Categoría: Los niños que no quieren ir al cole

YO TAMPOCO QUERÍA IR AL COLE

“No puedo enseñar así por más tiempo. Si os enteráis de algún trabajo en el que no tenga que hacer daño a los niños para ganarme la vida, hacédmelo saber.” John Taylor Gatto
Rocío tiene 20 años, acaba de terminar la carrera y no puede creerse que va a empezar a trabajar en un cole de infantil como tutora. Es su sueño. Tiene mil ideas y está emocionada, pero cuando lleva un mes allí ya no está tan contenta y no entiende por qué. Pasan los meses y cada vez tiene menos ilusión. A pesar de que los niños la adoran, ella no está bien. Se siente estresada, cansada, ha empezado a tener problemas con las compañeras, con la jefa y a tener crisis de ansiedad. La gente le dice que es normal, que ya se acostumbrará. Aguanta allí tres años hasta que un día no puede más y decide dejar atrás el que creía su sueño y no volver más. Rocío tampoco quería ir al cole.
A pesar de que la carrera de magisterio deja mucho que desear y de que está anticuada en metodologías y demás formas de hacer, creo que todas salimos de allí con ilusión y ganas de cambiar las cosas, de por fin tener un aula con niños y disfrutar de la profesión. Pero somos muchas las que nos damos de bruces con la realidad de un sistema educativo que deja poco margen de actuación, que tiene muchas trabas y que nos pone muchas zancadillas para disfrutar de verdad de estar con los niños.
Esta es mi experiencia y cada una tendrá la suya, pero me consta que muchas cosas se están haciendo mal en muchos sitios. Que no era la única que lo estaba pasando mal. Que hay mucha gente que quiere huir de las escuelas infantiles y mucha que no puede.
29 niños de 4 años en muy pocos metros cuadrados es muy estresante. Tienes varias opciones: coges el rol de sargento, los tienes firmes y callados para que no se te descontrolen, o tomas el rol de animadora que tanto me disgusta, de estar cantando y haciendo teatro todo el día para que estén entretenidos y tampoco se te descontrolen. Y luego está la opción 3, que fue la que acabó conmigo y me trajo problemas. Dejar que se descontrolen, que jueguen, que salten, que se peleen, que hagan trenes con las sillas, castillos con las mesas, que no vayan en fila, que coman lo que quieran… Eso sí, las tres son agotadoras por igual, aunque unas mejores que otras.
Lo peor era bajar a la piscina. Todos los días me decían que nos iban a poner un ayudante, pero acabó el curso y nunca vino. Bajaba con los 29, los desvestía, se bañaban y luego tenía que vestirlos a todos, en media hora, con el calor del vestuario, mientras camisetas y calcetines volaban por los aires y se mezclaban unos con otros. Todo esto rezando para que la camiseta que le había puesto a Berta, fuera la de Berta y no la de Juan, porque sino al día siguiente tendría bronca de su madre. Como aquel día que Luis se fue con los zapatos cambiados, el derecho en el izquierdo y recibí una nota diciendo que era inadmisible lo que había ocurrido y que no me iban a consentir que volviera a pasar.
Bueno miento, lo peor no era eso. Lo peor era la violencia y lo peor es cuando la normalizas. Porque gritar es violencia, zarandear es violencia, meter una cuchara en la boca a la fuerza es violencia, humillar es violencia, dar en la boca a un bebé por morder es violencia, insultar es violencia, tener a un niño castigado sin moverse es violencia. Y hubo un día en que vi claro que o me iba o acabaría convirtiéndome en esas personas que me horrorizaban tanto cuando pisé el cole por primera vez. 

Por suerte elegí lo primero y a esas personas en realidad les debería dar las gracias, me enseñaron aunque quizá no de la mejor forma, el tipo de maestra a la que nunca me gustaría parecerme. Salí de allí pensando que mi carrera como maestra había terminado, no quería saber nada más de coles y niños. Pero todo en la vida pasa por algo y siempre digo que si no hubiera estado allí, hoy no estaría aquí. Porque no, no dejé la educación, sino que descubrí un mundo nuevo llamado pedagogías alternativas, con sus luces y sus sombras, pero que me cambió la vida, sí, suena grande, pero es verdad. Pero eso es otra historia y ya os lo cuento otro día…

LAS MANUALIDADES

“Todo niño es un artista, porque todo niño cree ciegamente en su propio talento. La razón es que no tienen ningún miedo a equivocarse… hasta que el sistema les va enseñando poco a poco que el error existe y que deben avergonzarse de él.” Ken Robinson

Erik tiene tres años y ayer, que fue el día de la familia, tuvo que dejar su juego a desgana para que le pusiera pintura en los pies y los plantara en un folio. El mes pasado tuvo que pegar unas orejas, con mi ayuda, a uno de los 24 conejos que había hecho para Pascua. Mañana pintará con pintura de dedos una flor para la fiesta de la primavera y para Navidad haremos tarjetas en las que pegará papelitos verdes dentro de un arbolito dibujado por mí. Yo odio este tipo de actividades, Erik también. Creo que a los únicos a los que les gustan es a sus papás. Erik hay días que no quiere ir cole.
Como contaba en el artículo de el baile  de fin de curso, en la escuela infantil, y en primaria también ocurre mucho, se hacen un montón de cosas absurdas que además de gastar energía y tiempo tanto para los niños como para las profes, creo que no sirven para nada, e incluso que son perjudiciales.
Para fomentar la creatividad, la capacidad para crear e inventar, algo de lo que tanto se habla ahora en educación, quizá este tipo de actividades sea lo peor que hay para ese fin. Decirle a un niño de qué color pintar eso, cómo y dónde poner esa pegatina, cómo dibujar aquello, y dónde colocar esas orejas al conejo, deja nula opción a la creatividad. Todo ya está creado por otros, solo hay que acatar órdenes.
Por otro lado, no solemos dejar a los niños opción de hacerlo o no, suelen ser actividades dirigidas e impuestas, no queremos que ningún papá se quede sin regalo, y si vemos que no hay forma de que lo haga, siempre podemos hacerlo las profes, si total, el fin es que el niño saque un regalito. ¿Porque era ese el fin no?
Porque divertirse con este tipo de actividades, los niños no se divierten. Aprender, no aprenden nada que no puedan hacer jugando o con actividades libres que ellos elijan. Y la creatividad, ya hemos visto que fomentarla no la fomentan. Entonces, ¿Por qué seguimos haciéndolas?
En el aula debe haber tijeras, pegamento, pinturas y material creativo a disposición de los niños para el que quiera utilizarlo. Deben ser libres para crear lo que quieran y libres para regalárselo a quien quieran. Porque obligar a un niño que no quiere a hacer una manualidad para dársela a alguien, es de todo menos un regalo.
Me da la sensación de que las maestras intentamos llenar muchos espacios haciendo cosas porque creemos que si no hacemos nada y los niños juegan todo el rato, están perdiendo el tiempo, cuando es justo lo contrario, están perdiendo el tiempo haciendo estas actividades y es mil veces más productivo para ellos el juego libre.
Un voto para dejar de lado las manualidades obligatorias, y lo siento mucho por los papás que se quedarán sin tarjeta de Navidad, pero estoy segura de que las maestras que se pasan tardes recortando orejitas y ojos de conejo de cartulina me lo agradecerán.

