Categoría: Los niños que no quieren ir al cole

YO TAMPOCO QUERÍA IR AL COLE

“No puedo enseñar así por más tiempo. Si os enteráis de algún trabajo en el que no tenga que hacer daño a los niños para ganarme la vida, hacédmelo saber.” John Taylor Gatto
Rocío tiene 20 años, acaba de terminar la carrera y no puede creerse que va a empezar a trabajar en un cole de infantil como tutora. Es su sueño. Tiene mil ideas y está emocionada, pero cuando lleva un mes allí ya no está tan contenta y no entiende por qué. Pasan los meses y cada vez tiene menos ilusión. A pesar de que los niños la adoran, ella no está bien. Se siente estresada, cansada, ha empezado a tener problemas con las compañeras, con la jefa y a tener crisis de ansiedad. La gente le dice que es normal, que ya se acostumbrará. Aguanta allí tres años hasta que un día no puede más y decide dejar atrás el que creía su sueño y no volver más. Rocío tampoco quería ir al cole.
A pesar de que la carrera de magisterio deja mucho que desear y de que está anticuada en metodologías y demás formas de hacer, creo que todas salimos de allí con ilusión y ganas de cambiar las cosas, de por fin tener un aula con niños y disfrutar de la profesión. Pero somos muchas las que nos damos de bruces con la realidad de un sistema educativo que deja poco margen de actuación, que tiene muchas trabas y que nos pone muchas zancadillas para disfrutar de verdad de estar con los niños.
Esta es mi experiencia y cada una tendrá la suya, pero me consta que muchas cosas se están haciendo mal en muchos sitios. Que no era la única que lo estaba pasando mal. Que hay mucha gente que quiere huir de las escuelas infantiles y mucha que no puede.
29 niños de 4 años en muy pocos metros cuadrados es muy estresante. Tienes varias opciones: coges el rol de sargento, los tienes firmes y callados para que no se te descontrolen, o tomas el rol de animadora que tanto me disgusta, de estar cantando y haciendo teatro todo el día para que estén entretenidos y tampoco se te descontrolen. Y luego está la opción 3, que fue la que acabó conmigo y me trajo problemas. Dejar que se descontrolen, que jueguen, que salten, que se peleen, que hagan trenes con las sillas, castillos con las mesas, que no vayan en fila, que coman lo que quieran… Eso sí, las tres son agotadoras por igual, aunque unas mejores que otras.
Lo peor era bajar a la piscina. Todos los días me decían que nos iban a poner un ayudante, pero acabó el curso y nunca vino. Bajaba con los 29, los desvestía, se bañaban y luego tenía que vestirlos a todos, en media hora, con el calor del vestuario, mientras camisetas y calcetines volaban por los aires y se mezclaban unos con otros. Todo esto rezando para que la camiseta que le había puesto a Berta, fuera la de Berta y no la de Juan, porque sino al día siguiente tendría bronca de su madre. Como aquel día que Luis se fue con los zapatos cambiados, el derecho en el izquierdo y recibí una nota diciendo que era inadmisible lo que había ocurrido y que no me iban a consentir que volviera a pasar.
Bueno miento, lo peor no era eso. Lo peor era la violencia y lo peor es cuando la normalizas. Porque gritar es violencia, zarandear es violencia, meter una cuchara en la boca a la fuerza es violencia, humillar es violencia, dar en la boca a un bebé por morder es violencia, insultar es violencia, tener a un niño castigado sin moverse es violencia. Y hubo un día en que vi claro que o me iba o acabaría convirtiéndome en esas personas que me horrorizaban tanto cuando pisé el cole por primera vez. 

Por suerte elegí lo primero y a esas personas en realidad les debería dar las gracias, me enseñaron aunque quizá no de la mejor forma, el tipo de maestra a la que nunca me gustaría parecerme. Salí de allí pensando que mi carrera como maestra había terminado, no quería saber nada más de coles y niños. Pero todo en la vida pasa por algo y siempre digo que si no hubiera estado allí, hoy no estaría aquí. Porque no, no dejé la educación, sino que descubrí un mundo nuevo llamado pedagogías alternativas, con sus luces y sus sombras, pero que me cambió la vida, sí, suena grande, pero es verdad. Pero eso es otra historia y ya os lo cuento otro día…

LAS MANUALIDADES

“Todo niño es un artista, porque todo niño cree ciegamente en su propio talento. La razón es que no tienen ningún miedo a equivocarse… hasta que el sistema les va enseñando poco a poco que el error existe y que deben avergonzarse de él.” Ken Robinson

Erik tiene tres años y ayer, que fue el día de la familia, tuvo que dejar su juego a desgana para que le pusiera pintura en los pies y los plantara en un folio. El mes pasado tuvo que pegar unas orejas, con mi ayuda, a uno de los 24 conejos que había hecho para Pascua. Mañana pintará con pintura de dedos una flor para la fiesta de la primavera y para Navidad haremos tarjetas en las que pegará papelitos verdes dentro de un arbolito dibujado por mí. Yo odio este tipo de actividades, Erik también. Creo que a los únicos a los que les gustan es a sus papás. Erik hay días que no quiere ir cole.
Como contaba en el artículo de el baile  de fin de curso, en la escuela infantil, y en primaria también ocurre mucho, se hacen un montón de cosas absurdas que además de gastar energía y tiempo tanto para los niños como para las profes, creo que no sirven para nada, e incluso que son perjudiciales.
Para fomentar la creatividad, la capacidad para crear e inventar, algo de lo que tanto se habla ahora en educación, quizá este tipo de actividades sea lo peor que hay para ese fin. Decirle a un niño de qué color pintar eso, cómo y dónde poner esa pegatina, cómo dibujar aquello, y dónde colocar esas orejas al conejo, deja nula opción a la creatividad. Todo ya está creado por otros, solo hay que acatar órdenes.
Por otro lado, no solemos dejar a los niños opción de hacerlo o no, suelen ser actividades dirigidas e impuestas, no queremos que ningún papá se quede sin regalo, y si vemos que no hay forma de que lo haga, siempre podemos hacerlo las profes, si total, el fin es que el niño saque un regalito. ¿Porque era ese el fin no?
Porque divertirse con este tipo de actividades, los niños no se divierten. Aprender, no aprenden nada que no puedan hacer jugando o con actividades libres que ellos elijan. Y la creatividad, ya hemos visto que fomentarla no la fomentan. Entonces, ¿Por qué seguimos haciéndolas?
En el aula debe haber tijeras, pegamento, pinturas y material creativo a disposición de los niños para el que quiera utilizarlo. Deben ser libres para crear lo que quieran y libres para regalárselo a quien quieran. Porque obligar a un niño que no quiere a hacer una manualidad para dársela a alguien, es de todo menos un regalo.
Me da la sensación de que las maestras intentamos llenar muchos espacios haciendo cosas porque creemos que si no hacemos nada y los niños juegan todo el rato, están perdiendo el tiempo, cuando es justo lo contrario, están perdiendo el tiempo haciendo estas actividades y es mil veces más productivo para ellos el juego libre.
Un voto para dejar de lado las manualidades obligatorias, y lo siento mucho por los papás que se quedarán sin tarjeta de Navidad, pero estoy segura de que las maestras que se pasan tardes recortando orejitas y ojos de conejo de cartulina me lo agradecerán.

EL BAILE DE FIN DE CURSO

“Y si nos estimulasen el pensamiento en vez de decirnos lo que tenemos que hacer.”
Sara tiene cuatro años y es una niña muy especial. No le gustan muchos las multitudes ni ser el centro de atención. Llevamos quince días ensayando el baile para el festival de fin de curso pero en el momento en el que ha empezado a sonar la música, Sara se ha visto ahí arriba del escenario, con tanta gente mirando que se ha puesto a llorar y ha venido hacia mí que estaba abajo intentando marcar los pasos para que los niños me siguieran. La he cogido, se ha calmado y se la he dado a sus padres. La música seguía sonando, pero como yo he dejado de hacer los movimientos, los niños se han perdido. Ha sido un desastre. Los padres aplauden igual. Les hace mucha ilusión este tipo de cosas. Yo estoy cabreada. Todo esto me parece ridículo. Esto es una fiesta donde los que deberían disfrutar son los niños, no solo los padres y no estoy segura de que todos los niños de cuatro de años disfruten con esto. Sara llevaba quince días que no quería venir al cole.
Hace quince días nos dieron los horarios de ensayo para bajar con los niños a practicar el baile al salón de actos.
Primer día:
“Chicos vamos a preparar un baile para los papás. Da igual que no os guste la canción, que no os guste bailar, que os de vergüenza, que no os apetezca, que no queráis. Vamos a hacerlo.”
14 días posteriores:
“Julia ponte aquí. Pedro tú aquí. No te muevas Lucas. He dicho que ahí quietos hasta que suene la música. Raquel agárrate a tu compañero. Ahora vuelta, ahora saltamos, ahora cambiamos de lado. ¿Sonia qué haces? Tienes que ir para el otro lado. Luis no es momento de jugar, estamos ensayando. Sofía un paso atrás. ¿No te acuerdas? Venga, muy bien. ¡Raúl vale ya! Como sigas así te quedas sin bailar. Lidia fenomenal, es la única que se sabe los pasos. Venga, yo voy a estar debajo y tenéis que mirarme por si se os olvida. ¿Sara no quieres bailar? Tus papás quieren verte, si no se pondrán tristes. ¡Andrea para! ¡Carlota basta! ¡SILENCIOOOOO!”
Que queréis que os diga. A mí no me compensa y creo que a ellos tampoco. Es cierto que luego queda muy bonito y muy vistoso. Es cierto que a los papás les encanta, pero mi experiencia me dice que la mayoría de niños de cuatro años no disfrutan con esto. A muchos no les gusta bailar, muchos no están preparados para seguir tantas órdenes, muchos no aguantan tanto tiempo haciendo la misma actividad, muchos no quieren hacerlo, muchos prefieren bailar a su ritmo, muchos no están maduros para entender los pasos, muchos prefieren jugar a ensayar, muchos se aburren soberanamente y yo me siento totalmente frustrada porque no deseo hacer esto, porque para conseguirlo tengo que pelearme con ellos y no quiero. Tengo que obligarles y no quiero. Tengo que gritar y no quiero. Pero no pasa nada, los papás aplaudirán y harán muchas fotos e incluso vendrán a felicitarme y eso debe ser que es lo único que importa.

LA FILA

¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones? Michel Foucault
Candela tiene seis años y lleva desde los tres intentando ir en fila. A mí es de las cosas que me ponen de mal humor en la escuela porque nunca consigo que la hagan bien, que vayan en línea y acaba siendo un desastre. He intentado alguna vez que se desplacen andando normal, sin fila, pero me han llamado la atención las directoras porque los niños tienen que ir en fila, así que les obligo a ir así aunque no nos guste ni a ellos ni a mí. Hay otras compañeras que se dejan la vida en ello. Gritan, regañan, castigan si los niños no van bien agarrados y se pueden tirar media hora para subir del patio hasta que la fila esté perfecta. No se dan cuenta que da igual, sea septiembre o junio seguirán con la misma pelea y la fila seguirá sin salirles bien. Candela hay días que no quiere ir al cole.
La fila es otra de las cosas que se siguen haciendo en las escuelas desde no se sabe cuando y en la que no nos paramos a pensar mucho. Donde fueres haz lo que vieres, dice el refrán. Y así andamos todos los maestros intentando hacer filas sin preguntarnos por qué y para qué las hacemos.
Los niños las odian, son siempre causa de peleas por quien va primero, quien se cuela… pero además es incómodo, si tienen que agarrarse a la ropa del de delante, se tropiezan… Imaginaros ir así en vuestro trabajo. No es una forma muy natural de moverse.
La fila puede ser útil en la vida para algunas cosas, pero tal cual la utilizamos en los coles es simple y llanamente porque es cómoda para los adultos, es señal de obediencia y orden, pero quizá no sea la mejor forma de moverse para un niño. Queremos que sean autónomos e independientes, pero no confiamos en ellos ni fomentamos con este tipo de normas que lo sean.
Hay ocasiones en que no nos quedará más remedio, pero se puede reflexionar para ver si muchas otras podemos no recurrir a ellas. Por ejemplo, la subida del patio suele ser el momento más caótico debido a que hay muchos grupos pero podemos hacer la fila en el patio y una vez contados todos ir a clase en grupo, andando normal, como nos desplazamos los adultos por los sitios. O igual simplemente basta con que un profe vaya al principio y otro al final para asegurarse de que todos van para las aulas. No sé, seguro que hay mil opciones mucho más respetuosas. Quizá serán algo más movidas y más ruidosas, pero que no se nos olvide, que estamos en una escuela no en un cuartel militar.

NO HAY QUE COMPARTIR

“Muy lenta y dolorosamente aprendí que cuando yo empecé a enseñar menos, los niños empezaron a aprender más.” John Holt
Rebeca tiene cuatro años, es de la clase de al lado y está harta de compartir. Cuando sale al patio y coge un triciclo siempre hay otro niño que también lo quiere. Su profe cuando ve que ya ha estado un rato, la baja aunque ella no quiere y se lo da a otro niño. Le dice, Rebeca hay que compartir. Cuando en clase coge una muñeca y otro niño la quiere y se lo dice a la profe, esta le quita la muñeca y Rebeca se queda llorando. Ella le dice que hay que compartir. Sus padres cuentan que cuando va al parque no quiere prestar sus juguetes, que la obligan a compartir, no quieren que Rebeca sea una egoísta y le dicen que si no comparte, los demás no van a compartir con ella. Rebeca hay días que no quiere ir al cole.
El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos.
Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere.
Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere.
Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
Por esto yo siempre propongo lo siguiente. Primero dejar deintervenir tanto, y darles la oportunidad de resolverlo solos. Nos sorprenderá. Seguramente quien tenga el objeto deseado no lo querrá soltar y el otro puede que decida irse. Y si vemos que necesitan ayuda podemos explicarles y poner palabras a lo que pasa: Rebeca tiene ese triciclo, se que tú también lo quieres pero está ella ahora con él. Si lo suelta podrás cogerlo. Esto que puede parecer que solo beneficia a Rebeca, en realidad no es así. El día de mañana, su compañero podrá estar tranquilo cuando coja un triciclo o cualquier otra cosa, porque sabrá que puede disfrutar de ello todo el tiempo que quiera y que no debe preocuparse porque vaya a venir un adulto justiciero a quitarle su gran tesoro.

LOS CUENTOS

“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.” Jorge Luis Borges

Vega tiene 6 años y ha sido alumna mía desde los 3. Siempre le han encantado los cuentos como a casi todos los niños, pero lleva un tiempo en el que durante la asamblea, cuando leemos algún cuento ella se quiere ir a jugar así que empieza a hablar con una amiga, se distrae, molesta… Yo le digo que es la hora del cuento y que hay que atender, pero eso a Vega le da igual. Vega hay días que tampoco quiere ir al cole.

La gran mayoría de niños adora los cuentos. Desde que tienen un añito, incluso antes, les encantan que les cuenten historias y ver los dibujos. Es una actividad placentera y debería serlo durante toda la vida.

En el mismo momento en el que obligamos a un niño que no quiere a ver un cuento, a leer u libro, a escuchar una historia, nos estamos cargando de un plumazo el placer que conlleva. “Se puede obligar a prestar atención pero no a mostrar interés.” Una frase que me encanta y que todo maestro debería grabarse a fuego. ¿Cuál es el fin último de leerle un cuento a un niño? ¿Qué estamos fomentando? ¿Qué queremos cultivar en ellos?

Según los niños se van haciendo mayores la cosa se complica. Al principio, cuando son muy pequeños, les interesa casi cualquier historia, los cuentos para las primeras edades les llaman mucho la atención y no suele haber problema, pero cuando van creciendo todas las historias ya no les interesan a todos o quizá no en ese momento porque están interesados haciendo otra cosa.

