CASTIGOS VS CONSECUENCIAS

“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.” Robert G. Ingersoll

En el post de la Disciplina Positiva que podéis leer aquí, ya expliqué un poco que es muy fácil caer en los castigos y disfrazarlos de consecuencias. Hoy quiero explicar mejor cúal es la diferencia y por qué creo que un niño aprende de las consecuencias naturales y no de los castigos.

En el post de los castigos, ya os conté que estos no sirven para nada más allá de empeorar nuestra relación con los niños, crear niños sumisos y obedientes y hacerles sentir mal. Pero está muy de moda hablar de consecuencias lógicas y muchas veces es más de lo mismo. “Yo no castigo dejo que experimente las consecuencias.”

Un acto tiene consecuencias y aprendemos de ellas. Y es el mejor aprendizaje que podemos tener porque es el de la experiencia propia. Siempre decimos que no hay mejor forma de aprender que vivir, que experimentar algo. En los niños pequeñitos lo vemos muy claro. Ellos aprenden todo así continuamente. Si hago esto ocurre esto otro.

Las consecuencias naturales de los actos es lo que ocurre después naturalmente. Por ejemplo: Si pinto la pared, la consecuencia natural es que queda pintada. Si no te bañas estarás sucio. Si no te pones el abrigo tienes frío.

Si un niño no quiere recoger la habitación la consecuencia natural es que estará desordenada. No hay otra. Podemos hablar con él, ayudarle, ser ejemplo de orden. Pero tendremos que respetar que no quiera. De lo contrario tendríamos que obligarle a hacerlo ya sea con amenazas, castigos o consecuencias disfrazadas.

Para que una consecuencia sea natural debe estar relacionada directamente con el acto en sí. Si le decimos a un niño que si no se pone el abrigo no salimos al patio es castigarle por no hacer lo que nosotros queremos que haga. Puedo llevarle el abrigo por si luego tiene frío y se lo quiere poner.

Decirle a un niño que si no se termina la comida no hay postre es un castigo. La consecuencia natural de no comer es tener hambre, esto nada tiene que ver con el postre.

En definitiva se trata de cambiar la mentalidad de querer que los niños hagan lo que no quieren hacer a través otra vez de la manipulación y el chantaje disfrazándolo de consecuencias cuando no lo son.

¿Y qué pasa con los límites? Un límite es algo que ponemos al niño para protegerlo y no permitimos que experimente las consecuencias de ir sin cinturón en el coche por ejemplo, jugar con un cuchillo o cruzar la calle solo. Porque los límites no se ponen para que el niño aprenda nada, se ponen para proteger. El niño aprenderá a medida que vaya creciendo que es importante usar el cinturón, tener cuidado con el cuchillo y al cruzar la calle. En cambio las consecuencias las experimentará él solo y le servirán para aprender.

Como he dicho en varias ocasiones, si tu frase empieza por “si” (si haces esto, te pasará esto) casi seguro que es un castigo, porque las consecuencias naturales no hace falta que se las digamos, ocurren sin más.

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LOS CASTIGOS

“¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerle sentir mal?” Jane Nelsen
Sergio tiene seis años y todos los días está castigado. Un día por pegar, otro día por desobedecer, otro día por correr. Es alumno mío desde los tres años. Siempre ha sido igual y a pesar de que lleva tres siendo castigado todos los días su comportamiento no varía. Y yo me pregunto, ¿entonces para qué le castigo? Sergio tampoco quiere ir al cole.
Castigamos a los niños porque no sabemos hacer otra cosa ante un supuesto “mal comportamiento”. Es lo que normalmente hicieron con nosotros y es lo que hace la mayoría. El niño se porta mal y creemos que si le quitamos algo que le gusta como tiempo para jugar, o le ignoramos, que es otra forma de castigo, el niño para evitarlo, no volverá a portarse mal. Pero no es tan sencillo y además está claro que no funciona, al menos a largo plazo. Y sí, tiene consecuencias.
Castigar forma parte de la corriente pedagógica del conductismo. El psicólogo Skinner descubrió que si a una rata le dabas una descarga eléctrica cuando se acercaba a un sitio, la rata se dejaba de acercar. Se extrapoló esto al comportamiento humano y se creyó que sería tan sencillo como su experimento de laboratorio. Pero no es así.
El comportamiento humano es complejo. Los niños hacen cosas, que para nosotros no son correctas, como pegar, contestar, moverse. Son cosas naturales en el niño pequeño. Pero a nosotros nos molestan y queremos que esas conductas desaparezcan. El problema es que al castigar a un niño la conducta parece que desaparece por un tiempo. El niño que está castigado no está pegando ni corriendo ni gritando. Y quizá hasta pueda controlarse por un tiempo para no volverlo a hacer. Pero no ha aprendido nada sobre no hacer daño a los demás, solo está intentando evitar el castigo. No confundamos el respeto con el miedo. 
Me explico. Si yo no mato gente no es para no ir a la cárcel. Es porque sé que no está bien. Nosotros lo que queremos es que el niño no pegue a los demás porque entienda que hace daño, no para evitar el castigo. Pero eso lo alcanzará poco a poco, gracias a su madurez y nuestro acompañamiento. Nunca gracias a los castigos. 
¿Y por qué digo que son perjudiciales? Porque hay algo que sí enseñan los castigos. Enseñan un modelo de abuso de poder en el que puedo hacer sentir mal a otra persona cuando no me gusta lo que hace. Y un mensaje para el niño: cuando hago algo mal merezco que me hagan daño.
Castigamos a los bebés cuando les regañamos porque tocan un enchufe y pretendemos que para evitar nuestro enfado el bebé no toque eso, en vez de tapar el enchufe. Castigamos a los niños en la silla de pensar, cuando en lo único que deben estar pensando es en que nos odian por hacerles eso. Castigamos a los adolescentes cuando con una mirada hacemos que se callen o no digan algo que nos molesta. Y luego cuando somos adultos seguimos castigando a nuestros amigos o a nuestra pareja retirándoles la palabra cuando nos enfadamos con ellos. Creo que no es el mejor modelo a seguir para relacionarnos con la gente que más queremos.

EL RESPETO

“Para ser niños respetuosos, primero debemos ser niños respetados.”

Estamos en época de jornadas de puertas abiertas en los coles y me llegan muchas consultas sobre qué cosas mirar o preguntar a la hora de elegir un cole para vuestras niñas.

Ya escribí un post sobre esto, pero me gustaría añadir algo a aquel artículo porque me doy cuenta de que lo que cada una entiende por respeto es muy diferente y que se vende mucho humo en escuelas que supuestamente entran en la categoría de “respetuosas”.

Antes que nada, decir que hay que olvidarse de la escuela perfecta porque no existe. Y que no quiero que se entienda esto como una crítica destructiva a las escuelas que están intentando hacer las cosas de otra manera si no como una ayuda para tener claro qué es lo que nos venden y que si aun así lo elegimos (porque seguramente sea lo mejor) saber identificar el autoritarismo aunque esté disfrazado de respeto.

Y esto pasa en las escuelas y en el mundo de la crianza respetuosa en general. Consecuencias, represión emocional y frustración innecesaria que se viste de otra cosa para seguir haciendo lo de siempre. Ayer mismo leía en una página con miles de seguidores y ligada a la crianza respetuosa juegos para hacer a las niñas que consistían en frustrarlas a propósito para que aprendieran.

Luego pienso que es una página que aporta muchas cosas buenas, que es muy importante que haya gente con nombre promoviendo un cambio en la forma de ver a las niñas pero aun así ¡qué importante me parece seguir cuestionando lo que hacemos cada día, para no caer de nuevo en el adultocentrismo!

En fin, lo que quería contaros hoy era un par de experiencias que viví hace unos años en escuelas “respetuosas”. Que pueden parecer insignificantes pero para mi demostraban mucho de su mirada hacia la infancia.

La primera fue el primer día que salí al patio con las peques. Había una niña que sin conocerme de nada me pedía brazos. La cogí y eso me permitía perfectamente acompañar al resto, ya que no había en ese momento conflictos ni nadie más me necesitaba y había muchas adultas. Se acercaron a mi y me dijeron que la bajara. Que si no, podía estar todo el recreo en mis brazos.

La segunda fue un clásico. Salimos al patio y había una peque que no quería ponerse el abrigo. Le dije que se lo dejaba en la puerta por si lo quería más tarde. Me dijeron que eso no era posible. Que el abrigo se lo tenía que poner sí o sí.

Pueden parecer cosas más o menos graves. Para mi, en su momento me parecieron definitivas y después de intentar dar mis argumentos y de no quererme escuchar, no acepté el trabajo (por suerte tenía opciones), porque entiendo que a veces las escuelas están limitadas y no puedes ser todo lo respetuosa que te gustaría y que hay cosas que no puedes hacer, pero hay muchas que sí y esas eran dos de ellas.

Después de esa experiencia, estuve en dos escuelas tradicionales. De una me echaron por no poner límites a las niñas. De otra me fuí yo llorando porque la violencia que se ejercía era insoportable. Y soy consciente de que hablo desde el privilegio de quien puede elegir, pero hay cosas que a día de hoy y cada vez más se me hacen intolerables.

En definitiva, que lo que os venía hoy a decir es que si lo que le vas a hacer a una niña: obligarla a ponerse el abrigo, no atender su necesidad de contacto, un juego que le hará llorar, no te gustaría que te lo hicieran a ti, será cualquier cosa, pero respeto no es.

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10 COSAS QUE TE DIRÁN SI HACES COLECHO

“Esto no es justo: Vosotros sois dos, sois mayores y no tenéis miedo, y dormís juntos, y yo soy pequeño, tengo miedo… y he de dormir solo.” FRATO

Aprovecho el revuelo que ha provocado la última guía que ha publicado el Hospital Niño Jesús, la cual es una auténtica barbaridad, sobre todo en lo que respecta al sueño infantil, para hablar de colecho.

Llaman trastorno del sueño a que las niñas tengan despertares (algo totalmente normal), con lo cual las familias parten de la idea equivocada de que a sus hijas les pasa algo y de que no duermen bien.

Promueven dejar llorar, no atender los despertares y demás crueldades, dejando el respeto, el sentido común y la evidencia científica muy de lado.

Pensaba que hacer un post sobre el colecho era demasiado absurdo con la información que hoy disponemos, pero me he dado cuenta que es todavía necesario recordar algunas cosas.

10 COSAS QUE TE DIRÁN SI HACES COLECHO

“No te vas a sacar a la niña de la cama nunca.” Claro, seguro que con 15 años quiere dormir conmigo.

“Así no podrá irse a dormir a casa de sus amigas.” A ver, si no se va es porque no quiere y no está preparada, duerma conmigo o en su habitación.

“Es más cómodo.” Cómodo es sacarte la teta sin apenas moverte y quedarte frita.

“Toda la vida han dormido las niñas en su habitación.” No señora, la mayor parte de nuestra historia han dormido con sus madres. Tener una habitación para cada miembro de la familia es un privilegio y una modernidad.

“Se tienen que acostumbran a dormir solas.” Dicen las adultas que duermen en pareja.

“Si yo lo digo por ti mujer, para que descanses mejor.” Gracias pero es que tenerme que levantar tres veces cada noche para mi no es dormir mejor.

“Si es que ellas también descansa mejor.” Pues mira no. Porque si tiene un despertar y estoy cerca, se vuelve a dormir rápido. Si tardo, entre que la oigo y voy, ya se ha desvelado.

“La estás haciendo muy dependiente.” No la hago nada, lo es. Nacemos así. Somos mamíferas y dormimos con nuestras crías. Porque lo necesitan.

“Ay, no sé, ¿y las relaciones sexuales?” Si tu vida sexual se basa en la cama mal llamada de “matrimonio” igual necesitas renovarte. Cama de invitados, salón, encimera… no sé, un poquito de imaginación.

“Yo eso no lo hago que es malo.” Miente la pobre que se acuesta sola pero se levanta acompañada de su hija que se le mete en la cama a las cinco de la mañana y que la deja ahí porque no puede con la vida.

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LA AUTONOMÍA MAL ENTENDIDA

“Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo.” M. Montessori

Eso dijo Montessori y nos lo tomamos tan al pie de la letra que, hace unos días, una mamá me contaba, que en una escuela Montessori justamente que fue a visitar, le dijeron que no le hacían nunca nada a una niña que ella pudiera hacer por si misma.

Yo no interpreto para nada así esa frase y creo en fomentar la autonomía, sí, pero con alegría, como me dijo un día una profesora. Nunca forzada e impuesta desde fuera.

Además, creo que con este tema, o nos pasamos, como es este caso, o no llegamos, como ocurre con algunas que se han formado o leído sobre Pikler y el movimiento libre. Pikler dice : “No coloques a una niña en una postura a la que ella sola no ha llegado. (Hasta ahí bien, podéis leer sobre esto aquí.) Y tampoco hagáis a una niña algo que ella no es capaz aún (subirse a algún sitio alto, utilizar un juguete…).

Y entonces es cuando pienso: “Se nos ha ido la olla por completo.” No podemos hacerles nada que ya sepan hacer ni nada que no sepan hacer. Vamos, que se las apañen con todo. Que eso les ayudará a ser muy autónomas.

Respecto al primer caso: Todas queremos que nuestras niñas sean autónomas. Tenemos miedo. Como si con 15 años fueran a pedirnos que les pusiéramos los zapatos. La autonomía, (ya hablé un poco de autonomía e independencia aquí) es una conquista que las niñas van alcanzando poco a poco. Hay que darles la oportunidad de ello. Por ejemplo, si le he dado de comer durante dos años yo a ella en la boca, pretender que luego sea autónoma con la comida es bastante más complicado.

Yo entiendo la frase de Montessori como que no hagas cosas por ellas, que ellas pueden y QUIEREN hacer. Comer solas, vestirse, ponerse los zapatos, recoger, limpiar, transportar… Cosas que si no quieren hacer pero tú te empeñas: “No voy a ponerte los zapatos porque tú sabes hacerlo” solo generarán rabietas, malestar y frustración. Porque hay mil motivos para que una niña no quiera un día ponerse los zapatos: cansancio, necesidad de cuidado, no le apetece…. vamos, como nos pasa a nosotros cuando queremos que nuestra pareja por ejemplo nos haga la cena, a pesar de que sabemos hacérnosla.

Las traemos al mundo con la responsabilidad de cuidarlas. Y cuidarlas tambien es esto. Queremos que empaticen con las demás y a veces nos cuesta horrores empatizar con ellas cuando nos acechan esos miedos a que “se hagan unas comodonas” y ese ansia de que sean autónomas cuanto antes. Olvidándonos de que somos interdependientes y de que son niñas.

Segundo caso: He visto niñas llorando porque querían subierse a un sitio y adultas que deciden no subirlas porque: “Si no puede subirse sola, tampoco podrá bajar sola. Cuando esté preparada lo hará. Le resta autonomía si se acostumbra a que lo hagamos por ella.” También esto otro: “Si no puede hacer ese juego solo, yo no se lo hago, aunque me lo pida, porque sino siempre me pedirá que se lo haga yo, le resta autonomía.”

Que tú no hagas por ellas lo que no pueden y te están pidiendo, para mi, de nuevo, es no cuidar. Se están comunicando contigo pidiéndote ayuda para hacer lo que no pueden o no saben. Y se la estás negando. Imagina que le pides a una amiga que te abroche la cremallera de atrás del vestido que no llegas y te dice que no, que busques la forma de hacerlo sola, que no puedes andar dependiendo de otras, que lo hace por tu bien, para que seas más autónoma.