EL BAILE DE FIN DE CURSO

“Y si nos estimulasen el pensamiento en vez de decirnos lo que tenemos que hacer.”
Sara tiene cuatro años y es una niña muy especial. No le gustan muchos las multitudes ni ser el centro de atención. Llevamos quince días ensayando el baile para el festival de fin de curso pero en el momento en el que ha empezado a sonar la música, Sara se ha visto ahí arriba del escenario, con tanta gente mirando que se ha puesto a llorar y ha venido hacia mí que estaba abajo intentando marcar los pasos para que los niños me siguieran. La he cogido, se ha calmado y se la he dado a sus padres. La música seguía sonando, pero como yo he dejado de hacer los movimientos, los niños se han perdido. Ha sido un desastre. Los padres aplauden igual. Les hace mucha ilusión este tipo de cosas. Yo estoy cabreada. Todo esto me parece ridículo. Esto es una fiesta donde los que deberían disfrutar son los niños, no solo los padres y no estoy segura de que todos los niños de cuatro de años disfruten con esto. Sara llevaba quince días que no quería venir al cole.
Hace quince días nos dieron los horarios de ensayo para bajar con los niños a practicar el baile al salón de actos.
Primer día:
“Chicos vamos a preparar un baile para los papás. Da igual que no os guste la canción, que no os guste bailar, que os de vergüenza, que no os apetezca, que no queráis. Vamos a hacerlo.”
14 días posteriores:
“Julia ponte aquí. Pedro tú aquí. No te muevas Lucas. He dicho que ahí quietos hasta que suene la música. Raquel agárrate a tu compañero. Ahora vuelta, ahora saltamos, ahora cambiamos de lado. ¿Sonia qué haces? Tienes que ir para el otro lado. Luis no es momento de jugar, estamos ensayando. Sofía un paso atrás. ¿No te acuerdas? Venga, muy bien. ¡Raúl vale ya! Como sigas así te quedas sin bailar. Lidia fenomenal, es la única que se sabe los pasos. Venga, yo voy a estar debajo y tenéis que mirarme por si se os olvida. ¿Sara no quieres bailar? Tus papás quieren verte, si no se pondrán tristes. ¡Andrea para! ¡Carlota basta! ¡SILENCIOOOOO!”
Que queréis que os diga. A mí no me compensa y creo que a ellos tampoco. Es cierto que luego queda muy bonito y muy vistoso. Es cierto que a los papás les encanta, pero mi experiencia me dice que la mayoría de niños de cuatro años no disfrutan con esto. A muchos no les gusta bailar, muchos no están preparados para seguir tantas órdenes, muchos no aguantan tanto tiempo haciendo la misma actividad, muchos no quieren hacerlo, muchos prefieren bailar a su ritmo, muchos no están maduros para entender los pasos, muchos prefieren jugar a ensayar, muchos se aburren soberanamente y yo me siento totalmente frustrada porque no deseo hacer esto, porque para conseguirlo tengo que pelearme con ellos y no quiero. Tengo que obligarles y no quiero. Tengo que gritar y no quiero. Pero no pasa nada, los papás aplaudirán y harán muchas fotos e incluso vendrán a felicitarme y eso debe ser que es lo único que importa.

LA FILA

¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones? Michel Foucault
Candela tiene seis años y lleva desde los tres intentando ir en fila. A mí es de las cosas que me ponen de mal humor en la escuela porque nunca consigo que la hagan bien, que vayan en línea y acaba siendo un desastre. He intentado alguna vez que se desplacen andando normal, sin fila, pero me han llamado la atención las directoras porque los niños tienen que ir en fila, así que les obligo a ir así aunque no nos guste ni a ellos ni a mí. Hay otras compañeras que se dejan la vida en ello. Gritan, regañan, castigan si los niños no van bien agarrados y se pueden tirar media hora para subir del patio hasta que la fila esté perfecta. No se dan cuenta que da igual, sea septiembre o junio seguirán con la misma pelea y la fila seguirá sin salirles bien. Candela hay días que no quiere ir al cole.
La fila es otra de las cosas que se siguen haciendo en las escuelas desde no se sabe cuando y en la que no nos paramos a pensar mucho. Donde fueres haz lo que vieres, dice el refrán. Y así andamos todos los maestros intentando hacer filas sin preguntarnos por qué y para qué las hacemos.
Los niños las odian, son siempre causa de peleas por quien va primero, quien se cuela… pero además es incómodo, si tienen que agarrarse a la ropa del de delante, se tropiezan… Imaginaros ir así en vuestro trabajo. No es una forma muy natural de moverse.
La fila puede ser útil en la vida para algunas cosas, pero tal cual la utilizamos en los coles es simple y llanamente porque es cómoda para los adultos, es señal de obediencia y orden, pero quizá no sea la mejor forma de moverse para un niño. Queremos que sean autónomos e independientes, pero no confiamos en ellos ni fomentamos con este tipo de normas que lo sean.
Hay ocasiones en que no nos quedará más remedio, pero se puede reflexionar para ver si muchas otras podemos no recurrir a ellas. Por ejemplo, la subida del patio suele ser el momento más caótico debido a que hay muchos grupos pero podemos hacer la fila en el patio y una vez contados todos ir a clase en grupo, andando normal, como nos desplazamos los adultos por los sitios. O igual simplemente basta con que un profe vaya al principio y otro al final para asegurarse de que todos van para las aulas. No sé, seguro que hay mil opciones mucho más respetuosas. Quizá serán algo más movidas y más ruidosas, pero que no se nos olvide, que estamos en una escuela no en un cuartel militar.

NO HAY QUE COMPARTIR

“Muy lenta y dolorosamente aprendí que cuando yo empecé a enseñar menos, los niños empezaron a aprender más.” John Holt
Rebeca tiene cuatro años, es de la clase de al lado y está harta de compartir. Cuando sale al patio y coge un triciclo siempre hay otro niño que también lo quiere. Su profe cuando ve que ya ha estado un rato, la baja aunque ella no quiere y se lo da a otro niño. Le dice, Rebeca hay que compartir. Cuando en clase coge una muñeca y otro niño la quiere y se lo dice a la profe, esta le quita la muñeca y Rebeca se queda llorando. Ella le dice que hay que compartir. Sus padres cuentan que cuando va al parque no quiere prestar sus juguetes, que la obligan a compartir, no quieren que Rebeca sea una egoísta y le dicen que si no comparte, los demás no van a compartir con ella. Rebeca hay días que no quiere ir al cole.
El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos.
Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere.
Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere.
Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
Por esto yo siempre propongo lo siguiente. Primero dejar deintervenir tanto, y darles la oportunidad de resolverlo solos. Nos sorprenderá. Seguramente quien tenga el objeto deseado no lo querrá soltar y el otro puede que decida irse. Y si vemos que necesitan ayuda podemos explicarles y poner palabras a lo que pasa: Rebeca tiene ese triciclo, se que tú también lo quieres pero está ella ahora con él. Si lo suelta podrás cogerlo. Esto que puede parecer que solo beneficia a Rebeca, en realidad no es así. El día de mañana, su compañero podrá estar tranquilo cuando coja un triciclo o cualquier otra cosa, porque sabrá que puede disfrutar de ello todo el tiempo que quiera y que no debe preocuparse porque vaya a venir un adulto justiciero a quitarle su gran tesoro.

LOS CUENTOS

“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.” Jorge Luis Borges

Vega tiene 6 años y ha sido alumna mía desde los 3. Siempre le han encantado los cuentos como a casi todos los niños, pero lleva un tiempo en el que durante la asamblea, cuando leemos algún cuento ella se quiere ir a jugar así que empieza a hablar con una amiga, se distrae, molesta… Yo le digo que es la hora del cuento y que hay que atender, pero eso a Vega le da igual. Vega hay días que tampoco quiere ir al cole.

La gran mayoría de niños adora los cuentos. Desde que tienen un añito, incluso antes, les encantan que les cuenten historias y ver los dibujos. Es una actividad placentera y debería serlo durante toda la vida.

En el mismo momento en el que obligamos a un niño que no quiere a ver un cuento, a leer u libro, a escuchar una historia, nos estamos cargando de un plumazo el placer que conlleva. “Se puede obligar a prestar atención pero no a mostrar interés.” Una frase que me encanta y que todo maestro debería grabarse a fuego. ¿Cuál es el fin último de leerle un cuento a un niño? ¿Qué estamos fomentando? ¿Qué queremos cultivar en ellos?

Según los niños se van haciendo mayores la cosa se complica. Al principio, cuando son muy pequeños, les interesa casi cualquier historia, los cuentos para las primeras edades les llaman mucho la atención y no suele haber problema, pero cuando van creciendo todas las historias ya no les interesan a todos o quizá no en ese momento porque están interesados haciendo otra cosa.

