Categoría: Educación

LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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LOS DEBERES

“Lo siento mamá, todavía nos queda al menos una hora de juego, no puedo hacer los deberes.” FRATO

Habéis sido muchos los que me pedíais que hablara del tema de los deberes. Es un tema que trae de cabeza a padres de niños de todas las edades, porque ya hasta en infantil mandan deberes. Es preocupante, algo de lo que se ha hablado y discutido mucho pero con lo que no se ha conseguido nada porque seguimos igual o peor que antes.

A pesar de que sabemos que no sirven para nada, que roban tiempo de juego y que empeoran las relaciones familiares, seguimos los profes mandándolos y los padres empeñados en que los hagan. Es urgente que ambos cambiemos el chip.

Hay numerosos estudios que demuestran esto que digo. Los países con mejor rendimiento escolar no son los que más deberes mandan. No existe relación entre deberes y mejores notas. En cambio sí hay relación entre excesivos deberes con efectos perjudiciales en el niño.

Esto solo, debería ser determinante para que papás y profes se negarán a continuar mandando a los niños a hacer deberes. Pero cuando hablamos de cambiar algo que llevamos haciendo años siempre aparecen las excusas o los miedos.

Es que tengo que dar el temario y si no nos da tiempo. Es que tienen que aprender hábitos de estudio. Es que tienen que ser responsables. Es que todos los hacen. Es que si no los lleva le van a castigar. Es que refuerzan lo aprendido. Vamos a desmontar esto.

Nadie te obliga como profe a que se hagan todos los ejercicios del libro. El niño pasa seis horas lectivas en el colegio, tiempo de sobra para dar el temario. No se puede usar el tiempo de juego y descanso de los niños para esto.

Respecto a la responsabilidad y los hábitos de estudio, los deberes consiguen todo lo contrario. El niño sale cansado del cole, después de ocho horas y necesita desconectar. Hacer deberes consigue que aborrezcan más aún el estudio, quieren hacerlo rápido para irse a jugar, les supone una carga que más que conseguir responsalibilidad consigue obediencia. Porque ser responsable sale de dentro, nadie te puede forzar.

Lo de que refuerzan lo aprendido ya os he comentado que hay muchos estudios que desmienten esto. Es obvio. Llega un momento en que tú cabeza necesita descansar. Seguir haciendo ejercicios no hará que mejore mi comprensión. El niño que va bien los hará bien y el que va mal los hará mal.

Y respecto a los padres aconsejo siempre lo mismo: Lo primero es pelear con quien haga falta para que se eliminen los deberes del centro (sé que es complicado a veces). Hay leyes que defienden este derecho y ciudades y ecntros que lo han conseguido.

Si esta opción no es posible yo me negaría a que mi hijo los hiciese. Le permitiría no hacerlos y le explicaría al maestro las razones. (Siempre que esto no genere problemas al niño o con el centro).

Y si no te queda más remedio siempre puedes decirle que lo haga rápido para irse cuanto antes a jugar sin darle importancia ninguna al resultado o incluso “ayudarles mucho” para que acaben cuanto antes y poder así disfrutar del poco tiempo que algunos padres tienen con sus hijos para hacer cosas interesantes, divertidas y que partan del interés del niño, con las que seguro aprenderá muchísimo más.

Los deberes no es solo que no sirvan de nada es que estropean las relaciones familiares. Son fuente de conflictos, castigos, chantajes… Entorpecen más que ayudan. Son un incordio para padres y para niños que ya con cuatro años tienen que leerse un libro cada fin de semana y hacer un dibujo. Esto hace que la dinámica familiar se tenga que amoldar a los deberes, discutir con el niño el domingo a última hora porque no lo ha hecho y lo peor de todo, consigue lo contrario de lo que pretendía. Si querían fomentar la lectura y el dibujo, han conseguido que el niño no quiera leer y odie pintar

Los deberes generan estrés en los niños. Pero no solo en los que los hacen, también en los que se escaquean y prefieren jugar pero están sufriendo por si los van a castigar o a pillar sin ellos. Un niño no debería estar jugando sintiéndose mal porque no ha hecho los deberes ni dejando de disfrutar un segundo por hacerlos. #BASTADEDEBERES

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CASTIGOS VS CONSECUENCIAS

“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.” Robert G. Ingersoll

En el post de la Disciplina Positiva que podéis leer aquí, ya expliqué un poco que es muy fácil caer en los castigos y disfrazarlos de consecuencias. Hoy quiero explicar mejor cúal es la diferencia y por qué creo que un niño aprende de las consecuencias naturales y no de los castigos.

En el post de los castigos, ya os conté que estos no sirven para nada más allá de empeorar nuestra relación con los niños, crear niños sumisos y obedientes y hacerles sentir mal. Pero está muy de moda hablar de consecuencias lógicas y muchas veces es más de lo mismo. “Yo no castigo dejo que experimente las consecuencias.”

Un acto tiene consecuencias y aprendemos de ellas. Y es el mejor aprendizaje que podemos tener porque es el de la experiencia propia. Siempre decimos que no hay mejor forma de aprender que vivir, que experimentar algo. En los niños pequeñitos lo vemos muy claro. Ellos aprenden todo así continuamente. Si hago esto ocurre esto otro.

Las consecuencias naturales de los actos es lo que ocurre después naturalmente. Por ejemplo: Si pinto la pared, la consecuencia natural es que queda pintada. Si no te bañas estarás sucio. Si no te pones el abrigo tienes frío.

Si un niño no quiere recoger la habitación la consecuencia natural es que estará desordenada. No hay otra. Podemos hablar con él, ayudarle, ser ejemplo de orden. Pero tendremos que respetar que no quiera. De lo contrario tendríamos que obligarle a hacerlo ya sea con amenazas, castigos o consecuencias disfrazadas.

Para que una consecuencia sea natural debe estar relacionada directamente con el acto en sí. Si le decimos a un niño que si no se pone el abrigo no salimos al patio es castigarle por no hacer lo que nosotros queremos que haga. Puedo llevarle el abrigo por si luego tiene frío y se lo quiere poner.

Decirle a un niño que si no se termina la comida no hay postre es un castigo. La consecuencia natural de no comer es tener hambre, esto nada tiene que ver con el postre.

En definitiva se trata de cambiar la mentalidad de querer que los niños hagan lo que no quieren hacer a través otra vez de la manipulación y el chantaje disfrazándolo de consecuencias cuando no lo son.

¿Y qué pasa con los límites? Un límite es algo que ponemos al niño para protegerlo y no permitimos que experimente las consecuencias de ir sin cinturón en el coche por ejemplo, jugar con un cuchillo o cruzar la calle solo. Porque los límites no se ponen para que el niño aprenda nada, se ponen para proteger. El niño aprenderá a medida que vaya creciendo que es importante usar el cinturón, tener cuidado con el cuchillo y al cruzar la calle. En cambio las consecuencias las experimentará él solo y le servirán para aprender.

Como he dicho en varias ocasiones, si tu frase empieza por “si” (si haces esto, te pasará esto) casi seguro que es un castigo, porque las consecuencias naturales no hace falta que se las digamos, ocurren sin más.

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SI NO HACES LO QUE YO QUIERO ME ENFADO

Si te enfadas con un niño porque no quiere hacer lo que le has pedido, en realidad es que no era una petición sino una exigencia.

Hice esta reflexión el otro día porque me doy cuenta de que son muchas las relaciones entre padres e hijos, también entre parejas, amigos… que se basan en esta premisa.

Las relaciones basadas en chantajes emocionales son tóxicas, dañinas para los niños, que el día de mañana reproducirán esto con sus amigos, hijos o pareja.

Cuando nos enfadamos porque un niño no hace lo que queremos le estamos mandando el mensaje de que si no es como nosotros queremos que sea no le aceptamos. Enfadarnos con él es castigarle por ser como es.

