Categoría: Crianza

EDUCAR EN EL MIEDO

Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo.” Albert Camus

Se acerca Halloween y vulevo a hablar del miedo. Aquí os contaba cómo podemos enfocar esta fiesta desde el respeto y cómo acompañar esta emoción que tanto nos cuesta.

Pero hoy vengo a hablar de otra cosa. Del miedo utilizado como mecanismo educativo. Lo veo mucho, demasiado, me entristece y a la vez me asombra descubrir como estas dinámicas se repiten incluso cuando somos adultas.

Me refiero a como el autoritarismo, los castigos, el chantaje… consiguen que las niñas nos tengan miedo. Las niñas, incluso bebés pueden dejar de hacer cosas que para ellas son vitales por miedo a la reacción de sus padres. Y entonces decimos, los bebés entienden, pueden obedecer. Miedo.

Cuando las castigamos, si consguimos que dejen de hacer algo que no nos gusta, será otra vez por miedo al castigo, a que mis padres no me acepten, a que me rechacen. Miedo.

Y el chantaje emocional. Si hago algo que a ti no te gusta, te enfadas conmigo. Miedo.

Si cometo un error y me regañas. Miedo.

Y así nos convertimos en adultas que vivimos con miedo a decir lo que pensamos, a poner límites a nuestros padres o a otros adultos, a hacer cosas que nos apetecen. Miedo a ser rechazadas, a que no nos quieran, a fallar, a equivocarnos.

A veces veo niñas que piden a las adultas las cosas con miedo, que cometen un error o hacen algo que saben que no gustará y tienen miedo de contarlo por la reacción que habrá. Niñas que a las personas con quien más seguras deberían sentirse y con quien más confiaza tienen, les tienen miedo.

Por otro lado, utilizar cosas como: “que viene el coco”, “te va a llevar ese señor”, “te va a llevar la policía” son también frases muy utilizadas para que las niñas hagan lo que queremos utilizando el miedo. Esto genera mucha inseguridad en ellas, hace que crezcan sus miedos y desconfianza en nosotras y en el mundo.

Educar en el miedo genera adultas con falta de autoestima, que pierden su capacidad de ser auténticas, que se muestran inseguras, más fáciles de controlar por otras y con culpabilidad. Es urgente empezar a cambiar la forma en que nos relacionamos con las niñas. Sin miedo.

OS RECUERDO QUE ESTE SÁBADO ESTARÉ EN LA RIOJA, EN ALFARO, CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS. EL 23 DE NOVIEMBRE EN MADRID Y EL 30 EN BARCELONA.

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MIS LIBROS

“No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer o entregarte a una ignorancia que tú mismo has elegido.” Confucio

Me encanta leer. He sido “devoralibros” desde bien pequeña. Cuando ya era tarde y mi madre venía a decirme que apagara la luz, al darse la vuelta, yo volvía a encenderla para seguir leyendo.

Ahora tengo poco tiempo y leo mucho menos de lo que me gustaría. También leo mucho en el móvil, artículos, blogs… pero no es lo mismo. Hago el esfuerzo de dejar eso de lado y leer libros, en papel si puede ser.

Me habéis pedido muchas veces que escribiera un post con recomendaciones de libros y aquí está. He leído muchísimo sobre crianza y educación porque me apasiona, porque siempre quiero saber más y acumulo una gran lista de libros por leer sobre el tema que nunca acaba y no sé cuanto tiempo hace que no leo una novela. En fin aquí van algunos libros que he leído separados por temas y una pequeña opinión. Espero que os sirva.

Los primeros libros que leí cuando empecé en este mundo fueron sobre todo de crianza. Leí a Carlos González, Rosa Jové, Aletha Solter… son libros sencillos, básicos sobre crianza que en su día me encantaron pero ahora mismo a lo mejor no recomendaría quizá por eso mismo y por que tienen cosas que no me parecen del todo respetuosas. A pesar de eso el de lactancia de Carlos gonzález o Dormir sin lágrimas de Rosa me parece que están bien. Años después he leído ¡Dulces sueños! un libro muy completo sobre sueño infantil pero que me resulto muy largo y tedioso con muchoos datos. Creo que hay libros de crianza más completos y que encajan más con mi forma de pensar como los dos de los que siempre hablo de Yolanda González Amar sin miedo a malcriar y Educar sin miedo a escuchar. Completísimos. De crianza tambien leí y estos sí recomiendo mucho: El concepto del continuum y El bebé es un mamífero. Crianza incondicional de Alfie Kohn también está bien. El cerebro del niño no me gustó. Tampoco el famoso libro: Como hablar para que los niños escuchen o el de Comunicación no violenta. Estos dos últimos no por el contenido que creo que es bueno, sino porque son libros que una vez leídos sin un trabajo posterior se quedan en nada, se olvida. Me parece que no se interioriza y se cambia la manera de hablar solo con el libro.

Sobre parto y lactancia recomiendo Parir de Ibone Olza, Pariremos con placer de Casilda Rodrigañez, Parir sin miedo de Consuelo Ruiz y Somos la leche de Alba Padró. De alimentación y BLW, Aprender a comer solo y Sin dientes y a bocados.

Recomiendo muchísmo todos los libros de Alice Miller, duros pero necesarios para entender sobre las consecuencias del autoritarismo.

Sobre pedagogías he leído también mucho. De Waldorf no os recomiendo nada aunque tengan alguna cosa interesante en general no me gusta, aquí escribí sobre ello. El famoso libro Educar en el asombro no lo recuerdo que me marcara especialmente, tampoco me aportó el último de Rosa Jové: “La escuela más feliz” no me gustó La nueva educación de César Bona ni el de Disciplina Positiva de Jane Nelsen, aquí hablé sobre el tema. Recomiendo mucho a Rebeca Wild y soprendentemente a lo mejor para algunos a María montessori. Leí todos sus libros en su día, los devoré, me encantaron y auqnue no soy fan del método, también escribí sobre ello, me parecen libros interesantes, fáciles de leer para ser de hace cien años y que aportan mucho. Recomiendo especialmente El secreto de la infancia y La mente Absorbente. El libro de Moverse en libertad de Emmi Pikler no es que sea un libro que dijera ¡me ha encantado! pero los fundamentos sí, lo recomiendo para educadoras infantiles y si no es con el libro, leer sobre ello por ahí, es muy muy interesante. Las leyes naturales del niño, lo veo guay por ejemplo si trabajas en la pública y tienes poca libertad de actuación y quieres montessorizar el espacio. Sobre pedagogía libertaria, muy recomendables estos dos: Dejadnos aprender de Txelu y Nada por sentado de Miguel Flores.

Sobre desescolarización me han encantado El fracaso de la escuela, de John Holt y Yo nunca fui a la escuela, de Andre Stern. los recomiendo muchísimo. Ahora mismo estoy con Aprender en libertad de Peter Gray y me está encantando también.

Hasta aquí mis recomendaciones, ya tenéis para haceros una lista también. ¿Y vosotras, que me recomendáis a mi?

OS RECUERDO QUE EL 26 DE ESTE MES ESTARÉ EN LA RIOJA, EN ALFARO, CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS. EL 23 DE NOVIEMBRE EN MADRID Y EL 30 EN BARCELONA.

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MI HIJA VA A UN COLE NORMAL

“Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” Paulo Freire

Mañana la mayoría de niñas en España empiezan el cole. Y la gran mayoría lo harán en escuelas tradicionales.

Me habéis pedido muchísimo que escribiera un post sobre qué se puede hacer cuando nuestras hijas van a escuelas “normales” y he querido empezar el curso con esto.

Primero y seguramente lo más importante es que nos quitemos el peso de la culpa de encima. Lamentablemente las escuelas alternativas, libres no son accesibles para todos por muchísimas razones. También es cierto que hay escuelas públicas donde está habiendo un gran cambio y personas geniales haciéndolo posible.

Aun así a veces nuestras peques tienen que ir a una escuela que no nos gusta mucho o no compartimos las formas de actuar de la profe que nos ha tocado. Os daré unos consejos que creo que os pueden ayudar a afrontar este nuevo curso con otra actitud:

1- Es fundamental que las niñas no normalicen la violencia. Gritos, castigos, manipulaciones y chantajes. En muchas escuelas se siguen utilizando estos métodos para educar. Hablad con las peques, explicadles que no merecen que nadie les haga eso. Que quizá la profe no sabe hacerlo de otra forma pero que eso no está bien. Que no se sientan culpables. (Es importante que se sientan seguros por lo que no se trata de hablar mal de la profe sino de lo que hace. Si criticamos a la persona que se supone debe cuidarlos podrían preguntarse por qué les dejamos con una mala persona.)

2- Creo que enfrentarse a las profes no ayuda. Podemos intentar hablar, dar argumentos, llevarles un artículo, regalarles un libro… Si te sientes atacado te pones a la defensiva. Así funcionamos. Habrá cosas muy serias que sí exigirán poner límites y hablar con quien haga falta. Por ejemplo: Obligar a comer.

3- Participar en el AMPA, juntarse con otras familias para intentar hacer cosas, exigir formaciones para el profesorado, compartir recursos… Juntas se tiene más fuerza.

4- Que las niñas tengan claro que las notas no importan, no dicen nada de quienes son. Los deberes no sirven para nada, podéis permitirles que no los hagan si no creeís en ellos y no quieren hacerlos. No tengáis miedo a decir lo que pensáis de verdad. Creo que hay que contrarrestar el mensaje que les llega desde el cole. Empaticemos: entiendo que el cole no te guste, entiendo que te aburras en clase y que te gustaría hacer otras cosas, a mi tampoco me gustaba (o sí),

5- Compensar en casa. El cariño que no han podido tener, la atención que no les han podido dar, el tiempo para hacer otras cosas. Que el cole no se convierta en el único lugar donde se supone que se “aprende”. Que puedan encontrarse, que puedan disfrutar de lo que de verdad les gusta y motiva y que jueguen lo que no han podido jugar.

¿Se os ocurre algún consejo más?

OS RECUERDO QUE DEBIDO A LA GRAN DEMANDA HE ABIERTO UN GRUPO NUEVO PARA EL TALLER DE SALAMANCA. SERÁ EL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 Y EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

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LOS PRECIOSOS DOS AÑOS

“Respira, serás madre toda tu vida. Él solo será niño una vez.” Jessica Gómez

Mañana Mia cumple dos años. “Los terribles dos” dice la gente y a mi me parecen preciosos.

Muchas cosas que nos parecen horribles de la crianza no son horribles en sí. Lo que ocurre es que nuestras expectativas eran otras y nos frustra ver que las cosas no son como querríamos.

En nuestra cabeza queremos niños obedientes, sumisos, que hagan caso a la primera, que no se enfaden, que no repliquen, tranquilos… y un niño de dos años es todo menos eso y de ahí que nos parezca terrible.

Si entendemos como es un niño de dos años podemos empezar a disfrutar de lo maravilloso que es y disfrutar del momento (aunque sea duro y cansado a veces) porque no estaremos perdiendo energías tratando de que encaje en ese modelo de niño de dos años que tenemos en nuestra cabeza y porque nos podremos relajar sabiendo que es un niño normal, más que normal sano, al que no le pasa nada, que no hay que estar todo el día luchando contra él.

Un niño de dos años necesita moverse, mucho, no va a estar mucho tiempo haciendo lo mismo, es caótico. Nos agobiamos en casa con ellos, porque lo sacan todo, porque quieren subir, trepar, saltar en el sofá… es vital para ellos. Mucho parque y permitirles ese caos y ese movimiento nos ayudará a relajarnos.

Un niño de dos años está descubriendo que no es el centro del mundo, que ya no todo gira en torno a él y se frustra mucho y de forma muy intensa. Cuando son bebés es más sencillo, es más fácil darles lo que necesitan.

Un niño de dos años quiere reafirmarse, sentirse válido, empieza a enteder que puede decidir y entonces dicen mucho que “no” (nosotros lo decimos más que ellos), no quieren compartir, les gusta mandarnos, dirigir, tener el control. Es normal, es sano. Si permitimos que tomen decisiones, estamos ayudando a que adquieran seguridad y autoestima. Porque nos pida que nos sentemos aquí y hagamos esto y aquello no estamos haciendo de ellos pequeños tiranos sino todo lo contrario.

Un niño de dos años quiere hacerlo todo solo, quiere tener responsabilidades, quiere colaborar y hacer lo que hacen los adultos. Permitámoslo. Que limpien, que cocinen, que nos ayuden (aunque no lo hagan perfecto). Que hagan cosas solos, aunque tarden más. Eso también les dará confianza en sí mismos.

Un niño de dos años es desobediente. O más bien diría que no puede obedecer. Y hacen muchas cosas que no nos gustan. Lanzan cosas, guarrean con la comida, hacen ruido. Hay que preguntarse: ¿es peligroso o malo para su salud? ¿No? Pues déjale. Pretender que dejen de hacerlo es peor, seguramente querrá hacerlo más. Si permitimos que esta fase pase dejarán de hacerlo. Con quince años no lanzará lentejas por los aires ni dará golpes con una pala en la pared. Os lo aseguro.

Más que ver qué está haciendo el niño, habría que observar que siento yo cuando el niño hace esas cosas. Y ahí podemos encontrar que igual a nosotros nos regañaban por jugar con la comida, no nos dejaban saltar en la cama, nos gritaban si no obedecíamos, nos retiraban el amor si hacíamos algo que no querían. Todo eso que tenemos bien metido en el cuerpo nos sale de repente cuando vemos a un niño de dos años siendo él mismo.