Además hay un punto clave en esto y es cuando pasamos de leerles cuentos por el mero hecho de disfrutar, a cuando queremos conseguir objetivos “pedagógicos” con ello, y entonces los cuentos nos sirven para introducir cosas que queremos que aprendan y lo hacemos por obligación. Y ellos, como es lógico, lo notan y rechazan.

Después en primaria la cosa continúa y es aún peor. Deben leer cuentos y hacer dibujos o resúmenes, para acabar en secundaria leyendo el Quijote. Y todo esto se hace en teoría como fomento de la lectura.

¿Y entonces no les leemos cuentos? Claro que podemos leer cuentos, pero lo respetuoso para todos, para el que escucha y para el que lee, sería leer cuentos para aquellos que quieran escuchar. No hace falta que todos los niños hagan lo mismo en el mismo momento, no es normal que todos los niños quieran hacer lo mismo a la vez, es imposible y solo sirve para que nos enfademos y tengamos que andar peleándonos con ellos.

No tengamos miedo, el niño que no escucha el cuento, no se está perdiendo nada imprescindible. Algo entretenido en todo caso, pero tendrá sus razones. Si no quiere oírlo será porque algo mucho más interesante para él querrá hacer y eso es mucho más importante. Forzarle a ello solo hará que le cree más rechazo.

La lectura no se puede imponer ni forzar, y esto hay que tenerlo claro para empezar a actuar en consecuencia desde que los niños son muy pequeños. Después nos preocuparemos por esos adolescentes que no quieren coger un libro, y huyen de todo lo que tenga más de 140 caracteres, y no sabremos exactamente qué hemos hecho mal.

LA COMPETITIVIDAD

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra.” M. Montessori
Aarón tiene 4 años y no le gusta nada perder. Se siente frustrado y se pone a llorar. Quiere jugar pero solo si va a ganar, cuando ve que está perdiendo dice que no quiere jugar más. Le pasa en clase, en el patio y dice su madre que en casa también. Yo le digo que hay que saber perder, que no siempre se gana, que lo importante es participar, y todas esas cosas que se supone que hay que decir a los niños en estos casos. Aarón hay días que no quiere ir al cole.
Vivimos en un mundo competitivo, de eso no hay ninguna duda. Y como dijo Montessori la competitividad es el principio de cualquier guerra. Este modelo competitivo se lo estamos metiendo a los niños prácticamente desde que nacen y les comparamos con los logros de los demás, con las notas y con los juegos de clase.
En una clase de 28 niños hacemos juegos en los que gana uno y pierden 27. Frustramos a 27 niños que no son capaces aún de lidiar con ello no sé con qué intención realmente. Quizá creemos que así aprenderán que en la vida no siempre se gana. Pero eso lo van a aprender a pesar de nosotros, eso lo podemos dar por sentado. No necesitan que artificialmente se lo mostremos, la vida se encargará de ello.
Este mundo lo que necesita es menos competitividad y más cooperación. Se habla de pasada de juegos cooperativos, pero la realidad es que principalmente en las aulas el modelo que más se repite no es ese. Invito a padres y maestros a buscar juegos de mesa y de muchos otros tipos que invitan a la cooperación, son igualmente divertidos y ganamos todos o perdemos todos. Los valores que muestran son totalmente diferentes.
Igual alguno puede pensar que el día de mañana estos niños serán adultos y tendrán que luchar por un puesto de trabajo y es cierto, pero eso nada tiene que ver con intentar pisar a otros para subir yo. Tiene que ver con la única competencia que vale, que es la que tenemos con nosotros mismos. Intentar ser mejor, intentar superarse e intentar lograr llegar a ser quien queremos ser porque lo que hacemos es bueno en sí mismo, independientemente de lo que hagan los demás.
¿Significa que debemos evitar siempre los juegos competitivos? Sería lo más recomendable los primeros seis años, ya que no aportan nada positivo y en estas edades los niños aún son pequeños para gestionarlo. Aunque depende mucho de cada niño. Hay niños que lo toleran mejor que otros. Lo que está claro es que la competitividad no es un valor, y que la escuela a través de las notas, de los castigos, de los juegos, del “tú fenomenal y tú fatal”, del “a ver quien se lo termina primero”… está mandando un mensaje a los niños de que el mundo es una competición y los que están al lado son nuestros enemigos.
El día de mañana esos niños serán esos adultos que creerán que para ser felices tienen que tener más dinero, mejor casa, mejor coche que el vecino en vez de buscar la felicidad en unirnos unos con otros para intentar formar parte de algo más grande cuyo fin último sea un mundo mejor para todos.

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SEXUALIDAD INFANTIL

“La función de la supresión de la sexualidad infantil y adolescente es facilitar a los padres la sumisión de los niños a su autoridad” Wilhelm Reich

Claudia tiene 4 años, es de enero, la más mayor de la clase. Le encanta bailar, cantar y dibujar y aunque es una niña muy tímida, cuando cree que nadie la está mirando se desmelena y lo hace realmente bien. Es una artista. Se lo he dicho a su madre, pero se lo toma un poco a broma. A ella lo que le importa es que Claudia tiene mucho carácter y se le está subiendo a la chepa. Daniela se masturba en clase cuando está aburrida, lo que ocurre muchos días. Es muy madura y todo le parece demasiado fácil. Yo no se cómo enfocar el tema, la pedagoga me ha dicho que la distraiga para que deje de hacerlo, pero la verdad es que a mí no me molesta. Su madre dice que en casa lo hace mucho y que ella la regaña. Hay muchos días que Claudia no quiere ir al cole.
El tema de la sexualidad es tabú en esta sociedad. Si encima juntamos sexualidad y niños saltan todas las alarmas y solo podemos pensar en acoso y demás aspectos sucios que nada tienen que ver con la sana sexualidad infantil, que existe aunque no queramos verla.
Los niños hasta los tres años más o menos están en una etapa conocida como etapa oral. Encuentran placer en la boca, son los años de la lactancia y el chupete. A partir de ahí el placer se traspasa a la zona genital. Los niños comienzan a tocarse, les interesa lo que tienen los demás, preguntan… Y esto es lo sano y natural.
En países como el nuestro lo que ocurre es que debido a este gran tabú y a la represión que va pasando de generación en generación los niños dejan de hacerlo, lo hacen a escondidas, se sienten culpables y ese es el fin del problema. Los adultos ya no hablan de ello y aquí no ha pasado nada.
Pero sí pasa. La sexualidad forma parte de la vida, es sana y necesaria. No hay que reprimirla. Frases como: no te toques ahí, no seas cochina, eso no se hace… no son las más indicadas cuando vemos a un niño hacerlo. Que nos moleste, incomode, o nos parezca sucio es un problema nuestro que tendremos que resolver, pero lo que el niño hace ni es de cochinos, ni está mal, así que el mensaje debería ser diferente.
Podemos hablarles de la privacidad, de la intimidad, pero nunca deberíamos hacerles sentir mal por hacer una cosa que está bien y que es buena y placentera.
Por otro lado a estas edades comienzan a curiosear con el cuerpo de los demás, quieren conocer, explorar, “jugar a los médicos” y normalmente no les dejamos. Nos vuelve a incomodar y vuelve a salir esa represión que tenemos guardada dentro. Mientras los niños jueguen libremente, con niños de su misma edad, y haciendo cada uno lo que quiere con su cuerpo, no debería preocuparnos. Es normal, sano, y forma parte del desarrollo infantil.
El mundo en el que vivimos está loco. Reprimimos lo sano, nos parece mal que un niño se masturbe, que descubra el cuerpo y los límites con otros, no hablamos de sexo con ellos y dejamos que se eduquen solos cuando son adolescentes buscando respuestas a esas preguntas que no contestamos en su día, en la pornografía y en internet, que les muestra una sexualidad distorsionada, violenta, tóxica y sumamente machista.
Ah, por cierto, por si alguien anda preocupado. Permitir una sexualidad sin represión a nuestros niños les protege de sufrir abusos en el futuro.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


