la compañía de otros adultos y los niños jugarían con niños. Todo padre sabe que cuando su hijo está rodeado de niños apenas le reclama.

Por otro lado estamos los padres, que no tenemos tiempo para estar con ellos. Los niños necesitan presencia. Eso del tiempo de calidad es un invento para lavar conciencias. Necesitan también cantidad. Como no podemos dársela, en el poquito tiempo que tenemos los niños quieren que juguemos con ellos, es una forma de aprovecharlo. No lo juzgo. No nos queda otra. Pero creo que quizá no es lo natural ni lo ideal.

Cuando digo que no es lo ideal es porque muchas veces, dirigimos su juego, lo invadimos. Como adultos y niños no estamos en el mismo plano de desarrollo, hay que tener cuidado de no acaparar su juego, que es suyo, nosotros solo somos invitados a su mundo y no deberíamos tratar de conquistarlo.

Pero si hay algo que me preocupa y que veo cada vez más, sobretodo en niños pequeños es el niño que está constantemente entretenido por sus padres o maestros (en las escuelas también pasa).

No es lo mismo entretenerse que divertirse. Divertirse sale de dentro, entretenerse proviene de fuera. Veo muchos niños adictos al entretenimiento, que no saben jugar un minuto solos, que no disfrutan si no es de que alguien esté continuamente jugando con ellos.

Los niños pequeños cuando empiezan en la etapa del suelo a moverse, necesitan nuestra compañía y presencia pero poco más. Necesitan también descubrirse a sí mismos, solos, su cuerpo, sus capacidades, descubrir el mundo a nuestro lado pero sin hacernos dueños. No saber divertirte sin que te entretengan te hace dependiente del exterior, apaga tu curiosidad y tu creatividad. Por eso, me parece importantísimo respetar el juego del niño en solitario, sin el juicio y la mirada constante y crítica del adulto, que le permita disfrutar de él mismo sin la necesidad de lo que yo llamo el adulto “animador”.

¿Y vosotros? Contadme ¿Jugáis con los niños?

LAS RABIETAS

“La etapa de las rabietas es buena. Y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas.” Rosa Jové

Imagina que estás muy enfadado por algo, porque alguien te ha hecho algo que no te ha gustado. Mientras esperas que los demás empaticen contigo, lo que recibes es que se enfadan por haberte puesto así, o te ignoran y te hacen sentir mal por tu reacción, dicen que exageras y que no es para tanto. Eso claramente no te ayudará a estar mejor. Pues a los niños tampoco.

Los niños pequeños alrededor de los dos años entran en la fase de las llamadas “rabietas”. No es casualidad, es el momento en el que empiezan a darse cuenta que son seres independientes, quieren tomar decisiones, dicen a todo que no, están creando su “yo” y quieren reafirmarse. Esto es sano y necesario para que el día de mañana puedan ser personas seguras de sí mismas y lo que os contaba en el post anterior, más empáticas también.

Su expresión de ira nos desborda. Los niños sienten así. Sus emociones son intensas y nos cuesta mucho acompañar estos momentos porque a nosotros no nos permitieron expresar el enfado cuando éramos pequeños. Queremos que acabe cuanto antes, si estamos en un lugar público más todavía. Nos incomoda muchísimo.

Pero el que tiene un cerebro inmaduro es el niño, los que debemos aprender a controlarnos ante estas situaciones somos nosotros. Decimos: “Es que se pone como un loco y no entiende a razones”, cuando nosotros estamos también perdiendo el control y encabezonados muchas veces porque hagan lo que nosotros queremos.

La mayoría de rabietas vienen provocadas por el adulto, porque no les dejamos tocar algo, porque tenemos prisa, porque queremos que hagan algo que no quieren. ¿Quién es entonces el que no entiende a razones? Otras veces es porque están cansados, estresados o se frustran por algo.

Los niños tienen derecho a enfadarse. Desde que se levantan hasta que se acuestan están prácticamente todo el rato haciendo lo que nosotros queremos. La rabieta también es la forma que tiene el niño de decir “basta, no puedo más”.

Podemos prevenirlas en la medida de lo posible, intentar que no se estresen tanto, que no se les pase su hora de dormir, que su mundo no sea muy frustrante diciéndoles a todo que no, pero la realidad es que las rabietas van a aparecer y hay que acompañarlas.

Hay que respetar que el niño se enfade, estar ahí, tranquilos. Podemos decirle que sabemos que está enfadado. No entremos en luchas de poder, no quieren molestarnos. No deberíamos intentar cogerle o tocarle si no quiere. Nada de “abrazos de contención” cuando el niño no quiere ser abrazado, eso es represivo. Tampoco ignorarles ni mucho menos regañarle.

Dejemos que expresen la emoción, lo que no sale se queda dentro. Según vayan creciendo podrán expresarlas de otra forma. Y tranquilos, no os preocupéis, es una fase, y como todas las fases, pasará.

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.