Un niño de dos años es maravilloso. Empieza a hablar y te hará reir con sus ocurrencias. Empezará a jugar simbólicamente y a montarse historias y no podrás creer que tu bebé se ha hecho tan mayor. Aún es pequeño y puedes disfrutar mucho todavía del contacto que te pide y de los mimos que necesita. Es divertido, es energía, te pedirá que bailes, que hagas el león, que te sientes a leerle un cuento, que seas su compañero de juego.

Que un par de rabietas no te impida disfrutarlo.

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LAS TECNOLOGÍAS, NI PROHIBIR NI LIMITAR

“En la época de mis abuelos pensaban que los niños se quedarían tontos de tanto leer, mi padre pensaba que yo me quedaría tonta de tanto ver la tele. Yo pensaba que tú te quedarías tonta con los videojuegos y ahora vosotros pensáis que los niños se quedarán tontos de ver la tablet.” Mi madre.

Llevo mucho tiempo queriendo escribir este post pero lo iba posponiendo porque sabía que traería polémica. Pero me lo habéis pedido tanto que aquí está. A muchos de los que me seguís desde hace tiempo sé que os sorprenderá porque parece que a esto de la crianza respetuosa va unida la prohibición de las pantallas pero no es mi caso y os lo voy a contar.

Como os decía en el post de No soy una madre perfecta yo tenía muy claro que no iba a utilizar las pantallas y la realidad fue que me salvaron y me salvan los viajes en coche. De pronto me vi en una situación que no sabía muy bien como abordar. ¿Qué hago con el tema pantallas? ¿Prohibir sin más? ¿Limitar? No me convencía porque creo que la prohibición aumenta el deseo y que iba a suponer muchas peleas, rabietas… Me parecía una incoherencia cuando nosotros vivimos pegados a una pantalla, negar la realidad del mundo en el que vivimos y usarlo solo cuando a mi me interesaba.

En fin, que como siempre hago cuando algo me interesa y le ando dando vueltas, me puse a investigar, tenía que haber otra manera. Hablé con familias de niños mayores educados en casa, con gente de educación libre, debatimos, leí artículos, conferencias y llegué a una conclusión, o a varias. En definitiva, que prohibir o limitar no es nunca una buena opción.

Primero, creo que hay que perder el miedo a las tecnologías, vivimos en la era tecnológica, es una herramienta genial, que sirve para aprender lo que quieras y cuando quieras, también sirve para ocio, para leer, para investigar, es un mundo y va a estar ahí, es una realidad de la que no vamos a poder escapar. Nos da miedo porque nosotros no fuimos críados con ello y es algo desconocido pero creo que ese miedo no nos deja ver más allá.

Lo segundo que hice es perder el miedo a la adicción. La tecnología no te hace adicto, como no te lo hace el alcohol, las compras o el sexo. Son los vacíos emocionales que intentamos llenar con eso los que te hacen adicto. Un niño adicto a la tablet tiene un problema que no es la tablet sino algo más profundo que habrá que tratar. Con esto no quiero decir que no sean muy atractivas, lo son y de ahí la tercera conclusión.

Los niños utilizan las tecnologías bien porque están aburridos, cansados, se están evadiendo de otras cosas o bien porque quieren disfrutar de ello un rato. Saber diferenciar cada caso es importante. Por ejemplo, un niño que va al cole, 8 horas, dos de extraescolares, cena, ducha y que quiere estar una hora o dos con la tablet. Decimos: es que no quiere hacer otra cosa. Bueno, en realidad es que lleva todo el día haciendo lo que le dicen, está cansado, ha tenido poco tiempo libre, es normal que quiera evadirse, nosotros también lo hacemos.

¿Significa esto que dejo a mi hija estar todo el día con el móvil? No. Pero es que tampoco lo estaría. Cuando me relajé con el tema y dejé de intentar prohibir y limitar, ella comenzó a dejarlo cuando se cansaba. Dice: ya no quiero más y lo apaga. Al principio es cierto que hubo un tiempo que al habérselo intentado limitar lo quería muchísimo y cometí el error de quitar el límite de golpe, pero cuando vió que podía tenerlo siempre que lo pedía ya empezó a dejarlo y empezó a ser una actividad más como otra cualquiera.

Lo que he podido comprobar en este tiempo es que en el parque o cuando está con niños no lo pide nunca. Normal. Pasamos mucho tiempo fuera e intentamos que esté con niños la mayor parte del día. Lo pide en casa cuando está aburrida y nunca se le niega. Si vemos que pasa demasiado tiempo le hacemos una propuesta y siempre la acepta y lo deja, jugar con ella a algo, pintar con témperas, lo que sea…

En el cómputo de horas del día pasa muy poco tiempo con las pantallas (que irá aumentando a medida que se haga mayor porque también tendrá más cosas que hacer con ella) y no me preocupa la verdad. Porque veo que tiene otros intereses, mucho tiempo al aire libre, que en cuanto le das una propuesta atractiva la acepta y la prefiere y no tengo que prohibir ni limitar, con lo que eso supone en la crianza. Que en cuanto tenga acceso limitado se dará atracones de tecnología, que siempre lo estará deseando porque sabe que es algo prohibido, que crea mucho malestar familiar…

Es mi forma de entenderlo y hasta ahora me va bien. No tiene que ser la de todo el mundo. Y no dudo en cambiar algún día de opinión si viera que la situación lo requiere. Porque de eso va la crianza y la vida en general, de ir aprendiendo sobre la marcha y estar abierto a desaprender y volver a aprender. “Solo los imbéciles no cambian de opinión.”

Ah y otra cosa os cuento, nunca se lo ofrezco yo, no lo utilizo para poder hacer cosas (no lo juzgo eh) sino que aprovecho cuando está con ello para hacer algo. Como con la comida basura utilizo la técnica de no ofrecer no prohibir, es decir, no lo utilizo delante de ella porque sé que me lo pedirá ni se lo propongo nunca. Simplemente me baso en dárselo siempre que me lo pida, sin importancia, y observo y espero. A veces lo deja porque se cansa o aburre y quiere hacer otra cosa y a veces si considero que lleva mucho le hago propuestas que nunca rechaza. Hasta ahora es lo que hacemos. Ya os contaré dentro de cinco años que tal vamos.

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EL CARRO CON PINCHOS

“Para ser un adulto independiente y seguro debió haber sido un bebé dependiente, apegado, sostenido, en pocas palabras amado.” Sue Gerhardt

La semana pasada fue la Semana Europea del Porteo y quería aprovechar para hablar un poquito de crianza, que hace mucho que no hablo y de porteo, que poco lo he hecho. Hablé solo un poco aquí.

Hice una sección del blog en la que he escrito varios artículos sobre aspectos de la crianza de Mia que no son los comunes, por qué no lleva pendientes, por qué no va a la escuela infantil o por qué no la hemos sentado por ejemplo. Podéis leerlos aquí. Hoy os voy a contar por qué no usamos carro hasta que tuvo aproximadamente un año.

Todo padre ha experimentado la “cuna y carro con pinchos”, ese momento en el que vas a colocar al bebé allí y se pone a llorar como un loco o ese otro en que lo dejas dormido y no aguanta más de diez minutos. Todos lo hemos vivido, todos sabemos que ocurre pero todos seguimos insistiendo porque tienen que acostumbrarse. La presión externa es muy fuerte. El instinto nos dice que les cojamos, pero como será que a pesar de sentirlo, no lo hacemos, porque pensamos que así les vamos a malacostumbrar.

Los bebés no pueden manipularnos, lloran porque piden lo que necesitan, que es estar junto al cuerpo de la madre. Cuando están dormidos tienen muchos microdespertares y si en uno de ellos se notan en una cama solos se desvelarán.

Yo me sabía la teoría pero aun así también lo intenté y evidentemente Mia no dormía seguido más de diez minutos de siesta en una cama. Así que hasta el año durmió todas las siestas en la mochila. Dormía dos y tres horas del tirón. A veces pedía teta entre medias y ahí la tenía. Para mi era muy cómodo. Podía sentarme y trabajar con el ordenador, leer, pasear, cocinar…

Pero el porteo no es algo que llevemos en los genes, es algo que nos hemos inventado porque lamentablemente vivimos en la sociedad que vivimos y no podemos permitirnos el lujo de estar tumbados con el bebé encima sin movernos durante tres horas (habrá alguna que sí).

Y como es un invento, hay que aprender a usarlo. Yo tenía claro que quería portear, pedí como regalo una mochila ergonómica (muy importante que lo sea, se ven todavía muchísimas mochilas “colgonas” y bebés mirando hacia delante) y la usé practicamente desde que nació. Es cierto que al principio no le gustaba mucho (esto no te lo cuentan y piensas “oh no mi hija no va a querer nunca mochila”) pero enseguida le cogió el gusto. Después, cuando fue un poquito más mayor la usé en la espalda (recomiendo mucho aprender a pasarles atrás, te da la vida).

Invito a darle una oportunidad, y dos y tres porque a veces no nos resulta cómodo de primeras. A probar, a intentarlo, con fulares, con mochila y a perder el miedo a todas esas cosas que nos dicen que pasarán si les tenemos siempre en brazos. Un niño que va en el carro y se queja, se queja y se vuelve a quejar, acabará acostumbrándose a que no le atiendan, es cierto, pero hay que preguntarse ¿a costa de qué? Porque eso lamentablemente tiene más que ver con la sumisión que con la independencia.

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LA IDEALIZACIÓN DE NUESTRA INFANCIA


“Cuanto más idealizamos el pasado y nos negamos a reconocer nuestros sufrimientos de la infancia, más los pasamos inconscientemente a la próxima generación.” Alice Miller

El domingo fue el Día de la Madre aquí en España y las redes se llenaron de mensajes de amor, de madres perfectas y de idealización de infancias.

Esto, que por un lado es natural, que los hijos idealicen a sus padres, es por otro lado peligroso y falso. Los padres se equivocan, todos, unos más que otros pero es importante madurar, reflexionar y no quedarse estancado en cuando teníamos cinco años y pensábamos que nuestros padres eran Dios.

La mayoría de adultos de ahora venimos de crianzas y escuelas autoriatarias. Hemos vivido los castigos, las amenazas, los chantajes, los insultos, los cachetes… Muchos incluso siguen viviendo cosas de estas con sus padres a día de hoy, a pesar de ser ya adultos.

Lo que ocurre es que el niño no es capaz de odiar a sus padres por el daño que le hacen, ya sea físico o emocional. Los sigue queriendo e idolatrando (todos conocemos casos terribles de niños víctimas de violencias graves que siguen queriendo estar con sus progenitores). El niño lo que hace es dejar de quererse a sí mismo cada vez que es castigado, dañado, humillado.

Y esos niños que no reconocen ese daño se convierten en adultos que siguen creyendo que sus padres lo hicieron por su bien, que lo merecían, que eso les hizo convertirse en mejores personas, que eso les hizo fuertes, que están bien.

Mi padre me dejaba llorar y estoy bien, mi madre me pegaba y no pasa nada, mi padre me castigaba porque es que me portaba fatal, mi madre me daba con la zapatilla, ¡qué divertido!

Decimos eso, le restamos importancia y lo defendemos porque es lo más fácil, lo menos duro. Ponernos en la piel del niño que éramos e intentar sentir lo que sentíamos en ese momento duele. Reconocer que nuestros padres nos hicieron daño (porque no tenían más recursos, no porque no nos quisieran) duele.

Y entonces, así seguimos. 30 años despúes pensando que nuestros padres lo hicieron genial con nosotros. Que todo lo bueno que somos es gracias a que nos hicieron sentir mal y no gracias a todo lo demás. Y esto tristemente nos aleja mucho de ser mejores padres o educadores y de romper con ese tipo de relación para empezar a tratar a los niños con más respeto. Si creemos que nosostros lo merecíamos, pensaremos que nustros niños también, que es lo mejor para ellos.

Evidentemente que no quiero decir que tengamos que odiar a nuestros padres, podemos perdonarlos y entender que hicieron lo que podían con lo que tenían. Pero solo analizando que hubo cosas que no estuvieron bien, que te produjeron dolor, que te hacían sentir mal podrás romper con ese modelo, empezar a hacerlo de otra manera y cambiar tu propia mirada hacia la infancia. Te invito a revisar la tuya.

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“LA EDUCACIÓN ES UN ACTO POLÍTICO”

“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás.” Herbert Spencer

El domingo tenemos elecciones aquí en España. El panorama es bastante desolador y si hablamos de educación la cosa ya es para echarse a llorar.

De lo que más se está hablando es de garantizar plazas públicas desde los cero años. Es la GRAN propuesta de conciliación. No se han enterado de nada. Lo que las familias queremos, es más, lo que los niños necesitan no es un espacio público donde estar desde los cuatro meses. Lo que necesitamos son bajas de maternidad dignas. Pero claro, se me olvidaba, que para eso, no hay dinero.

Para las bajas de paternidad iguales e intransferibles sí. Pero de eso ya hablé en otro artículo. Podéis leerlo aquí. También tenemos que aguantar que haya partidos que quieran legalizar el alquiler de personas y la compra de seres humanos. Pero ese es otro tema que podéis también leer aquí.

Las ratios son algo que podría mejorar la práctica educativa considerablemente pero es una pena que no haya en ningún programa nada sobre esto. Con 8 bebés, 20 niños de dos años o 25 en primaria como imagináis, poco se puede hacer para que la calidad educativa sea más digna.

Nada de esto me sorprende, la verdad. Pero igualmente tendremos que votar lo menos malo, por defensa propia esta vez, porque nos jugamos mucho, pero yo en realidad no venía a hablar de esto.