EL PAÑAL

“Los árboles no crecen tirando de las hojas” Proverbio japonés

Lucía tiene 3 años, es de diciembre y va a la clase de cuatro años y en cuatro años ya no se puede llevar pañal, hayas nacido en enero o en diciembre. Lucía controla bien el pis pero la caca aún se le escapa. Se la hace encima casi todos los días. La tengo que cambiar entera prácticamente todos los días. Todo porque nadie ha entendido bien que a controlar esfínteres, como a andar o a hablar, no se enseña, se adquiere. Lucía no quiere ir al cole.
Con los niños parece que siempre cuanto antes mejor. Cuanto antes anden, hablen o no usen pañal mejor. Como si eso fuera indicativo de algo. Que no lo es. Como si tuviera que ver con lo que va a ser el niño en el futuro o con su nivel intelectual. Hay niños que andan con siete meses y otros que lo hacen con 18. Hay bebés que duermen nueve horas seguidas (los que menos) y otros que se despiertan cada hora y todos son normales.
Con el control de esfínter pasa lo mismo. Cada niño lleva su proceso y hay que respetarlo. Forzarlo solo nos va a llevar a agravar el problema. A estar más tiempo cambiando al niño de ropa. A generar más presión en él. A desesperarnos y agobiarnos.
Si esperamos al momento en el que el niño está física y psicológicamente preparado, el proceso será más lento y sencillo. No pasa nada por volverle a poner el pañal si nos hemos adelantado. No es una vuelta atrás porque nunca estuvo listo.
En muchas escuelas se fuerza el control de esfínter. La meta es que en la clase de tres años salgan todos sin pañal. Para ello se hacen auténticas barbaridades como tener al niño sentado en el orinal durante largos períodos de tiempo hasta que salga algo. ¡Cómo si eso sirviera para algo!
No es el verano el mejor momento para quitar el pañal porque no pasa nada si se mojan, no son los dos años el mejor momento porque es cuando la mayoría controlan. El mejor momento es cuando el cuerpo del niño esté preparado.
Lo sabremos porque el propio niño será consciente de que tiene ganas de hacerlo y nos lo hará saber. Aseguro que no hay niños de ocho años que prefieran hacérselo encima. En definitiva, dejar el pañal es fácil, no hay que hacer prácticamente nada más que esperar a qué el niño esté preparado.
Ah, y por favor, dejemos de ridiculizar, regañar, o enfadarnos porque al niño se le ha escapado algo. En serio, el niño no desea mojarse ni mancharse. Y además si tanto se escapa, seguramente es porque nos hemos adelantado. Así que si alguien tiene la culpa de algo, como casi siempre con los niños, somos nosotros.

LA SIESTA


“Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo” Albert Einstein
Clara tiene 4 años y es puro nervio. Es de esas niñas que no pueden parar. Va a nivel 4, los más pequeños del segundo ciclo de educación infantil, por lo que todavía tienen siesta después de comer. En los dos niveles siguientes ya no hay, y los niños salen al patio después de comer. Mientras que alguno de la clase de cinco años se duerme tirado en el suelo del patio, Clara se pasa dos horas en una colchoneta sin poderse mover y sin quererse dormir. Clara es el martirio de todos los cuidadores de siestas. Gritos, castigos y amenazas para que se esté quieta y callada y no despierte al resto, pero Clara no se ha dormido ni un solo día durante todo el curso básicamente porque no tiene sueño. Algo no se está gestionando bien y Clara no quiere ir al cole.
El sueño como el hambre no se pueden forzar. Obligar a un niño a dormir, como obligarlo a comer, son dos grandes errores que cometemos como adultos.
Que cada niño es único parece que lo entendemos todos y lo repetimos mucho en el ámbito educativo. Pero nuestras respuestas a estas diferencias no suelen ir acordes a lo que predicamos.
Cuando trabajaba en el cole de Clara, propuse abrir un aula para que los niños que no tuvieran sueño pudieran jugar. Nadie me escuchó. Era una locura. Los niños de 4 años necesitan siesta. Mentira.
Habrá niños que sí, quizá la mayoría. Pero habrá muchos que no. O no todos los días y es algo que deberíamos respetar. Porque tener a una niña en una colchoneta a oscuras quieta y callada durante dos horas creo que es una tortura, no solo para una niña de cuatro años sino para cualquiera.
Por el contrario hay niños más mayores que necesitan descansar. Que se duermen en el suelo del patio. Que se duermen en la alfombra de clase. Porque madrugan mucho, porque pasaron mala noche, porque están enfermos…
Con los bebés pasa algo parecido. En el aula de bebés duermen siesta de mañana. En la clase de 1 a 2 años ya no. Nadie piensa que hay niños de esa clase que nacieron solo un día mas tarde que los de la clase de bebés y solo por eso se les niega la posibilidad de descansar por las mañanas si lo necesitan.
Tenemos rincones de matemáticas, de lectura, de juego simbólico y no se nos ocurre tener una colchoneta para ofrecerle a un niño que quiera descansar.
Es nuestro deber como maestras permitir que un niño tenga cubierta sus necesidades básicas. Y el sueño por si se nos ha olvidado, es una de ellas.

LA ASAMBLEA

“Es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés” A. S. Neill (Summerhill)


Sofía tiene cuatro años, es la más pequeña de la clase, de diciembre. Se lleva un año con algunos de sus compañeros. Cuando entramos en clase, a primera hora de la mañana, durante la asamblea, Sofía no me escucha. Se dispersa con los juguetes de clase, juega con su amiga Andrea. No le interesa nada de lo que le estoy contando y ya he probado todo, canciones, juegos, incluso la pizarra digital pero Sofía solo quiere jugar. Igual no es su culpa, ni mía, sino de la asamblea. Sofía no quiere ir al cole.


La asamblea en mi cole era de una hora. Las hay de más y de menos tiempo. El que ha trabajado con niños alguna vez sabe que la atención de un niño de 3 a 6 años suele durar mucho menos que eso suponiendo que le interese lo que le estás contando.

La asamblea es de esas muchas otras cosas absurdas que tiene la escuela infantil. La asamblea es el espacio donde más se grita y se regaña a los niños para que nos escuchen porque necesitamos mantener el control. Las más “blanditas” cantamos, bailamos y hacemos el payaso para que no se nos disperse el grupo. ¿Realmente es esto necesario? No podemos callar, si dejas de hablar los niños comienzan a jugar y a hablar y claro, eso no lo podemos permitir. Veamos qué se hace en la asamblea.

En la asamblea damos los buenos días y solemos cantar todos los días una canción. Hasta ahí bien. Preguntamos qué tal están los niños y si alguno nos quiere contar su fin de semana. Alguno. No todos. Para un niño de cuatro años, escuchar lo que han hecho 27 niños el fin de semana es física y psicológicamente imposible. 

Después solemos ver qué día es hoy, qué tiempo hace y quién ha faltado a clase. Aquí los niños ya han agotado su tiempo máximo de atención. El niño no necesita repetir todos los días si hace sol o está nublado, y si estamos en otoño o invierno. Le vasta con salir al patio y mirar el cielo.

Después de estas rutinas suelen venir otras actividades varias como los bits de inteligencia, tarjetas con dibujos para enseñarles vocabulario. Como si un niño necesitara ver un árbol en una foto para aprender lo que es. Enseñarles palabras a ellos que aprendieron a hablar solos… ¿Puede haber algo más aburrido? También están los juegos educativos, en los que hacemos preguntas, en los que mientras juega uno, los otros 27 se aburren. 

En fin, un tiempo perdido, que todos quieren que acabe cuanto antes. Los niños para que los dejen en paz y puedan por fin irse a jugar. La profe porque no entiende por qué, con lo chulo que era el juego que había preparado, los niños no le hacen caso.

Si a los niños les apetece, está bien tener un momento de juntarse todos. Está bien que hablen en público, si quieren. Está bien cantar, si tienen ganas, todos juntos una canción. Pero todo lo demás está de más.


EL ABRIGO

“Si tuviera que hacer una regla general para vivir y trabajar con niños, podría ser esta: Tenga cuidado de decir o hacer a un niño cualquier cosa que no haría a otro adulto, cuya buena opinión y afecto valora” John Holt

Nuria tiene 4 años y es de la clase de al lado. Hoy cuando he ido a salir al patio con mi clase la he visto en la puerta, quieta, mirando al infinito. Todos los niños de su clase estaban fuera jugando. Pero claro, no se puede salir al patio sin abrochar el abrigo y Nuria no se había abrochado. Después de que han salido los niños de mi clase me acerco a ella y le pregunto si quiere salir al patio. Nuria me dice que sí. Le digo que se tiene que abrochar y me dice que no sabe. Le ayudo a encajar la cremallera y ella la sube y sale corriendo. Quiero decirle a su profesora que es una insensible, pero me callo. Nuria tampoco quiere ir al cole.

Se nos olvida en el día a día de nuestro trabajo con niños que estamos con criaturas de tres, o cuatro años, que acaban de llegar al mundo. Se nos olvida, con las prisas, los papeleos, las actividades, y exigencias, que nos necesitan mucho aún. Los queremos tratar como adultos, que sean totalmente independientes, nos encanta hablar de autonomía pero no nos paramos a mirarles a los ojos y ver que necesitan.
Tenemos que frenar. Agacharnos y empatizar un poco con ellos. Preguntarles cómo están. Se supone que estamos ahí para eso. Para enseñarles a abrocharse el abrigo o abrochárselo nosotros si no son capaces aún. Lo de que aprendan los colores o los números no es tan importante.
El cole está plagado de normas absurdas que hacemos cumplir a los niños porque siempre se ha hecho así. No hay reflexión. Niños que tienen que ir en fila agarrándose al babi del de delante, mientras se tropiezan unos con otros. Niños que tienen que ir al baño con las manos en la espalda y sin hablar. Sí, lo he visto. ¿Qué les estamos queriendo enseñar con esto? A cómo comportarse en un cuartel militar. ¿Acaso nosotros nos desplazamos así en fila? ¿Acaso nos movemos por los sitios sin poder hablar? 

Niños de cuatro años que no pueden ir al baño hasta que sea la hora del recreo. Que no pueden hablar durante la hora de la comida. Que no pueden salir al patio sin abrigo.
Salir al patio abrochado, o con el abrigo, porque lo dice la profe, es un sinsentido. Es dar por hecho que un niño de cuatro o cinco años no es capaz de saber si tiene frío o calor. Es en realidad una lucha de poder. Lo haces porque lo digo yo. Me da igual que te pases todo el recreo corriendo y estés sudando. El abrigo te lo pones sí o sí.
¿Por qué no confiamos más en ellos? ¿No les pedimos luego mucha autonomía e independencia? Si a un niño le das la opción de llevarse el abrigo y ponérselo si tiene frío, lo hará. No pasará frío teniendo su abrigo a mano. Son niños, pero no son tontos.
Una vez estando con un pequeño de tres años al que cuidaba por las tardes, al salir del coche, me dijo: ¡No quiero ponerme el abrigo! Hacía un frío polar. Debía ser su lucha eterna con su madre o su profe. Le dije, vale no te lo pongas si no quieres. Te lo saco por si acaso. Me miró como si estuviera burlándome de él, se sorprendió que le dejara hacer una cosa así. Salió corriendo y feliz. A los cinco minutos vino: ¿Me lo pones, porfa? Así de fácil. Me ahorré una rabieta. Deberíamos dejar de pelearnos con ellos. En serio. No son nuestros enemigos. 

LA ADAPTACIÓN

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” Krishnamurti
Blanca tiene 3 años. Lleva un mes en el cole pero llora todo el día, y grita “mamá, mamá” desde que entra hasta que se va. En el patio es cuando más nerviosa se pone, se agarra a mi pierna y llora desconsolada. Un día hasta vomitó. Está llamando la atención, dice alguna compañera. Yo lo que veo es una niña que está sufriendo y no se qué puedo hacer para ayudarla. Blanca por nada del mundo quiere ir al cole.
Lo que comúnmente conocemos como período de adaptación en las escuelas es en realidad algo totalmente diferente de lo que pretende ser. Un par de días, una semana como muchísimo, donde los padres pueden dejar a los niños unas pocas horas o si hay suerte estar dentro del aula con ellos, para que los niños se familiaricen. En algunos centros no hay si quiera eso, desde el primer día los padres se despiden y los niños se quedan ocho horas allí, sin dilación.
Estoy hablando de niños que a lo mejor no se han separado nunca de sus padres, o sus figuras de referencia. Niños que vienen quizá de otro centro. Que no conocen nada ni a nadie, y sienten miedo.
Para explicar el tema de la adaptación tengo que hablar de Bowlby y su teoría del apego. Existen dos tipos de apego . Apego seguro, que es el saludable. El niño que llora cuando su referente desaparece. Y el apego inseguro, que puede ser evitativo, el niño que al irse su referente ni se inmuta. (Creemos que esto es genial, que un niño pequeño, de entre cero y tres años, no llore al irse su madre y dejarlo con un extraño, pero no lo es). Y el apego inseguro ambivalente, que son los niños que al volver su referente se muestran enfadados con él o pueden mostrarse demasiado dependientes sin querer separarse de ellos .
Esto lo explico para que se entienda que es saludable que un niño ante una situación extraña llore y busque a su madre. Por suerte la mayoría de niños tienen este tipo de vínculo seguro. El problema viene cuando queremos que el niño adquiera otro referente de un día para otro, en este caso la maestra.
La adaptación necesita tiempo, mucho a veces, depende de cada niño. Y soy consciente de que es difícil, pero no imposible. Hay escuelas que lo están haciendo. Como los papás suelen trabajar, pueden ser los abuelos, o algún vecino quien haga esa transición. Se trata de que el niño se vincule con la maestra y no le produzca ansiedad quedarse con ella.
Normalmente en los coles se dice que el niño ya está adaptado cuando ya no llora. Pero eso no es adaptación. Eso es supervivencia. El niño llora, llora y llora y llega un punto en el que no puede más y deja de llorar. Pero no se ha vinculado con nadie. Ha aprendido que llorar, un mecanismo muy importante que tiene a su edad, no sirve para nada. Por mucho que pida ayuda, nadie le hace caso. Como dice Michel Odent, su primera experiencia de sumisión.  

LOS CASTIGOS

“¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerle sentir mal?” Jane Nelsen
Sergio tiene seis años y todos los días está castigado. Un día por pegar, otro día por desobedecer, otro día por correr. Es alumno mío desde los tres años. Siempre ha sido igual y a pesar de que lleva tres siendo castigado todos los días su comportamiento no varía. Y yo me pregunto, ¿entonces para qué le castigo? Sergio tampoco quiere ir al cole.
Castigamos a los niños porque no sabemos hacer otra cosa ante un supuesto “mal comportamiento”. Es lo que normalmente hicieron con nosotros y es lo que hace la mayoría. El niño se porta mal y creemos que si le quitamos algo que le gusta como tiempo para jugar, o le ignoramos, que es otra forma de castigo, el niño para evitarlo, no volverá a portarse mal. Pero no es tan sencillo y además está claro que no funciona, al menos a largo plazo. Y sí, tiene consecuencias.
Castigar forma parte de la corriente pedagógica del conductismo. El psicólogo Skinner descubrió que si a una rata le dabas una descarga eléctrica cuando se acercaba a un sitio, la rata se dejaba de acercar. Se extrapoló esto al comportamiento humano y se creyó que sería tan sencillo como su experimento de laboratorio. Pero no es así.
El comportamiento humano es complejo. Los niños hacen cosas, que para nosotros no son correctas, como pegar, contestar, moverse. Son cosas naturales en el niño pequeño. Pero a nosotros nos molestan y queremos que esas conductas desaparezcan. El problema es que al castigar a un niño la conducta parece que desaparece por un tiempo. El niño que está castigado no está pegando ni corriendo ni gritando. Y quizá hasta pueda controlarse por un tiempo para no volverlo a hacer. Pero no ha aprendido nada sobre no hacer daño a los demás, solo está intentando evitar el castigo. No confundamos el respeto con el miedo. 
Me explico. Si yo no mato gente no es para no ir a la cárcel. Es porque sé que no está bien. Nosotros lo que queremos es que el niño no pegue a los demás porque entienda que hace daño, no para evitar el castigo. Pero eso lo alcanzará poco a poco, gracias a su madurez y nuestro acompañamiento. Nunca gracias a los castigos. 
¿Y por qué digo que son perjudiciales? Porque hay algo que sí enseñan los castigos. Enseñan un modelo de abuso de poder en el que puedo hacer sentir mal a otra persona cuando no me gusta lo que hace. Y un mensaje para el niño: cuando hago algo mal merezco que me hagan daño.
Castigamos a los bebés cuando les regañamos porque tocan un enchufe y pretendemos que para evitar nuestro enfado el bebé no toque eso, en vez de tapar el enchufe. Castigamos a los niños en la silla de pensar, cuando en lo único que deben estar pensando es en que nos odian por hacerles eso. Castigamos a los adolescentes cuando con una mirada hacemos que se callen o no digan algo que nos molesta. Y luego cuando somos adultos seguimos castigando a nuestros amigos o a nuestra pareja retirándoles la palabra cuando nos enfadamos con ellos. Creo que no es el mejor modelo a seguir para relacionarnos con la gente que más queremos.

NO SE GRITA

“Tus niños al crecer tal vez olviden tus palabras, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir” Maya Angelou
Lucas tiene 6 años. Es un niño muy nervioso. El pobre vive castigado, porque no hace caso y pega mucho. La profe de natación habla siempre conmigo porque no sabe qué hacer con él para que obedezca. Yo no sé qué decirle. La madre de Lucas me ha escrito en la agenda para ver si pasó algo en natación el último día. La profe me cuenta que se portó mal y le dejó sin nadar. Él me cuenta que la profe le gritó muy fuerte y lloró. Su madre dice que ahora Lucas los días de pisci no quiere ir al cole.
No se grita a los niños. No está bien. No digo que no lo haya hecho. Muchas veces he perdido los nervios y he gritado. (Ese es mi problema, no de ellos. Nadie hace perder los nervios a nadie, los perdemos nosotros solos.) Pero no está bien. Después les insistimos a ellos con el “no se grita”, pero me pregunto, ¿quién gritó primero?.
Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto. Quizá porque son los más débiles y no pueden defenderse, descargamos toda nuestra ira y cansancio sobre ellos. No es justo.
Gritar a un niño como obligarle a comer es violento, como pegarle o humillarle, aunque esto último nos parezca más evidente. La violencia no está justificada y la hemos normalizado en muchos ámbitos. No vale de nada hacer palomas de papel el día de la paz si luego somos violentos con ellos. Seamos coherentes con lo que decimos y hacemos.
Gritamos porque nos desbordamos, porque el trabajo es estresante, tenemos muchos niños, incluso porque creemos que si lo decimos más fuerte nos entenderán mejor. Pero gritar no muestra más que nuestras carencias y falta de recursos para solucionar los problemas. Cuando alguien nos grita a nosotros, ¿cómo nos sentimos? ¿nos ayuda en algo? ¿acaso así comprendemos mejor el mensaje?
A lo largo de mi experiencia me he encontrado muchos niños con miedo. Con miedo a dirigirse a los profes. Niños que te hablan y preguntan todo con una gran inseguridad. Hay que trabajar esa inseguridad, decía alguna compañera. ¿No somos nosotros los que deberíamos trabajarnos para dejar de gritarles y hacer que se sientan asustados?
¿Y cuando son ellos los que gritan? Ellos sí tienen derecho a gritar porque son niños. Porque están aprendiendo todavía formas de comunicarse y resolver los conflictos. No tienen tantas estrategias como nosotros. No nos lo tomemos como algo personal, sus emociones son intensas y es normal que exploten. Somos los adultos los que supuestamente deberíamos saber gestionar nuestras emocilones, no ellos. 

Intentemos no gritarles, como intentamos no gritar a nuestra pareja o a nuestros amigos. Y si nos equivocamos, pidamos perdón. Les sorprenderá, no están acostumbrados. No hay mejor ejemplo que darle a un niño que pedirle perdón y mostrarle que todos podemos cometemos errores. Con ese gesto tan simple les estamos dando una gran lección de humildad y estarán entendiendo que gritar no está bien. Ah, y además así nos podemos ahorrar las absurdas palomas.

EL COMEDOR

“Uno no siempre puede hacer lo que quiere… pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.” Mario Benedetti
Rodrigo tiene 4 años. Sus padres están desesperados porque no come nada. Cuando llega la hora del comedor Rodrigo se empieza a poner nervioso y a preguntar que qué hay para comer. Sabe que empieza un momento horrible y que lo va a pasar mal. Se sienta en el banco del comedor con las manos por detrás colgando porque siempre le han dado de comer y la comida no le interesa en absoluto. Tiene una relación realmente mala con la comida. Después de media hora no ha comenzado y hay que empezar a dar de comer. A mí no me gusta meterles la cuchara, entonces chantajeo, castigo, presiono y solo si no me funciona nada, les obligo. No me siento bien con esto pero los niños no se pueden ir sin comer, ya me lo dijeron en la última reunión. Rodrigo no quiere ir al cole.
El tema de la comida es junto al sueño uno de los grandes problemas que hay en torno a los niños pequeños. Preocupa a padres y maestros. Y como casi todos los problemas que creemos que tienen los niños, la culpa es nuestra, de los mayores.
Si a mi hijo le suelo dar de comer galletas, bollería, chuches es normal que rechace la fruta. No es tan dulce. Yo tampoco la elegiría. Solo que yo soy adulta y se que es más sano comer fruta. A un niño eso le da igual. Por tanto, a un niño no le preguntes si quiere galletas o fruta. Pregúntale si quiere uvas o mandarina.
Si mi hijo come patatas fritas a diario, pizzas, procesados… ¿Cómo le van a parecer sabrosas las verduras? El paladar se acostumbra y se educa. Somos nosotros los que les ofrecemos y damos esas cosas y luego nos echamos las manos a la cabeza porque no quieren comer otras. La clave está, como dice el nutricionista Julio Basulto, en no ofrecer no prohibir. No ofrezcas ni tengas en casa cosas insanas y no tendrás que decir que no. Tampoco prohíbas ciertos alimentos fuera de casa, no hará más que aumentar el deseo.
¿Realmente alguien en su sano juicio pensaría que un niño puede morir de hambre en esta sociedad? Salvo muy muy contados casos de niños con problemas, todo ser humano va a comer para sobrevivir, así que dejemos de esforzarnos tanto para que los niños coman. Lo harán. No son suicidas. Quizá no coman tanto como nos gustaría pero ese es nuestro problema. Los niños mejor que nadie saben cuánto necesitan y si están sanos es lo único que importa. Quizá no coman de todo, pero resulta que nosotros tampoco lo hacemos, respetemos sus gustos. Que más da que no coma naranja si come plátano. Que más da que no coma espinacas si come guisantes. Ningún alimento es imprescindible.
Obligar a un niño a comer es violento. Está mal. Y además es contraproducente. Consigue todo lo contrario de lo que pretende. Comer debe ser un acto de disfrute, no una batalla. Si el niño relaciona el acto de comer con que le griten, le castiguen, le regañen, no querrá comer. Si le metemos la cuchara con zanahoria cuando no le gusta y no quiere solo haremos que la aborrezca. Pongamos en sus platos cosas sanas y relajémonos. Comerán lo que quieran, como hacemos nosotros.

BULLYING

“Si un niño se “porta mal” es porque se siente mal” Rebeca Wild
Diego tiene cinco años, es de diciembre, de los pequeños de la clase, y es fan incondicional de Luis y Raúl que son de enero, tienen seis años y los líderes de la clase. Sí, en infantil ya hay líderes. Diego solo quiere hacer lo que ellos hacen y jugar a lo que ellos juegan. Pero Luis y Raúl no quieren jugar con él, le pegan, le insultan y se ríen de él porque es más pequeño. Jessica, su madre, viene a hablar conmigo, está preocupada. Hablo con la psicopedagoga del centro que me dice que hay que intentar que jueguen todos juntos, ¿se puede obligar a alguien a querer estar con alguien? Hablo con la mamá de Luis. Me dice que todo lo que le cuento que su hijo hace y dice a Diego son las cosas que a él le hace y le dice su hermano mayor. El bullying comienza en infantil y yo estoy perdida. Ah, Diego tampoco quiere ir al cole.
Diego ahora tendrá nueve años y espero que no abuse de otros niños más débiles que él ni que nadie se ría de él, le pegue o le insulte a diario.
Desde hace un tiempo la palabra bullying está en boca de todos. Los coles hacen protocolos antibullying, los padres hablan seriamente con sus hijos, y mientras algunos niños siguen sufriendo esta lacra día tras día que se lleva todos los años la vida de unos cuantos.
El acoso escolar, como la violencia machista, ha existido siempre, solo que ahora gracias a los medios lo escuchamos más. Aunque rápidamente queremos etiquetar a la víctima y al acosador, la cosa no es tan sencilla. El niño que acosa es víctima a su vez de otros y sólo está repitiendo patrones para poder sobrevivir.
Tenemos que empezar a cambiar la visión del niño que se porta mal. Un niño que se porta mal no se siente bien. El bebé que muerde a otro bebé en la escuela infantil quizá eche de menos a su madre y aún no sabe comunicarse, el niño que pega a su madre quizá está celoso de su hermano y no sabe expresarlo con palabras. El niño que acosa a otro es víctima también del sistema y está sufriendo.
Vivimos en un mundo violento y los niños reciben esa violencia de la televisión, de la calle y de nosotros. Cuando insultamos a la vecina, o al conductor del coche de al lado. Cuando les gritamos o insultamos a ellos o a nuestra pareja. Cuando nos reímos de alguien que sale en la tele. Todo lo ven y todo lo van a repetir. Los niños lo absorben todo, lo bueno y lo malo.
Detrás de un niño que hace bullying puede haber mil cosas, un padre que maltrata a su madre, un hermano que le acosa a él, una crianza muy autoritaria basada en el miedo. Al final ese niño se siente muy inseguro y necesita acosar a otros para volver a sentirse fuerte porque le han hecho sentir pequeño.

Por tanto, vamos a proteger siempre a la “víctima” , sí, pero no nos olvidemos de que el que acosa necesita también ayuda y que castigarle, regañarle, humillarle, no hará mas que hacerle sentir peor y eso empeorará el problema. Y no olvidemos que si los niños son violentos lo han aprendido de los adultos. Así que si hay un culpable aquí, somos nosotros.  

LAS MALDITAS FICHAS

“Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño” M.Montessori

Pablo tiene tres años y unos ojos grandes preciosos. Es un niño travieso y divertido. No le interesa absolutamente nada más en la vida que jugar con sus amigos, como es lógico y normal. Su profe me dice que está muy cansada de él, porque lleva una hora delante de una ficha y no ha empezado a hacerla. ¡Una hora! Pablo está llorando. Le veo y se me parte el corazón. Me bloqueo y no se qué decir. Ya nos lo han dicho cien veces desde dirección: las fichas tienen que salir hechas. Pablo hay días que tampoco quiere ir al cole.
Ahora Pablo tendrá unos 7 años y espero que en su escuela hayan desaparecido los libros de texto, aunque sé que estoy pidiendo demasiado.
Definitivamente hemos perdido el norte. Nos estamos cargando el aprendizaje. Pensad por un momento en un niño de dos años. Los niños nacen con un instinto de querer descubrir y aprender todo, pero con cosas como esta no hacemos mas que conseguir que lo odien, que no quieran ni les interese nada relacionado con la escuela. Los niños pequeños necesitan descubrir el mundo de forma concreta, tocando, estando, experimentando, viviendo.
Las fichas, para el que lo desconozca, no dejan de ser hojas que rellenar poniendo una pegatina, uniendo dibujos o escribiendo algo. Es, entre muchas otras, una de las cosas más absurdas que me he encontrado en la escuela infantil. Realmente el que piense que un niño va a aprender lo que es grande y pequeño, poniendo una pegatina en una hoja, es que desconoce muchísimo cómo aprende un niño.

¿Conocéis a alguien que no sepa lo que es un círculo? Yo tampoco. Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto en que los niños aprendan cosas que de sobra van a aprender sin nosotros? ¿No será que tenemos que demostrar como maestros que estamos haciendo algo?
Muchas escuelas como a la que iba Pablo, tienen acuerdos con las editoriales que les obligan a tener libros de texto con fichas. Me gané más de una charla por permitir que los niños las hicieran rápido y muchas veces mal para poderse ir a jugar. Los padres estaban pagando esos libros y había que tomárselas en serio. Pero en mi fuero interno no podía martirizarlos con algo que sabía no solo que no les gustaba, y no servía para nada, sino que además era perjudicial para su aprendizaje. Les estaba robando el placer de aprender.
Los niños aprenden todas esas cosas que queremos enseñarles, a pesar de nosotros. Las aprenden en las conversaciones, haciendo cosas, en la vida misma. No necesitan ninguna ficha. Ellos traen todo el potencial para aprenderlas. Nos empeñamos en meter con calzador los colores, las estaciones, los animales… con canciones, juegos, bits de inteligencia… Cuanto más estrambótico mejor, como si nos fuera la vida en ello, como si no fueran a aprenderlo si no lo hacemos. Y no, no lo necesitan. Lo van a aprender. Confiemos un poco más en los niños. Les estamos tomando por inútiles.  

TATUAJES Y TDAH

“Todos somos genios, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil” Albert Einstein
Rober tendría unos once años cuando yo empecé a darle clases particulares. Era de los que suspendía varias asignaturas, le aburría profundamente el colegio y no prestaba atención a nada de lo que allí le contaban. Yo hacía lo que podía. Los profesores le dijeron a sus padres que tenía TDAH (hiperactividad con déficit de atención). Empezaba a estar de moda el diagnóstico. En el momento no me di cuenta, (yo era una adolescente que ni había comenzado a estudiar magisterio por aquel entonces), pero Rober no tenía ningún trastorno, lo que tenía era un don. ¿Cómo sino un niño supuestamente con problemas de atención, podía pasarse horas (literalmente) delante de un folio, y otro, y otro más, haciendo dibujos, con una calidad y un entusiasmo dignos de admirar? Ingenua de mí, cometí un error. Llegó justamente a mis manos un absurdo libro sobre como medicar a los niños con TDAH y tuve la brillante idea de dárselo a su madre. Ella, mucho más sabia que yo, me dijo que prefería no darle ninguna cosa a su hijo. Rober tampoco quería ir al cole.
Hoy Rober es un gran tatuador y gana premios en los concursos a los que asiste. Donde mucha gente vio un fracasado, había alguien con talento que no sólo tiene éxito sino que tiene algo de lo que muy poca gente puede estar orgullosa. Un trabajo que le apasiona. Esto fue posible gracias a unos padres que nunca le dieron mucho valor a las notas, que lo apoyaron siempre en su sueño y que vieron algo más en él que los profesores con los que se cruzó. Porque la escuela es válida para algunos, pero se puede cargar a muchos otros, y de esos solo algunos sobreviven. Rober fue un superviviente.
A lo largo de mi experiencia posterior como maestra de infantil, me volví a encontrar con muchos niños a los que se les había diagnosticado TDAH. algunos medicados. Es una auténtica plaga. Medicar a los niños (con los efectos secundarios que tiene) para que encajen en un sistema que no hace nada para que todos los niños encajen en él me parece un horror. Como hay niños que se mueven, se levantan, preguntan y molestan mucho, en vez de hacer una reflexión de cómo podemos ayudarles, les damos algo que los apacigüe y así todos podemos seguir haciendo las cosas igual de mal, sin que se note.  
La comunidad científica está dividida entre los que creen que existe este trastorno y los que no. Yo me posiciono en contra de un trastorno que existe porque existe la escuela tal como es. Si se comprendiera que cada niño aprende de diferente manera, y que sus necesidades y aptitudes son distintas, dejarían de tener sentido las etiquetas y sólo habría que darle a cada uno lo que mejor le va.
Me puse bastante triste, cuando me enteré que Andrea, una antigua alumna mía, estaba siendo medicada. Fui a visitarla y ya no era ella. Me impactó. Sus padres estaban contentos porque en clase los profes decían que estaba mucho más tranquila. En verano no la medicamos, me dijeron, no hace falta. Esa frase lo explicaba todo. La medicación es para ir al cole, porque el problema no era de Andrea, es del cole.