Que tú la subas a un bordillo al que no llega o que le hagas un puzzle que no consigue no le resta autonomía. El día que pueda lo hará y disfrutará de su conquista. No va a dejar de intentarlo porque tú se lo hagas. Las niñas quieren superarse, subirse a bordillos y lograr hacer un puzzle. ¡Claro que es más cómodo que no nos pidan nada! Quizá pensamos que si no se lo hacemos se acostumbrarán y dejarán de pedirlo. Un poco triste ¿no?. Y obviamente que si tengo 20 niñas en clase y un columpio al que no pueden acceder solas, igual no puedo andar subiendo y bajando niñas todo el día. Pero ahí lo que no tendría que haber es un columpio de esas características.

Siempre digo que la mejor regla para medir si lo que hacemos es o no respetuoso con las peques es imaginar que nos lo hicieran a nosotras. Creo que en ninguno de los casos nos sentiríamos bien.

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CUANDO YA NO PUEDES MÁS

“Equivocarse es defecto de todos, aceptar el error y pedir disculpas es una virtud de pocos.”

Hoy quiero hablar de ese momento que toda madre ha sentido alguna vez. “Es que la quiero matar”, “me dan ganas de lanzarla por la ventana” y del que tan poca gente habla, supongo que porque no queda bonito decirlo y te coloca la etiqueta de malamadre rápidamente.

Ese momento en el que no puedes más, te hierve la sangre por dentro y sientes que vas a reventar. Me decís mucho que si nunca grito ni pierdo la paciencia y que cómo lo hago. Lo cierto es que nunca he gritado a mi hija, supongo que por una suma de cosas (mi personalidad, mucho trabajo personal y formación, prioridades, intentar cuidarme…) pero eso no quiere decir que quien grite es peor madre simplemente que cada una tenemos nuestro camino y circunstancias personales, lo hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Y estamos aquí, lo que significa que queremos hacerlo mejor que ayer y eso es lo importante. Y a veces no podremos. Porque no siempre depende todo de nosotras. Y es importante tenerlo claro. Fuera culpas.

Como os decía, no he gritado nunca a mi hija pero sí me he encontrado varias veces en ese punto al que llegamos antes de gritar que es cuando decimos: “es que saca lo peor de mí”. Es una sensación de ira que te invade y creo que el primer punto sería observar cuándo y por qué llegamos a eso.

La ira es una emoción que surge cuando nos sentimos amenazados o atacados y a veces la crianza es tan intensa y las demandas son tantas, con tan poco tiempo para ti misma que es como si las niñas nos invadiesen física y emocionalmente y entonces llega el punto en el que no puedes más, porque somos humanas y necesitamos tiempo y espacio.

A mi me ha ocurrido cuando era más bebé sobre todo por las noches, cuando yo estaba con mucho sueño y no se dormía. Y más mayor cuando he querido hacer algo (casa, hablar con alguien, alguna tarea mía…) y no la estoy atendiendo. Te sale rechazo, quieres huir y a veces no puedes y entonces es cuando estallas.

No hay recetas mágicas, porque vivimos como vivimos. Pero os cuento cositas que os pueden ayudar. Como decía, observad e intentar prevenir. Quizá eso no es tan urgente y puede esperar, igual hoy tenía que haberme echado la siesta para estar más descansada por la noche (si es que se puede). Aprender de los errores. Parar y respirar profundo.

Si hay alguien más con nosotras y vemos que estamos llegando a ese punto, pedir ayuda, “oye me estoy poniendo nerviosa, necesito salir o darme un baño”. Otras cosas que funcionan: Irte un momento a la habitación o al patio y gritar. Descargar es bueno pero no tanto si lo hacemos en nuestras hijas. Y os vais a reir, pero poner música y bailar y cantar bien fuerte en esos momentos también libera y ayuda. Probadlo y me contáis.

A veces no podremos evitarlo, y saldrán gritos, o un “vale ya, dejame”, que aunque luego nos damos cuenta que empeora todo, porque las niñas se dan cuenta y cuanto más notan nuestro malestar normalmente más demandantes se ponen, nos sale y nos hace sentir la peor madre del mundo. Y ahí es donde entra en juego el perdón. Porque no podemos ni debemos ser perfectas. Nos equivocamos muchas veces y es una oportunidad para decirles: “hija no tendría que haberte gritado, lo siento.” Algo que parece muy tonto pero que nos cuesta horrores cuando a nosotras nuestros padres nunca nos pidieron perdón por nada.

Es importante tener claro que, como contaba en el post de la tribu, estamos solas. A veces literal pero a veces somos dos o tres y también nos sentimos así porque faltan manos para atender las demandas de uno, dos o más hijas. Y entonces, por mucho trabajo que tengamos detrás y mucha teoría aprendida, saldrá aquello que no queremos que nos salga y tenemos que verlo como una oportunidad, para ser mejores aprendiendo de la situación y para ser ejemplo pidiendo perdón.

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EDUCAR EN EL MIEDO

Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo.” Albert Camus

Se acerca Halloween y vulevo a hablar del miedo. Aquí os contaba cómo podemos enfocar esta fiesta desde el respeto y cómo acompañar esta emoción que tanto nos cuesta.

Pero hoy vengo a hablar de otra cosa. Del miedo utilizado como mecanismo educativo. Lo veo mucho, demasiado, me entristece y a la vez me asombra descubrir como estas dinámicas se repiten incluso cuando somos adultas.

Me refiero a como el autoritarismo, los castigos, el chantaje… consiguen que las niñas nos tengan miedo. Las niñas, incluso bebés pueden dejar de hacer cosas que para ellas son vitales por miedo a la reacción de sus padres. Y entonces decimos, los bebés entienden, pueden obedecer. Miedo.

Cuando las castigamos, si consguimos que dejen de hacer algo que no nos gusta, será otra vez por miedo al castigo, a que mis padres no me acepten, a que me rechacen. Miedo.

Y el chantaje emocional. Si hago algo que a ti no te gusta, te enfadas conmigo. Miedo.

Si cometo un error y me regañas. Miedo.

Y así nos convertimos en adultas que vivimos con miedo a decir lo que pensamos, a poner límites a nuestros padres o a otros adultos, a hacer cosas que nos apetecen. Miedo a ser rechazadas, a que no nos quieran, a fallar, a equivocarnos.

A veces veo niñas que piden a las adultas las cosas con miedo, que cometen un error o hacen algo que saben que no gustará y tienen miedo de contarlo por la reacción que habrá. Niñas que a las personas con quien más seguras deberían sentirse y con quien más confiaza tienen, les tienen miedo.

Por otro lado, utilizar cosas como: “que viene el coco”, “te va a llevar ese señor”, “te va a llevar la policía” son también frases muy utilizadas para que las niñas hagan lo que queremos utilizando el miedo. Esto genera mucha inseguridad en ellas, hace que crezcan sus miedos y desconfianza en nosotras y en el mundo.

Educar en el miedo genera adultas con falta de autoestima, que pierden su capacidad de ser auténticas, que se muestran inseguras, más fáciles de controlar por otras y con culpabilidad. Es urgente empezar a cambiar la forma en que nos relacionamos con las niñas. Sin miedo.

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MIS LIBROS

“No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer o entregarte a una ignorancia que tú mismo has elegido.” Confucio

Me encanta leer. He sido “devoralibros” desde bien pequeña. Cuando ya era tarde y mi madre venía a decirme que apagara la luz, al darse la vuelta, yo volvía a encenderla para seguir leyendo.

Ahora tengo poco tiempo y leo mucho menos de lo que me gustaría. También leo mucho en el móvil, artículos, blogs… pero no es lo mismo. Hago el esfuerzo de dejar eso de lado y leer libros, en papel si puede ser.

Me habéis pedido muchas veces que escribiera un post con recomendaciones de libros y aquí está. He leído muchísimo sobre crianza y educación porque me apasiona, porque siempre quiero saber más y acumulo una gran lista de libros por leer sobre el tema que nunca acaba y no sé cuanto tiempo hace que no leo una novela. En fin aquí van algunos libros que he leído separados por temas y una pequeña opinión. Espero que os sirva.

Los primeros libros que leí cuando empecé en este mundo fueron sobre todo de crianza. Leí a Carlos González, Rosa Jové, Aletha Solter… son libros sencillos, básicos sobre crianza que en su día me encantaron pero ahora mismo a lo mejor no recomendaría quizá por eso mismo y por que tienen cosas que no me parecen del todo respetuosas. A pesar de eso el de lactancia de Carlos gonzález o Dormir sin lágrimas de Rosa me parece que están bien. Años después he leído ¡Dulces sueños! un libro muy completo sobre sueño infantil pero que me resulto muy largo y tedioso con muchoos datos. Creo que hay libros de crianza más completos y que encajan más con mi forma de pensar como los dos de los que siempre hablo de Yolanda González Amar sin miedo a malcriar y Educar sin miedo a escuchar. Completísimos. De crianza tambien leí y estos sí recomiendo mucho: El concepto del continuum y El bebé es un mamífero. Crianza incondicional de Alfie Kohn también está bien. El cerebro del niño no me gustó. Tampoco el famoso libro: Como hablar para que los niños escuchen o el de Comunicación no violenta. Estos dos últimos no por el contenido que creo que es bueno, sino porque son libros que una vez leídos sin un trabajo posterior se quedan en nada, se olvida. Me parece que no se interioriza y se cambia la manera de hablar solo con el libro.

Sobre parto y lactancia recomiendo Parir de Ibone Olza, Pariremos con placer de Casilda Rodrigañez, Parir sin miedo de Consuelo Ruiz y Somos la leche de Alba Padró. De alimentación y BLW, Aprender a comer solo y Sin dientes y a bocados.

Recomiendo muchísmo todos los libros de Alice Miller, duros pero necesarios para entender sobre las consecuencias del autoritarismo.

Sobre pedagogías he leído también mucho. De Waldorf no os recomiendo nada aunque tengan alguna cosa interesante en general no me gusta, aquí escribí sobre ello. El famoso libro Educar en el asombro no lo recuerdo que me marcara especialmente, tampoco me aportó el último de Rosa Jové: “La escuela más feliz” no me gustó La nueva educación de César Bona ni el de Disciplina Positiva de Jane Nelsen, aquí hablé sobre el tema. Recomiendo mucho a Rebeca Wild y soprendentemente a lo mejor para algunos a María montessori. Leí todos sus libros en su día, los devoré, me encantaron y auqnue no soy fan del método, también escribí sobre ello, me parecen libros interesantes, fáciles de leer para ser de hace cien años y que aportan mucho. Recomiendo especialmente El secreto de la infancia y La mente Absorbente. El libro de Moverse en libertad de Emmi Pikler no es que sea un libro que dijera ¡me ha encantado! pero los fundamentos sí, lo recomiendo para educadoras infantiles y si no es con el libro, leer sobre ello por ahí, es muy muy interesante. Las leyes naturales del niño, lo veo guay por ejemplo si trabajas en la pública y tienes poca libertad de actuación y quieres montessorizar el espacio. Sobre pedagogía libertaria, muy recomendables estos dos: Dejadnos aprender de Txelu y Nada por sentado de Miguel Flores.

Sobre desescolarización me han encantado El fracaso de la escuela, de John Holt y Yo nunca fui a la escuela, de Andre Stern. los recomiendo muchísimo. Ahora mismo estoy con Aprender en libertad de Peter Gray y me está encantando también.

Hasta aquí mis recomendaciones, ya tenéis para haceros una lista también. ¿Y vosotras, que me recomendáis a mi?

OS RECUERDO QUE EL 26 DE ESTE MES ESTARÉ EN LA RIOJA, EN ALFARO, CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS. EL 23 DE NOVIEMBRE EN MADRID Y EL 30 EN BARCELONA.

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UNA ADAPTACIÓN RESPETUOSA

Ya escribí en otro artículo que podéis leer aquí, por qué no estaba de acuerdo con las adaptaciones que se solían hacer en la mayoría de coles. Pero en estas semanas he recibido muchos mensajes de mamás preocupadas porque sus peques lo estaban pasando mal y no sabían qué podían hacer.

Pensé, voy a escribir un artículo sobre cómo es para mi la adaptación ideal, que es la que se hace en el cole donde estamos y así de paso os cuento más cositas de nuestra aventura en una escuela libre.

Antes de nada decir que a veces, incluso queriendo hacerlo bien, los papás no pueden hacer una adaptación respetuosa. Porque hay que luchar no solo por cambiar las adaptaciones sino por medidas de conciliación que las permitan. Aun así a veces podemos recurrir a un abuelo, amiga o alguien cercano a la familia para que la haga.

Primero hay que tener en cuenta la edad. Con niñas muy pequeños, de meses, un año o incluso más, las adaptaciones a veces aun siendo respetuosas no se consiguen a lo largo de un año básicamente porque las niñas aún no están preparadas para separarse de sus figuras de referencia. Como contaba en el otro artículo, que una niña deje de llorar no indica que esté adaptada o más bien diría vinculada.

Porque ahí está la clave. La peque necesita vincularse con una persona adulta que no conoce. Y eso necesita un tiempo. Igual que no nos hacemos amigos íntimos de alguien en dos días, una niña no se siente segura para que la consuelen, la cambien el pañal, la acompañen a dormir en dos días.

Para mi lo ideal es que un adulto de referencia pueda entrar al espacio con la niña y poco a poco irse alejando hasta marcharse dejando a la niña sin sufrimiento (que no quiere decir que no prefiera estar con mamá o papá). Vamos, que se sienta segura y quiera explorar, jugar y pueda disfrutar y estar feliz en el nuevo espacio.

Los primeros días la adulta de referencia está siempre acompañando al niño pero manteniéndose al margen, sin invadir ni proponer juegos. Después, puede quedarse en un espacio en el que la peque la vea y a donde pueda acudir siempre que quiera. La siguiente fase sería estar en un sitio donde la peque no la ve pero sabe que está y donde puede acudir siempre que quiera y finalmente la adulta se iría del espacio. Primero por un corto período de tiempo (comprar algo y volver) y poco a poco ese tiempo se iría alargando. Mientras ocurre todo este proceso (que puede durar días o meses) las profesoras van creando mediante la cercanía, el juego, las conversaciones, el acompañamiento, un vínculo con las niñas.

Sin llantos, sin sufrimiento y con alegría puede una niña vivir el proceso de empezar el cole. Y aun así diría que es “forzoso” porque no es su necesidad sino la nuestra, porque no necesitan ni separarse de nosotros tanto tiempo (las jornadas escolares son muy muy largas) ni ir al cole pero la vida es como es…

Por eso es importante, por las tardes, entender que están más mimosos, demandantes, quizá lloran y se enfadan mucho. Que es su forma de decirnos que nos han echado de menos.

Si el cole de tu peque no está teniendo la adaptación que te gustaría, aquí te dejo esta propuesta por si puede ayudar en algo y te mando mucho ánimo y fuerza para pasar este a veces duro proceso.

(La adaptación de Mia es diferente porque yo siempre voy a estar en el espacio pero poco a poco yo me he ido yendo a otras salas con otros niños y ella se ha quedado con otra profe y otros niños jugando feliz, haciendo vínculo con las otras adultas y volviendo a mi cuando lo necesita.)