Yo de lo que quería hablar es de por qué criar y educar son actos políticos. Todo lo que hacemos con un niño, la manera en la que nos relacionamos con él, le hablamos, como le tratan en el cole, qué hacen y por qué es política.

El sistema educativo, del que tanto me quejo (que no de los maestros) tiene una intención que va más allá de lo que cada profe desea inculcar a sus alumnos. Por eso es tan difícil ir en contra del sistema. Aun así se puede pelear desde dentro (hay mucha gente haciendo cosas maravillosas).

El sistema quiere personas que no sean críticas, que sean obedientes, que acaten las normas, que no reflexionen mucho, que no piensen… Esto le interesa bastante. Y de ahí, parte el modelo autoritario que normalmente encontramos en los colegios. Basado en premios y castigos, en el respeto a la autoridad, en no reflexionar mucho. En general tampoco se cuestiona nada de lo que se aprende, el alumno se limita a memorizar, a escuchar y a no hacerse demasiadas preguntas.

Además del sistema educativo ,tenemos otro modelo que hace exactamente lo mismo dentro de los hogares. El modelo de crianza tradicional. Que, sin mala intención quiero creer, están reproduciendo miles de padres sin saber que lleva a sus hijos al mismo destino. A ser personas dependientes de los que están por encima, inseguras, obedientes, con poca libertad y una gran falta de capacidad crítica.

Cuando dejas llorar a un bebé sin atenderlo estás colaborando a su sumisión y eso es política. Cuando castigas a un niño haciendo uso de tu poder estás haciendo política. Cuando chantajeas a un niño para que haga lo que tú quieres estás haciendo política. Cuando no le permites que te cuestione, cuando le exiges obediencia, que sea bueno, que no te contradiga, cuando no le dejas ser libre estás haciendo política.

No sé que pasará el domingo, la verdad es que creo que en materia de educación de poco servirá lo que ocurra. No podemos controlar lo que otros hacen pero sí podemos controlar lo que hacemos nosotros. Votar es necesario pero hacer política desde nuestras casas y aulas es urgente. No hace falta esperar al domingo, puedes empezar ya mismo.

OS RECUERDO QUE ESTE SÁBADO 27 DE ABRIL HAY TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. ÚLTIMAS PLAZAS LIBRES.

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QUIERO QUE MI HIJO RECOJA LOS JUGUETES

“No se puede obligar a nadie a hacer algo que no le nace de corazón.”

A próposito de una reflexión que puse hace unos días, en la que decía que igual que no está bien decirle a tu pareja que hasta que no recoja los platos no vais al cine, tampoco lo está decírselo al niño con los juguetes, me llegaron varios mensajes de papás preocupados porque sus hijos sean responsables. “Tendrán que recoger lo que han sacado ¿no? Yo quiero que sea responsable”, decían.

La responsabilidad, la empatía, compartir, dar un beso, pedir perdón, la autonomía, la independencia… todas estas cosas relacionadas con la educación salen de dentro, no se pueden forzar. He hablado de ellas en muchos artículos anteriores porque es un tema que se repite y me doy cuenta de que existe una idea equivocada y generalizada de que podemos hacer que otra persona sienta lo que no siente.

Cuando obligas a otro niño a hacer lo que no sale de sí mismo, no le estás enseñando nada sobre eso. Obligar a otro a compartir, forzarle a ser autónomo o a recoger no le hará ni más empático ni más independiente ni más responsable.

La responsabilidad tiene que ver con reconocer y aceptar las consecuencias de algo. Uno aprende a ser responsable a través de la propia experiencia, equivocándose y aprendiendo de los errores.

Como explicaba en el post de las consecuencias lógicas, confundimos muchas veces esto con los castigos. Si un niño no recoge sus juguetes y le dejas sin ir al parque, le estás castigando. Eso jamás le hará una persona responsable. Como mucho sumisa.

La responsabilidad se aprende cuando me dejan experimentar las consecuencias. Por ejemplo: Me llevo un juguete al cole, no estoy pendiente de él y lo pierdo, me gasto la paga el primer día y no me queda dinero, si no echo a lavar la ropa sucia no tengo ropa limpia, si insulto a ese niño no quiere jugar conmigo…

Uno se hace responsable en la medida en que puede vivir en libertad y experimentar las consecuencias. Nadie puede hacerte responsable. Nadie te puede obligar a hacer lo que no quieres. Si no nace de ti no es responsabilidad es obedicencia.

Para conseguir que un niño haga lo que no quiere hacer tienes dos opciones, obligarle a la fuerza o mediante premios, castigos, chantajes y amenzas. Las dos son una falta de respeto y un abuso de poder. Y ese no debería ser el modo correcto de relacionarnos con nadie.

Tenemos que aceptar que los niños no son siempre como nosotros queremos que sean. Podemos mostrarles valores a través de nuestro ejemplo, ser empáticos con ellos para que lo sean con los demás y respetar que no quieran hacer lo que nosotros les digamos.

Vale, y entonces ¿cómo hago para que recoja? Dependiendo de la edad puedes explicar, invitar a recoger, decirle por qué es importante recoger, que tú le ayudas, que lo haces tú hoy por él, pero sobre todo tener claro que puede elegir no hacerlo y no pasa nada (recoger para un niño no es importante ni tiene valor). Y no tener miedo, eso no hará de él un irresponsable y mejorarás enormemente tu relación con él si dejas de lado los castigos y amenazas.

¿Recogerá algún día? Quien sabe… Igual un día no encuentra algo por el desorden y decide recoger, igual le agobia el caos y decide recoger, o igual se hace mayor, se independiza, sigue pensando que no le importa el desorden y decide no recoger. Es su vida, tenemos que dejar que experimenten las consecuencias y respetar. Porque tienen derecho a no recoger.

HABLARÉ DE ESTO Y MUCHO MÁS EL 27 DE ABRIL EN EL TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. PLAZAS LIMITADAS.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

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NO SOY UNA MADRE PERFECTA

Con esto de las redes sociales ocurre una cosa. Que como normalmente mostramos nuestra mejor cara, lo bonito, lo divertido… y en mi caso además como se trata de un blog en el que se critica mucho todas esas cosas que los adultos hacemos mal con los niños, podría parecer que yo nunca me equivoco, que soy una madre perfecta. Pero nada más lejos de la realidad. Ni lo soy ni lo quiero ser.

Desde que nació Mia me he equivocado muchas veces. En cosas más y menos importantes. He cambiado mi opinión respecto a otras. He dicho que iba a hacer una cosa y he acabado haciendo otra. Y sé que me equivocaré muchísimas veces más. Porque somos personas, con nuestras mochilas y nuestra realidad y hacemos lo que podemos con lo que tenemos, (aunque esto no debería ser excusa para no querer mejorar). Igual que los niños, nosotros también estamos aprendiendo, en este caso a ser padres y aprender siempre implica cometer errores.

Cada vez que me equivoco tengo una oportunidad para mostrarle a mi hija que no hay que ser perfecta, que uno se puede equivocar y que está bien pedir perdón. El error debería servirnos para ser mejores y no para quedarnos anclados en él. Porque si hay algo con lo que cargamos los padres, las madres sobre todo, es con la culpa. A los niños les regañamos cuando se equivocan y solemos hacer lo mismo con nosotros mismos.

Hagas lo que hagas te sentirás culpable. Pero la culpa es un sentimiento muy malo que no aporta nada. No podemos volver atrás a reparar lo hecho. Lo que sí podemos hacer es reflexionar sobre como puedo hacerlo mejor la próxima vez.

Una noche cuando Mia tenía unos tres meses, estaba agotada, llevaba una hora en la teta y me dolían muchísimo los pezones. Le puse un chupete y me sentí culpable. Yo, que sabía que podía interferir en la lactancia, que podía ser perjudicial, que sabía que no lo necesitaba y que había dicho muchas veces que no se lo pondría.

Cuando tenía un año le puse el móvil en el coche para los viajes porque no podía ir sola a ninguna parte con ella porque lloraba todo el camino. Me sentí culpable también. Yo, que me había dicho a mí misma que hasta los dos años no se acercaría a una pantalla.

Hoy miro aquello con perspectiva y lo que me parecía horrible hoy me parece que no tiene ninguna importancia. Entiendo por qué lo hice y eso es lo que importa.

Me he encontrado muchas veces diciendo cosas y repitiendo frases las cuales luego critico en numerosas ocasiones. Tenemos algunas cosas tan interiorizadas que se nos escapan y nos salen automáticamente si no lo pensamos mucho. Es normal y darse cuenta es el primer paso.

Hay momentos que no la he hablado o tratado como me gustaría, a veces no he estado todo lo presente que debería o no la he respondido todo lo rápido que necesitaba. Soy consciente de que la razón de que esto ocurriese era el cansancio, el sueño, la soledad…

Criamos en soledad, (una pareja también es criar en soledad). Porque ocuparse de un niño, o de varios, de una casa, de un trabajo sin tribu, es demasiado para una o dos personas. Criar de esta manera hace que a veces nos veamos desbordados y lamentablemente esto lo pagan los más indefensos. Los niños.

Tener esto presente es importante para tomar medidas. Si yo sé que anoche me enfadé con ella porque no se dormía porque en realidad yo estaba muy cansada, igual puedo acostarme antes y así estaré mejor al día siguiente. Si yo sé que la obligué a la fuerza a sentarse en la silla del coche porque llegábamos tarde a algún sitio, igual puedo salir con más tiempo la próxima vez y así ir más tranquilas.

Se trata de no caer en la culpa sino de utilizar esos “errores” para aprender y hacerlo mejor la próxima vez. Evidentemente que a veces no podremos descansar más tiempo, tener un relevo o salir antes de casa, pero solo el hecho de saber por qué actuamos como actuamos con ellos, es un gran paso.

Porque lo grave no está en lo que he hecho mal con el niño sino en pensar que le he regañado porque es que no para, que le he he gritado porque es un desobediente o que le he obligado a hacer algo por su bien. Solo el hecho de saber que lo que ha ocurrido es por cómo estás tú y no por lo que ha hecho el niño te coloca en una posición diferente desde la cual puedes decirle al niño: Siento haberte tratatado así. Y eso, es una de entre un millón de formas de ser una buena madre.

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LOS DEBERES

“Lo siento mamá, todavía nos queda al menos una hora de juego, no puedo hacer los deberes.” FRATO

Habéis sido muchos los que me pedíais que hablara del tema de los deberes. Es un tema que trae de cabeza a padres de niños de todas las edades, porque ya hasta en infantil mandan deberes. Es preocupante, algo de lo que se ha hablado y discutido mucho pero con lo que no se ha conseguido nada porque seguimos igual o peor que antes.

A pesar de que sabemos que no sirven para nada, que roban tiempo de juego y que empeoran las relaciones familiares, seguimos los profes mandándolos y los padres empeñados en que los hagan. Es urgente que ambos cambiemos el chip.

Hay numerosos estudios que demuestran esto que digo. Los países con mejor rendimiento escolar no son los que más deberes mandan. No existe relación entre deberes y mejores notas. En cambio sí hay relación entre excesivos deberes con efectos perjudiciales en el niño.

Esto solo, debería ser determinante para que papás y profes se negarán a continuar mandando a los niños a hacer deberes. Pero cuando hablamos de cambiar algo que llevamos haciendo años siempre aparecen las excusas o los miedos.

Es que tengo que dar el temario y si no nos da tiempo. Es que tienen que aprender hábitos de estudio. Es que tienen que ser responsables. Es que todos los hacen. Es que si no los lleva le van a castigar. Es que refuerzan lo aprendido. Vamos a desmontar esto.

Nadie te obliga como profe a que se hagan todos los ejercicios del libro. El niño pasa seis horas lectivas en el colegio, tiempo de sobra para dar el temario. No se puede usar el tiempo de juego y descanso de los niños para esto.

Respecto a la responsabilidad y los hábitos de estudio, los deberes consiguen todo lo contrario. El niño sale cansado del cole, después de ocho horas y necesita desconectar. Hacer deberes consigue que aborrezcan más aún el estudio, quieren hacerlo rápido para irse a jugar, les supone una carga que más que conseguir responsalibilidad consigue obediencia. Porque ser responsable sale de dentro, nadie te puede forzar.

Lo de que refuerzan lo aprendido ya os he comentado que hay muchos estudios que desmienten esto. Es obvio. Llega un momento en que tú cabeza necesita descansar. Seguir haciendo ejercicios no hará que mejore mi comprensión. El niño que va bien los hará bien y el que va mal los hará mal.

Y respecto a los padres aconsejo siempre lo mismo: Lo primero es pelear con quien haga falta para que se eliminen los deberes del centro (sé que es complicado a veces). Hay leyes que defienden este derecho y ciudades y ecntros que lo han conseguido.

Si esta opción no es posible yo me negaría a que mi hijo los hiciese. Le permitiría no hacerlos y le explicaría al maestro las razones. (Siempre que esto no genere problemas al niño o con el centro).

Y si no te queda más remedio siempre puedes decirle que lo haga rápido para irse cuanto antes a jugar sin darle importancia ninguna al resultado o incluso “ayudarles mucho” para que acaben cuanto antes y poder así disfrutar del poco tiempo que algunos padres tienen con sus hijos para hacer cosas interesantes, divertidas y que partan del interés del niño, con las que seguro aprenderá muchísimo más.