LA OBEDIENCIA

“Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer” Mahatma Gandhi

 
Mario tiene 5 años y ya no sabemos que hacer con él porque no hace caso. Es muy nervioso, cuando hay que sentarse se levanta, cuando hay que escuchar habla, cuando hay que estar quieto corre. Es cierto que es desesperante porque es complicado con 25 niños. No obedece a nada y mira que se lo hemos dicho veces… Hemos hablado con sus padres, con la orientadora pero la verdad es que llevo ya tres años con él y siempre ha sido así. Hay compañeras que se lo toman como algo personal y piensan que es un niño malo sin más, yo simplemente creo que es pequeño y quizá les estamos exigiendo demasiado. Mario no quiere ir al cole.
Mario ahora tendrá nueve o diez años y sólo espero que siga siendo igual.
Nos han vendido la moto de la obediencia y nos la hemos creído. Ser obediente no es un valor. Se nos llena la boca hablando de ser adultos libres, de saber decir que no, no dejar que nadie te pase por encima, saber ganarse el respeto, cuestionarse las cosas y resulta que educamos a los niños para todo lo contrario. Queremos que hagan caso, a la primera, y mira que nos demuestran una y mil veces que no lo van a hacer, que aún así no los escuchamos. 
 
Me arriesgaría a decir que la gran mayoría de adultos piensan que los niños no obedecen y pocos son los que se cuestionan que quizá si todos los niños desobedecen igual nos están queriendo decir algo. Tantos niños desobedeciendo no pueden estar equivocados. Igual nos están diciendo que no pueden obedecer a cosas para las que no están preparados, como estarse quieto si tiene cinco años durante veinte minutos. O que no quieren ahora callarse porque le están contando algo muy importante a su amigo. ¿Nos gustaría que nos mandaran callar a nosotros? No es para nada agradable. O simplemente que lo que les estamos contando: “esto es un círculo y este es el color rojo”, les aburre soberanamente.
 
Y si, es cierto que hay lugares en los que hay que estar callados y quietos pero la escuela infantil no debería ser ese sitio, sino todo lo contrario, un lugar donde poderse moverse y hablar. Además, ¿no queríamos que socializaran?, ¿no es eso acaso socializar? Ya llegara el momento en que los niños deseen ir a sitios a estar callados y escuchar por decisión propia porque les interesa lo que oyen o puedan esperar sentados en la sala del médico leyendo un libro.
 
No se aprende a estar callado y quieto, son aspectos que se adquieren con el tiempo cuando el niño está preparado y tiene madurez para ello. No se enseña a obedecer sino que uno se obedece a sí mismo en base a unos valores, (que sí hay que enseñar, pero simplemente siendo ejemplo) y con cierta edad. Ahora no debo comer esto que es insano, ahora debo salir a correr que me viene bien, ahora no voy a hacer lo que el jefe me dice porque es inmoral o injusto… 
 
Pensareis que hay niños que sí obedecen casi siempre pero no es lo ideal, no queremos niños sumisos que a todo digan que sí, que pongan por delante las necesidades del otro antes que las suyas propias. No es característica de un niño ser obediente y no debería serlo. Lo que debemos hacer como adultos es preguntarnos constantemente por qué me “desobedece” el niño, y así sabremos fácilmente qué es lo que necesita. Puede ser moverse, puede ser afecto, descansar… A veces podremos dárselo y otras veces no, pero al menos responderemos de diferente forma y veremos al niño de manera distinta si sabemos que no está portándose mal sino sólo diciéndonos qué es lo que le hace falta en ese momento. Porque lo que está claro, es que nosotros se supone que estamos ahí para responder a sus necesidades dentro de lo posible, no para que nos obedezcan y lo que un niño de 3 a 6 años necesita es moverse, es hablar, es curiosear, es preguntar, es jugar…

LOS NIÑOS QUE NO QUIEREN IR AL COLE

“Somos el único animal que despierta a sus crías” Andre Stern

Raquel tiene cuatro años. Se levanta a las seis, o mejor dicho la levantan. A las siete está en el cole, es de las que llega antes, tiene horario ampliado de mañana porque sus padres entran temprano a trabajar. Desayuna allí y espera jugando un poco con los otros madrugadores hasta las nueve que entran todos los demás. Raquel luego se queda dormida en la alfombra de clase durante la asamblea, si tiene suerte y le toca conmigo, que soy la blanda y la dejo porque me da lástima. Por las tardes el resto de niños se van a casa a las cinco, pero Raquel merienda también en el cole y se queda hasta las seis porque sus padres salen tarde de trabajar. Raquel no quiere ir al cole.

Raquel ahora tendrá ocho años ya y quizás no se acuerde de que no quería ir, o puede que aun siga sin querer, no lo sé, le perdí la pista cuando dejé aquella escuela. Las causas de por qué no quería ir son muchas y variadas pero lo que está claro es que Raquel tiene que ir como todos los demás, quiera o no, porque sus padres trabajan, para pagar cosas como el cole al que va Raquel. También para aprender, socializar y esas cosas… Pero sobre todo por eso, porque sus padres trabajan y sino ¿con quién se quedaría Raquel? Pero esto no fue siempre así. Vayámonos un poco atrás en el tiempo. Aunque nos cueste creerlo hubo una época en el que la escuela infantil no existía y los niños socializaban y aprendían a leer y a sumar sin problema. La introducción de la mujer en el mercado laboral trastoca un poco el sistema, ¿quién cuidará ahora de los niños? Aparece la escuela infantil, que primero fue un sitio en el que los niños jugaban como lo hacían antes en sus casas, sin fichas, sin tantas obligaciones, ni normas, ni deberes, ni fila india, ni es la hora de jugar… para poco a poco convertirse en lo que es hoy en día, un lugar al que muchos niños no desean ir, donde cada vez antes se impone que aprendan cosas, donde cada vez hay menos tiempo para el juego libre (ya hasta en el patio se propone hacer juegos dirigidos, no vaya a ser que los niños no sepan a qué jugar), donde premia la competitividad y la obediencia por encima de todo. Un lugar que no bastaba con ser un espacio de juego, que tenía que ser productivo, donde los niños hicieran algo útil, ¿útil para quién? ya que jugar debe ser que no lo es. Pero un lugar obsoleto para el siglo en el que vivimos, que no responde a las necesidades reales de los niños, que todos sabemos que tiene que cambiar pero no sabemos cómo exactamente. Que cada vez se parece más a la escuela primaria, cogiendo todo los aspectos negativos de ésta, dónde todo viene impuesto y hay poco espacio para la creatividad, el interés, la reflexión, el descubrimiento. Donde el adulto es el que tiene el saber y los niños han de escuchar para después comprobar si han aprendido lo que se supone tienen que aprender.  En definitiva, un lugar que necesita revisarse. Hagámoslo.