Si no me das un beso me enfado, para un niño, significa que le quieres por lo que hace no por lo que es.

Queremos manipular a los niños y lo peor de todo es que lo conseguimos. Porque un niño lo que menos quiere en el mundo es que sus referentes le dejen de querer. Y entonces nos dan besos sin quererlo y hacen cosas que no quieren para que no nos enfademos. Dejan de ser ellos mismos para complacernos.

Si un niño (o cualquiera) no quiere hacer lo que queremos que haga tenemos que aceptarlo. Tiene derecho a no pensar como tú.

Estos patrones son comunes en muchas familias y continuan en la edad adulta. Cuando por ejemplo tu madre se enfada porque no vas un domingo a comer a su casa te está chantajeando. Prefiere que vayas aunque no quieras ir (que hagas lo que ella quiere) por encima de lo que a ti te apetece (ser tú mismo).

Si tus padres se enfadan si sacas un tema de conversación te están manipulando para que hables de lo que ellos quieren. Es una forma horrible de negarte como persona. A través del enfado consiguen que hagas, digas y seas lo que ellos quieren.

Y bajo este tipo de relaciones nos convertimos en adultos que por no enfadar al otro nos negamos a nosotros mismos. Con la excusa que nos han metido muy a fuego, de que hay que hacer cosas por los demás, somos capaces de hacer cosas que no queremos para satisfacer los deseos de otros.

Hay que hacer cosas por los demás, sí, pero cuando desees hacer cosas por los demás, no por miedo a que se enfaden, porque entonces dejarás de hacerlas con gusto y se convertirán en una obligación. Y no hablo de individualismo, hablo de respeto a uno mismo.

Decir más NO a los demás para decirse SÍ a uno mismo. Aunque se enfaden.

JUGAR CON LOS NIÑOS

“Es necesario dejar que los niños se aburran de vez en cuando… Solo así aprenden a ser creativos.” Kim Raver

Creo que nunca antes en la historia los padres han jugado tanto con los niños como ahora, a pesar de ser justo cuando menos tiempo pasamos con ellos. Y no es una casualidad. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué está ocurriendo?

No me refiero a compartir momentos, risas, cuentos… si no a ese juego simbólico que pertenece a los niños y en el que muchas veces veo que los adultos no terminan de encontrarse cómodos.

No quiero que penséis que me parece mal jugar con los niños a los muñecos o a los dinosaurios. Es solo que me interesa reflexionar por qué tienen ahora esa necesidad y nosotros intentamos cubrirla aunque no nos apetezca.

Por un lado está la socialización. Los niños más o menos alrededor de los tres años necesitan jugar con niños. Muchos niños no encuentran el tiempo ni el espacio para hacerlo. Vivimos cada vez de forma más solitaria, apenas conocemos a nuestros vecinos. Nos da miedo que nuestros hijos salgan solos a casa de un amigo, tampoco podemos o queremos llevarles. Vamos poco al parque. Y al final, un niño que necesita estar con otros niños para jugar, nos lo pide a nosotros porque no tiene otra opción.

Viviendo en comunidad esto no ocurriría. Los adultos disfrutarían de la compañía de otros adultos y los niños jugarían con niños. Todo padre sabe que cuando su hijo está rodeado de niños apenas le reclama.

Por otro lado estamos los padres, que no tenemos tiempo para estar con ellos. Los niños necesitan presencia. Eso del tiempo de calidad es un invento para lavar conciencias. Necesitan también cantidad. Como no podemos dársela, en el poquito tiempo que tenemos los niños quieren que juguemos con ellos, es una forma de aprovecharlo. No lo juzgo. No nos queda otra. Pero creo que quizá no es lo natural ni lo ideal.

Cuando digo que no es lo ideal es porque muchas veces, dirigimos su juego, lo invadimos. Como adultos y niños no estamos en el mismo plano de desarrollo, hay que tener cuidado de no acaparar su juego, que es suyo, nosotros solo somos invitados a su mundo y no deberíamos tratar de conquistarlo.