Los deberes no es solo que no sirvan de nada es que estropean las relaciones familiares. Son fuente de conflictos, castigos, chantajes… Entorpecen más que ayudan. Son un incordio para padres y para niños que ya con cuatro años tienen que leerse un libro cada fin de semana y hacer un dibujo. Esto hace que la dinámica familiar se tenga que amoldar a los deberes, discutir con el niño el domingo a última hora porque no lo ha hecho y lo peor de todo, consigue lo contrario de lo que pretendía. Si querían fomentar la lectura y el dibujo, han conseguido que el niño no quiera leer y odie pintar

Los deberes generan estrés en los niños. Pero no solo en los que los hacen, también en los que se escaquean y prefieren jugar pero están sufriendo por si los van a castigar o a pillar sin ellos. Un niño no debería estar jugando sintiéndose mal porque no ha hecho los deberes ni dejando de disfrutar un segundo por hacerlos. #BASTADEDEBERES

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CASTIGOS VS CONSECUENCIAS

“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.” Robert G. Ingersoll

En el post de la Disciplina Positiva que podéis leer aquí, ya expliqué un poco que es muy fácil caer en los castigos y disfrazarlos de consecuencias. Hoy quiero explicar mejor cúal es la diferencia y por qué creo que un niño aprende de las consecuencias naturales y no de los castigos.

En el post de los castigos, ya os conté que estos no sirven para nada más allá de empeorar nuestra relación con los niños, crear niños sumisos y obedientes y hacerles sentir mal. Pero está muy de moda hablar de consecuencias lógicas y muchas veces es más de lo mismo. “Yo no castigo dejo que experimente las consecuencias.”

Un acto tiene consecuencias y aprendemos de ellas. Y es el mejor aprendizaje que podemos tener porque es el de la experiencia propia. Siempre decimos que no hay mejor forma de aprender que vivir, que experimentar algo. En los niños pequeñitos lo vemos muy claro. Ellos aprenden todo así continuamente. Si hago esto ocurre esto otro.

Las consecuencias naturales de los actos es lo que ocurre después naturalmente. Por ejemplo: Si pinto la pared, la consecuencia natural es que queda pintada. Si no te bañas estarás sucio. Si no te pones el abrigo tienes frío.

Si un niño no quiere recoger la habitación la consecuencia natural es que estará desordenada. No hay otra. Podemos hablar con él, ayudarle, ser ejemplo de orden. Pero tendremos que respetar que no quiera. De lo contrario tendríamos que obligarle a hacerlo ya sea con amenazas, castigos o consecuencias disfrazadas.

Para que una consecuencia sea natural debe estar relacionada directamente con el acto en sí. Si le decimos a un niño que si no se pone el abrigo no salimos al patio es castigarle por no hacer lo que nosotros queremos que haga. Puedo llevarle el abrigo por si luego tiene frío y se lo quiere poner.

Decirle a un niño que si no se termina la comida no hay postre es un castigo. La consecuencia natural de no comer es tener hambre, esto nada tiene que ver con el postre.

En definitiva se trata de cambiar la mentalidad de querer que los niños hagan lo que no quieren hacer a través otra vez de la manipulación y el chantaje disfrazándolo de consecuencias cuando no lo son.

¿Y qué pasa con los límites? Un límite es algo que ponemos al niño para protegerlo y no permitimos que experimente las consecuencias de ir sin cinturón en el coche por ejemplo, jugar con un cuchillo o cruzar la calle solo. Porque los límites no se ponen para que el niño aprenda nada, se ponen para proteger. El niño aprenderá a medida que vaya creciendo que es importante usar el cinturón, tener cuidado con el cuchillo y al cruzar la calle. En cambio las consecuencias las experimentará él solo y le servirán para aprender.

Como he dicho en varias ocasiones, si tu frase empieza por “si” (si haces esto, te pasará esto) casi seguro que es un castigo, porque las consecuencias naturales no hace falta que se las digamos, ocurren sin más.

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NO QUIERO QUE A MI HIJA LE PASE LO MISMO

“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las asesinen.” Margaret Atwood

El viernes es 8M, Día Internacional de la Mujer. He escrito varios post sobre feminismo porque los que me seguís desde hace tiempo sabéis que para mi es muy importante educar a los niños en igualdad.

Parece que está de más decirlo, pero siempre hay algún despistado por ahí que aún piensa que ya existe igualdad, que no hay por qué luchar ya o que las mujeres no sufrimos más por el hecho de ser mujeres.

Pero nada más lejos de la realidad. Ser mujer y niña significa que vivirás unas cosas solo por el hecho de serlo.

El primer recuerdo que tengo de haber vivido algo por ser mujer es de cuando tenía 8 años. (Estoy segura que me pasaron mil cosas antes). Nos disfrazamos para un baile del cole y la profe me maquilló. Un niño de mi clase me llamó puta. Me lo dijo porque yo era una niña.

Cuando tenía 12 años una profe me dijo que no podía ir con los pantalones tan cortos al colegio, que enseñaba mucho. Me lo dijo porque yo era una niña.

He tenido que escuchar cosasa como que calladita estás más guapa, que no haga eso que parezco un marimacho, que para presumir hay que sufrir, que quien bien te quiere te hará llorar…

Por ser mujer he tenido que aguantar muchas cosas que un hombre ni se imagina. Me han tocado en el metro, en la calle, me han acosado, me han perseguido, se han masturbado por la calle delante de mi, he sentido miedo yendo sola, he pensado al andar de noche que un grupo de chicos podía violarme (y cosas peores que no me apetece contar por aquí). Todo esto porque soy mujer.

Alguno podría pensar, pobre chica, le ha pasado de todo. Pero solo hace falta que preguntéis a cualquier mujer de vuestro alrededor, todas tenemos muchas historias como la mía, todas hemos sufrido alguna vez en nuestras vidas el machismo.

Las mujeres lo tenemos mucho más difícil en todo. No ocupamos cargos de poder, tenemos los peores salarios, morimos cada año asesinadas por nuestras parejas, sufrimos violencia machista, violencia institucional, violencia obstétrica, nos encargamos más de la crianza y de las tareas del hogar, sufrimos más trastornos alimentarios debido a la presión por la estética…. y podría seguir con muchísimo más. Y todo esto nos ocurre solo por ser mujeres.

Y yo, no quiero que mi hija por ser mujer tenga que pasar por nada de eso.

Por todo esto, nos vemos el viernes.

SI NO HACES LO QUE YO QUIERO ME ENFADO

Si te enfadas con un niño porque no quiere hacer lo que le has pedido, en realidad es que no era una petición sino una exigencia.

Hice esta reflexión el otro día porque me doy cuenta de que son muchas las relaciones entre padres e hijos, también entre parejas, amigos… que se basan en esta premisa.

Las relaciones basadas en chantajes emocionales son tóxicas, dañinas para los niños, que el día de mañana reproducirán esto con sus amigos, hijos o pareja.

Cuando nos enfadamos porque un niño no hace lo que queremos le estamos mandando el mensaje de que si no es como nosotros queremos que sea no le aceptamos. Enfadarnos con él es castigarle por ser como es.

Si no me das un beso me enfado, para un niño, significa que le quieres por lo que hace no por lo que es.

Queremos manipular a los niños y lo peor de todo es que lo conseguimos. Porque un niño lo que menos quiere en el mundo es que sus referentes le dejen de querer. Y entonces nos dan besos sin quererlo y hacen cosas que no quieren para que no nos enfademos. Dejan de ser ellos mismos para complacernos.

Si un niño (o cualquiera) no quiere hacer lo que queremos que haga tenemos que aceptarlo. Tiene derecho a no pensar como tú.

Estos patrones son comunes en muchas familias y continuan en la edad adulta. Cuando por ejemplo tu madre se enfada porque no vas un domingo a comer a su casa te está chantajeando. Prefiere que vayas aunque no quieras ir (que hagas lo que ella quiere) por encima de lo que a ti te apetece (ser tú mismo).

Si tus padres se enfadan si sacas un tema de conversación te están manipulando para que hables de lo que ellos quieren. Es una forma horrible de negarte como persona. A través del enfado consiguen que hagas, digas y seas lo que ellos quieren.

Y bajo este tipo de relaciones nos convertimos en adultos que por no enfadar al otro nos negamos a nosotros mismos. Con la excusa que nos han metido muy a fuego, de que hay que hacer cosas por los demás, somos capaces de hacer cosas que no queremos para satisfacer los deseos de otros.

Hay que hacer cosas por los demás, sí, pero cuando desees hacer cosas por los demás, no por miedo a que se enfaden, porque entonces dejarás de hacerlas con gusto y se convertirán en una obligación. Y no hablo de individualismo, hablo de respeto a uno mismo.

Decir más NO a los demás para decirse SÍ a uno mismo. Aunque se enfaden.

JUGAR CON LOS NIÑOS

“Es necesario dejar que los niños se aburran de vez en cuando… Solo así aprenden a ser creativos.” Kim Raver

Creo que nunca antes en la historia los padres han jugado tanto con los niños como ahora, a pesar de ser justo cuando menos tiempo pasamos con ellos. Y no es una casualidad. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué está ocurriendo?

No me refiero a compartir momentos, risas, cuentos… si no a ese juego simbólico que pertenece a los niños y en el que muchas veces veo que los adultos no terminan de encontrarse cómodos.

No quiero que penséis que me parece mal jugar con los niños a los muñecos o a los dinosaurios. Es solo que me interesa reflexionar por qué tienen ahora esa necesidad y nosotros intentamos cubrirla aunque no nos apetezca.

Por un lado está la socialización. Los niños más o menos alrededor de los tres años necesitan jugar con niños. Muchos niños no encuentran el tiempo ni el espacio para hacerlo. Vivimos cada vez de forma más solitaria, apenas conocemos a nuestros vecinos. Nos da miedo que nuestros hijos salgan solos a casa de un amigo, tampoco podemos o queremos llevarles. Vamos poco al parque. Y al final, un niño que necesita estar con otros niños para jugar, nos lo pide a nosotros porque no tiene otra opción.

Viviendo en comunidad esto no ocurriría. Los adultos disfrutarían de la compañía de otros adultos y los niños jugarían con niños. Todo padre sabe que cuando su hijo está rodeado de niños apenas le reclama.

Por otro lado estamos los padres, que no tenemos tiempo para estar con ellos. Los niños necesitan presencia. Eso del tiempo de calidad es un invento para lavar conciencias. Necesitan también cantidad. Como no podemos dársela, en el poquito tiempo que tenemos los niños quieren que juguemos con ellos, es una forma de aprovecharlo. No lo juzgo. No nos queda otra. Pero creo que quizá no es lo natural ni lo ideal.

Cuando digo que no es lo ideal es porque muchas veces, dirigimos su juego, lo invadimos. Como adultos y niños no estamos en el mismo plano de desarrollo, hay que tener cuidado de no acaparar su juego, que es suyo, nosotros solo somos invitados a su mundo y no deberíamos tratar de conquistarlo.

Pero si hay algo que me preocupa y que veo cada vez más, sobretodo en niños pequeños es el niño que está constantemente entretenido por sus padres o maestros (en las escuelas también pasa).

No es lo mismo entretenerse que divertirse. Divertirse sale de dentro, entretenerse proviene de fuera. Veo muchos niños adictos al entretenimiento, que no saben jugar un minuto solos, que no disfrutan si no es de que alguien esté continuamente jugando con ellos.

Los niños pequeños cuando empiezan en la etapa del suelo a moverse, necesitan nuestra compañía y presencia pero poco más. Necesitan también descubrirse a sí mismos, solos, su cuerpo, sus capacidades, descubrir el mundo a nuestro lado pero sin hacernos dueños. No saber divertirte sin que te entretengan te hace dependiente del exterior, apaga tu curiosidad y tu creatividad. Por eso, me parece importantísimo respetar el juego del niño en solitario, sin el juicio y la mirada constante y crítica del adulto, que le permita disfrutar de él mismo sin la necesidad de lo que yo llamo el adulto “animador”.

¿Y vosotros? Contadme ¿Jugáis con los niños?

LAS RABIETAS

“La etapa de las rabietas es buena. Y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas.” Rosa Jové

Imagina que estás muy enfadado por algo, porque alguien te ha hecho algo que no te ha gustado. Mientras esperas que los demás empaticen contigo, lo que recibes es que se enfadan por haberte puesto así, o te ignoran y te hacen sentir mal por tu reacción, dicen que exageras y que no es para tanto. Eso claramente no te ayudará a estar mejor. Pues a los niños tampoco.

Los niños pequeños alrededor de los dos años entran en la fase de las llamadas “rabietas”. No es casualidad, es el momento en el que empiezan a darse cuenta que son seres independientes, quieren tomar decisiones, dicen a todo que no, están creando su “yo” y quieren reafirmarse. Esto es sano y necesario para que el día de mañana puedan ser personas seguras de sí mismas y lo que os contaba en el post anterior, más empáticas también.

Su expresión de ira nos desborda. Los niños sienten así. Sus emociones son intensas y nos cuesta mucho acompañar estos momentos porque a nosotros no nos permitieron expresar el enfado cuando éramos pequeños. Queremos que acabe cuanto antes, si estamos en un lugar público más todavía. Nos incomoda muchísimo.

Pero el que tiene un cerebro inmaduro es el niño, los que debemos aprender a controlarnos ante estas situaciones somos nosotros. Decimos: “Es que se pone como un loco y no entiende a razones”, cuando nosotros estamos también perdiendo el control y encabezonados muchas veces porque hagan lo que nosotros queremos.

La mayoría de rabietas vienen provocadas por el adulto, porque no les dejamos tocar algo, porque tenemos prisa, porque queremos que hagan algo que no quieren. ¿Quién es entonces el que no entiende a razones? Otras veces es porque están cansados, estresados o se frustran por algo.

Los niños tienen derecho a enfadarse. Desde que se levantan hasta que se acuestan están prácticamente todo el rato haciendo lo que nosotros queremos. La rabieta también es la forma que tiene el niño de decir “basta, no puedo más”.