Además hay un punto clave en esto y es cuando pasamos de leerles cuentos por el mero hecho de disfrutar, a cuando queremos conseguir objetivos “pedagógicos” con ello, y entonces los cuentos nos sirven para introducir cosas que queremos que aprendan y lo hacemos por obligación. Y ellos, como es lógico, lo notan y rechazan.

Después en primaria la cosa continúa y es aún peor. Deben leer cuentos y hacer dibujos o resúmenes, para acabar en secundaria leyendo el Quijote. Y todo esto se hace en teoría como fomento de la lectura.

¿Y entonces no les leemos cuentos? Claro que podemos leer cuentos, pero lo respetuoso para todos, para el que escucha y para el que lee, sería leer cuentos para aquellos que quieran escuchar. No hace falta que todos los niños hagan lo mismo en el mismo momento, no es normal que todos los niños quieran hacer lo mismo a la vez, es imposible y solo sirve para que nos enfademos y tengamos que andar peleándonos con ellos.

No tengamos miedo, el niño que no escucha el cuento, no se está perdiendo nada imprescindible. Algo entretenido en todo caso, pero tendrá sus razones. Si no quiere oírlo será porque algo mucho más interesante para él querrá hacer y eso es mucho más importante. Forzarle a ello solo hará que le cree más rechazo.

La lectura no se puede imponer ni forzar, y esto hay que tenerlo claro para empezar a actuar en consecuencia desde que los niños son muy pequeños. Después nos preocuparemos por esos adolescentes que no quieren coger un libro, y huyen de todo lo que tenga más de 140 caracteres, y no sabremos exactamente qué hemos hecho mal.

LA COMPETITIVIDAD

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra.” M. Montessori
Aarón tiene 4 años y no le gusta nada perder. Se siente frustrado y se pone a llorar. Quiere jugar pero solo si va a ganar, cuando ve que está perdiendo dice que no quiere jugar más. Le pasa en clase, en el patio y dice su madre que en casa también. Yo le digo que hay que saber perder, que no siempre se gana, que lo importante es participar, y todas esas cosas que se supone que hay que decir a los niños en estos casos. Aarón hay días que no quiere ir al cole.
Vivimos en un mundo competitivo, de eso no hay ninguna duda. Y como dijo Montessori la competitividad es el principio de cualquier guerra. Este modelo competitivo se lo estamos metiendo a los niños prácticamente desde que nacen y les comparamos con los logros de los demás, con las notas y con los juegos de clase.
En una clase de 28 niños hacemos juegos en los que gana uno y pierden 27. Frustramos a 27 niños que no son capaces aún de lidiar con ello no sé con qué intención realmente. Quizá creemos que así aprenderán que en la vida no siempre se gana. Pero eso lo van a aprender a pesar de nosotros, eso lo podemos dar por sentado. No necesitan que artificialmente se lo mostremos, la vida se encargará de ello.
Este mundo lo que necesita es menos competitividad y más cooperación. Se habla de pasada de juegos cooperativos, pero la realidad es que principalmente en las aulas el modelo que más se repite no es ese. Invito a padres y maestros a buscar juegos de mesa y de muchos otros tipos que invitan a la cooperación, son igualmente divertidos y ganamos todos o perdemos todos. Los valores que muestran son totalmente diferentes.
Igual alguno puede pensar que el día de mañana estos niños serán adultos y tendrán que luchar por un puesto de trabajo y es cierto, pero eso nada tiene que ver con intentar pisar a otros para subir yo. Tiene que ver con la única competencia que vale, que es la que tenemos con nosotros mismos. Intentar ser mejor, intentar superarse e intentar lograr llegar a ser quien queremos ser porque lo que hacemos es bueno en sí mismo, independientemente de lo que hagan los demás.
¿Significa que debemos evitar siempre los juegos competitivos? Sería lo más recomendable los primeros seis años, ya que no aportan nada positivo y en estas edades los niños aún son pequeños para gestionarlo. Aunque depende mucho de cada niño. Hay niños que lo toleran mejor que otros. Lo que está claro es que la competitividad no es un valor, y que la escuela a través de las notas, de los castigos, de los juegos, del “tú fenomenal y tú fatal”, del “a ver quien se lo termina primero”… está mandando un mensaje a los niños de que el mundo es una competición y los que están al lado son nuestros enemigos.
El día de mañana esos niños serán esos adultos que creerán que para ser felices tienen que tener más dinero, mejor casa, mejor coche que el vecino en vez de buscar la felicidad en unirnos unos con otros para intentar formar parte de algo más grande cuyo fin último sea un mundo mejor para todos.