Pero si hay algo que me preocupa y que veo cada vez más, sobretodo en niños pequeños es el niño que está constantemente entretenido por sus padres o maestros (en las escuelas también pasa).

No es lo mismo entretenerse que divertirse. Divertirse sale de dentro, entretenerse proviene de fuera. Veo muchos niños adictos al entretenimiento, que no saben jugar un minuto solos, que no disfrutan si no es de que alguien esté continuamente jugando con ellos.

Los niños pequeños cuando empiezan en la etapa del suelo a moverse, necesitan nuestra compañía y presencia pero poco más. Necesitan también descubrirse a sí mismos, solos, su cuerpo, sus capacidades, descubrir el mundo a nuestro lado pero sin hacernos dueños. No saber divertirte sin que te entretengan te hace dependiente del exterior, apaga tu curiosidad y tu creatividad. Por eso, me parece importantísimo respetar el juego del niño en solitario, sin el juicio y la mirada constante y crítica del adulto, que le permita disfrutar de él mismo sin la necesidad de lo que yo llamo el adulto “animador”.

¿Y vosotros? Contadme ¿Jugáis con los niños?

LAS RABIETAS

“La etapa de las rabietas es buena. Y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas.” Rosa Jové

Imagina que estás muy enfadado por algo, porque alguien te ha hecho algo que no te ha gustado. Mientras esperas que los demás empaticen contigo, lo que recibes es que se enfadan por haberte puesto así, o te ignoran y te hacen sentir mal por tu reacción, dicen que exageras y que no es para tanto. Eso claramente no te ayudará a estar mejor. Pues a los niños tampoco.

Los niños pequeños alrededor de los dos años entran en la fase de las llamadas “rabietas”. No es casualidad, es el momento en el que empiezan a darse cuenta que son seres independientes, quieren tomar decisiones, dicen a todo que no, están creando su “yo” y quieren reafirmarse. Esto es sano y necesario para que el día de mañana puedan ser personas seguras de sí mismas y lo que os contaba en el post anterior, más empáticas también.

Su expresión de ira nos desborda. Los niños sienten así. Sus emociones son intensas y nos cuesta mucho acompañar estos momentos porque a nosotros no nos permitieron expresar el enfado cuando éramos pequeños. Queremos que acabe cuanto antes, si estamos en un lugar público más todavía. Nos incomoda muchísimo.

Pero el que tiene un cerebro inmaduro es el niño, los que debemos aprender a controlarnos ante estas situaciones somos nosotros. Decimos: “Es que se pone como un loco y no entiende a razones”, cuando nosotros estamos también perdiendo el control y encabezonados muchas veces porque hagan lo que nosotros queremos.

La mayoría de rabietas vienen provocadas por el adulto, porque no les dejamos tocar algo, porque tenemos prisa, porque queremos que hagan algo que no quieren. ¿Quién es entonces el que no entiende a razones? Otras veces es porque están cansados, estresados o se frustran por algo.

Los niños tienen derecho a enfadarse. Desde que se levantan hasta que se acuestan están prácticamente todo el rato haciendo lo que nosotros queremos. La rabieta también es la forma que tiene el niño de decir “basta, no puedo más”.

Podemos prevenirlas en la medida de lo posible, intentar que no se estresen tanto, que no se les pase su hora de dormir, que su mundo no sea muy frustrante diciéndoles a todo que no, pero la realidad es que las rabietas van a aparecer y hay que acompañarlas.

Hay que respetar que el niño se enfade, estar ahí, tranquilos. Podemos decirle que sabemos que está enfadado. No entremos en luchas de poder, no quieren molestarnos. No deberíamos intentar cogerle o tocarle si no quiere. Nada de “abrazos de contención” cuando el niño no quiere ser abrazado, eso es represivo. Tampoco ignorarles ni mucho menos regañarle.