Podemos prevenirlas en la medida de lo posible, intentar que no se estresen tanto, que no se les pase su hora de dormir, que su mundo no sea muy frustrante diciéndoles a todo que no, pero la realidad es que las rabietas van a aparecer y hay que acompañarlas.

Hay que respetar que el niño se enfade, estar ahí, tranquilos. Podemos decirle que sabemos que está enfadado. No entremos en luchas de poder, no quieren molestarnos. No deberíamos intentar cogerle o tocarle si no quiere. Nada de “abrazos de contención” cuando el niño no quiere ser abrazado, eso es represivo. Tampoco ignorarles ni mucho menos regañarle.

Dejemos que expresen la emoción, lo que no sale se queda dentro. Según vayan creciendo podrán expresarlas de otra forma. Y tranquilos, no os preocupéis, es una fase, y como todas las fases, pasará.

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.

APRENDER A ESPERAR

“Se aprende a soportar la frustración cuando uno es suficientemente fuerte y tiene suficiente amor” Yolanda González

Seguro que conocéis el experimento de las nubes de golosina. Consiste en que a unos niños de cuatro años se les pone una chuchería delante y un adulto les dice que si esperan unos minutos a que vuelva y no se la han comido les dará dos.

Con este experimento se demostró que quince años después, los niños que habían podido controlarse, los que eran menos impulsivos, eran más felices. Tenían mejores relaciones sociales, trabajos en los que disfrutaban, una vida mejor.

El experimento está genial pero sabiendo eso lo interesante sería ver qué es lo que podemos hacer los adultos para que los niños cuando lleguen a los cuatro años sepan esperar y controlen mejor sus impulsos. Es decir, qué podemos hacer para que sean más felices.

Al contrario de lo que pudiera parecer no hay que frustar a los niños desde bien pequeños haciéndoles esperar. Hablé de la frustración innecesaria aquí. Se oye muchísimo la frase de: “Es que tienen que aprender a esperar.” Y a próposito hacemos que esperen con intención de “enseñarles”.

Obviamente que a veces en la vida hay que esperar, que la comida está caliente y no se la puedo dar al bebé, que tengo 14 niños en clase y no puedo darles agua a todos a la vez y tienen que esperar, pero porque no queda otra, eso no les va a ayudar en nada. Hacerlo a propósito no tiene ningún sentido.

El niño pequeño es egocéntrico, no entiende de esperas. Son impacientes y quieren las cosas ya. Si tienen hambre, sed, quieren brazos… tenemos que atender esas necesidades. Si tardamos, cada vez se pondrán peor porque no pueden gestionarlo de otra manera.

Gracias a esto, a responder a las demandas del niño generamos una mayor seguridad en sí mismo y mayor autoestima. Un niño así, el día de mañana podrá controlar mejor sus impulsos y esperar. Es un proceso, es madurativo. No se trata de enseñarles a esperar sino de dejar que adquieran la paciencia mientras no les hacemos esperar porque sí.

Un adulto impulsivo e impaciente fue un niño pequeño al que le hicieron esperar en sus necesidades más básicas. Esto provoca que se pase toda la vida en ese estado de impaciencia en el que se encontraba. Por otro lado, un niño que tiene el contacto y la atención a demanda superará esa etapa egocéntrica, será un adulto más sano y en consecuencia con más control de su vida.

Pedimos a los niños cosas para las que no están preparados. Queremos que se controlen, que sean pacientes. Pero ¿y nosotros? ¿Somos acaso un ejemplo? ¿Tenemos paciencia con ellos?

LA MENTIRA DE LOS REYES MAGOS


“Cuando muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente cuentos,. La vida es de por sí bastante interesante.” Catherine Lecuyer

Hoy vengo con un tema polémico y que a muchos de vosotros incluso os sorprenderá porque ni se os había pasado por la cabeza.

Cuando entré en el mundo de Montessori y de la crianza respetuosa, una de las cosas que me llamó la atención era que muchas familias que seguían estos modelos no mentían a sus hijos con el cuento de los Reyes Magos. De primeras me sorprendió, pero enseguida y cuando entendí las razones lo vi claro también. Con el tiempo fui creando mi propia idea sobre el tema y no pretendo que nadie piense como yo, ni que tengáis que verlo ni hacerlo a mi manera. Esto es una cuestión personal y de cada familia. Sus valores, sus creencias y también sus experiencias personales harán que cada uno tenga una visión diferente, esto solo es una invitación a la reflexión.

La frase que más escucho cuando digo que no voy a mentir a mi hija con la historia de los Reyes Magos es que le voy a robar la magia y la ilusión de la Navidad. Esto me lo dicen personas adultas que por lo que veo en sus caras siguen sintiendo esa magia y esa ilusión, igual que la siento yo. Creo que es un error creer que que entren unas personas que no conozco en mi casa por la noche mientras duermo y me traigan regalos es lo que hace mágica la Navidad, porque no es eso. Es todo lo demás, la familia, el ambiente, los regalos, la comida, la música, las luces y sin la mentira de los reyes todo lo demás sigue ahí y es por eso que yo sigo despertándome cada seis de enero con la misma ilusión.

Decirle a los niños que los regalos los traen unos seres mágicos es una mentira, nos pongamos cómo nos pongamos. Diréis que es por una buena razón, pero eso lo estamos decidiendo nosotros. ¿Creemos que le hace bien a un niño creer en seres fantásticos? ¿No es acaso un abuso de su inocencia? Como si les dijéramos que existen dragones, hadas, gnomos… Yo, personalmente, no me siento cómoda con eso. Siento que le estoy engañando. A mí no me gustó cuando me entere, me sentí decepcionada y lloré. Pero esa es mi historia y cada uno tendrá la suya. Además creo que es una mentira demasiado larga. No es lo mismo decirle a un niño que vamos a ir a un sitio y luego vamos a otro para darle una sorpresa por ejemplo, que esto que juega con su imaginación, su inocencia y su confianza en nosotros.

Por otro lado están los miedos. Como digo muchas veces los miedos de los niños se los generamos nosotros y luego nos molesta que sean miedosos y no les dejamos que se metan en nuestra cama. Les dejamos ver cosas no apropiadas, les contamos cuentos de brujas y monstruos y les decimos que tres señores o un hombre grande con barba van a entrar en su casa mientras duermen. Da miedo. Y muchos niños lo pasan mal y les cuesta dormir. ¿Dónde quedaría aquí la ilusión? 

Pero entonces, ¿estoy en contra de la celebración de los Reyes Magos? Para nada. Soy consciente de que vivimos en un mundo que se llena de Papás Noeles y arbolitos por todas partes en Navidad y eso me gusta, es tradición, es cultura y es ilusión. Pero no creo que haga falta mentir. Por ejemplo los niños celebran Halloween sabiendo que es todo mentira y creo que lo disfrutan bastante. Yo con 30 años sigo diciendo que vienen los Reyes, qué te has pedido para Reyes, qué te han traído los Reyes.. Pienso que con los niños se puede hacer igual. Se puede explicar a los niños la historia, contarles por qué decimos que vienen los reyes sin mentirles. Podemos también no decirles nada y cuando ellos pregunten decirles la verdad. Decirles que existen en el mundo de la magia y dejarles que crean en lo que quieran. Conozco casos de padres que diciéndoles la verdad su hijo les ha dicho: Papá, mamá, no me engañéis, sé que no sois vosotros, son los Reyes. Pues estupendo, si el niño quiere creer genial, podemos decirle yo no creo en eso pero tú puedes creer, o decirles cuando nos pregunten: ¿Tú que crees? También hablarles de respetar que en cada casa pueden creer una cosa. Hay mil maneras de no mentirles y os aseguro que ni la magia ni la ilusión se pierden por ello. En serio ¿creéis que un niño abrirá un regalo menos ilusionado si viene de su abuelo, de su tia o de sus padres que de unos seres extraños? Yo no lo creo. Pero ya os digo, es mi opinión.

Pero si hay algo relacionado con los Reyes que realmente no me gusta nada es el tema del chantaje. Todos los años escucho mil veces eso de: Si no haces esto los Reyes no te traerán nada. Es horrible, manipulador, y mentira también. Usar la supuesta magia de la Navidad para conseguir que los niños hagan lo que queremos que hagan está muy feo. Frases como: Los Reyes te están viendo y te traerán carbón dan miedo, les hacen sentir mal y empeoran nuestra relación con ellos. Es una amenaza que además no vamos a cumplir y además, no te quites autoridad, si tu hijo está haciendo algo que no te gusta, hazte cargo y deja a los Reyes en paz que suficiente trabajo tienen ya los pobres.

FELIZ REYES

“HIJITIS”

“Me pregunto si podremos dejar de usar la palabra “mamitis” para describir de manera enferma a niños emocionalmente sanos.” Candelaria Aguado

Hoy quería contaros algo de lo que apenas se habla en maternidad. Hay muchos tabués alrededor de la crianza, muchas cosas que nadie dice y muchas otras que están equivocadas.

Mia ha cumplido recientemente 18 meses. Una edad clave respecto a la separación de la madre. Biológicamente es cuando el bebé empieza a formar vínculos fuertes con otros y a separarse poquito a poco de mamá. (Es un proceso, que nadie piense que el día que los cumple ya no quiere saber nada de su madre).

Pero casualmente ha sido cuando yo también he sentido la necesidad de separarme de ella y he sentido que estaba preparada. La naturaleza es que es muy sabia. Sé que hay mamás a las que les pasa antes y a otras a las que les pasa después. Yo solo os cuento mi experiencia.

Decía que hay cosas en la maternidad de las que no se habla. Y la “hijitis” es una de ellas. Igual que la “mamitis”, la “hijitis” es sana y natural, aunque la sociedad nos haga creer lo contrario, juzgando ambas como algo malo y enfermizo.

El bebé viene preparado para estar con su mamá y obviamente es dependiente. Pero es que la mamá también viene preparada para estar con su cría. No es más que la naturaleza haciendo su trabajo. Es supervivencia. A nadie se le ocurriría decir que un cachorro de perro tiene “mamitis” y que su mamá perra tiene “hijitis”.

Obviamente que no es lo mismo con cuatro meses que con un año. Como digo, es un proceso. Los primeros meses a mi me generaba ansiedad el solo hecho de salir de casa a algún sitio sin ella. Poco a poco esos tiempos han sido más largos y aunque pensaba que nunca llegaría el momento, ahora puedo irme una tarde con amigas sabiendo que ella y yo estaremos bien.

Las mamás a través del parto y la lactancia, generamos hormonas que nos hacen querer estar con nuestros bebés. No es casual las madres que se despiden llorando cuando los dejan en la escuela infantil, que están en sus trabajos deseando que llegue el momento de volverles a ver, que aunque están cansadas y necesitan separarse por momentos de las criaturas, al rato las echan de menos. Las necesitan.

Pero esto no se dice. No está bien visto. Tienes que salir, rehacer tu vida. Le vas a malacostumbrar, le estás malcriando, tienes que hacer cosas en pareja sin niños, tienes que volver a trabajar, tienes que dejarle que esté con otros. Existe una presión con esto. A quien le apetezca hacerlo, estupendo, yo no juzgo a nadie. Lo entiendo además, criar en soledad como criamos es abrumador. Pero no es para lo que estamos preparadas, ni mamás ni bebés. Una cosa es querer y otra que te lo impongan.

Obviando esta realidad, pasan cosas como lo de los permisos iguales e intransferibles. porque se está dejando de lado que madre y padre no son lo mismo, ni física ni emocionalmente después de un parto.

Las mamás recibimos presión por todos lados. Dale teta, pero no más de seis meses. Tienes que ser madre, pero en cuanto lo seas, tienes que separarte del niño. ¿A qué se le tiene tanto miedo? ¿Quizá al sistema no le interesa niños emocionalemente sanos?

Como he explicado otras veces, la dependencia bien respondida es lo que dará lugar a la independencia en un futuro, al contrario de lo que se piensa. Un niño con “mamitis” necesita una madre con “hijitis” para vincularse bien y desde ese entorno seguro podrá el día de mañana independizarse mejor.

ADULTOCENTRISMO

“Cuando las autoridades o las personas adultas adopten decisiones que tengan que ver con los niños y las niñas deberán actuar siempre teniendo en cuenta sus intereses y ser reconocidos como personas.” Derechos del Niño

Vivimos en un mundo basado en las relaciones de poder. Unos mandan y otros obedecen. Unos están arriba y otros abajo. Como explica tan bien Paloma Palenciano en su monólogo “No solo duelen los golpes” que os recomiendo muchísimo, (podéis verlo en Youtube), en el mundo hay personas que están arriba, con privilegios y personas que están abajo, discriminadas. Blancos, negros. Hombres, mujeres. Heterosexuales, homosexuales. Y así tenemos un mundo racista, machista y homófobo. Pero existe una gran desigualdad que pasa desapercibida, que es una lacra social cuyas víctimas no pueden si quiera manifestarse. El adultocentrismo.

Mañana es el día de los Derechos del Niño y quería aprovechar la ocasión para hablar de esta realidad tan dura que observo cada día y tanto me duele. Los niños en nuestra sociedad son tratados como personas de segunda. Los adultos creemos que los niños son propiedad nuestra y que eso nos da carta blanca para hacer lo que queramos con ellos. “Es MI hijo”.

Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto porque jamás no lo permitiría. Les hacemos cosas que un amigo no nos perdonaría, les hablamos de una forma que no hablaríamos a nuestra pareja. Les obligamos a comer, les manipulamos, les chantajeamos para conseguir que hagan lo que nosotros queremos… y se lo hacemos siendo las personas que más queremos. ¿Por qué?

