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LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


EL VESTUARIO

“Ser disciplinado como esclavo crea el temperamento esperado de esclavos… Golpear a los niños y aplicarles otros tipos de castigo corporal no es la herramienta apropiada para quien busca formar hombres inteligentes, buenos y sabios” John Locke

Ayer estuve en la piscina con mi bebé. Hemos empezado matronatación y es cierto, que el momento vestuario con un niño, con el calor que hace allí, es toda una aventura. Entiendo el estrés. Entiendo las prisas. Puedo entender el cabreo. Pero no puedo entender pegar a un hijo.
Cuando entras en el mundo de la crianza respetuosa, pasa como cuando te vas a comprar un coche y lo ves por todos lados, o te enteras de que estás embarazada y no haces más que ver carritos de bebé. Comienzas a ver violencia por todas partes y cosas que antes normalizabas, y no te producían nada, ahora te duelen profundamente.
Había en el vestuario una mamá desesperada. Tenía dos niños. Uno tendría cinco años y el otro dos, mas o menos. El mayor venía del agua, y la mamá estaba intentando vestirlo mientras se resistía y quería salir corriendo.
La madre no paraba de gritar: Que pares, que te estés quieto, fatal, te vas a quedar sin merendar, eres malo, me tienes harta… Solo se le oía a ella en todo el vestuario. Realmente no podía más.
El pequeño le contestaba: Tú si que eres mala mamá, fatal tú. Yo no podía dejar de mirar la escena mientras me vestía. Pensaba, ¿no se supone que llevamos a los peques a la piscina para disfrutar? Esto es una lucha. Los dos lo están pasando mal. ¿Qué necesidad?
De repente oigo unas risas. El pequeño se había escapado y se había metido bajo el agua de la ducha vestido. Un grito, dos azotes en el culo, uno a cada uno. Y los dos comienzan a llorar desconsolados.
Me quedé bloqueada. Sentí lástima. Un niño no merece que le peguen por jugar, por mojarse, por ser niño. No merece que le peguen nunca. Quise decirle a la madre que no se pega. Además de que no se puede. Pero, ¿quién soy yo para meterme en cómo educa cada uno a sus hijos?
Después en casa, dándole vueltas pensé en lo ocurrido. En qué quizá sí deberíamos meternos, igual que nos meteríamos si un hombre está pegando a una mujer. Porque sino, ¿quién los va a proteger? Y a la vez pensaba en esa madre. Que es presa de su cansancio y de su ira. Que quiere a sus hijos más que a nada en el mundo y aún así no tiene herramientas ni estrategias para hacerlo de otra forma y tiene que pegarles. Sentí lástima por ella también.
Y en ese círculo vicioso me he quedado dando vueltas, por si me vuelve a pasar. Y otra vez no sabría como actuar. No sabría si mirar al niño a los ojos y decirle que no merece que nadie le haga daño. Si mirar a la madre y decirle que entiendo lo agotador que debe ser ir a la piscina con dos niños tan pequeños. O no hacer nada porque ya se sabe, no hay que meterse en la vida de los demás.