OS RECUERDO QUE QUEDAN LAS ÚLTIMAS PLAZAS PARA EL TALLER DEL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 EN SALAMANCA Y QUE EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

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Educar sin premios, castigos ni consecuencias

Taller 1

Contenido: crítica al conductismo; ¿qué es un castigo?; ¿funcionan?; ¿cuáles son las consecuencias?; ¿por qué son malos los premios; consecuencias naturales/lógicas; ¿todas las consecuencias son castigos?; si no utilizo premios, castigos ni consecuencias, ¿qué hago?.

Libertad, límites y normas

Taller 2

Contenido: educar en libertad/autoritarismo; ¿por qué no educamos en libertad?; ¿por qué deberíamos hacerlo?; ¿qué límites necesitan las niñas?; ¿qué podemos hacer para limitar menos?; límites absurdos; ¿cómo ponemos los límites?; límites y comida; ¿para qué sirven las normas?; normas/valores; ¿por qué no se cumplen?; normas absurdas.

Metodología de los talleres:

Los cursos tienen una duración de 45 minutos. Precio: 20 euros por taller. Promo 2 talleres por: 35 euros.

¿Quieres saber más?

¡Si tienes alguna pregunta, escríbeme y contestaré a todas tus dudas!

MI HIJA VA A UN COLE NORMAL

“Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” Paulo Freire

Mañana la mayoría de niñas en España empiezan el cole. Y la gran mayoría lo harán en escuelas tradicionales.

Me habéis pedido muchísimo que escribiera un post sobre qué se puede hacer cuando nuestras hijas van a escuelas “normales” y he querido empezar el curso con esto.

Primero y seguramente lo más importante es que nos quitemos el peso de la culpa de encima. Lamentablemente las escuelas alternativas, libres no son accesibles para todos por muchísimas razones. También es cierto que hay escuelas públicas donde está habiendo un gran cambio y personas geniales haciéndolo posible.

Aun así a veces nuestras peques tienen que ir a una escuela que no nos gusta mucho o no compartimos las formas de actuar de la profe que nos ha tocado. Os daré unos consejos que creo que os pueden ayudar a afrontar este nuevo curso con otra actitud:

1- Es fundamental que las niñas no normalicen la violencia. Gritos, castigos, manipulaciones y chantajes. En muchas escuelas se siguen utilizando estos métodos para educar. Hablad con las peques, explicadles que no merecen que nadie les haga eso. Que quizá la profe no sabe hacerlo de otra forma pero que eso no está bien. Que no se sientan culpables. (Es importante que se sientan seguros por lo que no se trata de hablar mal de la profe sino de lo que hace. Si criticamos a la persona que se supone debe cuidarlos podrían preguntarse por qué les dejamos con una mala persona.)

2- Creo que enfrentarse a las profes no ayuda. Podemos intentar hablar, dar argumentos, llevarles un artículo, regalarles un libro… Si te sientes atacado te pones a la defensiva. Así funcionamos. Habrá cosas muy serias que sí exigirán poner límites y hablar con quien haga falta. Por ejemplo: Obligar a comer.

3- Participar en el AMPA, juntarse con otras familias para intentar hacer cosas, exigir formaciones para el profesorado, compartir recursos… Juntas se tiene más fuerza.

4- Que las niñas tengan claro que las notas no importan, no dicen nada de quienes son. Los deberes no sirven para nada, podéis permitirles que no los hagan si no creeís en ellos y no quieren hacerlos. No tengáis miedo a decir lo que pensáis de verdad. Creo que hay que contrarrestar el mensaje que les llega desde el cole. Empaticemos: entiendo que el cole no te guste, entiendo que te aburras en clase y que te gustaría hacer otras cosas, a mi tampoco me gustaba (o sí),

5- Compensar en casa. El cariño que no han podido tener, la atención que no les han podido dar, el tiempo para hacer otras cosas. Que el cole no se convierta en el único lugar donde se supone que se “aprende”. Que puedan encontrarse, que puedan disfrutar de lo que de verdad les gusta y motiva y que jueguen lo que no han podido jugar.

¿Se os ocurre algún consejo más?

OS RECUERDO QUE DEBIDO A LA GRAN DEMANDA HE ABIERTO UN GRUPO NUEVO PARA EL TALLER DE SALAMANCA. SERÁ EL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 Y EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

TAMBIÉN ESTÁN LISTOS LOS CURSOS ONLINE. PODÉIS ESCRIBIRME UN PRIVADO PARA MÁS INFO.

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SI MI HIJA FUERA AL COLE

“Podemos ayudar mejor a los niños a aprender haciendo que el mundo, en la medida de lo posible, les resulte accesible, prestando mucha atención a lo que hacen, respondiendo a su pregunta (si la tienen) y ayudándoles a explorar las cosas que más les interesan.” John Holt

Sé que muchos habéis estado buscando cole para el año que viene y yendo a jornadas de puertas abiertas últimamente. Me llegan muchas preguntas de qué sería para mi lo fundamental a la hora de buscar cole y hoy os lo cuento.

Como sabéis los que lleváis tiempo leyéndome yo siempre digo que los primeros años donde mejor está un niño es en casa, con mamá si puede ser o con una figura de referencia. Si esta opción no fuera posible optaría por un acompañante del hogar o madre de día. Y como última opción optaría por la escuela.

Aun así, para la mayoría, antes o después llega el momento de escolarizar. Y para mi la lista de cosas que miraría sería muy muy larga, sabéis que soy muy quisquillosa, pero voy a tratar de resumir:

Voy a resumir tanto que con una palabra creo que lo englobo todo. Respeto. Igual pensáis eso es lo normal, se da por hecho. Yo creo que no. El respeto en su sentido más amplio implica muchas cosas que no están ocurriendo en muchas escuelas. Sería una escuela sin gritos, sin castigos (regañar también es castigar), ni consecuencias raras, sin premios, chantajes o manipulaciones, sin humillaciones, sin etiquetas, sin juicios.

Un lugar donde se respetaran los tiempos del niño, sus intereses, sus gustos, sus necesidades, de moverse, de hablar, de jugar. Para mi es importante que tengan libre acceso al exterior por ejemplo.

Sería un espacio sin deberes, sin exámenes ni libros de texto. Donde primara el juego libre y se hicieran propuestas, sin obligaciones, pero no por ello un espacio sin valores. Rico en experiencias y oportunidades de aprendizaje.

Muy importante la figura del maestro que acompaña. No por su formación sino por la visión que tiene del niño. Que le diera importancia a crear vínculo, una persona cercana, amable, respetuosa. Que mirara al niño como a un igual y no por encima. Sin adultocentrismo ni relaciones de poder.

Que fuera un espacio donde se permitiera sentir. Sin represión emocional. Donde el enfado, el miedo o la tristeza tengan cabida. También el normal desarrollo de la sexualidad.

Sería un lugar donde se les permite a los niños resolver los conflictos pero no por ello se les deja solos o no se les pretege. Un sitio con límites de salud y seguridad y poquitas normas.

La mezcla de edades también es un plus. Y si encima la escuela no es una empresa, sino un espacio creado desde la horizontalidad, donde familias, padres y niños forman una tribu donde hay espacio para el debate, el crecimiento, la cooperación ya ni me lo pienso.

En resumen: LIBERTAD, RESPETO Y AMOR como valores fundamentales.

Sé lo que estáis pensando: Estás pidiendo demasiado. Esa escuela no existe. Lo cierto es que sí existen algunas que se le parecen pero es verdad que son pocas. Así que os invito a hacer vuestra propia lista de valores e intentar buscar dentro de lo que hay lo menos malo, lo más respetuoso. Eso ya será mucho.

OS RECUERDO QUE EL 22 DE JUNIO ESTARÉ EN VALENCIA EN LA ESCUELA INFANTIL MI KITA. DE 10:30 A 13:30 HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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LOS PRECIOSOS DOS AÑOS

“Respira, serás madre toda tu vida. Él solo será niño una vez.” Jessica Gómez

Mañana Mia cumple dos años. “Los terribles dos” dice la gente y a mi me parecen preciosos.

Muchas cosas que nos parecen horribles de la crianza no son horribles en sí. Lo que ocurre es que nuestras expectativas eran otras y nos frustra ver que las cosas no son como querríamos.

En nuestra cabeza queremos niños obedientes, sumisos, que hagan caso a la primera, que no se enfaden, que no repliquen, tranquilos… y un niño de dos años es todo menos eso y de ahí que nos parezca terrible.

Si entendemos como es un niño de dos años podemos empezar a disfrutar de lo maravilloso que es y disfrutar del momento (aunque sea duro y cansado a veces) porque no estaremos perdiendo energías tratando de que encaje en ese modelo de niño de dos años que tenemos en nuestra cabeza y porque nos podremos relajar sabiendo que es un niño normal, más que normal sano, al que no le pasa nada, que no hay que estar todo el día luchando contra él.

Un niño de dos años necesita moverse, mucho, no va a estar mucho tiempo haciendo lo mismo, es caótico. Nos agobiamos en casa con ellos, porque lo sacan todo, porque quieren subir, trepar, saltar en el sofá… es vital para ellos. Mucho parque y permitirles ese caos y ese movimiento nos ayudará a relajarnos.

Un niño de dos años está descubriendo que no es el centro del mundo, que ya no todo gira en torno a él y se frustra mucho y de forma muy intensa. Cuando son bebés es más sencillo, es más fácil darles lo que necesitan.

Un niño de dos años quiere reafirmarse, sentirse válido, empieza a enteder que puede decidir y entonces dicen mucho que “no” (nosotros lo decimos más que ellos), no quieren compartir, les gusta mandarnos, dirigir, tener el control. Es normal, es sano. Si permitimos que tomen decisiones, estamos ayudando a que adquieran seguridad y autoestima. Porque nos pida que nos sentemos aquí y hagamos esto y aquello no estamos haciendo de ellos pequeños tiranos sino todo lo contrario.

Un niño de dos años quiere hacerlo todo solo, quiere tener responsabilidades, quiere colaborar y hacer lo que hacen los adultos. Permitámoslo. Que limpien, que cocinen, que nos ayuden (aunque no lo hagan perfecto). Que hagan cosas solos, aunque tarden más. Eso también les dará confianza en sí mismos.

Un niño de dos años es desobediente. O más bien diría que no puede obedecer. Y hacen muchas cosas que no nos gustan. Lanzan cosas, guarrean con la comida, hacen ruido. Hay que preguntarse: ¿es peligroso o malo para su salud? ¿No? Pues déjale. Pretender que dejen de hacerlo es peor, seguramente querrá hacerlo más. Si permitimos que esta fase pase dejarán de hacerlo. Con quince años no lanzará lentejas por los aires ni dará golpes con una pala en la pared. Os lo aseguro.

Más que ver qué está haciendo el niño, habría que observar que siento yo cuando el niño hace esas cosas. Y ahí podemos encontrar que igual a nosotros nos regañaban por jugar con la comida, no nos dejaban saltar en la cama, nos gritaban si no obedecíamos, nos retiraban el amor si hacíamos algo que no querían. Todo eso que tenemos bien metido en el cuerpo nos sale de repente cuando vemos a un niño de dos años siendo él mismo.

Un niño de dos años es maravilloso. Empieza a hablar y te hará reir con sus ocurrencias. Empezará a jugar simbólicamente y a montarse historias y no podrás creer que tu bebé se ha hecho tan mayor. Aún es pequeño y puedes disfrutar mucho todavía del contacto que te pide y de los mimos que necesita. Es divertido, es energía, te pedirá que bailes, que hagas el león, que te sientes a leerle un cuento, que seas su compañero de juego.

Que un par de rabietas no te impida disfrutarlo.

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LAS TECNOLOGÍAS, NI PROHIBIR NI LIMITAR

“En la época de mis abuelos pensaban que los niños se quedarían tontos de tanto leer, mi padre pensaba que yo me quedaría tonta de tanto ver la tele. Yo pensaba que tú te quedarías tonta con los videojuegos y ahora vosotros pensáis que los niños se quedarán tontos de ver la tablet.” Mi madre.

Llevo mucho tiempo queriendo escribir este post pero lo iba posponiendo porque sabía que traería polémica. Pero me lo habéis pedido tanto que aquí está. A muchos de los que me seguís desde hace tiempo sé que os sorprenderá porque parece que a esto de la crianza respetuosa va unida la prohibición de las pantallas pero no es mi caso y os lo voy a contar.

Como os decía en el post de No soy una madre perfecta yo tenía muy claro que no iba a utilizar las pantallas y la realidad fue que me salvaron y me salvan los viajes en coche. De pronto me vi en una situación que no sabía muy bien como abordar. ¿Qué hago con el tema pantallas? ¿Prohibir sin más? ¿Limitar? No me convencía porque creo que la prohibición aumenta el deseo y que iba a suponer muchas peleas, rabietas… Me parecía una incoherencia cuando nosotros vivimos pegados a una pantalla, negar la realidad del mundo en el que vivimos y usarlo solo cuando a mi me interesaba.

En fin, que como siempre hago cuando algo me interesa y le ando dando vueltas, me puse a investigar, tenía que haber otra manera. Hablé con familias de niños mayores educados en casa, con gente de educación libre, debatimos, leí artículos, conferencias y llegué a una conclusión, o a varias. En definitiva, que prohibir o limitar no es nunca una buena opción.

Primero, creo que hay que perder el miedo a las tecnologías, vivimos en la era tecnológica, es una herramienta genial, que sirve para aprender lo que quieras y cuando quieras, también sirve para ocio, para leer, para investigar, es un mundo y va a estar ahí, es una realidad de la que no vamos a poder escapar. Nos da miedo porque nosotros no fuimos críados con ello y es algo desconocido pero creo que ese miedo no nos deja ver más allá.

Lo segundo que hice es perder el miedo a la adicción. La tecnología no te hace adicto, como no te lo hace el alcohol, las compras o el sexo. Son los vacíos emocionales que intentamos llenar con eso los que te hacen adicto. Un niño adicto a la tablet tiene un problema que no es la tablet sino algo más profundo que habrá que tratar. Con esto no quiero decir que no sean muy atractivas, lo son y de ahí la tercera conclusión.

Los niños utilizan las tecnologías bien porque están aburridos, cansados, se están evadiendo de otras cosas o bien porque quieren disfrutar de ello un rato. Saber diferenciar cada caso es importante. Por ejemplo, un niño que va al cole, 8 horas, dos de extraescolares, cena, ducha y que quiere estar una hora o dos con la tablet. Decimos: es que no quiere hacer otra cosa. Bueno, en realidad es que lleva todo el día haciendo lo que le dicen, está cansado, ha tenido poco tiempo libre, es normal que quiera evadirse, nosotros también lo hacemos.

¿Significa esto que dejo a mi hija estar todo el día con el móvil? No. Pero es que tampoco lo estaría. Cuando me relajé con el tema y dejé de intentar prohibir y limitar, ella comenzó a dejarlo cuando se cansaba. Dice: ya no quiero más y lo apaga. Al principio es cierto que hubo un tiempo que al habérselo intentado limitar lo quería muchísimo y cometí el error de quitar el límite de golpe, pero cuando vió que podía tenerlo siempre que lo pedía ya empezó a dejarlo y empezó a ser una actividad más como otra cualquiera.

Lo que he podido comprobar en este tiempo es que en el parque o cuando está con niños no lo pide nunca. Normal. Pasamos mucho tiempo fuera e intentamos que esté con niños la mayor parte del día. Lo pide en casa cuando está aburrida y nunca se le niega. Si vemos que pasa demasiado tiempo le hacemos una propuesta y siempre la acepta y lo deja, jugar con ella a algo, pintar con témperas, lo que sea…

En el cómputo de horas del día pasa muy poco tiempo con las pantallas (que irá aumentando a medida que se haga mayor porque también tendrá más cosas que hacer con ella) y no me preocupa la verdad. Porque veo que tiene otros intereses, mucho tiempo al aire libre, que en cuanto le das una propuesta atractiva la acepta y la prefiere y no tengo que prohibir ni limitar, con lo que eso supone en la crianza. Que en cuanto tenga acceso limitado se dará atracones de tecnología, que siempre lo estará deseando porque sabe que es algo prohibido, que crea mucho malestar familiar…

Es mi forma de entenderlo y hasta ahora me va bien. No tiene que ser la de todo el mundo. Y no dudo en cambiar algún día de opinión si viera que la situación lo requiere. Porque de eso va la crianza y la vida en general, de ir aprendiendo sobre la marcha y estar abierto a desaprender y volver a aprender. “Solo los imbéciles no cambian de opinión.”

Ah y otra cosa os cuento, nunca se lo ofrezco yo, no lo utilizo para poder hacer cosas (no lo juzgo eh) sino que aprovecho cuando está con ello para hacer algo. Como con la comida basura utilizo la técnica de no ofrecer no prohibir, es decir, no lo utilizo delante de ella porque sé que me lo pedirá ni se lo propongo nunca. Simplemente me baso en dárselo siempre que me lo pida, sin importancia, y observo y espero. A veces lo deja porque se cansa o aburre y quiere hacer otra cosa y a veces si considero que lleva mucho le hago propuestas que nunca rechaza. Hasta ahora es lo que hacemos. Ya os contaré dentro de cinco años que tal vamos.

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SER MAESTRA DE INFANTIL

Hoy se ha convocado una huelga de educadores infantiles por un convenio justo. Las condiciones laborales de una educadora infantil son indignantes. Los sueldos no llegan a los 900 euros, las ratios son altísimas para dar una correcta atención a los más pequeños y para estar bien física y emocionalmente y la mayoría trabajan gratis muchas horas extra cada día.

Voy a aprovechar la ocasión para contaros mi experiencia trabajando de maestra de infantil en una escuela privada. Ya os conté en este post algunas cosas que me hicieron dejar la escuela infantil tradicional pero hoy quiero contaros algunas más sobre las condiciones en las que trabajaba.

Como sabéis los que me leéis desde hace tiempo no estoy a favor de que pongan escuelas gratuitas desde los cuatro meses, porque creo que ese dinero debería ir a las bajas de maternidad. También sabéis que creo que los niños pequeños donde mejor están es en casa y no en instituciones y que por eso mi hija no va a la escuela. Pero eso no tiene nada que ver con la realidad que existe, de que hay familias que no tienen otra opción y de que las educadoras se dejan la piel cada día para que sus niños estén bien a pesar de tener unas condiciones laborales deprimentes.

Las ratios de España en la etapa 0-3 son inhumanas. Cualquier persona que ha estado con un bebé sabe lo duro que es y la demanda que exige cuidarlo. ¿Os imagináis con 8? Efectivamente están desatendidos. Sobre todo emocionalmente. Porque es imposible atender las demandas de ocho bebés una sola persona.

Yo tenía 29 niños de 4 años. Y no, tampoco podía atenderlos emocionalmente a todos. Ni prevenir conflictos, ni dar a cada uno lo que necesitaba. Al estrés que esto supone se sumaban los padres que (entiendo su posición) venían después enfadados porque a su hijo le habían mordido o es que se había caído en el patio y no lo habías visto.

Como el sistema está como está, se sumaba también el papeleo que te exigen tener al día y como a los niños hay que dirigirlos en su aprendizaje todo el tiempo, también programar actividades, propuestas y un montón de cosas que si cambiáramos la mirada y les dejáramos jugar libremente nos ahorraríamos y podríamos así centrarnos más en ellos.

Pero es que lo peor de todo lo anterior es que en la gran mayoría de escuelas, todo esto se hace fuera del horario de trabajo. Y gratis claro. Yo hacía: tutorías con los padres, reuniones de ciclo, de etapa, de nivel, cursos de formación, papeleo, preparación de material, decoraciones (que ni siquiera nos dejaban guardar de un año para otro, nos hacían tirarlas), preparación de fiestas, notas… en mis tardes. Había semanas que todas las tardes terminaba a las 8 y a veces incluso hacía cosas en el descanso de la comida.

Cuando la escuela lo necesitaba era obligatorio hacer horas extras por la mañana o por la tarde. Y más de un sábado y de dos también tenías que ir a pasar el día gratis en alguna actividad.

Esta es la realidad que se vive en muchas escuelas infantiles. Muchas contratando maestras de infantil pero pagándolas como educadoras, por debajo de su nivel profesioal. (Siendo una verguenza hacerlo y pagar a las educadoras lo que se les paga).

Yo en definitiva tuve suerte. Me escribe mucha gente contándome sus experiencias de estrés, ansiedad… muchas acaban abandonando su vocación por esta razón pero muchas aunque quieren no pueden. Por todo esto hoy quería dar todo mi apoyo a la HUELGA DE EDUCADORES INFANTILES.

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EL CARRO CON PINCHOS

“Para ser un adulto independiente y seguro debió haber sido un bebé dependiente, apegado, sostenido, en pocas palabras amado.” Sue Gerhardt

La semana pasada fue la Semana Europea del Porteo y quería aprovechar para hablar un poquito de crianza, que hace mucho que no hablo y de porteo, que poco lo he hecho. Hablé solo un poco aquí.

Hice una sección del blog en la que he escrito varios artículos sobre aspectos de la crianza de Mia que no son los comunes, por qué no lleva pendientes, por qué no va a la escuela infantil o por qué no la hemos sentado por ejemplo. Podéis leerlos aquí. Hoy os voy a contar por qué no usamos carro hasta que tuvo aproximadamente un año.

Todo padre ha experimentado la “cuna y carro con pinchos”, ese momento en el que vas a colocar al bebé allí y se pone a llorar como un loco o ese otro en que lo dejas dormido y no aguanta más de diez minutos. Todos lo hemos vivido, todos sabemos que ocurre pero todos seguimos insistiendo porque tienen que acostumbrarse. La presión externa es muy fuerte. El instinto nos dice que les cojamos, pero como será que a pesar de sentirlo, no lo hacemos, porque pensamos que así les vamos a malacostumbrar.

Los bebés no pueden manipularnos, lloran porque piden lo que necesitan, que es estar junto al cuerpo de la madre. Cuando están dormidos tienen muchos microdespertares y si en uno de ellos se notan en una cama solos se desvelarán.

Yo me sabía la teoría pero aun así también lo intenté y evidentemente Mia no dormía seguido más de diez minutos de siesta en una cama. Así que hasta el año durmió todas las siestas en la mochila. Dormía dos y tres horas del tirón. A veces pedía teta entre medias y ahí la tenía. Para mi era muy cómodo. Podía sentarme y trabajar con el ordenador, leer, pasear, cocinar…

Pero el porteo no es algo que llevemos en los genes, es algo que nos hemos inventado porque lamentablemente vivimos en la sociedad que vivimos y no podemos permitirnos el lujo de estar tumbados con el bebé encima sin movernos durante tres horas (habrá alguna que sí).

Y como es un invento, hay que aprender a usarlo. Yo tenía claro que quería portear, pedí como regalo una mochila ergonómica (muy importante que lo sea, se ven todavía muchísimas mochilas “colgonas” y bebés mirando hacia delante) y la usé practicamente desde que nació. Es cierto que al principio no le gustaba mucho (esto no te lo cuentan y piensas “oh no mi hija no va a querer nunca mochila”) pero enseguida le cogió el gusto. Después, cuando fue un poquito más mayor la usé en la espalda (recomiendo mucho aprender a pasarles atrás, te da la vida).

Invito a darle una oportunidad, y dos y tres porque a veces no nos resulta cómodo de primeras. A probar, a intentarlo, con fulares, con mochila y a perder el miedo a todas esas cosas que nos dicen que pasarán si les tenemos siempre en brazos. Un niño que va en el carro y se queja, se queja y se vuelve a quejar, acabará acostumbrándose a que no le atiendan, es cierto, pero hay que preguntarse ¿a costa de qué? Porque eso lamentablemente tiene más que ver con la sumisión que con la independencia.

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LA IDEALIZACIÓN DE NUESTRA INFANCIA


“Cuanto más idealizamos el pasado y nos negamos a reconocer nuestros sufrimientos de la infancia, más los pasamos inconscientemente a la próxima generación.” Alice Miller

El domingo fue el Día de la Madre aquí en España y las redes se llenaron de mensajes de amor, de madres perfectas y de idealización de infancias.

Esto, que por un lado es natural, que los hijos idealicen a sus padres, es por otro lado peligroso y falso. Los padres se equivocan, todos, unos más que otros pero es importante madurar, reflexionar y no quedarse estancado en cuando teníamos cinco años y pensábamos que nuestros padres eran Dios.

La mayoría de adultos de ahora venimos de crianzas y escuelas autoriatarias. Hemos vivido los castigos, las amenazas, los chantajes, los insultos, los cachetes… Muchos incluso siguen viviendo cosas de estas con sus padres a día de hoy, a pesar de ser ya adultos.

Lo que ocurre es que el niño no es capaz de odiar a sus padres por el daño que le hacen, ya sea físico o emocional. Los sigue queriendo e idolatrando (todos conocemos casos terribles de niños víctimas de violencias graves que siguen queriendo estar con sus progenitores). El niño lo que hace es dejar de quererse a sí mismo cada vez que es castigado, dañado, humillado.

Y esos niños que no reconocen ese daño se convierten en adultos que siguen creyendo que sus padres lo hicieron por su bien, que lo merecían, que eso les hizo convertirse en mejores personas, que eso les hizo fuertes, que están bien.

Mi padre me dejaba llorar y estoy bien, mi madre me pegaba y no pasa nada, mi padre me castigaba porque es que me portaba fatal, mi madre me daba con la zapatilla, ¡qué divertido!

Decimos eso, le restamos importancia y lo defendemos porque es lo más fácil, lo menos duro. Ponernos en la piel del niño que éramos e intentar sentir lo que sentíamos en ese momento duele. Reconocer que nuestros padres nos hicieron daño (porque no tenían más recursos, no porque no nos quisieran) duele.

Y entonces, así seguimos. 30 años despúes pensando que nuestros padres lo hicieron genial con nosotros. Que todo lo bueno que somos es gracias a que nos hicieron sentir mal y no gracias a todo lo demás. Y esto tristemente nos aleja mucho de ser mejores padres o educadores y de romper con ese tipo de relación para empezar a tratar a los niños con más respeto. Si creemos que nosostros lo merecíamos, pensaremos que nustros niños también, que es lo mejor para ellos.

Evidentemente que no quiero decir que tengamos que odiar a nuestros padres, podemos perdonarlos y entender que hicieron lo que podían con lo que tenían. Pero solo analizando que hubo cosas que no estuvieron bien, que te produjeron dolor, que te hacían sentir mal podrás romper con ese modelo, empezar a hacerlo de otra manera y cambiar tu propia mirada hacia la infancia. Te invito a revisar la tuya.

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41+5

“Para cambiar el mundo es preciso cambiar la forma de nacer.” Michel Odent

Creo que no me olvidaré de esa cifra nunca. De 41 semanas y cinco días estaba cuando me provocaron el parto.

Hace unos días, en Oviedo, una mujer era llevada a la fuerza por la policía al hospital para inducirle un parto en contra de su voluntad porque estaba de 42 semanas de embarazo. Los medios, bastante desinformados por cierto, han hecho de la noticia un circo y a mi me ha revuelto las tripas y traído malos recuerdos. Casi dos años después me dispongo a contar mi parto.

Si había algo que me atormentaba durante el embarazo, era justo lo que ocurrió. Pasarme de la semana 41 y que me tuvieran que inducir el parto. Tenía mi plan preparado de hace tiempo. Quería un parto lo más natural posible, no por hippie, no por moda, no porque me creía más fuerte que nadie (como mucha gente cree), simplemente porque es lo mejor para la madre y para el bebé, a todos los niveles. Esto no es una opinión, son las recomendaciones de la OMS.

Sabía que si me pasaba de fecha todo mi plan se iría al carajo. Los partos inducidos suelen ser partos complicados que llevan incluídos lo que se conoce como “cascada de intervenciones”, porque una lleva a la otra. Yo me las llevé casi todas, prostaglandinas que me provocaron horas de contracciones pero no hicieron que dilatara absolutamente nada, maniobra de Hamilton (tengo que agradecer que me consultaran, se hace muchas veces sin consentimiento), rotura de bolsa para ver si se aceleraba algo, oxitocina sintética que provoca unas contracciones inaguantables que hicieron que tuviera que ponerme la epidural, lo que conllevó a que no pudiera moverme, que hizo que tuviera que permanecer en la postura clásica y “antinatural” que hace que al bebé le cueste más salir, lo que hizo que junto a mi cansancio extremo después de 24 horas de sufrimiento finalmente tuviera que venir una ginecóloga con una ventosa a sacar a Mia. Me faltó la cesárea para el completo.

Todo esto ocurrió porque yo estaba de 41 semanas y 5 días y no se podía esperar más. Eran las recomendaciones “oficiales”, en el hospital me dieron un folleto horrible que no te daba pie a dudar, según ellos era peligrosísimo esperar un día más. Había acudido con 41+3 y ya querían inducirme, les pedí dos días más para ver si conseguía ponerme de parto pero esto no ocurrió y no tuve otra opción.

Hoy sé que podía haber esperado más sin aumentar los riesgos. Hoy tengo información más actualizada y me da pena no haber podido tener el parto que quería y haber tenido que pasar lo que pasé debido al miedo. Si hoy estuviera de 41+5 quizá me hubiera vuelto a mi casa a seguir esperando y quién sabe si hubiera venido la policía a buscarme. Aunque creo que lo más seguro es que no, ¿sabéis por qué?, porque yo no había decidido parir en casa, como en el caso de la mujer de Oviedo.

Por cierto, parir en casa es legal, es un derecho, es seguro y no tiene más riesgos que hacerlo en un hospital. #NosotrasParimosNosotrasDecidimos

YA TENGO FECHA PARA EL PRÓXIMO TALLER EN VALENCIA. SERÁ EL SÁBADO 22 DE JUNIO. HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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“LA EDUCACIÓN ES UN ACTO POLÍTICO”

“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás.” Herbert Spencer

El domingo tenemos elecciones aquí en España. El panorama es bastante desolador y si hablamos de educación la cosa ya es para echarse a llorar.

De lo que más se está hablando es de garantizar plazas públicas desde los cero años. Es la GRAN propuesta de conciliación. No se han enterado de nada. Lo que las familias queremos, es más, lo que los niños necesitan no es un espacio público donde estar desde los cuatro meses. Lo que necesitamos son bajas de maternidad dignas. Pero claro, se me olvidaba, que para eso, no hay dinero.

Para las bajas de paternidad iguales e intransferibles sí. Pero de eso ya hablé en otro artículo. Podéis leerlo aquí. También tenemos que aguantar que haya partidos que quieran legalizar el alquiler de personas y la compra de seres humanos. Pero ese es otro tema que podéis también leer aquí.

Las ratios son algo que podría mejorar la práctica educativa considerablemente pero es una pena que no haya en ningún programa nada sobre esto. Con 8 bebés, 20 niños de dos años o 25 en primaria como imagináis, poco se puede hacer para que la calidad educativa sea más digna.

Nada de esto me sorprende, la verdad. Pero igualmente tendremos que votar lo menos malo, por defensa propia esta vez, porque nos jugamos mucho, pero yo en realidad no venía a hablar de esto.

Yo de lo que quería hablar es de por qué criar y educar son actos políticos. Todo lo que hacemos con un niño, la manera en la que nos relacionamos con él, le hablamos, como le tratan en el cole, qué hacen y por qué es política.

El sistema educativo, del que tanto me quejo (que no de los maestros) tiene una intención que va más allá de lo que cada profe desea inculcar a sus alumnos. Por eso es tan difícil ir en contra del sistema. Aun así se puede pelear desde dentro (hay mucha gente haciendo cosas maravillosas).

El sistema quiere personas que no sean críticas, que sean obedientes, que acaten las normas, que no reflexionen mucho, que no piensen… Esto le interesa bastante. Y de ahí, parte el modelo autoritario que normalmente encontramos en los colegios. Basado en premios y castigos, en el respeto a la autoridad, en no reflexionar mucho. En general tampoco se cuestiona nada de lo que se aprende, el alumno se limita a memorizar, a escuchar y a no hacerse demasiadas preguntas.

Además del sistema educativo ,tenemos otro modelo que hace exactamente lo mismo dentro de los hogares. El modelo de crianza tradicional. Que, sin mala intención quiero creer, están reproduciendo miles de padres sin saber que lleva a sus hijos al mismo destino. A ser personas dependientes de los que están por encima, inseguras, obedientes, con poca libertad y una gran falta de capacidad crítica.

Cuando dejas llorar a un bebé sin atenderlo estás colaborando a su sumisión y eso es política. Cuando castigas a un niño haciendo uso de tu poder estás haciendo política. Cuando chantajeas a un niño para que haga lo que tú quieres estás haciendo política. Cuando no le permites que te cuestione, cuando le exiges obediencia, que sea bueno, que no te contradiga, cuando no le dejas ser libre estás haciendo política.

No sé que pasará el domingo, la verdad es que creo que en materia de educación de poco servirá lo que ocurra. No podemos controlar lo que otros hacen pero sí podemos controlar lo que hacemos nosotros. Votar es necesario pero hacer política desde nuestras casas y aulas es urgente. No hace falta esperar al domingo, puedes empezar ya mismo.

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QUIERO QUE MI HIJA RECOJA LOS JUGUETES

“No se puede obligar a nadie a hacer algo que no le nace de corazón.”

A próposito de una reflexión que puse hace unos días, en la que decía que igual que no está bien decirle a tu pareja que hasta que no recoja los platos no vais al cine, tampoco lo está decírselo al niño con los juguetes, me llegaron varios mensajes de papás preocupados porque sus hijos sean responsables. “Tendrán que recoger lo que han sacado ¿no? Yo quiero que sea responsable”, decían.

La responsabilidad, la empatía, compartir, dar un beso, pedir perdón, la autonomía, la independencia… todas estas cosas relacionadas con la educación salen de dentro, no se pueden forzar. He hablado de ellas en muchos artículos anteriores porque es un tema que se repite y me doy cuenta de que existe una idea equivocada y generalizada de que podemos hacer que otra persona sienta lo que no siente.

Cuando obligas a otro niño a hacer lo que no sale de sí mismo, no le estás enseñando nada sobre eso. Obligar a otro a compartir, forzarle a ser autónomo o a recoger no le hará ni más empático ni más independiente ni más responsable.

La responsabilidad tiene que ver con reconocer y aceptar las consecuencias de algo. Uno aprende a ser responsable a través de la propia experiencia, equivocándose y aprendiendo de los errores.

Como explicaba en el post de las consecuencias lógicas, confundimos muchas veces esto con los castigos. Si un niño no recoge sus juguetes y le dejas sin ir al parque, le estás castigando. Eso jamás le hará una persona responsable. Como mucho sumisa.

La responsabilidad se aprende cuando me dejan experimentar las consecuencias. Por ejemplo: Me llevo un juguete al cole, no estoy pendiente de él y lo pierdo, me gasto la paga el primer día y no me queda dinero, si no echo a lavar la ropa sucia no tengo ropa limpia, si insulto a ese niño no quiere jugar conmigo…

Uno se hace responsable en la medida en que puede vivir en libertad y experimentar las consecuencias. Nadie puede hacerte responsable. Nadie te puede obligar a hacer lo que no quieres. Si no nace de ti no es responsabilidad es obedicencia.

Para conseguir que un niño haga lo que no quiere hacer tienes dos opciones, obligarle a la fuerza o mediante premios, castigos, chantajes y amenzas. Las dos son una falta de respeto y un abuso de poder. Y ese no debería ser el modo correcto de relacionarnos con nadie.

Tenemos que aceptar que los niños no son siempre como nosotros queremos que sean. Podemos mostrarles valores a través de nuestro ejemplo, ser empáticos con ellos para que lo sean con los demás y respetar que no quieran hacer lo que nosotros les digamos.

Vale, y entonces ¿cómo hago para que recoja? Dependiendo de la edad puedes explicar, invitar a recoger, decirle por qué es importante recoger, que tú le ayudas, que lo haces tú hoy por él, pero sobre todo tener claro que puede elegir no hacerlo y no pasa nada (recoger para un niño no es importante ni tiene valor). Y no tener miedo, eso no hará de él un irresponsable y mejorarás enormemente tu relación con él si dejas de lado los castigos y amenazas.

¿Recogerá algún día? Quien sabe… Igual un día no encuentra algo por el desorden y decide recoger, igual le agobia el caos y decide recoger, o igual se hace mayor, se independiza, sigue pensando que no le importa el desorden y decide no recoger. Es su vida, tenemos que dejar que experimenten las consecuencias y respetar. Porque tienen derecho a no recoger.

HABLARÉ DE ESTO Y MUCHO MÁS EL 27 DE ABRIL EN EL TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. PLAZAS LIMITADAS.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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LOS DEBERES

“Lo siento mamá, todavía nos queda al menos una hora de juego, no puedo hacer los deberes.” FRATO

Habéis sido muchos los que me pedíais que hablara del tema de los deberes. Es un tema que trae de cabeza a padres de niños de todas las edades, porque ya hasta en infantil mandan deberes. Es preocupante, algo de lo que se ha hablado y discutido mucho pero con lo que no se ha conseguido nada porque seguimos igual o peor que antes.

A pesar de que sabemos que no sirven para nada, que roban tiempo de juego y que empeoran las relaciones familiares, seguimos los profes mandándolos y los padres empeñados en que los hagan. Es urgente que ambos cambiemos el chip.

Hay numerosos estudios que demuestran esto que digo. Los países con mejor rendimiento escolar no son los que más deberes mandan. No existe relación entre deberes y mejores notas. En cambio sí hay relación entre excesivos deberes con efectos perjudiciales en el niño.

Esto solo, debería ser determinante para que papás y profes se negarán a continuar mandando a los niños a hacer deberes. Pero cuando hablamos de cambiar algo que llevamos haciendo años siempre aparecen las excusas o los miedos.

Es que tengo que dar el temario y si no nos da tiempo. Es que tienen que aprender hábitos de estudio. Es que tienen que ser responsables. Es que todos los hacen. Es que si no los lleva le van a castigar. Es que refuerzan lo aprendido. Vamos a desmontar esto.

Nadie te obliga como profe a que se hagan todos los ejercicios del libro. El niño pasa seis horas lectivas en el colegio, tiempo de sobra para dar el temario. No se puede usar el tiempo de juego y descanso de los niños para esto.

Respecto a la responsabilidad y los hábitos de estudio, los deberes consiguen todo lo contrario. El niño sale cansado del cole, después de ocho horas y necesita desconectar. Hacer deberes consigue que aborrezcan más aún el estudio, quieren hacerlo rápido para irse a jugar, les supone una carga que más que conseguir responsalibilidad consigue obediencia. Porque ser responsable sale de dentro, nadie te puede forzar.

Lo de que refuerzan lo aprendido ya os he comentado que hay muchos estudios que desmienten esto. Es obvio. Llega un momento en que tú cabeza necesita descansar. Seguir haciendo ejercicios no hará que mejore mi comprensión. El niño que va bien los hará bien y el que va mal los hará mal.

Y respecto a los padres aconsejo siempre lo mismo: Lo primero es pelear con quien haga falta para que se eliminen los deberes del centro (sé que es complicado a veces). Hay leyes que defienden este derecho y ciudades y ecntros que lo han conseguido.

Si esta opción no es posible yo me negaría a que mi hijo los hiciese. Le permitiría no hacerlos y le explicaría al maestro las razones. (Siempre que esto no genere problemas al niño o con el centro).

Y si no te queda más remedio siempre puedes decirle que lo haga rápido para irse cuanto antes a jugar sin darle importancia ninguna al resultado o incluso “ayudarles mucho” para que acaben cuanto antes y poder así disfrutar del poco tiempo que algunos padres tienen con sus hijos para hacer cosas interesantes, divertidas y que partan del interés del niño, con las que seguro aprenderá muchísimo más.

Los deberes no es solo que no sirvan de nada es que estropean las relaciones familiares. Son fuente de conflictos, castigos, chantajes… Entorpecen más que ayudan. Son un incordio para padres y para niños que ya con cuatro años tienen que leerse un libro cada fin de semana y hacer un dibujo. Esto hace que la dinámica familiar se tenga que amoldar a los deberes, discutir con el niño el domingo a última hora porque no lo ha hecho y lo peor de todo, consigue lo contrario de lo que pretendía. Si querían fomentar la lectura y el dibujo, han conseguido que el niño no quiera leer y odie pintar

Los deberes generan estrés en los niños. Pero no solo en los que los hacen, también en los que se escaquean y prefieren jugar pero están sufriendo por si los van a castigar o a pillar sin ellos. Un niño no debería estar jugando sintiéndose mal porque no ha hecho los deberes ni dejando de disfrutar un segundo por hacerlos. #BASTADEDEBERES

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MONTESSORI NO PERO SÍ

“Si la ayuda y la salvación han de llegar sólo puede ser a través de los niños. Porque los niños son los creadores de la humanidad.” M. Montessori

Hace unas semanas escribí un post en el que hacía una crítica de varios aspectos que no comparto de la pedagogía Montessori. Podéis leerlo aquí.

Hoy quiero hablaros de qué cosas sí me gustan y cuáles me parecen útiles para llevar al aula. Porque aunque creo que el error que se ha cometido con el método es que se ha quedado obsoleto y no se ha revisado, no puede negarse que la doctora era una genia y que hay muchas cosas de su pedagogía que a día de hoy siguen siendo muy interesantes.

Si eres maestro de 3-6 años y quieres llevar Montessori a tu aula de una forma flexible, te recomiendo el libro de “Las leyes naturales del niño”. El experimento de una maestra que quiso hacer Montessori en un aula pública y fue un éxito. Está muy bien explicado y aunque no comparto como hace el acompañamiento emocional de los peques, creo que merece la pena.

Ahora sí, cosas con las que me quedo del método Montessori:

-Sus materiales, son atractivos para los niños, interesantes, permiten al niño aprender sin necesidad del adulto (o con muy poca ayuda), son manipulativos, permiten aprender jugando. Tienen un orden y una secuncia lógica para aprender por ejemplo a leer o las matemáticas que facilitan al niño los aprendizajes permitiendo que sean muy amenos. Son caros, es cierto. Pero hay muchísima info en internet para hacer material Montessori casero.

-La mezcla de edades. Esto es un punto clave del método y me parece interesantísimo. Es difícil de hacer en escuelas tradicionales, (en el caso del libro la chica pidió autorización para hacerlo). Es tan antinatural meter a los niños nacidos en el mismo año en la misma clase… Todos tendrán las mismas necesidades. Los niños aprenden viendo lo que hacen los mayores, los mayores repasan lo aprendido enseñándoselo a los pequeños. Se crea el sentimiento de comunidad. Cuando todos son de la misma edad surgen más conflictos, hay más competencia y menos cooperación. En edades tempranas los niños no tienen referentes mayores por ejemplo para aprender a hablar. En una clase de 14 niños de un año, un niño escucha a 13 niños hablar igual de “mal” que él. No es muy enriquecedor…

-Educar sin premios ni castigos. Esto me fascinó cuando lo leí por primera vez. Ahora me parece una obviedad. Los niños no aprenden para recibir ninguna nota o recompensa. Tampoco se castiga el error. El error forma parte del aprendizaje. Los niños aprenden movidos por su interés. La motivación es intrínseca.

Proceso individual de aprendizaje. Esto es fundamental. Con Montessori cada niño lleva su propio ritmo de aprendizaje. Todos los niños no aprenden lo mismo a la vez entendiendo que no todos los niños tienen ni los mismos intereses ni las mismas capacidades.

-Libertad y autonomía. El niño tiene libertad de escoger qué hacer en cada momento movido por su interés. El aula está adaptada para que sean autónomos y puedan moverse, coger el material, recogerlo, sin necesidad de ayuda.

-El ambiente. Me gusta que no esté sobrecargado de colores, dibujos y cosas que distraen y sobreestimulan a los niños. Que creemos que les gustan pero que en realidad no necesitan. Un aula sencilla y cálida invita al aprendizaje.

-Y lo más importante, aunque ya dije que no es un método perfecto y que no siempre es respetuoso, es que pone el foco del aprendizaje en el niño. Que se respeta su interés, su tiempo… No se ve al niño como alguien vacío al que llenar de conocimientos sino como alguien que ya tiene todo y al que solo hay que darle un entorno adecuado y una compañía respetuosa para que despliegue todo su potencial.

SI NO HACES LO QUE YO QUIERO ME ENFADO

Si te enfadas con un niño porque no quiere hacer lo que le has pedido, en realidad es que no era una petición sino una exigencia.

Hice esta reflexión el otro día porque me doy cuenta de que son muchas las relaciones entre padres e hijos, también entre parejas, amigos… que se basan en esta premisa.

Las relaciones basadas en chantajes emocionales son tóxicas, dañinas para los niños, que el día de mañana reproducirán esto con sus amigos, hijos o pareja.

Cuando nos enfadamos porque un niño no hace lo que queremos le estamos mandando el mensaje de que si no es como nosotros queremos que sea no le aceptamos. Enfadarnos con él es castigarle por ser como es.

Si no me das un beso me enfado, para un niño, significa que le quieres por lo que hace no por lo que es.

Queremos manipular a los niños y lo peor de todo es que lo conseguimos. Porque un niño lo que menos quiere en el mundo es que sus referentes le dejen de querer. Y entonces nos dan besos sin quererlo y hacen cosas que no quieren para que no nos enfademos. Dejan de ser ellos mismos para complacernos.

Si un niño (o cualquiera) no quiere hacer lo que queremos que haga tenemos que aceptarlo. Tiene derecho a no pensar como tú.

Estos patrones son comunes en muchas familias y continuan en la edad adulta. Cuando por ejemplo tu madre se enfada porque no vas un domingo a comer a su casa te está chantajeando. Prefiere que vayas aunque no quieras ir (que hagas lo que ella quiere) por encima de lo que a ti te apetece (ser tú mismo).

Si tus padres se enfadan si sacas un tema de conversación te están manipulando para que hables de lo que ellos quieren. Es una forma horrible de negarte como persona. A través del enfado consiguen que hagas, digas y seas lo que ellos quieren.

Y bajo este tipo de relaciones nos convertimos en adultos que por no enfadar al otro nos negamos a nosotros mismos. Con la excusa que nos han metido muy a fuego, de que hay que hacer cosas por los demás, somos capaces de hacer cosas que no queremos para satisfacer los deseos de otros.

Hay que hacer cosas por los demás, sí, pero cuando desees hacer cosas por los demás, no por miedo a que se enfaden, porque entonces dejarás de hacerlas con gusto y se convertirán en una obligación. Y no hablo de individualismo, hablo de respeto a uno mismo.

Decir más NO a los demás para decirse SÍ a uno mismo. Aunque se enfaden.

UNA CRÍTICA A LA DISCIPLINA POSITIVA

“La infancia es fugaz. Que nuestra obsesión por corregirla no nos impida disfrutarla.”

Sé que este post no va a gustar a mucha gente, pero como ya he dicho otras veces no es mi intención gustar. Antes de empezar, me veo en la obligación de explicar que hablo desde el conocimiento. He realizado un curso y he leído un par de libros de Disciplina Positiva y como os imagináis no, en general no me gusta.

Sé que tiene cosas buenas, sé que no todo el mundo la utiliza igual y que hay gente haciendo las cosas bien. Lo digo de antemano antes de que me lluevan los ataques.

Yo de lo que quiero hablar es de lo que no me gusta de la disciplina positiva y de las cosas que se hacen en su nombre.

La Disciplina Positiva, para el que no la conozca, habla de corregir, reconducir, con un mínimo control (ya esto no me gusta nada) de una forma más amable que el modelo autoritario tradicional. Para mí disciplina y niños no pueden ir unidos. Porque aunque la disciplina se vista de seda, disciplina se queda.

En nombre de la Disciplina Positiva se hacen cosas como las de antes pero de forma más amable. Esto es peligroso, porque además de ser el mismo perro con distinto collar, es más manipulativo aun si cabe que el modelo tradicional. Pongo un ejemplo. Si un alumno me molesta en clase y yo le castigo. Al menos soy transparente. Él me va a odiar y es capaz de ver lo malo que soy. Pero si le digo que me hace sentir mal que haga eso, le estoy haciendo un chantaje emocional que además puede hacer que ni siquiera se de cuenta de que no estoy siendo respetuoso con él.

Me da la sensación que este método se está poniendo de moda, además de porque funciona, igual que los premios y los castigos, porque hay ganas de hacer las cosas de otra manera y queremos recetas que nos ayuden a seguir haciendo lo mismo y no nos damos cuenta de que lo que tenemos que cambiar no es la técnica sino los objetivos.

Si un alumno está aburrido en clase y no quiere estar ahí, se sincero con él, dile que entiendes que es un rollo la clase, intenta motivarle con lo que sea, no le obligues a escucharte si no quiere, pero no busques formas más “dulces” de que atienda si no quiere atender. Haz una reflexión de por qué molesta en clase.

Desde la Disciplina Positiva se habla de poner límites, de forma firme, expresando desaprobación sin atacar. Para mi, esto es regañar y ya escribí acerca de esto. En algunos ambientes supuestamente respetuosos, cuando un niño pega, se le dice: No se pega, eso no lo puedes hacer… todo lo que ya sabemos que hará al niño sentirse peor y por tanto portarse todavía peor. Acompañar un conflicto respetuosamente nada tiene que ver con esto. Si yo quiero poner un límite a un niño que ha roto un juguete por ejemplo y firmemente le digo que eso no se hace, estoy haciendo el mismo conductismo de siempre. Intento que la próxima vez no lo haga para evitar mi desaprobación. ¿No era la idea ver por qué ese niño lanza juguetes? Quizá tiene que descargar, necesita atención y afecto, le parece divertido… No digo que hay que dejar que lo haga, digo que no comparto juzgarle por ello. Eso no le ayuda en nada.

Pero si hay algo de la Disciplina positiva que es realmente irrespetuoso es el tema de las consecuencias lógicas que está muy de moda. Se dice que no hay que castigar que está muy mal, sino que deben aprender de las consecuencias de sus actos. Hasta ahí bien pero el problema es cuando disfrazamos de consecuencias lógicas los castigos de siempre. Ejemplo de consecuencias lógicas reales: Si a un niño se le cae el vaso de cristal de las manos, se rompe. Si pinto la pared, se mancha. Si rompo el juguete ya no sirve.

¿Y qué dice la disciplina positiva? Cosas como: Si tardas mucho en la ducha no hay dibujos. ¿Qué tiene que ver la ducha con los dibujos? Una consecuencia lógica es natural sino será un castigo. Aprender a base de las consecuencias que yo le pongo a los actos del niño no es que aprenda por las consecuencias naturales de sus acciones. Porque que tarde en la ducha no hace que no pueda ver los dibujos, eso lo estás decidiendo tú en base a x motivos.

Ayuda mucho a diferenciar analizar la intención. Si es del tipo “pagar las consecuencias” o que simplemente queremos dejar que prueben y se equivoquen. Yo te dejo que uses el vaso de cristal y no me importa que se te caiga porque así verás que el cristal se rompe, es diferente a, si se te cae lo tienes que recoger.

Otro ejemplo: El niño no quiere llevarse el abrigo al patio, ellos están dentro y no sienten frío claro. Pues no se lo llevo y así aprenderá y se lo llevará la próxima vez. Eso no es respetuoso la verdad. Llévaselo tú, que eres el adulto y dile: lo tengo aquí por si lo necesitas. Deja que cuando tenga frío te lo pida. No le castigues. La consecuencia de no ponerte el abrigo es que tienes frío. No cogerle el abrigo sabiendo que hace frío para que lo sienta es un castigo. Si un niño no quiere comer, dejarle pasar hambre hasta la próxima comida, es un castigo. La consecuencia natural de no comer no es que no puedes comer hasta dentro de cuatro horas, la consecuencia natural es tener hambre. Los horarios de comidas y su seguimiento es algo cultural, los niños no tienen hambre y a la hora sí. Hacerles pasar hambre no es aprender de un error es hacerle pagar por no comer cuando tú considerabas.

En definitiva. Ojo con las modas y con los mensajes con los que nos bombardean de educar sin gritos ni castigos y de una manera diferentes. No es oro todo lo que reluce.

TALLERES

PRÓXIMOS TALLERES:

NORMAS, LÍMITES, SIN PREMIOS NI CASTIGOS. 

Debido a que las plazas para el taller del sábado 5 de octubre en El Ritmo de las Mariposas en Salamanca han volado. Y como se ha quedado mucha gente fuera he pensado abrir otro grupo el viernes.

FECHA: Viernes 4 de Octubre de 2019
DURACIÓN: 2 horas
HORA: de 17.00h a 19.00h
LUGAR: Salamanca

FECHA: Sábado 5 de Octubre de 2019
DURACIÓN: 2 horas
HORA: de 11.00h a 13.00h 
LUGAR: Salamanca

ORGANIZA: El Ritmo de las Mariposas
PRECIO: 20€ por persona o 30€ por pareja o familia
MÁS INFO Y RESERVAS: teléfono: 678447157 y mail: romolla88@gmail.com

Temas a tratar: ¿Necesitan los niños normas y límites? ¿Cómo es el enfoque desde un acompañamiento respetuoso? ¿Cómo establecemos las normas y los límites? Educar sin premios ni castigos. Acompañamiento de las emociones.

ACOMPAÑAMIENTO RESPETUOSO. NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD.

FECHA: Sábado 26 de Octubre de 2019
DURACIÓN: 4 horas
HORA: de 11.00h a 13.00h y de 17:00h a 19:00h
LUGAR: Alfaro, La Rioja
PRECIO: 40€ por persona o 70€ por pareja o familia

Temas a tratar: ¿Necesitan los niños normas y límites? ¿Cómo es el enfoque desde un acompañamiento respetuoso? ¿Cómo establecemos las normas y los límites? Educar sin premios ni castigos. Acompañamiento de las emociones.

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FECHA: Sábado 16 de Noviembre de 2019
DURACIÓN: Por determinar
HORA: Por determinar
LUGAR: Alcalá de Henares, Madrid

Los peques son bienvenidos a todos los talleres : )

MÁS INFO Y RESERVAS: teléfono: 678447157 y mail: romolla88@gmail.com

TALLERES PASADOS:

EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS. NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD.

Taller para padres y educadores. Hablaremos sobre normas y límites. Premios, castigos y consecuencias. Acompañamiento emocional.

SÁBADO 22 DE JUNIO DE 2019 EN VALENCIA

DURACIÓN: 3 HORAS
HORA: DE 10.30H A 13.30H
LUGAR: Escuela Infantil Mikita
PRECIO: 25€ por persona o 40€ por pareja o familia
Los peques son bienvenidos : )

MÁS INFO Y RESERVAS: 
678447157
romolla88@gmail.com

NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD PARA PADRES Y EDUCADORES

- ¿Necesitan los niños normas y límites?
- ¿Cómo es el enfoque desde un acompañamiento respetuoso?
- ¿Cómo establecemos las normas y límites?
- Educar sin premios ni castigos
- Acompañamiento de las emociones

SÁBADO 27 DE ABRIL EN LEGANÉS

DURACIÓN: 2 HORAS
PRECIO: 15€ por persona o 25€ FAMILIA

MÁS INFO Y RESERVAS:
678447157
romolla88@gmail.com

Los peques son bienvenidos : )

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RESERVA UN TALLER:

Si te interesa juntarte con un grupo de padres o profesionales para contratar una charla-taller sobre algún tema, puedes ponerte en contacto conmigo a través del mail: maestradeandarporcasa@gmail.com

TEMAS POSIBLES

  • Normas y límites
  • Control de esfínteres
  • Sueño
  • BLW
  • Resolución de conflictos
  • Rabietas

También puedes ponerte en contacto conmigo a través del formulario que encontrarás a continuación:

Grupos De Crianza

Un grupo de crianza es un espacio donde las familias acuden con regularidad a compartir, resolver dudas, charlar sobre temas que preocupan en la crianza de los hijos.
Si sois un grupo de familias y estáis interesados en formar un grupo en vuestra localidad, podéis contactar conmigo en el mail: maestradeandarporcasa@gmail.com

TEMAS POSIBLES

  • Sexualidad infantil
  • Celos
  • Acompañamiento emocional
  • Sueño
  • Educar sin gritos, premios ni castigos.

ADULTOCENTRISMO

“Cuando las autoridades o las personas adultas adopten decisiones que tengan que ver con los niños y las niñas deberán actuar siempre teniendo en cuenta sus intereses y ser reconocidos como personas.” Derechos del Niño

Vivimos en un mundo basado en las relaciones de poder. Unos mandan y otros obedecen. Unos están arriba y otros abajo. Como explica tan bien Paloma Palenciano en su monólogo “No solo duelen los golpes” que os recomiendo muchísimo, (podéis verlo en Youtube), en el mundo hay personas que están arriba, con privilegios y personas que están abajo, discriminadas. Blancos, negros. Hombres, mujeres. Heterosexuales, homosexuales. Y así tenemos un mundo racista, machista y homófobo. Pero existe una gran desigualdad que pasa desapercibida, que es una lacra social cuyas víctimas no pueden si quiera manifestarse. El adultocentrismo.

Mañana es el día de los Derechos del Niño y quería aprovechar la ocasión para hablar de esta realidad tan dura que observo cada día y tanto me duele. Los niños en nuestra sociedad son tratados como personas de segunda. Los adultos creemos que los niños son propiedad nuestra y que eso nos da carta blanca para hacer lo que queramos con ellos. “Es MI hijo”.

Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto porque jamás no lo permitiría. Les hacemos cosas que un amigo no nos perdonaría, les hablamos de una forma que no hablaríamos a nuestra pareja. Les obligamos a comer, les manipulamos, les chantajeamos para conseguir que hagan lo que nosotros queremos… y se lo hacemos siendo las personas que más queremos. ¿Por qué?

Porque vivimos en una sociedad enferma, como he dicho antes basada en relaciones de poder. Unos dominan y otros se someten. Y sí, a los niños los tenemos sometidos y nos molesta mucho, muchísimo cuando quieren rebelarse ante su situación.

Lo que tienen las relaciones de poder es que el más fuerte somete al más débil. Y aquí los niños son un punto fácil donde volcar todas nuestras frustraciones. Siempre digo que cuando tenemos un mal día reaccionamos peor con los niños que cuando ha sido bueno, lo que demuestra que cómo actuamos con los niños no tiene que ver con lo que ellos hacen sino con cómo estoy yo. Cuando más sana está una sociedad mejor trata a sus niños.

Tanto en las escuelas como en las casas los niños no son tenidos en cuenta, se da por hecho que ellos no saben, ellos no pueden opinar, nosotros mejor que nadie sabemos lo que es mejor para ellos. Y entonces así conseguimos personas obedientes, sin criterio y desconectadas totalmente de sus necesidades reales. Otros eligen por mí cuánto tengo que comer, cuándo, si tengo frío, si quiero salir a la calle, si necesito descansar, si necesito moverme.

Cosas que parecen tan simples como llevar a un niño atado cuando quiere moverse, obligarle a ponerse el abrigo si no quiere, obligarle a dar un beso a alguien son adultocéntricas.

Veo eternas luchas de poder entre adultos y niños cada día. Adultos en realidad que están dañados y no son capaces de minimizar su ego cuando están con un niño. Pelearse con un niño que quiere llevarse al parque por ejemplo un cuento de casa y a nosotros, como no entraba en nuestros planes, nos molesta, es una lucha de poder.

Pelearse con un niño que quiere ir vestido de Superman a la calle es una lucha de poder. Pelearse con un niño que no quiere comerse los guisantes es una lucha de poder. No es por su seguridad, ni por su salud, es “porque lo digo yo”, que quede claro quien manda. Porque en una relación de poder siempre hay alguien que manda.

Pero podemos romper con esto y construir mejores relaciones con nuestros niños. Solo tenemos que hacer dos cosas. Por un lado, ser conscientes de si estamos metidos en otras relaciones de poder e intentar salir de ellas, y por otro, cambiar nuestra mirada hacia los niños, verlos como seres humanos iguales a nosotros y simplemente empezar a tratarlos como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

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LA AUTOESTIMA


“Amarse a si mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.” Oscar Wilde
Pensad en un bebé de un año. Si os pregunto si tiene la autoestima alta o baja ¿qué diríais? Alta ¿verdad? Porque la autoestima, aunque nos hagan creer lo contrario, no es algo que hay que crear en los niños, basta con no robársela.
Los niños nacen muy seguros de si mismos. Sin miedos absurdos, quieren comerse el mundo, se sienten el centro del universo… pero la realidad es que luego nos encontramos muchísimos niños de tres y cuatro años que han perdido todo eso, se sienten inseguros, necesitan la aprobación externa constante y decimos que tienen una baja autoestima. Es entonces, cuando queremos subírsela, animándoles, diciéndoles que son los mejores… y eso, como os imagináis, no sirve, porque de lo que se trata es de no quitársela.
La autoestima, como su nombre indica, es algo personal de cada uno. Nadie me la puede dar. Por ejemplo, si yo me siento fea, aunque vengan diez amigas a decirme que estoy preciosa, eso no hará que no me siga sintiendo fea. Porque que me sienta fea es MI autoconcepto y solo yo puedo cambiarlo. Esto no significa que no podamos ayudar a los niños a recuperar la seguridad en si mismos, sino que decirles que son geniales y los mejores no les hará sentirse así.

Entonces si los bebés nacen con una gran autoestima. ¿Por qué con los años la pierden, qué hacemos los adultos mal para quitársela? Pues básicamente no atender a sus necesidades primarias. Si yo lloro y mi madre me coge, el mensaje que recibo es que merezco amor, por tanto me quiero. Si yo lloro y mi madre no me coge, yo entiendo que no soy digno de recibir amor, por tanto no me quiero. Sencillo. Otro ejemplo, si yo me enfado y mi profe me rechaza, interiorizo que no soy una persona digna de amor, no me quieren por como soy, entonces no me quiero. Si mi padre me ignora cuando tengo una rabieta, pienso que no merezco atención, no me acepto.

Amar incondicionalmente a un niño, es lo que hará que se sienta seguro de si mismo. Saber que es digno de ser querido por como es y no por lo que hace o deja de hacer. Los castigos, insultos, humillaciones, desprecios que reciben los niños por sus comportamientos, les envían un mensaje de que si hacen eso, no se les quiere, por lo tanto ellos lo van a vivir como que algo en ellos no está bien. Esto no quiere decir que vayamos a dejarles hacer lo que quieran, se trata de quererles a pesar de que hagan cosas que no nos gusten.

La autoestima también tiene que ver con sentirnos competentes y esto tiene mucho que ver con la independencia y autonomía. Pensad en las personas que admiráis porque se muestran muy seguras, son personas que se sienten realizadas con lo que hacen, que tienen un sentido en la vida y son felices haciendo lo que hacen. Para sentirme bien conmigo mismo tengo que sentirme útil. Si no me dejan hacer nada, me lo hacen todo, toman todas las decisiones por mi, es imposible que yo me quiera.

Por tanto, si ya tenemos un niño al que le han quitado su autoestima, tenemos que quererle, quererle bien, aceptarle como es, incluso cuando se equivoque, responder a sus necesidades de atención, de tiempo de calidad, de cariño, de aceptación... y por otro lado darle responsabilidades, hacer caso a sus intereses, que encuentre cual es su sitio y pueda desplegar todo su potencial en él. Que pueda sentirse bien haciendo lo que le gusta.

Pero si queremos evitar todo eso, prevención. Si cuidamos de los bebés y no les robamos la gran autoestima que traen de serie, nos podremos ahorrar en el futuro muchos euros en terapias y libros de autoayuda, ahí lo dejo.

LA VIDA ES DURA O LA FRUSTRACIÓN INNECESARIA

“Vivimos en una Sociedad, donde desde la más tierna infancia, se nos enseña a soportar la frustración. Existe la creencia generalizada, de que si no hay frustración marcada por los adultos, los bebés y los niños, no logran tener ningún límite a su demanda y como consecuencia, devienen en sujetos anti-sociales y no adaptados.” Yolanda González
Nos pasamos el día frustrando a los niños. Desde que nacen escuchamos frases como “no le cojas tanto que se acostumbra“, “no le des tanta teta que te usa de chupete” que no quieren decir otra cosa que: no respondas a sus necesidades primarias, contacto, alimento, succión… que se te subirá a la chepa y tienen que aprender, rápido y desde bien pequeños que la vida es dura.
Después los bebés crecen y seguimos frustrándolos. No le dejo eso, le pongo muchos límites y le digo a todo que no. Que aprenda que no todo puede ser, que la vida no gira en torno a él, es que la vida es así, tiene que aprender a frustrarse.
Efectivamente, la vida es dura y está llena de frustraciones. Y todos queremos que nuestros niños aprendan a tomarse las cosas bien y que no hagan un mundo de todo. Pero es que a tolerar la frustración no se enseña frustrando al niño. Lo que esto consigue es que el niño se enfade cada vez más porque verá el mundo como un lugar hostil donde nada puede conseguir. En cambio si veo que puedo lograr cosas, eso me hará una persona segura y por tanto que tolera mejor las frustraciones. (Hablaré próximamente del tema de la autoestima, que está muy relacionado con esto.) 
El mundo está lleno de límites que el niño se va a ir encontrando a lo largo de su vida, hay muchas cosas que le frustrarán, la vida es de por sí bastante frustrante así que no necesita que añadamos ninguna más. Imagínate que en el trabajo cada vez que fueras a hacer algo no te dejaran, que te regañaran constantemente, que te castigaran, que constantemente te hicieran esperar… ¿Cómo crees que tolerarías la frustración en un entorno así?
Un niño al que apenas se le dice que no, que tiene sus necesidades cubiertas, aceptará mejor cuando algo no pueda ser, confiará más en el adulto y en su criterio que si no le dejamos hacer nada. Sentirá que él también es escuchado y aunque esto no nos libre de rabietas normales si ayudará a que sean en menor cantidad.
Decimos a los niños que tienen que esperar, muchas veces no queremos darles las cosas rápido con la intención de enseñarles, para que aprendan que no todo es YA. Y es lo mismo, los niños los tres primeros años están en etapa egocéntrica, con lo cual no entienden de esperar. A partir de ahí, y no de un día para otro, podrán cada vez esperar más y ser más pacientes. Es un proceso, que como todos, (control de esfínteres, andar, empatizar…) no se enseña, se adquiere con la madurez. No tenemos que hacer nada. Podemos darles las cosas cuando nos las pidan sin miedo a estar creando monstruos impacientes.
¿Significa esto que tenemos que darles todo a los niños y evitar cualquier esperar? Evidentemente que no. Hay límites que obligatoriamente tendremos que poner, pero son pocos (en el coche hay que abrocharse por ejemplo) y habrá veces que por circunstancias no podamos darles lo que quieren ya mismo, (la comida aún no está lista), pero eso nada tiene que ver con frustrarles o hacerles esperar con el propósito de que aprendan algo. Será además duro para ellos, agotador para nosotros y una gran pérdida de tiempo porque no habrá servido de nada. Bueno sí, les hará creer que la vida es más dura de lo que es en realidad y por tanto a tolerar peor la frustración, justo lo contrario de lo que pretendíamos.

UNA CRÍTICA A LA PEDAGOGÍA WALDORF

“Cuando muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente cuentos. La vida es de por sí bastante interesante. A un niño de siete años puede emocionarle que Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un niño de tres años le emociona ya bastante que Perico abra la puerta.” G. K. Chesterton
Hace ya unos meses que escribí el post : Yo tampoco quería ir al cole. En él os contaba por qué dejé la escuela tradicional y os prometí que os contaría la segunda parte de la historia, de cómo llegué a las pedagogías alternativas y lo que pasó después.
Pues bien, por el mes de abril de aquel año dejé aquella escuela y aunque en un principio quise dejar también la profesión, alguien más listo me dijo: ¿Por qué no buscas algo diferente? A ti te gusta ser maestra, lo que no te gusta son las formas. Existen otros métodos. Investiga.
Y eso hice. En septiembre comenzaba un máster de pedagogía Waldorf. Sonaba todo muy bien. Muy diferente a lo que yo conocía. Supuestamente más respetuoso. Era lo que yo buscaba y me inscribí.
Los primeros meses estaba fascinada. Visitamos la escuela y era preciosa. No había fichas, no había gritos, no había juguetes de plástico sino materiales de madera, casitas y toboganes dentro del aula. Me emocionaba de verdad al darme cuenta que había otra forma de educar que encajaba mucho más conmigo.
Pasó el tiempo y empezaba a descubrir que aunque el método tenía algunas cosas buenas no era perfecto. Nos hablaron de cómo era primaria en sus escuelas. Y aunque es cierto que no usaban libros de texto, sino que los creaban ellos, no dejaban de ser aulas en las que los alumnos estaban sentados mirando al maestro que es el que explicaba la lección. A través de cuentos, todo muy creativo y espiritual pero era el mismo perro con distinto collar. Los niños no dirigían su propio aprendizaje, seguía viniendo de fuera con un currículum inflexible y con nada de margen de improvisación. Había estado investigando en esa época sobre escuelas libres y sabía que existían modelos mucho más respetuosos con el niño y en los que de verdad eran ellos los que aprendían cada uno a su ritmo y en base a sus intereses.
En infantil, que era la formación en concreto que yo estaba estudiando todo era muchísimo más libre, es cierto. Los niños no tenían acceso a ninguna noción matemática, ni de escritura ni lectura durante esa etapa hasta los seis años. El día se basaba en el juego libre dentro y fuera del aula y en algunas propuestas de actividades como hacer pan, pintar, leer cuentos, cantar. Hasta ahí bien, hasta que llegaron las prácticas.
Durante el período de prácticas pude desencantarme del todo con el método. Veía repetidas las cosas de las que venía huyendo en la escuela tradicional, solo que ahora eran más sutiles. Castigos disfrazados de consecuencias, imposición a realizar actividades, rigidez ante los temas a tratar (solo se podían leer los cuentos tradicionales, cantar canciones de un solo tipo, usar ciertos colores para pintar y aunque un niño se mostrara interesado por los números, se le negaba el acceso a ese conocimiento). Todo esto bañado de una fantasía, llena de hadas, gnomos y príncipes que acabó por espantarme del todo y hacerme terminar el curso con una sensación amarga de que no me había servido casi para nada.
Por suerte, una compañera que estaba viviendo la experiencia de la misma forma que yo, me habló de un método que me iba a encantar y que nada tenía que ver con Waldorf. Montessori. Me apunté a un curso de iniciación de un fin de semana y muy rápido entendí que ese sí era mi sitio. Pero esa es otra historia y ya os la cuento otro día…

AMOR CONDICIONAL, AMOR CON CONDICIONES

“Es fácil amar a alguien cuando todo es perfecto. Mantener ese amor durante los momentos imperfectos es lo que lo hace un amor incondicional”

Si no te comes la verdura no hay postre.

Si sigues así te vas a quedar sin ir a la fiesta.

Si te pones pesado no te lo compro.

Si seguís sin hacer caso os quedáis sin patio.

Si me contestas te vas a enterar.

Si no recoges eso te lo tiro a la basura.

Si apruebas te lo compro.

Si no te estás quieto no venimos más.

Si no sabéis jugar nos vamos.

Si no me das un beso ya no te quiero.

Chantajes, amenazas, castigos, manipulación. Amor condicional. Amor con condiciones.

YO TAMPOCO QUERÍA IR AL COLE

“No puedo enseñar así por más tiempo. Si os enteráis de algún trabajo en el que no tenga que hacer daño a los niños para ganarme la vida, hacédmelo saber.” John Taylor Gatto
Rocío tiene 20 años, acaba de terminar la carrera y no puede creerse que va a empezar a trabajar en un cole de infantil como tutora. Es su sueño. Tiene mil ideas y está emocionada, pero cuando lleva un mes allí ya no está tan contenta y no entiende por qué. Pasan los meses y cada vez tiene menos ilusión. A pesar de que los niños la adoran, ella no está bien. Se siente estresada, cansada, ha empezado a tener problemas con las compañeras, con la jefa y a tener crisis de ansiedad. La gente le dice que es normal, que ya se acostumbrará. Aguanta allí tres años hasta que un día no puede más y decide dejar atrás el que creía su sueño y no volver más. Rocío tampoco quería ir al cole.
A pesar de que la carrera de magisterio deja mucho que desear y de que está anticuada en metodologías y demás formas de hacer, creo que todas salimos de allí con ilusión y ganas de cambiar las cosas, de por fin tener un aula con niños y disfrutar de la profesión. Pero somos muchas las que nos damos de bruces con la realidad de un sistema educativo que deja poco margen de actuación, que tiene muchas trabas y que nos pone muchas zancadillas para disfrutar de verdad de estar con los niños.
Esta es mi experiencia y cada una tendrá la suya, pero me consta que muchas cosas se están haciendo mal en muchos sitios. Que no era la única que lo estaba pasando mal. Que hay mucha gente que quiere huir de las escuelas infantiles y mucha que no puede.
29 niños de 4 años en muy pocos metros cuadrados es muy estresante. Tienes varias opciones: coges el rol de sargento, los tienes firmes y callados para que no se te descontrolen, o tomas el rol de animadora que tanto me disgusta, de estar cantando y haciendo teatro todo el día para que estén entretenidos y tampoco se te descontrolen. Y luego está la opción 3, que fue la que acabó conmigo y me trajo problemas. Dejar que se descontrolen, que jueguen, que salten, que se peleen, que hagan trenes con las sillas, castillos con las mesas, que no vayan en fila, que coman lo que quieran… Eso sí, las tres son agotadoras por igual, aunque unas mejores que otras.
Lo peor era bajar a la piscina. Todos los días me decían que nos iban a poner un ayudante, pero acabó el curso y nunca vino. Bajaba con los 29, los desvestía, se bañaban y luego tenía que vestirlos a todos, en media hora, con el calor del vestuario, mientras camisetas y calcetines volaban por los aires y se mezclaban unos con otros. Todo esto rezando para que la camiseta que le había puesto a Berta, fuera la de Berta y no la de Juan, porque sino al día siguiente tendría bronca de su madre. Como aquel día que Luis se fue con los zapatos cambiados, el derecho en el izquierdo y recibí una nota diciendo que era inadmisible lo que había ocurrido y que no me iban a consentir que volviera a pasar.
Bueno miento, lo peor no era eso. Lo peor era la violencia y lo peor es cuando la normalizas. Porque gritar es violencia, zarandear es violencia, meter una cuchara en la boca a la fuerza es violencia, humillar es violencia, dar en la boca a un bebé por morder es violencia, insultar es violencia, tener a un niño castigado sin moverse es violencia. Y hubo un día en que vi claro que o me iba o acabaría convirtiéndome en esas personas que me horrorizaban tanto cuando pisé el cole por primera vez. 

Por suerte elegí lo primero y a esas personas en realidad les debería dar las gracias, me enseñaron aunque quizá no de la mejor forma, el tipo de maestra a la que nunca me gustaría parecerme. Salí de allí pensando que mi carrera como maestra había terminado, no quería saber nada más de coles y niños. Pero todo en la vida pasa por algo y siempre digo que si no hubiera estado allí, hoy no estaría aquí. Porque no, no dejé la educación, sino que descubrí un mundo nuevo llamado pedagogías alternativas, con sus luces y sus sombras, pero que me cambió la vida, sí, suena grande, pero es verdad. Pero eso es otra historia y ya os lo cuento otro día…

LAS EMOCIONES

“Enfadarse con un niño enfadado, gritarle a un niño que grita, y pegarle a un niño que pega, es como embarrarle de lodo porque se ha ensuciado y esperar que así se limpie.” L. R. Knost
Hugo tiene cinco años y está pasando el momento más difícil de lo que lleva de vida. Acaba de tener una hermanita y está muy celoso. Su forma de expresarlo es con potentes rabietas y contestando mal a cualquier adulto que intente hablar con él. Su profe cada vez que se pone así porque algo no sale como él quiere, le castiga y se enfada diciéndole que hasta que no se calme no le va a hacer caso y que esas no son formas de ponerse. No soporta verle fuera de sus casillas. Hugo no quiere ir al cole.
Las emociones están de moda. Se habla de inteligencia emocional, tenemos en las aulas cuentos sobre las emociones, hablamos de ellas y hacemos actividades para desarrollarlas porque nos han dicho que eso hará de los niños mejores personas. La intención es buena, pero lo estamos enfocando mal. Las emociones no se educan, se viven.
Los niños sienten, mucho y muy intensamente, y lo que los adultos solemos hacer es reprimir sus emociones en vez de acompañarlas. Tendemos a pensar que hay emociones positivas y negativas y esto no es cierto. Las emociones son todas buenas y necesarias, otra cosa es que sean más o menos agradables.
Cuando un niño está triste, enfadado o siente miedo nos suele molestar, probablemente porque es lo mismo que hicieron con nosotros, porque huimos de esas emociones, porque no nos dejaron vivirlas y queremos librar a los niños de ello cuanto antes. Por eso, cuando un niño llora ledecimos que deje de hacerlo, cuando se enfada y tiene una rabieta nos solemos enfadar con ellos y cuando tienen miedo, o bien menospreciamos su sentimientos diciendo que no pasa nada o incluso nos reímos de ellos. Y esto nada tiene que ver con acompañar las emociones de los niños y ayudarles a entenderlas y así poder vivirlas, sino que reprime algo que existe por una razón y que si no es expresado, esa rabia, miedo o tristeza se quedará dentro y es entonces cuando vendrá el problema.

Para acompañar las emociones de los niños basta con ponernos a su altura y decirles que entendemos lo que están sintiendo, podemos decir “veo que estás muy enfadado porque Fulanito te ha quitado el juguete”, “veo que estás triste porque echas de menos a mamá” o “entiendo que te de miedo entrar ahí”. Poniendo nombre a sus emociones los niños sienten que está bien llorar o enfadarse y entonces podrán salir de ahí gracias a que han podido vivirlo. Si un niño se enfada y nos enfadamos con él, más enfadado estará, porque se sumará a su razón inicial que el adulto no le permite sentirse como quiere, por lo que entenderá que hay algo malo en él y que está mal sentir lo que se siente.
Todos queremos niños empáticos, que se conviertan en adolescentes que nos cuenten lo que les pasa y como se sienten, pero desde que son pequeñitos no hacemos más que negarles lo que está pasando, ninguneándolos no dando importancia a sus pequeñas frustraciones que para ellos son terribles. Los cuentos y actividades pueden estar muy bien pero si queremos tener niños sanos emocionalmente empecemos por el principio y dejemos de reprimir y comencemos a dejarles vivir.

EL BAILE DE FIN DE CURSO

“Y si nos estimulasen el pensamiento en vez de decirnos lo que tenemos que hacer.”
Sara tiene cuatro años y es una niña muy especial. No le gustan muchos las multitudes ni ser el centro de atención. Llevamos quince días ensayando el baile para el festival de fin de curso pero en el momento en el que ha empezado a sonar la música, Sara se ha visto ahí arriba del escenario, con tanta gente mirando que se ha puesto a llorar y ha venido hacia mí que estaba abajo intentando marcar los pasos para que los niños me siguieran. La he cogido, se ha calmado y se la he dado a sus padres. La música seguía sonando, pero como yo he dejado de hacer los movimientos, los niños se han perdido. Ha sido un desastre. Los padres aplauden igual. Les hace mucha ilusión este tipo de cosas. Yo estoy cabreada. Todo esto me parece ridículo. Esto es una fiesta donde los que deberían disfrutar son los niños, no solo los padres y no estoy segura de que todos los niños de cuatro de años disfruten con esto. Sara llevaba quince días que no quería venir al cole.
Hace quince días nos dieron los horarios de ensayo para bajar con los niños a practicar el baile al salón de actos.
Primer día:
“Chicos vamos a preparar un baile para los papás. Da igual que no os guste la canción, que no os guste bailar, que os de vergüenza, que no os apetezca, que no queráis. Vamos a hacerlo.”
14 días posteriores:
“Julia ponte aquí. Pedro tú aquí. No te muevas Lucas. He dicho que ahí quietos hasta que suene la música. Raquel agárrate a tu compañero. Ahora vuelta, ahora saltamos, ahora cambiamos de lado. ¿Sonia qué haces? Tienes que ir para el otro lado. Luis no es momento de jugar, estamos ensayando. Sofía un paso atrás. ¿No te acuerdas? Venga, muy bien. ¡Raúl vale ya! Como sigas así te quedas sin bailar. Lidia fenomenal, es la única que se sabe los pasos. Venga, yo voy a estar debajo y tenéis que mirarme por si se os olvida. ¿Sara no quieres bailar? Tus papás quieren verte, si no se pondrán tristes. ¡Andrea para! ¡Carlota basta! ¡SILENCIOOOOO!”
Que queréis que os diga. A mí no me compensa y creo que a ellos tampoco. Es cierto que luego queda muy bonito y muy vistoso. Es cierto que a los papás les encanta, pero mi experiencia me dice que la mayoría de niños de cuatro años no disfrutan con esto. A muchos no les gusta bailar, muchos no están preparados para seguir tantas órdenes, muchos no aguantan tanto tiempo haciendo la misma actividad, muchos no quieren hacerlo, muchos prefieren bailar a su ritmo, muchos no están maduros para entender los pasos, muchos prefieren jugar a ensayar, muchos se aburren soberanamente y yo me siento totalmente frustrada porque no deseo hacer esto, porque para conseguirlo tengo que pelearme con ellos y no quiero. Tengo que obligarles y no quiero. Tengo que gritar y no quiero. Pero no pasa nada, los papás aplaudirán y harán muchas fotos e incluso vendrán a felicitarme y eso debe ser que es lo único que importa.

LA FILA

¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones? Michel Foucault

Candela tiene seis años y lleva desde los tres intentando ir en fila. A mí es de las cosas que me ponen de mal humor en la escuela porque nunca consigo que la hagan bien, que vayan en línea y acaba siendo un desastre. He intentado alguna vez que se desplacen andando normal, sin fila, pero me han llamado la atención las directoras porque los niños tienen que ir en fila, así que les obligo a ir así aunque no nos guste ni a ellos ni a mí. Hay otras compañeras que se dejan la vida en ello. Gritan, regañan, castigan si los niños no van bien agarrados y se pueden tirar media hora para subir del patio hasta que la fila esté perfecta. No se dan cuenta que da igual, sea septiembre o junio seguirán con la misma pelea y la fila seguirá sin salirles bien. Candela hay días que no quiere ir al cole.

La fila es otra de las cosas que se siguen haciendo en las escuelas desde no se sabe cuando y en la que no nos paramos a pensar mucho. Donde fueres haz lo que vieres, dice el refrán. Y así andamos todos los maestros intentando hacer filas sin preguntarnos por qué y para qué las hacemos.

Los niños las odian, son siempre causa de peleas por quien va primero, quien se cuela… pero además es incómodo, si tienen que agarrarse a la ropa del de delante, se tropiezan… Imaginaros ir así en vuestro trabajo. No es una forma muy natural de moverse.

La fila puede ser útil en la vida para algunas cosas, pero tal cual la utilizamos en los coles es simple y llanamente porque es cómoda para los adultos, es señal de obediencia y orden, pero quizá no sea la mejor forma de moverse para un niño. Queremos que sean autónomos e independientes, pero no confiamos en ellos ni fomentamos con este tipo de normas que lo sean.

Hay ocasiones en que no nos quedará más remedio, pero se puede reflexionar para ver si muchas otras podemos no recurrir a ellas. Por ejemplo, la subida del patio suele ser el momento más caótico debido a que hay muchos grupos pero podemos hacer la fila en el patio y una vez contados todos ir a clase en grupo, andando normal, como nos desplazamos los adultos por los sitios. O igual simplemente basta con que un profe vaya al principio y otro al final para asegurarse de que todos van para las aulas. No sé, seguro que hay mil opciones mucho más respetuosas. Quizá serán algo más movidas y más ruidosas, pero que no se nos olvide, que estamos en una escuela no en un cuartel militar.

LA COMPETITIVIDAD

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra.” M. Montessori

Aarón tiene 4 años y no le gusta nada perder. Se siente frustrado y se pone a llorar. Quiere jugar pero solo si va a ganar, cuando ve que está perdiendo dice que no quiere jugar más. Le pasa en clase, en el patio y dice su madre que en casa también. Yo le digo que hay que saber perder, que no siempre se gana, que lo importante es participar, y todas esas cosas que se supone que hay que decir a los niños en estos casos. Aarón hay días que no quiere ir al cole.

Vivimos en un mundo competitivo, de eso no hay ninguna duda. Y como dijo Montessori la competitividad es el principio de cualquier guerra. Este modelo competitivo se lo estamos metiendo a los niños prácticamente desde que nacen y les comparamos con los logros de los demás, con las notas y con los juegos de clase.

En una clase de 28 niños hacemos juegos en los que gana uno y pierden 27. Frustramos a 27 niños que no son capaces aún de lidiar con ello no sé con qué intención realmente. Quizá creemos que así aprenderán que en la vida no siempre se gana. Pero eso lo van a aprender a pesar de nosotros, eso lo podemos dar por sentado. No necesitan que artificialmente se lo mostremos, la vida se encargará de ello.

Este mundo lo que necesita es menos competitividad y más cooperación. Se habla de pasada de juegos cooperativos, pero la realidad es que principalmente en las aulas el modelo que más se repite no es ese. Invito a padres y maestros a buscar juegos de mesa y de muchos otros tipos que invitan a la cooperación, son igualmente divertidos y ganamos todos o perdemos todos. Los valores que muestran son totalmente diferentes.

Igual alguno puede pensar que el día de mañana estos niños serán adultos y tendrán que luchar por un puesto de trabajo y es cierto, pero eso nada tiene que ver con intentar pisar a otros para subir yo. Tiene que ver con la única competencia que vale, que es la que tenemos con nosotros mismos. Intentar ser mejor, intentar superarse e intentar lograr llegar a ser quien queremos ser porque lo que hacemos es bueno en sí mismo, independientemente de lo que hagan los demás.

¿Significa que debemos evitar siempre los juegos competitivos? Sería lo más recomendable los primeros seis años, ya que no aportan nada positivo y en estas edades los niños aún son pequeños para gestionarlo. Aunque depende mucho de cada niño. Hay niños que lo toleran mejor que otros. Lo que está claro es que la competitividad no es un valor, y que la escuela a través de las notas, de los castigos, de los juegos, del “tú fenomenal y tú fatal”, del “a ver quien se lo termina primero”… está mandando un mensaje a los niños de que el mundo es una competición y los que están al lado son nuestros enemigos.

El día de mañana esos niños serán esos adultos que creerán que para ser felices tienen que tener más dinero, mejor casa, mejor coche que el vecino en vez de buscar la felicidad en unirnos unos con otros para intentar formar parte de algo más grande cuyo fin último sea un mundo mejor para todos.

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


LA SIESTA


“Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo” Albert Einstein
Clara tiene 4 años y es puro nervio. Es de esas niñas que no pueden parar. Va a nivel 4, los más pequeños del segundo ciclo de educación infantil, por lo que todavía tienen siesta después de comer. En los dos niveles siguientes ya no hay, y los niños salen al patio después de comer. Mientras que alguno de la clase de cinco años se duerme tirado en el suelo del patio, Clara se pasa dos horas en una colchoneta sin poderse mover y sin quererse dormir. Clara es el martirio de todos los cuidadores de siestas. Gritos, castigos y amenazas para que se esté quieta y callada y no despierte al resto, pero Clara no se ha dormido ni un solo día durante todo el curso básicamente porque no tiene sueño. Algo no se está gestionando bien y Clara no quiere ir al cole.
El sueño como el hambre no se pueden forzar. Obligar a un niño a dormir, como obligarlo a comer, son dos grandes errores que cometemos como adultos.
Que cada niño es único parece que lo entendemos todos y lo repetimos mucho en el ámbito educativo. Pero nuestras respuestas a estas diferencias no suelen ir acordes a lo que predicamos.
Cuando trabajaba en el cole de Clara, propuse abrir un aula para que los niños que no tuvieran sueño pudieran jugar. Nadie me escuchó. Era una locura. Los niños de 4 años necesitan siesta. Mentira.
Habrá niños que sí, quizá la mayoría. Pero habrá muchos que no. O no todos los días y es algo que deberíamos respetar. Porque tener a una niña en una colchoneta a oscuras quieta y callada durante dos horas creo que es una tortura, no solo para una niña de cuatro años sino para cualquiera.
Por el contrario hay niños más mayores que necesitan descansar. Que se duermen en el suelo del patio. Que se duermen en la alfombra de clase. Porque madrugan mucho, porque pasaron mala noche, porque están enfermos…
Con los bebés pasa algo parecido. En el aula de bebés duermen siesta de mañana. En la clase de 1 a 2 años ya no. Nadie piensa que hay niños de esa clase que nacieron solo un día mas tarde que los de la clase de bebés y solo por eso se les niega la posibilidad de descansar por las mañanas si lo necesitan.
Tenemos rincones de matemáticas, de lectura, de juego simbólico y no se nos ocurre tener una colchoneta para ofrecerle a un niño que quiera descansar.
Es nuestro deber como maestras permitir que un niño tenga cubierta sus necesidades básicas. Y el sueño por si se nos ha olvidado, es una de ellas.

LAS PALABRAS

“Sobre cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado. Contiene sueños.” Mirko Badiale

Soy Sara y tengo 35 años. Ayer cuando llegué de trabajar, Jesús, mi marido, sin decirme ni hola, abrió la puerta y me dijo:

– Eres una guarra, mira como traes las botas de sucias. Siéntate a cenar.

Me sentí fatal. Tenía tantas ganas de verle. Fui a quitarme la ropa cuando volvió a gritarme.

-¿Pero qué haces?, te he dicho que te sientes a cenar ahora mismo.

-Es que iba a cambiarme…

-¡Qué no me contestes!

Me senté a cenar y comencé a contar como me había ido el día. Estaba tan ilusionada con lo que me había pasado hoy en el trabajo y quería compartirlo con él.

-¡Vale ya de hablar, comiendo no se habla!, ¿eres tonta? Eso no tiene gracia.

Se me quito el hambre de golpe. ¿Por qué me insultaba? Igual tenía razón y tenía que haberme callado.

-Me voy a la cama, le dije.

-No te levantas de la mesa hasta que termines lo que hay en el plato, hasta que yo termine de comer no se levanta nadie.

No quería estar ahí. Estaba triste, enfadada y cansada. 

-Es que estoy cansada, le respondí.

-Ya, pero aquí se hace lo que yo digo, que para eso soy tu marido. ¿Te enteras?

Terminamos de cenar, me levanté y comencé a recoger la mesa. Se me cayó el vaso.

-¡Quita! Estate quieta. Ya lo hago yo, que tú no sabes. Eres más torpe… Igualita que tu madre. Vete a la habitación y te quedas ahí ya sin salir, que hoy te has portado fatal.

Me fui llorando, me metí en la cama y pensé: Le odio.

Como os imagináis Jesús no es mi marido, es mi padre y yo tengo cinco años.

No hagamos que nuestros niños nos odien.