Porque vivimos en una sociedad enferma, como he dicho antes basada en relaciones de poder. Unos dominan y otros se someten. Y sí, a los niños los tenemos sometidos y nos molesta mucho, muchísimo cuando quieren rebelarse ante su situación.

Lo que tienen las relaciones de poder es que el más fuerte somete al más débil. Y aquí los niños son un punto fácil donde volcar todas nuestras frustraciones. Siempre digo que cuando tenemos un mal día reaccionamos peor con los niños que cuando ha sido bueno, lo que demuestra que cómo actuamos con los niños no tiene que ver con lo que ellos hacen sino con cómo estoy yo. Cuando más sana está una sociedad mejor trata a sus niños.

Tanto en las escuelas como en las casas los niños no son tenidos en cuenta, se da por hecho que ellos no saben, ellos no pueden opinar, nosotros mejor que nadie sabemos lo que es mejor para ellos. Y entonces así conseguimos personas obedientes, sin criterio y desconectadas totalmente de sus necesidades reales. Otros eligen por mí cuánto tengo que comer, cuándo, si tengo frío, si quiero salir a la calle, si necesito descansar, si necesito moverme.

Cosas que parecen tan simples como llevar a un niño atado cuando quiere moverse, obligarle a ponerse el abrigo si no quiere, obligarle a dar un beso a alguien son adultocéntricas.

Veo eternas luchas de poder entre adultos y niños cada día. Adultos en realidad que están dañados y no son capaces de minimizar su ego cuando están con un niño. Pelearse con un niño que quiere llevarse al parque por ejemplo un cuento de casa y a nosotros, como no entraba en nuestros planes, nos molesta, es una lucha de poder.

Pelearse con un niño que quiere ir vestido de Superman a la calle es una lucha de poder. Pelearse con un niño que no quiere comerse los guisantes es una lucha de poder. No es por su seguridad, ni por su salud, es “porque lo digo yo”, que quede claro quien manda. Porque en una relación de poder siempre hay alguien que manda.

Pero podemos romper con esto y construir mejores relaciones con nuestros niños. Solo tenemos que hacer dos cosas. Por un lado, ser conscientes de si estamos metidos en otras relaciones de poder e intentar salir de ellas, y por otro, cambiar nuestra mirada hacia los niños, verlos como seres humanos iguales a nosotros y simplemente empezar a tratarlos como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

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DEJAD DE REGAÑAR

“No busques culpables, busca soluciones.”

Parece que casi todos tenemos bastante claro que pegar a un niño está mal, muchos sabemos que gritar y castigar también, pero hay algo que se hace continuamente, que me desagrada muchísimo y que no sirve para nada bueno, regañar.

¿A qué me refiero con regañar? A sermonear, a reprender el comportamiento de alguien. Lo hacemos no solo con los niños, también en relaciones de adultos y me parece horrible y que está demasiado normalizado.

¿Significa entonces que no hay que decir nunca nada a los niños, ni cuando creemos que se están equivocando? No es eso. Me refiero a las formas. No es lo mismo decir: “Se te ha caído el agua, mira cógelo así con las dos manos”, que decir: “Ya has tirado el agua otra vez, ten cuidado”. Es muy muy diferente. Que el vaso se haya caído ya es suficiente muestra de que nos hemos equivocado. Nadie se equivoca queriendo. A nadie le gusta que le hagan sentir mal por un error.

Vamos a hacer un ejercicio de empatía para ponernos en el lugar de un niño al que le regañan. Imaginad que en el trabajo te regaña tu jefe por algo que has hecho, te echa una charla, o que tu pareja en casa te regaña porque has dejado algo fuera de lugar. Y te dicen: “María, que desastre el trabajo que te pedí ayer” o ¨Luis te he dicho cien veces que no dejes eso ahí.” ¿Cómo te sientes cuando alguien te habla así? ¿Crees que eso te hace mejorar?

Cuando alguien te regaña no está buscando soluciones sino culpables. Está lanzando su odio hacia ti, no intenta mejorar la relación ni que mejores tú, solo quiere sentirse mejor haciéndote sentir mal.

Como decía al principio, no sirve para nada bueno. Decirle a un niño: “No se insulta, no se pega, no se hace eso… ” sabemos que no sirve. Lo sabemos porque los niños siguen pegando, insultando o haciendo eso que nos molesta. Habrá que ver por qué hacen lo que hacen. Si tu frase empieza por “No se…” estás regañando. (Odio ese “SE” impersonal que usamos con los niños).

Para lo que sirve es para que el que ha sido regañado se sienta atacado y quiera defenderse. Acordaros del jefe. Nos regaña, ¿acaso pensaremos en hacer mejor nuestro trabajo? o pensaremos: “Le odio”. Trabajaremos con presión y con miedo la próxima vez. Eso no nos hará mejores desde luego.

Si un niño me dice tonta, no sirve de nada que le diga eso no se dice. Lo primero es que el niño lo ha aprendido de los mayores, usan muy bien las palabras en el momento adecuado, igual que nosotros. Así que regañarle por algo que le hemos enseñado nosotros es cuanto menos, incoherente. Y lo segundo es que es su forma de decirnos que está enfadado. Enfadarme yo con él porque me ha dicho tonta es ponerme a su altura en una posición infantil. ¿De verdad tiene importancia que me diga tonta? ¿Me hace daño? ¿Qué tal decirle “veo que estás muy enfadado conmigo”? El respeto se gana respetando. Si es mayor podemos preguntarle ¿por qué me dices eso? por ejemplo, sin juzgar.

A lo que voy es que nos pasamos el día regañando, corrigiendo, desgastándonos y que eso hace que los niños se sientan peor. Y ya sabemos que un niño que se siente mal no se porta bien. Regañamos pensando que así se portarán mejor y conseguimos todo lo contrario. Si me equivoco y alguien me dice: “no te preocupes, nos pasa a todos” me anima a hacerlo mejor.

Cambiemos la forma en que nos relacionamos con los niños y ellos cambiarán. Y sí, ya sé que alguien pensará: ¡Qué locura, que un niño te llame tonta y no decirle nada! No me hagáis caso, decirle: Eso no se dice. Pero ya os lo digo, no os servirá de nada.

LOS MIEDOS


“El miedo es una oportunidad para ser valiente.”
Halloween está a la vuelta de la esquina y quería aprovechar la ocasión para hablar de los miedos infantiles y qué hacer cuando aparecen.
El miedo, como cualquier otra emoción es útil y nos ayuda en la vida. Sentir miedo prepara nuestro cuerpo para huir, pelear… ante un peligro. Este puede ser real o imaginario, pero lo que está claro es que la emoción es positiva y necesaria. Sin el miedo no hubiéramos sobrevivido como especie.
Pero como solemos hacer con otras emociones que consideramos negativas, la rabia, la tristeza… intentamos reprimirlas, que desaparezcan rápidamente, muchas veces porque es lo que hicieron con nosotros y muchas otras porque creemos que así conseguiremos niños más seguros y como suele pasar, ocurre completamente al revés.
Hay varios tipos de miedos. Los reales, miedo al fuego, a los animales…, miedos patológicos que nos bloquean y no nos permiten vivir, (los cuales hay que tratar con especialistas) y los miedos que les trasmitimos nosotros a nuestros niños.

Por un lado les contagiamos nuestros miedos absurdos. Si yo me tenso ante el acercamiento de un perro o de una araña, seguramente el niño hará lo mismo. Somos el reflejo donde se miran, si ven que algo nos da miedo, a nosotros, que somos los que debemos darles seguridad, ellos sentirán que eso que nos asusta ha de ser realmente peligroso. Por tanto intentemos en la medida de lo posible no transmitirles nuestros miedos.
Por otro lado somos los adultos muchas veces los culpables de generarles miedos no reales, con historias, dibujos, imágenes para las que no están preparados, diciéndoles cosas como “va a venir el señor y te va a llevar…”. Luego cuando por la noche aparecen esos miedos no les permitimos vivirlos, no los acompañamos e incluso hay quien se burla o ignora.
Sea el miedo del tipo que sea, hay que aceptarlo y darle al niño seguridad. Como con cualquier otra emoción, si no dejamos que la viva, se quedará dentro. Pretender que un niño tenga menos miedo diciéndole cosas como: “que no pasa nada”, “que eso no da miedo”, “no seas tonto”, “con lo mayor que eres”… conseguimos que el niño sienta que no está bien lo que siente, por tanto que él no está bien. Negar su emoción es negar lo que él es.
Tenemos que darles seguridad con nuestras palabras: “no te va a pasar nada, estoy aquí”, y también empalizar con su sentimiento: “entiendo que esos ruidos te asustan, veo que te da miedo ese animal”, poniendo nombre a la emoción y acogiendo a los niños siempre que lo demanden físicamente.
Muchas veces en nombre de la autonomía y la independencia, dejamos que los niños pasen miedo solos en su habitación. Esto no los hará más valientes sino más inseguros. El proceso para eliminar esos miedos es madurativo y lo vivirán de forma más saludable si sienten que tienen una base segura a la que acudir cuando aparezcan.
En fin, que disfrutéis mucho con los niños si celebráis esta fiesta, pero no olvidéis que los sustos y las bromas son para disfrutar, todos. Si un niño lo está pasando mal, no quiere hacer algo o llora, claramente no está siendo divertido. Respetemos a ellos y a sus miedo, evitemos cosas para las que no están preparados y acompañemos si aparece la emoción.
¡FELIZ HALLOWEEN!

LA AUTOESTIMA


“Amarse a si mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.” Oscar Wilde
Pensad en un bebé de un año. Si os pregunto si tiene la autoestima alta o baja ¿qué diríais? Alta ¿verdad? Porque la autoestima, aunque nos hagan creer lo contrario, no es algo que hay que crear en los niños, basta con no robársela.
Los niños nacen muy seguros de si mismos. Sin miedos absurdos, quieren comerse el mundo, se sienten el centro del universo… pero la realidad es que luego nos encontramos muchísimos niños de tres y cuatro años que han perdido todo eso, se sienten inseguros, necesitan la aprobación externa constante y decimos que tienen una baja autoestima. Es entonces, cuando queremos subírsela, animándoles, diciéndoles que son los mejores… y eso, como os imagináis, no sirve, porque de lo que se trata es de no quitársela.
La autoestima, como su nombre indica, es algo personal de cada uno. Nadie me la puede dar. Por ejemplo, si yo me siento fea, aunque vengan diez amigas a decirme que estoy preciosa, eso no hará que no me siga sintiendo fea. Porque que me sienta fea es MI autoconcepto y solo yo puedo cambiarlo. Esto no significa que no podamos ayudar a los niños a recuperar la seguridad en si mismos, sino que decirles que son geniales y los mejores no les hará sentirse así.

Entonces si los bebés nacen con una gran autoestima. ¿Por qué con los años la pierden, qué hacemos los adultos mal para quitársela? Pues básicamente no atender a sus necesidades primarias. Si yo lloro y mi madre me coge, el mensaje que recibo es que merezco amor, por tanto me quiero. Si yo lloro y mi madre no me coge, yo entiendo que no soy digno de recibir amor, por tanto no me quiero. Sencillo. Otro ejemplo, si yo me enfado y mi profe me rechaza, interiorizo que no soy una persona digna de amor, no me quieren por como soy, entonces no me quiero. Si mi padre me ignora cuando tengo una rabieta, pienso que no merezco atención, no me acepto.

Amar incondicionalmente a un niño, es lo que hará que se sienta seguro de si mismo. Saber que es digno de ser querido por como es y no por lo que hace o deja de hacer. Los castigos, insultos, humillaciones, desprecios que reciben los niños por sus comportamientos, les envían un mensaje de que si hacen eso, no se les quiere, por lo tanto ellos lo van a vivir como que algo en ellos no está bien. Esto no quiere decir que vayamos a dejarles hacer lo que quieran, se trata de quererles a pesar de que hagan cosas que no nos gusten.

La autoestima también tiene que ver con sentirnos competentes y esto tiene mucho que ver con la independencia y autonomía. Pensad en las personas que admiráis porque se muestran muy seguras, son personas que se sienten realizadas con lo que hacen, que tienen un sentido en la vida y son felices haciendo lo que hacen. Para sentirme bien conmigo mismo tengo que sentirme útil. Si no me dejan hacer nada, me lo hacen todo, toman todas las decisiones por mi, es imposible que yo me quiera.

Por tanto, si ya tenemos un niño al que le han quitado su autoestima, tenemos que quererle, quererle bien, aceptarle como es, incluso cuando se equivoque, responder a sus necesidades de atención, de tiempo de calidad, de cariño, de aceptación... y por otro lado darle responsabilidades, hacer caso a sus intereses, que encuentre cual es su sitio y pueda desplegar todo su potencial en él. Que pueda sentirse bien haciendo lo que le gusta.

Pero si queremos evitar todo eso, prevención. Si cuidamos de los bebés y no les robamos la gran autoestima que traen de serie, nos podremos ahorrar en el futuro muchos euros en terapias y libros de autoayuda, ahí lo dejo.

MIS PADRES

“Hay dos regalos que podemos dar a los hijos: raíces para crecer y alas para volar.”

Hoy cumpl0 30 años. Hace 30 años mis padres también tenían 30 y me tuvieron a mi. Yo siempre dije que quería ser mamá antes de los 30 y aquí estoy, intentándolo hacer tan bien como ellos, que sin haber leído ni un solo libro sobre crianza, sin saber ni la mitad de lo que yo se, lo hicieron realmente bien y son todo un ejemplo para mi.
Mis padres nunca se burlaron de mi, porque llorara o porque tuviera miedo. Nunca me humillaron ni me insultaron ni me hicieron sentir menos.
Mis padres nunca usaron el chantaje para conseguir que me portara bien. Nunca me etiquetaron como niña buena o niña mala.
Mis padres no usaban el castigo para corregir los comportamientos, hablaban conmigo y me explicaban las cosas.
Mis padres no le daban mucha importancia a las notas, no me premiaban ni me regañaban por eso, tampoco me exigían de más ni me agobiaban con los deberes.
Mis padres nunca me obligaron a hacer una actividad extraescolar, me dejaban elegir lo que me gustaba, me daban muchas opciones y si no quería dejaban que no fuera.
Mis padres me dejaron siempre mucha libertad, más de la que se solía dejar, no eran rígidos con la hora de volver a casa y confiaban en que fuera sola al médico o a comprar.
Mis padres han sido la llave que me ha hecho descubrir el mundo. Me han acercado al buen cine, a la buena música y me han contagiado el gusto por leer.
Mis padres han sido un ejemplo de la importancia de tener amigos y cuidarlos. De ser generoso con los demás.
Mis padres me han hecho sentir que el mundo es un lugar seguro y agradezco por eso no ser una persona desconfiada y miedosa.
Mis padres me han dejado siempre ser quien yo quería ser, en todos los aspectos y apoyándome en todas las decisiones.
Mis padres nunca me han dicho como tenía que vestir, como tenía que ser, me han aceptado tal y como soy sin querer cambiarme.
Mis padres han sido y son mis amigos, con los que nunca ha habido tabúes y he podido hablar de todo. Porque creo que la gente que dice que no se puede ser amigo de los padres es porque ellos no lo son.
Por todo esto me siento una afortunada. Se suele decir que uno está orgulloso de sus hijos, yo lo estoy de mis padres. Espero estar a su altura.
Gracias.

DEPENDENCIA/INDEPENDENCIA

“¡Todos queremos hijos independientes! Que se levanten y se acuesten cuando les dé la gana, que sólo hagan los deberes si les apetece, que decidan por sí mismos si quieren ir a la escuela, que se pongan la ropa que más les guste y que coman lo que quieran… ¡Ah, no! No ese tipo de independencia. Queremos que nuestros hijos sean independientes, pero que hagan exactamente lo que les digamos.” Carlos González
Criar niños independientes está de moda pero hay mucha confusión. Cuando decimos que queremos que sean independientes, en realidad lo que queremos decir es que sean autónomos, que sepan valerse por sí mismos, que se vistan, que coman solos… pero eso nada tiene que ver con la independencia que les estamos imponiendo.
Todos somos seres interdependientes y necesitamos de los demás para vivir pero un bebé muchísimo más. Un bebé es un ser completamente dependiente y pretender que no lo sea es pedirle peras al olmo, es algo imposible. Dejándole dormir solo llorando o no cogiéndole cuando lo pide, no genera independencia. Es cierto, el niño dejará de llamar a mamá, pero no porque no la necesite sino porque sabe que no va a venir. Es muy diferente y muy triste.
La autonomía, como pasa con muchas otras cosas en la educación, no se enseña, se adquiere por madurez. Lo único que tenemos que hacer es dejarles. Dejarles comer solos, aunque manchen, dejarles jugar solos y no dirigir su juego ni intervenir constantemente. Les imponemos cosas para las que no están preparados pero luego no les dejamos que tomen decisiones o que hagan cosas que quieren porque creemos que nosotros las hacemos mejor, vestirles, darles de comer o no dejarles trepar o subirse a ciertos sitios porque nos da miedo. 
Pero es que mi hijo ya sabe hacerlo y aun así hay veces que no quiere. Bueno claro, como nos pasa a todos. Yo también se hacerme la cena, pero a veces estoy cansada y me gusta que me la hagan. Autonomía sí, pero con alegría. No se trata de obligar a que hagan cosas sino darles la oportunidad de que aprendan. Los niños pequeños quieren ponerse los zapatos, limpiar, cocinar y no les dejamos y años más tarde pretendemos que quieran hacerlo.
Pero volviendo a la dependencia. Existe un miedo. A que si respondo a todas las necesidades del niño, si le cojo mucho en brazos, si respondo cada vez que llora, será siempre un ser dependiente. Y no, lo cierto es que es todo lo contrario. Un niño que se siente querido y que es atendido se muestra más independiente porque sabe que si lo necesita su figura de apego va a estar ahí. Por el contrario, el que no ha tenido sus necesidades afectivas cubiertas, podrá parecer de primeras que es muy independiente, pero en realidad lo que le pasa es que ha desistido de pedir y por lo tanto, siempre será un ser más dependiente, de cariño, de contacto, de atención… demandando siempre aquello que no tuvo.
En conclusión, a los bebés, todo lo que nos pidan, brazos, consuelo, cariño, como la teta, a demanda. Y cuando empiecen a mostrar signos de autonomía, querer vestirse, querer comer solos, querer trepar, tomar decisiones… dejémosles, acompañémosles y nos estaremos asegurando una persona libre y autónoma. Porque la autonomía se aprende ejerciéndola.

LA VIDA ES DURA O LA FRUSTRACIÓN INNECESARIA

“Vivimos en una Sociedad, donde desde la más tierna infancia, se nos enseña a soportar la frustración. Existe la creencia generalizada, de que si no hay frustración marcada por los adultos, los bebés y los niños, no logran tener ningún límite a su demanda y como consecuencia, devienen en sujetos anti-sociales y no adaptados.” Yolanda González
Nos pasamos el día frustrando a los niños. Desde que nacen escuchamos frases como “no le cojas tanto que se acostumbra“, “no le des tanta teta que te usa de chupete” que no quieren decir otra cosa que: no respondas a sus necesidades primarias, contacto, alimento, succión… que se te subirá a la chepa y tienen que aprender, rápido y desde bien pequeños que la vida es dura.
Después los bebés crecen y seguimos frustrándolos. No le dejo eso, le pongo muchos límites y le digo a todo que no. Que aprenda que no todo puede ser, que la vida no gira en torno a él, es que la vida es así, tiene que aprender a frustrarse.
Efectivamente, la vida es dura y está llena de frustraciones. Y todos queremos que nuestros niños aprendan a tomarse las cosas bien y que no hagan un mundo de todo. Pero es que a tolerar la frustración no se enseña frustrando al niño. Lo que esto consigue es que el niño se enfade cada vez más porque verá el mundo como un lugar hostil donde nada puede conseguir. En cambio si veo que puedo lograr cosas, eso me hará una persona segura y por tanto que tolera mejor las frustraciones. (Hablaré próximamente del tema de la autoestima, que está muy relacionado con esto.) 
El mundo está lleno de límites que el niño se va a ir encontrando a lo largo de su vida, hay muchas cosas que le frustrarán, la vida es de por sí bastante frustrante así que no necesita que añadamos ninguna más. Imagínate que en el trabajo cada vez que fueras a hacer algo no te dejaran, que te regañaran constantemente, que te castigaran, que constantemente te hicieran esperar… ¿Cómo crees que tolerarías la frustración en un entorno así?
Un niño al que apenas se le dice que no, que tiene sus necesidades cubiertas, aceptará mejor cuando algo no pueda ser, confiará más en el adulto y en su criterio que si no le dejamos hacer nada. Sentirá que él también es escuchado y aunque esto no nos libre de rabietas normales si ayudará a que sean en menor cantidad.
Decimos a los niños que tienen que esperar, muchas veces no queremos darles las cosas rápido con la intención de enseñarles, para que aprendan que no todo es YA. Y es lo mismo, los niños los tres primeros años están en etapa egocéntrica, con lo cual no entienden de esperar. A partir de ahí, y no de un día para otro, podrán cada vez esperar más y ser más pacientes. Es un proceso, que como todos, (control de esfínteres, andar, empatizar…) no se enseña, se adquiere con la madurez. No tenemos que hacer nada. Podemos darles las cosas cuando nos las pidan sin miedo a estar creando monstruos impacientes.
¿Significa esto que tenemos que darles todo a los niños y evitar cualquier esperar? Evidentemente que no. Hay límites que obligatoriamente tendremos que poner, pero son pocos (en el coche hay que abrocharse por ejemplo) y habrá veces que por circunstancias no podamos darles lo que quieren ya mismo, (la comida aún no está lista), pero eso nada tiene que ver con frustrarles o hacerles esperar con el propósito de que aprendan algo. Será además duro para ellos, agotador para nosotros y una gran pérdida de tiempo porque no habrá servido de nada. Bueno sí, les hará creer que la vida es más dura de lo que es en realidad y por tanto a tolerar peor la frustración, justo lo contrario de lo que pretendíamos.

DEJAR LLORAR O LA INDEFENSIÓN APRENDIDA

“Cuando un recién nacido aprende en una sala de nido que es inútil llorar está sufriendo su primera experiencia de sumisión.” Michel Odent
La vuelta al cole está aquí a la vuelta de la esquina y con ella llegan los terribles períodos de adaptación. Terribles para los educadores pero sobre todo terribles para los más pequeños. Para hablar de este tema voy a contaros la historia de cuando me llamaron para trabajar en una escuela infantil y duré tres días porque no lo podía soportar.
Era agosto y la escuela tenía muy poquitos niños. Había uno nuevo, era bebé, tenía solo cuatro meses. Entré el primer día y el resto estaban viendo dibujos en la pantalla digital. El bebé lloraba sin parar. Lo cogí sin preguntar. Su profe no me dijo nada pero noté que no le sentaba bien. Ella mientras, estaba sentada mirando como los demás veían los dibujos. Yo cada vez que podía le cogía. El segundo día mientras yo estaba en el aula de al lado oía al bebé llorando en la cuna, solo, en una habitación. La profe decía que se tenía que acostumbrar así a dormir. Yo no podía soportar escucharle. El tercer día cuando entré, el bebé estaba en la hamaca mudo. La profe me miró y con cierto rintintín dijo: ¡Qué bien mi chico ya está adaptado, ya no llora! Salí llorando ese día y no volví más.
Eso no es adaptarse, es resignarse. Es aprender que llorar no me va a servir de nada en este mundo cruel, porque nadie me atiende. Es enseñarle desde muy pequeñito que no se queje cuando algo le haga sentir mal. Es decirle que sus necesidades no importan. Es mostrarle que no merece ser querido y atendido. Es todo eso y mucho más.
Por eso yo no dejo llorar a mi hija ni a ningún niño solo. Porque el llanto se inventó para algo. Los niños lloran para que los atendamos. No pueden hablar y es su única manera de comunicarse con nosotros. Puedo entender que en el aula es muy difícil atenderlos a todos, prácticamente imposible muchas veces, por eso insisto en que la escuela infantil no es el mejor lugar para un niño pequeño y eso nada tiene que ver con que las maestras lo hagan lo mejor que puedan.
Me parece indignante que se esté dando por hecho que los niños tienen que llorar unos días mucho hasta que se cansen y dejen de hacerlo. Que muchos padres y profes entiendan eso como normal cuando es horrible, me parece normalizar el sufrimiento. Hay que luchar por unos períodos de adaptación más largos donde los niños puedan vincularse con un nuevo referente, que aunque prefieran estar en casa, se sientan seguros en la escuela y que sepan que si lloran alguien los va a atender.
Y si tienes 20 y todos lloran y no puedes cogerlos ni atenderlos personalmente porque estás desbordado al menos acompaña, estate presente, diles que los entiendes, no los ignores ni los dejes llorando solos pero sobre todo lucha como puedas para que esto cambie.
¿Y qué es eso de la indefensión aprendida? Justamente lo que acabo de explicar. “Condición de un ser humano o animal que ha “aprendido” a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva.” Ese bebé que ya no llora cuando quiere brazos será ese niño que le quitan un juguete y se queda parado, que le pegan y no se defiende. Y ese niño será el día de mañana un adulto que cuando abusen de él en el trabajo agachará la cabeza y no se quejará ante lo injusto.
Porque los niños que normalmente decimos que son muy buenos, que no pegan, que no se quejan y que obedecen a todo no son niños sanos, son los que ya han perdido toda capacidad de defensa, algo que es bastante grave y que empieza en la cuna.

LA TRIBU, O LA FALTA DE ELLA

“Par educar a un niño hace falta una tribu entera”. Proverbio africano.
Nunca antes en la historia las madres hemos criado tan solas. Creemos que estamos cansadas por culpa de los bebés, pero lo que cansa no es el bebé en sí, lo que cansa es cuidarlo sola, sin apoyos y tenernos que encargar no solo del bebé sino de todo lo demás.
Vivimos cada vez de una forma más individualista. Hemos pasado de vivir en tribus a no conocer ni el nombre de nuestra vecina de enfrente, que igual hasta tiene un bebé y está igual de sola que tú. Estamos solas, en nuestras casas que se vienen abajo, con un bebé que demanda toda nuestra atención y nuestra familia quizá está a cientos o miles de kilómetros.
Para cuidar hace falta que te cuiden y este sistema está montado para que nadie se ocupe de las madres. No hay apoyo económico, ni social que se encargue de la crianza, por lo que se vive desde una situación de estrés y cansancio.
Antiguamente las familias vivían juntas, cerca. Había redes de apoyo en la comunidad, en el pueblo. Todos cuidaban de todos y las abuelas, tías y vecinas se encargaban de las mamás. Cuidar a un bebé es un trabajo en sí mismo, como contaba en el post de Maternidad y feminismo y exige todo tu tiempo y atención. Si además de eso tienes que preparar la comida, poner lavadoras, comprar, atender hermanos si los hay… llega un momento que no puedes más. Es un trabajo 24 horas, sin desconexión. 