Dejemos que expresen la emoción, lo que no sale se queda dentro. Según vayan creciendo podrán expresarlas de otra forma. Y tranquilos, no os preocupéis, es una fase, y como todas las fases, pasará.

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.

APRENDER A ESPERAR

“Se aprende a soportar la frustración cuando uno es suficientemente fuerte y tiene suficiente amor” Yolanda González

Seguro que conocéis el experimento de las nubes de golosina. Consiste en que a unos niños de cuatro años se les pone una chuchería delante y un adulto les dice que si esperan unos minutos a que vuelva y no se la han comido les dará dos.

Con este experimento se demostró que quince años después, los niños que habían podido controlarse, los que eran menos impulsivos, eran más felices. Tenían mejores relaciones sociales, trabajos en los que disfrutaban, una vida mejor.

El experimento está genial pero sabiendo eso lo interesante sería ver qué es lo que podemos hacer los adultos para que los niños cuando lleguen a los cuatro años sepan esperar y controlen mejor sus impulsos. Es decir, qué podemos hacer para que sean más felices.

Al contrario de lo que pudiera parecer no hay que frustar a los niños desde bien pequeños haciéndoles esperar. Hablé de la frustración innecesaria aquí. Se oye muchísimo la frase de: “Es que tienen que aprender a esperar.” Y a próposito hacemos que esperen con intención de “enseñarles”.

Obviamente que a veces en la vida hay que esperar, que la comida está caliente y no se la puedo dar al bebé, que tengo 14 niños en clase y no puedo darles agua a todos a la vez y tienen que esperar, pero porque no queda otra, eso no les va a ayudar en nada. Hacerlo a propósito no tiene ningún sentido.

El niño pequeño es egocéntrico, no entiende de esperas. Son impacientes y quieren las cosas ya. Si tienen hambre, sed, quieren brazos… tenemos que atender esas necesidades. Si tardamos, cada vez se pondrán peor porque no pueden gestionarlo de otra manera.

Gracias a esto, a responder a las demandas del niño generamos una mayor seguridad en sí mismo y mayor autoestima. Un niño así, el día de mañana podrá controlar mejor sus impulsos y esperar. Es un proceso, es madurativo. No se trata de enseñarles a esperar sino de dejar que adquieran la paciencia mientras no les hacemos esperar porque sí.

Un adulto impulsivo e impaciente fue un niño pequeño al que le hicieron esperar en sus necesidades más básicas. Esto provoca que se pase toda la vida en ese estado de impaciencia en el que se encontraba. Por otro lado, un niño que tiene el contacto y la atención a demanda superará esa etapa egocéntrica, será un adulto más sano y en consecuencia con más control de su vida.

Pedimos a los niños cosas para las que no están preparados. Queremos que se controlen, que sean pacientes. Pero ¿y nosotros? ¿Somos acaso un ejemplo? ¿Tenemos paciencia con ellos?

MONTESSORI SÍ PERO NO

“No me sigan a mí, sigan al niño.” María Montessori

Os conté mi experiencia en la escuela tradicional aquí, mi experiencia con la pedagogía Waldorf aquí y hoy vengo con la tercera parte de la historia que muchos estabais esperando, mi historia con Montessori.

Durante la formación de Waldorf realicé un curso de iniciación a Montessori de un fin de semana. La realidad es que me cautivó, me parecía el método perfecto y quizá lo fuera para su época, su contexto y sus necesidades pero creo que cojea por muchos lados y os voy a contar por qué.

En su momento no me di cuenta, al lado de la escuela tradicional y de Waldorf, realmente era lo mejor que había escuchado, quise formarme más y realicé el curso de Asistente y al año siguiente me matriculé en el curso de Guía de Casa de Niños 3-6 años. A lo largo de esta formación ha sido cuando he descubierto que Montessori no es perfecto, (nada lo es en realidad), que existen otras cosas más respetuosas, que responden mejor a las necesidades de los niños y que estoy segura de que si María Montessori levantara la cabeza le encantarían. Pero esa es otra historia que os contaré otro día.

El gran problema de Montessori es lo que se ha hecho con su método. Ella era una genia y hay que reconocerlo. Recomiendo a todo profe de infantil que lea sus libros, deberían ser obligatorios en la carrera, son geniales y de fácil lectura. Fue una adelantada, una visionaria que se dedicó a observar, observar y observar a los niños para ir adaptando el método a ellos, a lo que creía que necesitaban. Su método para enseñar matemáticas y a leer y a escribir son realmente buenos entre muchas otras cosas de las que os hablaré en otro post.

Ella era científica y hizo del aula un laboratorio. Se caracterizó por ir cambiando continuamente el método, perfeccionándolo, viendo que cosas no funcionaban para hacer otras. Todo lo contrario de lo que se hace ahora con Montessori. Antes de fallecer dijo que no quería que siguieran a rajatabla su método sino que siguieran evolucionanado. Pero no fue así. Desde las escuelas de formación el método sigue exactamente igual que hace cien años, con lo bueno y con lo malo. Y esto creo que ha sido el gran error que se ha cometido.

Gracias a haber querido ser fieles al método cien por cien se han quedado anclados en aspectos que ahora se sabe que no son los mejores. Voy a contaros cuales son las cosas de Montessori que para mí deberían revisarse.

Montessori hablaba de tiempo de trabajo de tres horas, en ese tiempo los niños deben estar en clase utilizando el material. Es el tiempo que ellá comprobó que duraba la concentración, con un momento de fatiga en el que luego volvían a concentrarse. En muchas escuelas que siguen el método el espacio exterior no está abierto siempre, no tienen opción durante ese tiempo a moverse libremente, saltar, correr, gritar. Los niños necesitan eso, algunos más y otros menos, pero deberían tener siempre la oportunidad de salir al exterior cuando lo deseen. No todos los niños tienen las mismas necesidades de movimiento y no es lo mismo un niño de tres que uno de seis.

Otro aspecto a valorar es el de las presentaciones. Montessori hace muchísimo hincapié en como han de ser de precisos y lentos los movimientos durante la presentación de un material. Soy partidaria de que los niños exploren el material sin presentaciones. Creo que es más enriquecedor para ellos descubrir por ellos mismos. Con esto no quiero decir que no pueda explicarse nada o que no haya ciertos materiales que requieran ayuda sino que no creo que los niños necesiten esas presentacionas tan sumamente largas y exactas que restan naturalidad y una comunicación real y fluída.

En relación a esto, tampoco me gusta esa poca conversación con los niños en las aulas Montessori, en las que las guías apenas hablan con los niños y todo es demasiado estructurado y frío. Puede llegar a convertirse el aula en un espacio artficial donde no hay espontaneidad ni creatividad.

Respecto a la gestión del aula, se está utilizando en muchos espacios Montessori la Disciplina Positiva, de la que ya os hablé aquí y os conté por qué no me convence. Tampoco me gusta como acompañan los conflictos en el aula, el tema del “no se pega” por ejemplo.

Otro tema que siempre genera conflicto es el de la fantasía. Hablaré más en profundidad sobre esto en otro post. Pero igual que sí que creo que los peques de cero a tres necesitan más realidad, no creo que los niños de 3-6 no puedan disfrutar de ello.

Por último mencionar el tema del juego simbólico. Montessori decía que el niño no necesitaba “jugar a” sino hacer de verdad. No jugar a que cocinaba sino cocinar, no jugar a que limpiaba sino limpiar. Hoy sabemos que el juego simbólico es importantísimo en los niños por lo que no comparto la idea de no tener juguetes en el aula mas allá del material Montessori, creo que esto les limita. Tampoco me gusta que no les dejen utilizar el material Montessori para otro fin que no sea para el que se pensó.

En definitiva no me gusta la rigidez que tiene el método en ciertos aspectos y como se gestionan algunas cosas en el aula. También soy consciente de que no todas las guías trabajan igual y que no en todos los coles Montessori se sigue todo de la misma forma. De todas formas Montessori tiene muchísimas cosas buenas y creo que pueden ser muy útiles para cualquier aula de infantil. Pero eso da para mucho y os lo cuento otro día.

LOS COLES “BILINGÜES”


“Si hablas a un hombre en una lengua que entiende, el mensaje llega a su cabeza. Si le hablas en su lengua, le llega a su corazón.” Nelson Mandela

Los coles bilingües están de moda. No niego que aprender inglés pueda ser importante. Que el nivel de este país es vergonzoso es una realidad. Pero nos han dado gato con liebre con este tema. Las familias se lo han creído y empiezan a verse las consecuencias. 

El primer problema que planteo es la formación del profesorado. De un año para otro un gran número de coles han pasado a ser bilingües y es imposible que a los profes les de tiempo a adquirir un nivel tan bueno como para llamar bilingüe a un colegio. Esto da lugar a profes con un pésimo dominio de la lengua que hacen lo que pueden. Yo misma soy maestra de inglés y he ejercido en cole “bilingüe” cuando el nivel con el que salimos de la carrera es realmente vergonzoso.

Los niños de infantil por ejemplo acaban aprendiendo palabras de vocabulario, muchas veces descontextualizadas, a fuerza de repetirlas, pero para nada hablan inglés o entienden más que cuatro frases, es imposible cuando no es significativo para ellos más allá de un aula. En algunas escuelas se compagina la enseñanza de la lectura y escritura en inglés y en español con las dificultades que esto conlleva. No digo que no exista inglés en infantil, es una opción más como otra cualquiera, pero sí cuestiono el cómo se imparte la asignatura y la idea de hablar SIEMPRE en inglés a los niños.

El niño en los primeros años está formando su personalidad, se está desarrollando en muchos aspectos y es básico para ello la comunicación. Poner por encima de todo la adquisición de una lengua (aunque no se llega a adquirir como ya he dicho) antes que otras cosas más importantes me parece un grave error.

Necesitamos nuestra lengua para expresarnos, para hablar de sentimientos, de emociones. Un profe no puede conectar con un niño en una lengua que no es suya. Muchos profes se quejan de no poder usar el humor, la ironía porque en otro idioma es imposible. Se pierden muchísimas cosas cuando hablamos en inglés a los niños. Como dice Mandela cuando hablamos en otro idioma lo hacemos desde la cabeza y los niños necesitan que les hablemos desde el corazón y no solo eso, necesitan entendernos además. Esto es fundamental.

Los profes que tienen que hablar en inglés todo el rato se sienten obligados a ello por la imposición del sistema pero muchos no se sienten cómodos en esa lengua y se ven limitados en su relación con los niños. 

Otro aspecto  a considerar es el de los resultados. Está ocurriendo que los niños están obteniendo menor puntuación que antes en las asignaturas que son en inglés. Es normal. ahora se añade la dificultad del idioma. Si se te da mal inglés, fracasarás en esa y en las demás. Se está enseñando el ciclo del agua en inglés a niños que no dominan la gramática inglesa. Es como querer que multipliquen sin saber sumar. Además desconocerán los propios conocimientos en su lengua. Saberse historia o biología en inglés y desconocerlo en el propio idioma es algo que está ocurriendo. Además que como he dicho antes, exige a los profesores un trabajo extra de preparación que para muchos es casi inalcanzable.

Por lo que parece los resultados de todo esto no están siendo muy positivos. Seguimos con bajos niveles de inglés y al final los que lo dominan son los que tienen recursos para salir fuera del país o dar clases particulares o en academias. Con lo cual para mi el “plan bilingüe” es un fracaso y si tuviera que elegir un cole creo que hay aspectos muchísimos más importantes que este a tener en cuenta a la hora de escolarizar. Pero como siempre digo, es solo mi humilde opinión. Y vosotros ¿qué opináis?