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SEXUALIDAD INFANTIL

“La función de la supresión de la sexualidad infantil y adolescente es facilitar a los padres la sumisión de los niños a su autoridad” Wilhelm Reich

Claudia tiene 4 años, es de enero, la más mayor de la clase. Le encanta bailar, cantar y dibujar y aunque es una niña muy tímida, cuando cree que nadie la está mirando se desmelena y lo hace realmente bien. Es una artista. Se lo he dicho a su madre, pero se lo toma un poco a broma. A ella lo que le importa es que Claudia tiene mucho carácter y se le está subiendo a la chepa. Daniela se masturba en clase cuando está aburrida, lo que ocurre muchos días. Es muy madura y todo le parece demasiado fácil. Yo no se cómo enfocar el tema, la pedagoga me ha dicho que la distraiga para que deje de hacerlo, pero la verdad es que a mí no me molesta. Su madre dice que en casa lo hace mucho y que ella la regaña. Hay muchos días que Claudia no quiere ir al cole.
El tema de la sexualidad es tabú en esta sociedad. Si encima juntamos sexualidad y niños saltan todas las alarmas y solo podemos pensar en acoso y demás aspectos sucios que nada tienen que ver con la sana sexualidad infantil, que existe aunque no queramos verla.
Los niños hasta los tres años más o menos están en una etapa conocida como etapa oral. Encuentran placer en la boca, son los años de la lactancia y el chupete. A partir de ahí el placer se traspasa a la zona genital. Los niños comienzan a tocarse, les interesa lo que tienen los demás, preguntan… Y esto es lo sano y natural.
En países como el nuestro lo que ocurre es que debido a este gran tabú y a la represión que va pasando de generación en generación los niños dejan de hacerlo, lo hacen a escondidas, se sienten culpables y ese es el fin del problema. Los adultos ya no hablan de ello y aquí no ha pasado nada.
Pero sí pasa. La sexualidad forma parte de la vida, es sana y necesaria. No hay que reprimirla. Frases como: no te toques ahí, no seas cochina, eso no se hace… no son las más indicadas cuando vemos a un niño hacerlo. Que nos moleste, incomode, o nos parezca sucio es un problema nuestro que tendremos que resolver, pero lo que el niño hace ni es de cochinos, ni está mal, así que el mensaje debería ser diferente.
Podemos hablarles de la privacidad, de la intimidad, pero nunca deberíamos hacerles sentir mal por hacer una cosa que está bien y que es buena y placentera.
Por otro lado a estas edades comienzan a curiosear con el cuerpo de los demás, quieren conocer, explorar, “jugar a los médicos” y normalmente no les dejamos. Nos vuelve a incomodar y vuelve a salir esa represión que tenemos guardada dentro. Mientras los niños jueguen libremente, con niños de su misma edad, y haciendo cada uno lo que quiere con su cuerpo, no debería preocuparnos. Es normal, sano, y forma parte del desarrollo infantil.
El mundo en el que vivimos está loco. Reprimimos lo sano, nos parece mal que un niño se masturbe, que descubra el cuerpo y los límites con otros, no hablamos de sexo con ellos y dejamos que se eduquen solos cuando son adolescentes buscando respuestas a esas preguntas que no contestamos en su día, en la pornografía y en internet, que les muestra una sexualidad distorsionada, violenta, tóxica y sumamente machista.
Ah, por cierto, por si alguien anda preocupado. Permitir una sexualidad sin represión a nuestros niños les protege de sufrir abusos en el futuro.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.