LOS CASTIGOS

“¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerle sentir mal?” Jane Nelsen
Sergio tiene seis años y todos los días está castigado. Un día por pegar, otro día por desobedecer, otro día por correr. Es alumno mío desde los tres años. Siempre ha sido igual y a pesar de que lleva tres siendo castigado todos los días su comportamiento no varía. Y yo me pregunto, ¿entonces para qué le castigo? Sergio tampoco quiere ir al cole.
Castigamos a los niños porque no sabemos hacer otra cosa ante un supuesto “mal comportamiento”. Es lo que normalmente hicieron con nosotros y es lo que hace la mayoría. El niño se porta mal y creemos que si le quitamos algo que le gusta como tiempo para jugar, o le ignoramos, que es otra forma de castigo, el niño para evitarlo, no volverá a portarse mal. Pero no es tan sencillo y además está claro que no funciona, al menos a largo plazo. Y sí, tiene consecuencias.
Castigar forma parte de la corriente pedagógica del conductismo. El psicólogo Skinner descubrió que si a una rata le dabas una descarga eléctrica cuando se acercaba a un sitio, la rata se dejaba de acercar. Se extrapoló esto al comportamiento humano y se creyó que sería tan sencillo como su experimento de laboratorio. Pero no es así.
El comportamiento humano es complejo. Los niños hacen cosas, que para nosotros no son correctas, como pegar, contestar, moverse. Son cosas naturales en el niño pequeño. Pero a nosotros nos molestan y queremos que esas conductas desaparezcan. El problema es que al castigar a un niño la conducta parece que desaparece por un tiempo. El niño que está castigado no está pegando ni corriendo ni gritando. Y quizá hasta pueda controlarse por un tiempo para no volverlo a hacer. Pero no ha aprendido nada sobre no hacer daño a los demás, solo está intentando evitar el castigo. No confundamos el respeto con el miedo. 
Me explico. Si yo no mato gente no es para no ir a la cárcel. Es porque sé que no está bien. Nosotros lo que queremos es que el niño no pegue a los demás porque entienda que hace daño, no para evitar el castigo. Pero eso lo alcanzará poco a poco, gracias a su madurez y nuestro acompañamiento. Nunca gracias a los castigos. 
¿Y por qué digo que son perjudiciales? Porque hay algo que sí enseñan los castigos. Enseñan un modelo de abuso de poder en el que puedo hacer sentir mal a otra persona cuando no me gusta lo que hace. Y un mensaje para el niño: cuando hago algo mal merezco que me hagan daño.
Castigamos a los bebés cuando les regañamos porque tocan un enchufe y pretendemos que para evitar nuestro enfado el bebé no toque eso, en vez de tapar el enchufe. Castigamos a los niños en la silla de pensar, cuando en lo único que deben estar pensando es en que nos odian por hacerles eso. Castigamos a los adolescentes cuando con una mirada hacemos que se callen o no digan algo que nos molesta. Y luego cuando somos adultos seguimos castigando a nuestros amigos o a nuestra pareja retirándoles la palabra cuando nos enfadamos con ellos. Creo que no es el mejor modelo a seguir para relacionarnos con la gente que más queremos.

BULLYING

“Si un niño se “porta mal” es porque se siente mal” Rebeca Wild
Diego tiene cinco años, es de diciembre, de los pequeños de la clase, y es fan incondicional de Luis y Raúl que son de enero, tienen seis años y los líderes de la clase. Sí, en infantil ya hay líderes. Diego solo quiere hacer lo que ellos hacen y jugar a lo que ellos juegan. Pero Luis y Raúl no quieren jugar con él, le pegan, le insultan y se ríen de él porque es más pequeño. Jessica, su madre, viene a hablar conmigo, está preocupada. Hablo con la psicopedagoga del centro que me dice que hay que intentar que jueguen todos juntos, ¿se puede obligar a alguien a querer estar con alguien? Hablo con la mamá de Luis. Me dice que todo lo que le cuento que su hijo hace y dice a Diego son las cosas que a él le hace y le dice su hermano mayor. El bullying comienza en infantil y yo estoy perdida. Ah, Diego tampoco quiere ir al cole.
Diego ahora tendrá nueve años y espero que no abuse de otros niños más débiles que él ni que nadie se ría de él, le pegue o le insulte a diario.
Desde hace un tiempo la palabra bullying está en boca de todos. Los coles hacen protocolos antibullying, los padres hablan seriamente con sus hijos, y mientras algunos niños siguen sufriendo esta lacra día tras día que se lleva todos los años la vida de unos cuantos.
El acoso escolar, como la violencia machista, ha existido siempre, solo que ahora gracias a los medios lo escuchamos más. Aunque rápidamente queremos etiquetar a la víctima y al acosador, la cosa no es tan sencilla. El niño que acosa es víctima a su vez de otros y sólo está repitiendo patrones para poder sobrevivir.
Tenemos que empezar a cambiar la visión del niño que se porta mal. Un niño que se porta mal no se siente bien. El bebé que muerde a otro bebé en la escuela infantil quizá eche de menos a su madre y aún no sabe comunicarse, el niño que pega a su madre quizá está celoso de su hermano y no sabe expresarlo con palabras. El niño que acosa a otro es víctima también del sistema y está sufriendo.
Vivimos en un mundo violento y los niños reciben esa violencia de la televisión, de la calle y de nosotros. Cuando insultamos a la vecina, o al conductor del coche de al lado. Cuando les gritamos o insultamos a ellos o a nuestra pareja. Cuando nos reímos de alguien que sale en la tele. Todo lo ven y todo lo van a repetir. Los niños lo absorben todo, lo bueno y lo malo.
Detrás de un niño que hace bullying puede haber mil cosas, un padre que maltrata a su madre, un hermano que le acosa a él, una crianza muy autoritaria basada en el miedo. Al final ese niño se siente muy inseguro y necesita acosar a otros para volver a sentirse fuerte porque le han hecho sentir pequeño.

