“Se aprende a soportar la frustración cuando uno es suficientemente fuerte y tiene suficiente amor” Yolanda González

Seguro que conocéis el experimento de las nubes de golosina. Consiste en que a unos niños de cuatro años se les pone una chuchería delante y un adulto les dice que si esperan unos minutos a que vuelva y no se la han comido les dará dos.

Con este experimento se demostró que quince años después, los niños que habían podido controlarse, los que eran menos impulsivos, eran más felices. Tenían mejores relaciones sociales, trabajos en los que disfrutaban, una vida mejor.

El experimento está genial pero sabiendo eso lo interesante sería ver qué es lo que podemos hacer los adultos para que los niños cuando lleguen a los cuatro años sepan esperar y controlen mejor sus impulsos. Es decir, qué podemos hacer para que sean más felices.

Al contrario de lo que pudiera parecer no hay que frustar a los niños desde bien pequeños haciéndoles esperar. Hablé de la frustración innecesaria aquí. Se oye muchísimo la frase de: “Es que tienen que aprender a esperar.” Y a próposito hacemos que esperen con intención de “enseñarles”.

Obviamente que a veces en la vida hay que esperar, que la comida está caliente y no se la puedo dar al bebé, que tengo 14 niños en clase y no puedo darles agua a todos a la vez y tienen que esperar, pero porque no queda otra, eso no les va a ayudar en nada. Hacerlo a propósito no tiene ningún sentido.

El niño pequeño es egocéntrico, no entiende de esperas. Son impacientes y quieren las cosas ya. Si tienen hambre, sed, quieren brazos… tenemos que atender esas necesidades. Si tardamos, cada vez se pondrán peor porque no pueden gestionarlo de otra manera.

Gracias a esto, a responder a las demandas del niño generamos una mayor seguridad en sí mismo y mayor autoestima. Un niño así, el día de mañana podrá controlar mejor sus impulsos y esperar. Es un proceso, es madurativo. No se trata de enseñarles a esperar sino de dejar que adquieran la paciencia mientras no les hacemos esperar porque sí.

Un adulto impulsivo e impaciente fue un niño pequeño al que le hicieron esperar en sus necesidades más básicas. Esto provoca que se pase toda la vida en ese estado de impaciencia en el que se encontraba. Por otro lado, un niño que tiene el contacto y la atención a demanda superará esa etapa egocéntrica, será un adulto más sano y en consecuencia con más control de su vida.

Pedimos a los niños cosas para las que no están preparados. Queremos que se controlen, que sean pacientes. Pero ¿y nosotros? ¿Somos acaso un ejemplo? ¿Tenemos paciencia con ellos?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *