NO HAY QUE COMPARTIR

“Muy lenta y dolorosamente aprendí que cuando yo empecé a enseñar menos, los niños empezaron a aprender más.” John Holt
Rebeca tiene cuatro años, es de la clase de al lado y está harta de compartir. Cuando sale al patio y coge un triciclo siempre hay otro niño que también lo quiere. Su profe cuando ve que ya ha estado un rato, la baja aunque ella no quiere y se lo da a otro niño. Le dice, Rebeca hay que compartir. Cuando en clase coge una muñeca y otro niño la quiere y se lo dice a la profe, esta le quita la muñeca y Rebeca se queda llorando. Ella le dice que hay que compartir. Sus padres cuentan que cuando va al parque no quiere prestar sus juguetes, que la obligan a compartir, no quieren que Rebeca sea una egoísta y le dicen que si no comparte, los demás no van a compartir con ella. Rebeca hay días que no quiere ir al cole.
El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos.
Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere.
Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere.
Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
Por esto yo siempre propongo lo siguiente. Primero dejar deintervenir tanto, y darles la oportunidad de resolverlo solos. Nos sorprenderá. Seguramente quien tenga el objeto deseado no lo querrá soltar y el otro puede que decida irse. Y si vemos que necesitan ayuda podemos explicarles y poner palabras a lo que pasa: Rebeca tiene ese triciclo, se que tú también lo quieres pero está ella ahora con él. Si lo suelta podrás cogerlo. Esto que puede parecer que solo beneficia a Rebeca, en realidad no es así. El día de mañana, su compañero podrá estar tranquilo cuando coja un triciclo o cualquier otra cosa, porque sabrá que puede disfrutar de ello todo el tiempo que quiera y que no debe preocuparse porque vaya a venir un adulto justiciero a quitarle su gran tesoro.

LA FANTASÍA

¿Cómo puede desarrollarse la imaginación de los niños a través de lo que es, contrariamente, el fruto de nuestra imaginación? Somos nosotros los que imaginamos, no ellos; ellos creen, no imaginan. ¿Es entonces la credulidad lo que deseamos desarrollar en nuestros niños?” María Montessori

Ya escribí sobre los Reyes Magos el año pasado. Pero a raíz de ese artículo surgieron muchos debates interesantes en torno al tema de la fantasía, la imaginación y la creatividad. Y que mejor día que hoy, víspera de Reyes, para daros mi opinión sobre este tema tan controvertido.

Como bien dijo Montessori, creemos que la fantasía fomenta su imaginación y creatividad cuando la que está imaginando y creando es la adulta a través de su propia imaginación. La fantasía es externa, la imaginación interna y la niña imagina y crea en base al mundo que conoce.

Pero además, ocurre que en los primeros años si les decimos que esa fantasía es real, deja de ser fantasía para ser realidad para ellas. La fantasía se sabe que es fantasía. Si no, deja de serlo. Las adultas cuando vemos películas o leemos libros fantásticos sabemos que son mentira. Pero si a la niña pequeña le decimos que eso es real, lo creerá, porque confía en nosotras. Incluso en sociedades donde se cree en religiones o seres mágicos (y las niñas también) lo hacen porque para ellas es realidad, no fantasía.

Hay gente que lo compara con un juego. Pero pasa algo parecido. La niña cuando juega sabe que juega. A volar, a ser bailarina, espía o ninja. Pero no se lanza por la ventana ni te clava un cuchillo. Es juego. Por tanto no puede ser un juego para la niña que vengan los Reyes Magos si ella cree que vienen de verdad.

Otra cosa es que ellas crean y tú no niegues su sentir y sus creencias. Pero una cosa es que crean y otra, hacer creer. La niña puede creer por ejemplo en monstruos y brujas pero tú no quieres que crean en ellas. En el caso de los Reyes lo fomentamos, queremos que crean. Un poco contradictorio no querer que crean en algunos seres mágicos pero en otros sí.

Hay una creencia que yo no comparto, que dice que a las niñas pequeñas les encanta la fantasía, que es su mundo. Yo creo que no. Que no es su necesidad, que ellas disfrutan de la vida tal cual es, que es mágico para ellas la nieve, una lombriz o ver como hierve el agua. Tampoco creo que sea mala. Simplemente creo que no la necesitan a temprana edad, que es más una necesidad adulta de compartirla con ellas. Por eso evito (sin radicalismos) la fantasía cuando son pequeñas. Porque pienso que ya tendrán tiempo de descubrirla y disfrutar de ella. Pero a ciertas edades me parece que están más conectadas con la realidad, que aún están descubriendo su mundo que es muy mágico. Ya habrá tiempo de entrar en otros. ¡FELIZ NOCHE!

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MI HIJA VA A UN COLE NORMAL

“Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” Paulo Freire

Mañana la mayoría de niñas en España empiezan el cole. Y la gran mayoría lo harán en escuelas tradicionales.

Me habéis pedido muchísimo que escribiera un post sobre qué se puede hacer cuando nuestras hijas van a escuelas “normales” y he querido empezar el curso con esto.

Primero y seguramente lo más importante es que nos quitemos el peso de la culpa de encima. Lamentablemente las escuelas alternativas, libres no son accesibles para todos por muchísimas razones. También es cierto que hay escuelas públicas donde está habiendo un gran cambio y personas geniales haciéndolo posible.

Aun así a veces nuestras peques tienen que ir a una escuela que no nos gusta mucho o no compartimos las formas de actuar de la profe que nos ha tocado. Os daré unos consejos que creo que os pueden ayudar a afrontar este nuevo curso con otra actitud:

1- Es fundamental que las niñas no normalicen la violencia. Gritos, castigos, manipulaciones y chantajes. En muchas escuelas se siguen utilizando estos métodos para educar. Hablad con las peques, explicadles que no merecen que nadie les haga eso. Que quizá la profe no sabe hacerlo de otra forma pero que eso no está bien. Que no se sientan culpables. (Es importante que se sientan seguros por lo que no se trata de hablar mal de la profe sino de lo que hace. Si criticamos a la persona que se supone debe cuidarlos podrían preguntarse por qué les dejamos con una mala persona.)

2- Creo que enfrentarse a las profes no ayuda. Podemos intentar hablar, dar argumentos, llevarles un artículo, regalarles un libro… Si te sientes atacado te pones a la defensiva. Así funcionamos. Habrá cosas muy serias que sí exigirán poner límites y hablar con quien haga falta. Por ejemplo: Obligar a comer.

3- Participar en el AMPA, juntarse con otras familias para intentar hacer cosas, exigir formaciones para el profesorado, compartir recursos… Juntas se tiene más fuerza.

4- Que las niñas tengan claro que las notas no importan, no dicen nada de quienes son. Los deberes no sirven para nada, podéis permitirles que no los hagan si no creeís en ellos y no quieren hacerlos. No tengáis miedo a decir lo que pensáis de verdad. Creo que hay que contrarrestar el mensaje que les llega desde el cole. Empaticemos: entiendo que el cole no te guste, entiendo que te aburras en clase y que te gustaría hacer otras cosas, a mi tampoco me gustaba (o sí),

5- Compensar en casa. El cariño que no han podido tener, la atención que no les han podido dar, el tiempo para hacer otras cosas. Que el cole no se convierta en el único lugar donde se supone que se “aprende”. Que puedan encontrarse, que puedan disfrutar de lo que de verdad les gusta y motiva y que jueguen lo que no han podido jugar.

¿Se os ocurre algún consejo más?

OS RECUERDO QUE DEBIDO A LA GRAN DEMANDA HE ABIERTO UN GRUPO NUEVO PARA EL TALLER DE SALAMANCA. SERÁ EL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 Y EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

TAMBIÉN ESTÁN LISTOS LOS CURSOS ONLINE. PODÉIS ESCRIBIRME UN PRIVADO PARA MÁS INFO.

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LOS PRECIOSOS DOS AÑOS

“Respira, serás madre toda tu vida. Él solo será niño una vez.” Jessica Gómez

Mañana Mia cumple dos años. “Los terribles dos” dice la gente y a mi me parecen preciosos.

Muchas cosas que nos parecen horribles de la crianza no son horribles en sí. Lo que ocurre es que nuestras expectativas eran otras y nos frustra ver que las cosas no son como querríamos.

En nuestra cabeza queremos niños obedientes, sumisos, que hagan caso a la primera, que no se enfaden, que no repliquen, tranquilos… y un niño de dos años es todo menos eso y de ahí que nos parezca terrible.

Si entendemos como es un niño de dos años podemos empezar a disfrutar de lo maravilloso que es y disfrutar del momento (aunque sea duro y cansado a veces) porque no estaremos perdiendo energías tratando de que encaje en ese modelo de niño de dos años que tenemos en nuestra cabeza y porque nos podremos relajar sabiendo que es un niño normal, más que normal sano, al que no le pasa nada, que no hay que estar todo el día luchando contra él.

Un niño de dos años necesita moverse, mucho, no va a estar mucho tiempo haciendo lo mismo, es caótico. Nos agobiamos en casa con ellos, porque lo sacan todo, porque quieren subir, trepar, saltar en el sofá… es vital para ellos. Mucho parque y permitirles ese caos y ese movimiento nos ayudará a relajarnos.

Un niño de dos años está descubriendo que no es el centro del mundo, que ya no todo gira en torno a él y se frustra mucho y de forma muy intensa. Cuando son bebés es más sencillo, es más fácil darles lo que necesitan.

Un niño de dos años quiere reafirmarse, sentirse válido, empieza a enteder que puede decidir y entonces dicen mucho que “no” (nosotros lo decimos más que ellos), no quieren compartir, les gusta mandarnos, dirigir, tener el control. Es normal, es sano. Si permitimos que tomen decisiones, estamos ayudando a que adquieran seguridad y autoestima. Porque nos pida que nos sentemos aquí y hagamos esto y aquello no estamos haciendo de ellos pequeños tiranos sino todo lo contrario.

Un niño de dos años quiere hacerlo todo solo, quiere tener responsabilidades, quiere colaborar y hacer lo que hacen los adultos. Permitámoslo. Que limpien, que cocinen, que nos ayuden (aunque no lo hagan perfecto). Que hagan cosas solos, aunque tarden más. Eso también les dará confianza en sí mismos.

Un niño de dos años es desobediente. O más bien diría que no puede obedecer. Y hacen muchas cosas que no nos gustan. Lanzan cosas, guarrean con la comida, hacen ruido. Hay que preguntarse: ¿es peligroso o malo para su salud? ¿No? Pues déjale. Pretender que dejen de hacerlo es peor, seguramente querrá hacerlo más. Si permitimos que esta fase pase dejarán de hacerlo. Con quince años no lanzará lentejas por los aires ni dará golpes con una pala en la pared. Os lo aseguro.

Más que ver qué está haciendo el niño, habría que observar que siento yo cuando el niño hace esas cosas. Y ahí podemos encontrar que igual a nosotros nos regañaban por jugar con la comida, no nos dejaban saltar en la cama, nos gritaban si no obedecíamos, nos retiraban el amor si hacíamos algo que no querían. Todo eso que tenemos bien metido en el cuerpo nos sale de repente cuando vemos a un niño de dos años siendo él mismo.

Un niño de dos años es maravilloso. Empieza a hablar y te hará reir con sus ocurrencias. Empezará a jugar simbólicamente y a montarse historias y no podrás creer que tu bebé se ha hecho tan mayor. Aún es pequeño y puedes disfrutar mucho todavía del contacto que te pide y de los mimos que necesita. Es divertido, es energía, te pedirá que bailes, que hagas el león, que te sientes a leerle un cuento, que seas su compañero de juego.

Que un par de rabietas no te impida disfrutarlo.

OS RECUERDO QUE EL 22 DE JUNIO ESTARÉ EN VALENCIA EN LA ESCUELA INFANTIL MI KITA. DE 10:30 A 13:30 HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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QUIERO QUE MI HIJA RECOJA LOS JUGUETES

“No se puede obligar a nadie a hacer algo que no le nace de corazón.”

A próposito de una reflexión que puse hace unos días, en la que decía que igual que no está bien decirle a tu pareja que hasta que no recoja los platos no vais al cine, tampoco lo está decírselo al niño con los juguetes, me llegaron varios mensajes de papás preocupados porque sus hijos sean responsables. “Tendrán que recoger lo que han sacado ¿no? Yo quiero que sea responsable”, decían.

La responsabilidad, la empatía, compartir, dar un beso, pedir perdón, la autonomía, la independencia… todas estas cosas relacionadas con la educación salen de dentro, no se pueden forzar. He hablado de ellas en muchos artículos anteriores porque es un tema que se repite y me doy cuenta de que existe una idea equivocada y generalizada de que podemos hacer que otra persona sienta lo que no siente.

Cuando obligas a otro niño a hacer lo que no sale de sí mismo, no le estás enseñando nada sobre eso. Obligar a otro a compartir, forzarle a ser autónomo o a recoger no le hará ni más empático ni más independiente ni más responsable.

La responsabilidad tiene que ver con reconocer y aceptar las consecuencias de algo. Uno aprende a ser responsable a través de la propia experiencia, equivocándose y aprendiendo de los errores.

Como explicaba en el post de las consecuencias lógicas, confundimos muchas veces esto con los castigos. Si un niño no recoge sus juguetes y le dejas sin ir al parque, le estás castigando. Eso jamás le hará una persona responsable. Como mucho sumisa.

La responsabilidad se aprende cuando me dejan experimentar las consecuencias. Por ejemplo: Me llevo un juguete al cole, no estoy pendiente de él y lo pierdo, me gasto la paga el primer día y no me queda dinero, si no echo a lavar la ropa sucia no tengo ropa limpia, si insulto a ese niño no quiere jugar conmigo…

Uno se hace responsable en la medida en que puede vivir en libertad y experimentar las consecuencias. Nadie puede hacerte responsable. Nadie te puede obligar a hacer lo que no quieres. Si no nace de ti no es responsabilidad es obedicencia.

Para conseguir que un niño haga lo que no quiere hacer tienes dos opciones, obligarle a la fuerza o mediante premios, castigos, chantajes y amenzas. Las dos son una falta de respeto y un abuso de poder. Y ese no debería ser el modo correcto de relacionarnos con nadie.

Tenemos que aceptar que los niños no son siempre como nosotros queremos que sean. Podemos mostrarles valores a través de nuestro ejemplo, ser empáticos con ellos para que lo sean con los demás y respetar que no quieran hacer lo que nosotros les digamos.

Vale, y entonces ¿cómo hago para que recoja? Dependiendo de la edad puedes explicar, invitar a recoger, decirle por qué es importante recoger, que tú le ayudas, que lo haces tú hoy por él, pero sobre todo tener claro que puede elegir no hacerlo y no pasa nada (recoger para un niño no es importante ni tiene valor). Y no tener miedo, eso no hará de él un irresponsable y mejorarás enormemente tu relación con él si dejas de lado los castigos y amenazas.

¿Recogerá algún día? Quien sabe… Igual un día no encuentra algo por el desorden y decide recoger, igual le agobia el caos y decide recoger, o igual se hace mayor, se independiza, sigue pensando que no le importa el desorden y decide no recoger. Es su vida, tenemos que dejar que experimenten las consecuencias y respetar. Porque tienen derecho a no recoger.

HABLARÉ DE ESTO Y MUCHO MÁS EL 27 DE ABRIL EN EL TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. PLAZAS LIMITADAS.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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JUGAR CON LOS NIÑOS

“Es necesario dejar que los niños se aburran de vez en cuando… Solo así aprenden a ser creativos.” Kim Raver

Creo que nunca antes en la historia los padres han jugado tanto con los niños como ahora, a pesar de ser justo cuando menos tiempo pasamos con ellos. Y no es una casualidad. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué está ocurriendo?

No me refiero a compartir momentos, risas, cuentos… si no a ese juego simbólico que pertenece a los niños y en el que muchas veces veo que los adultos no terminan de encontrarse cómodos.

No quiero que penséis que me parece mal jugar con los niños a los muñecos o a los dinosaurios. Es solo que me interesa reflexionar por qué tienen ahora esa necesidad y nosotros intentamos cubrirla aunque no nos apetezca.

Por un lado está la socialización. Los niños más o menos alrededor de los tres años necesitan jugar con niños. Muchos niños no encuentran el tiempo ni el espacio para hacerlo. Vivimos cada vez de forma más solitaria, apenas conocemos a nuestros vecinos. Nos da miedo que nuestros hijos salgan solos a casa de un amigo, tampoco podemos o queremos llevarles. Vamos poco al parque. Y al final, un niño que necesita estar con otros niños para jugar, nos lo pide a nosotros porque no tiene otra opción.

Viviendo en comunidad esto no ocurriría. Los adultos disfrutarían de la compañía de otros adultos y los niños jugarían con niños. Todo padre sabe que cuando su hijo está rodeado de niños apenas le reclama.

Por otro lado estamos los padres, que no tenemos tiempo para estar con ellos. Los niños necesitan presencia. Eso del tiempo de calidad es un invento para lavar conciencias. Necesitan también cantidad. Como no podemos dársela, en el poquito tiempo que tenemos los niños quieren que juguemos con ellos, es una forma de aprovecharlo. No lo juzgo. No nos queda otra. Pero creo que quizá no es lo natural ni lo ideal.

Cuando digo que no es lo ideal es porque muchas veces, dirigimos su juego, lo invadimos. Como adultos y niños no estamos en el mismo plano de desarrollo, hay que tener cuidado de no acaparar su juego, que es suyo, nosotros solo somos invitados a su mundo y no deberíamos tratar de conquistarlo.

Pero si hay algo que me preocupa y que veo cada vez más, sobretodo en niños pequeños es el niño que está constantemente entretenido por sus padres o maestros (en las escuelas también pasa).

No es lo mismo entretenerse que divertirse. Divertirse sale de dentro, entretenerse proviene de fuera. Veo muchos niños adictos al entretenimiento, que no saben jugar un minuto solos, que no disfrutan si no es de que alguien esté continuamente jugando con ellos.

Los niños pequeños cuando empiezan en la etapa del suelo a moverse, necesitan nuestra compañía y presencia pero poco más. Necesitan también descubrirse a sí mismos, solos, su cuerpo, sus capacidades, descubrir el mundo a nuestro lado pero sin hacernos dueños. No saber divertirte sin que te entretengan te hace dependiente del exterior, apaga tu curiosidad y tu creatividad. Por eso, me parece importantísimo respetar el juego del niño en solitario, sin el juicio y la mirada constante y crítica del adulto, que le permita disfrutar de él mismo sin la necesidad de lo que yo llamo el adulto “animador”.

¿Y vosotros? Contadme ¿Jugáis con los niños?

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.

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