Por tanto, vamos a proteger siempre a la “víctima” , sí, pero no nos olvidemos de que el que acosa necesita también ayuda y que castigarle, regañarle, humillarle, no hará mas que hacerle sentir peor y eso empeorará el problema. Y no olvidemos que si los niños son violentos lo han aprendido de los adultos. Así que si hay un culpable aquí, somos nosotros.  

LAS MALDITAS FICHAS

“Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño” M.Montessori

Pablo tiene tres años y unos ojos grandes preciosos. Es un niño travieso y divertido. No le interesa absolutamente nada más en la vida que jugar con sus amigos, como es lógico y normal. Su profe me dice que está muy cansada de él, porque lleva una hora delante de una ficha y no ha empezado a hacerla. ¡Una hora! Pablo está llorando. Le veo y se me parte el corazón. Me bloqueo y no se qué decir. Ya nos lo han dicho cien veces desde dirección: las fichas tienen que salir hechas. Pablo hay días que tampoco quiere ir al cole.
Ahora Pablo tendrá unos 7 años y espero que en su escuela hayan desaparecido los libros de texto, aunque sé que estoy pidiendo demasiado.
Definitivamente hemos perdido el norte. Nos estamos cargando el aprendizaje. Pensad por un momento en un niño de dos años. Los niños nacen con un instinto de querer descubrir y aprender todo, pero con cosas como esta no hacemos mas que conseguir que lo odien, que no quieran ni les interese nada relacionado con la escuela. Los niños pequeños necesitan descubrir el mundo de forma concreta, tocando, estando, experimentando, viviendo.
Las fichas, para el que lo desconozca, no dejan de ser hojas que rellenar poniendo una pegatina, uniendo dibujos o escribiendo algo. Es, entre muchas otras, una de las cosas más absurdas que me he encontrado en la escuela infantil. Realmente el que piense que un niño va a aprender lo que es grande y pequeño, poniendo una pegatina en una hoja, es que desconoce muchísimo cómo aprende un niño.

¿Conocéis a alguien que no sepa lo que es un círculo? Yo tampoco. Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto en que los niños aprendan cosas que de sobra van a aprender sin nosotros? ¿No será que tenemos que demostrar como maestros que estamos haciendo algo?
Muchas escuelas como a la que iba Pablo, tienen acuerdos con las editoriales que les obligan a tener libros de texto con fichas. Me gané más de una charla por permitir que los niños las hicieran rápido y muchas veces mal para poderse ir a jugar. Los padres estaban pagando esos libros y había que tomárselas en serio. Pero en mi fuero interno no podía martirizarlos con algo que sabía no solo que no les gustaba, y no servía para nada, sino que además era perjudicial para su aprendizaje. Les estaba robando el placer de aprender.
Los niños aprenden todas esas cosas que queremos enseñarles, a pesar de nosotros. Las aprenden en las conversaciones, haciendo cosas, en la vida misma. No necesitan ninguna ficha. Ellos traen todo el potencial para aprenderlas. Nos empeñamos en meter con calzador los colores, las estaciones, los animales… con canciones, juegos, bits de inteligencia… Cuanto más estrambótico mejor, como si nos fuera la vida en ello, como si no fueran a aprenderlo si no lo hacemos. Y no, no lo necesitan. Lo van a aprender. Confiemos un poco más en los niños. Les estamos tomando por inútiles.