El tipo de crianza que escogemos también influye en esto. Como las madres no tienen apoyos y están cansadas, muchas veces se escogen estilos de crianza que no respetan las necesidades del bebé. Se deja llorar para que se acostumbren, no se les coge en brazos, se les tiene demasiado tiempo en tronas, hamacas y carritos. Los bebés pagan nuestra falta de tribu.
Además estar con un bebé aunque es una personita que te acompaña, no es compañía de la que necesitas. Las madres necesitan relacionarse con otras madres, estar con adultos, para compartir, para hablar, para apoyarse… porque somos seres sociales. Y estar en casa sola con un bebé 10 horas o más no es ni natural ni saludable. El bebé disfruta también de estar en tribu, de escuchar a los adultos hablar, del ambiente de comunidad. 
En la tribu mientras la mamá está dos horas con el bebé en la teta y el papá está cazando, la prima juega con el hermanito del bebé, la tía prepara la comida para todos, la abuela lava la ropa, la amiga charla con ella mientras da teta a su bebé también y después la hermana le tiene al bebé una horita para que ella pueda descansar.
Sí, lo sé, no vivimos en tribus, estaría bien para algunas cosas pero no, vivimos en la sociedad que nos ha tocado, para bien o para mal pero una puede buscarse su propia tribu, incluso aquí. La mía la encontré en las clases postparto, en los grupos de crianza, con las abuelas que cuidan a sus nietos en el parque (madres hay pocas), y hemos tejido una red que no es la tribu que soñamos pero ayuda, sostiene y hace de la crianza algo un poco menos difícil. Os animo a buscar la vuestra, a mi la mia me ha salvado.

NO PASA NADA

“Cuando empezamos a ser más conscientes de aquello que nos pasa a nosotros, nos es más fácil entender y conectar con el otro. Cuando comprendemos más al otro, también le podemos amar más.” Yvonne Laborda

No pasa nada, les decimos a los niños muchas, muchas veces. Cuando se caen, si se les rompe algo, si lloran por alguna cosa. Lo hacemos con la mejor intención, para restarle importancia, porque pensamos que así pasará antes pero sucede justamente al revés.
Imagina que te das en la pierna con el pico de la mesa y pegas un grito. ¿Qué te hace sentir mejor que te digan: oye no grites que eso no es nada o que te dgan: uff eso duele como te entiendo? Ahora imagina que has roto con tu pareja y estás llorando, ¿prefieres que te digan, ya pasó, ya está, vale ya de llorar, no es nada o que te abracen y te digan: llora lo que quieras, entiendo tu dolor, debes sentirte fatal?
Los niños como los adultos necesitan comprensión. El primer paso para ayudarles a desarrollar sanamente su mundo emocional es dejarles que sientan, y no juzgar ni ignorar sus emociones. Cuando nos reímos de sus miedos, nos enfadamos por sus llantos o ignoramos su tristeza, les estamos diciendo que sentirse así está mal. Decir que no pasa nada cuando para ellos sí que pasa es negar lo que están sintiendo.
A nosotros nos puede parecer una tontería el motivo de por qué lloran, pero lo que a nosotros nos parezca da igual. Para ellos es importante, están tristes y quieren que se les entienda. Además un niño que es comprendido saldrá mucho antes de su estado que uno que no. Si me pongo a llorar porque se me ha roto un juguete y mi mamá se ríe, me ignora o le resta importancia, eso no me ayudará a estar mejor. Porque encima de que estoy triste por mi muñeca rota, se suma que mi madre se ríe de mi o me ignora, lo que hará que me sienta aún peor.

Esto no quiere decir que tengamos que asustarle sé más o hacer un drama donde no lo hay, si un niño se cae y nos ve una cara de espanto será peor, pero eso no significa que debamos quitarle importancia a su dolor. Además con niños muy pequeños a veces sí que nos tocará distraerlos porque no pueden entender los límites o porqué no pueden tocar eso o abrir ese cajón.

En definitiva, acompañemos las emociones de los niños, pongámosle nombre y demos importancia a lo que les pasa. Porque no es lo mismo decir: no te pongas así, te he dicho mil veces que no te voy a comprar más chuches, que decir: entiendo que estés enfadado, sé que te encantan las chuches pero no puedo comprártelas porque no son buenas para ti. Es muy diferente. Su reacción también lo será. No dejarán de llorar de inmediato porque les comprendamos,eso está claro, pero os aseguro que no se sentirán igual. Probadlo y me contáis.

EL CHUPETE

“Lo peor no es que el pezón sea de plástico, sino el cuerpo que falta detrás del chupete” Casilda Rodrigáñez
Si eres madre y lactante seguro que has escuchado la frase de “te está usando la teta de chupete”. Estamos tan sumamente desnaturalizados que esa frase la asumimos y nos parece normal. Vamos a ver, ¿qué vino antes, la teta o el chupete?, ¿no será que los niños usan el chupete de teta? Ver a un niño de dos años con chupete nos parece de lo más normal. Ver a una niña de uno tomando teta ya llama bastante la atención. Porque sí, hay que dar teta, sino te juzgarán, pero solo unos meses, si te pasas de eso, te juzgarán también. Está complicado el asunto. Pero ese es otro tema…
El chupete se inventó para comodidad de las madres. Los bebés demandan mucha teta, no solo para comer, también es contacto, calor, placer, relajación, olor… (por eso no tiene sentido dar teta cada tres horas). Y ante tanta demanda, que es agotadora, inventamos el chupete para ponernos las cosas más fáciles.
El chupete no es el demonio, es un recurso, para mamás que no dan pecho, para mamás que no quieren o no pueden con esa demanda o para cuando mamá no está. Yo lo he usado también varias veces hasta que Mia me dejo claro con seis meses que no lo quería escupiéndolo, en el coche por ejemplo, aunque luego descubrí que haciendo contorsionismo podía darle teta también (no cuando voy de conductora obviamente), pero el problema que veo no es su uso, sino su mal uso y su abuso. Me explico.
Cuando un bebé llora o se queja, puede ser por muchas cosas, pero lo primero es darle contacto, brazos. A veces basta con eso y se calman, a veces no quieren succión, ni teta, nada más quieren atención. Utilizar el chupete para no coger a un niño me parece un error, porque igual que no es lo mismo dejar a un bebé de meses tomarse un biberón solo, sí lo he visto, que dárselo, no es lo mismo utilizar un chupete en brazos, que dárselo cuando un bebé llora y no atenderle. Porque incluso el niño que sí está pidiendo succión, lo hace porque le relaja no el hecho en sí, sino estar en contacto con su madre o adulto de referencia. Por tanto el chupete sí, pero que no se convierta en un artilugio para cogerles menos, que a veces se nos va un poco la cabeza y ya hasta existen cunas que se mueven solas y en las que se graba la voz de la madre. ¡A ver qué más podemos inventar para no tener que atender a los bebés!
Por otro lado veo un abuso del uso del chupete, cuando veo a niños de dos o tres años jugando en el parque con un chupete en la boca. Una cosa es que el niño utilice un chupete para relajarse, para dormir, en brazos… como podría demandar el pecho y otra es que viva con un chupete en la boca, que además de deformarle la boca y dificultarle el habla podría ser señal de que algo está mal si necesita constantemente esa succión.
Y por último creo que cometemos otro error. Somos nosotros los que se lo damos, ellos no nos lo pidieron y luego nosotros decidimos cuando y como quitarlo. A veces de un día para otro, bruscamente, o incluso en algunas escuelas en un momento dado ya no lo dejan. El chupete es consuelo y quitarlo debería hacerse de una forma respetuosa y poco a poco como haríamos un destete y a la edad que se da naturalmente que es alrededor de los tres años.
En conclusión, ¿chupete? No tienes por qué usarlo, no lo necesitan, pero si decides usarlo que no sea para sustituirte, es un objeto, nunca podrá hacerlo.

LOS JUGUETES PARA BEBÉS

“Las manos son el instrumento de la inteligencia.” M. Montessori
Le compré una cosa superchula y ella jugaba con el papel. Lo hemos oído todos. Es una realidad y aun así seguimos llenando a los niños de juguetes a los que sabemos que apenas harán caso. Muchas veces por cumplir, porque nos hace ilusión a nosotros, nos hubiera encantado tener ese juguete de pequeños o no sabemos qué regalar. Pero un bebé no necesita juguetes. Es un gasto inútil. Y no solo eso, sino que los juguetes para bebés pueden incluso ser contraproducentes.
Los primeros meses apenas juegan, su juguete preferido es mamá y su mejor juego estar en brazos. Pero después empezamos a colocarlos en el suelo para que comiencen a moverse y cometemos el primer error. Les colocamos bajo móviles de colores que se mueven (gimnasios) que distraen al bebé de descubrir su propio cuerpo. Se quedan mirándolos en vez de cogerse los pies, jugar con sus manos y empezar a girarse para dar la vuelta.
Más tarde, les comenzamos a poner juguetes que llamen su atención para que se muevan. Pero os voy a contar un secreto, a los bebés no les gustan mucho los juguetes, un rato sí, pero no mucho. ¿Sabéis por qué? Porque son todos iguales.
Los niños descubren el mundo a través de las manos. Tocando los objetos, mirando, chupando… Y a los juguetes de bebés les pasa una cosa: son todos de colorines, huelen, saben, suenan y se sienten igual. ¡Son un rollo! Ellos quieren comprender la vida a través de los objetos y por eso les gustan tanto las cosas de verdad. Porque los materiales reales suenan diferente al golpearlos. La madera y el metal saben distinto. Una tela y una goma tienen diferentes texturas. Además, los juguetes tienen pocas opciones, a veces lo dan todo hecho.
Muchos juguetes para bebés suelen estar llenos de colores y sonidos. Pensamos que a los niños esto les encantará. ¡Hiperestimulación! Pero ocurre una cosa. Si el juguete se mueve y suena solo o dándole a un botón. ¿Qué más puede hacer el niño con él además de mirar? No fomenta el movimiento porque el niño se quedará parado mirando, no fomenta la creatividad ni la curiosidad por ver que puede hacer con él. Convierte al bebé en un ser pasivo ante el juego. No invita a mucho.
Los bebés juegan con el papel porque se puede romper, suena al estrujarlo, se estira, tiene muchas más posibilidades. Y también porque es algo nuevo, no como lo que hay dentro del paquete, que a lo mejor se parece muchísimo a otro juguete que ya tiene. Los niños necesitan cosas diferentes que permitan hacer cosas diferentes. El juguete estrella de mi hija por ejemplo, es mi cartera: cremallera, botones, sacar tarjetas, motricidad fina, descubrimiento, imitación, error, reto… lo tiene todo.
No digo que los juguetes sean el demonio. Además hay juguetes mejores y peores. Digo que no los necesitan. Que lo mejor que podemos ofrecerles a los bebés son cosas reales no peligrosas. El cesto de los tesoros y el juego heurístico son opciones que se utilizan mucho en escuelas infantiles y se basan en esto. 
Dejarles a los bebés todo lo que se nos ocurra para jugar es la mejor forma de que desarrollen su inteligencia. Si un niño va a la escuela infantil o está en casa y encuentra cada día los mismos juguetes de plástico de colores prácticamente igual, lo que podrá aprender de ellos se verá muy limitado. Invito a padres y maestras a abrir los cajones de su casa. Hay un mundo entero ahí dentro por descubrir que les encantará. Y si eres minimalista como yo, no pasa nada, siempre puedes ir a casa de las abuelas, esas sí que están llenas de tesoros.

AMOR CONDICIONAL, AMOR CON CONDICIONES

“Es fácil amar a alguien cuando todo es perfecto. Mantener ese amor durante los momentos imperfectos es lo que lo hace un amor incondicional”

Si no te comes la verdura no hay postre.

Si sigues así te vas a quedar sin ir a la fiesta.

Si te pones pesado no te lo compro.

Si seguís sin hacer caso os quedáis sin patio.

Si me contestas te vas a enterar.

Si no recoges eso te lo tiro a la basura.

Si apruebas te lo compro.

Si no te estás quieto no venimos más.

Si no sabéis jugar nos vamos.

Si no me das un beso ya no te quiero.

Chantajes, amenazas, castigos, manipulación. Amor condicional. Amor con condiciones.

¿POR QUÉ MI HIJA NO VA A LA ESCUELA INFANTIL?

“Es antinatural que los niños vayan a la guardería y sus padres les vean solo dos o tres horas al día” Carlos González

Lo primero porque puedo y porque quiero. Esto lo quiero dejar claro porque respeto profundamente a los que no quieren quedarse en casa cuidando de un niño pequeño porque necesitan realizarse fuera en sus trabajos. Y obviamente soy consciente de que hay muchas personas que quieren y no pueden cuidar a sus bebés porque tienen que volver a trabajar para no ser despedidas, para llegar a fin de mes o por razones varias.
Yo he elegido quedarme con mi hija porque puedo. Como contaba en el post de: Yo tampoco quería ir al cole, al entrar en el mundo de la educación alternativa y de la crianza respetuosa cambió mi vida. No solo a nivel profesional sino también en lo personal. Hubo en cambio de consciencia respecto a muchos aspectos sobre como vivimos y a la forma de consumo que tenemos que me hizo cambiar y aprender a vivir con menos y necesitar muy poco. Y este cambio es, entre otras cosas, lo que me permite poder estar en casa con Mia.
Y lo he elegido porque quiero. Soy maestra de infantil y Madre de Día, con lo cual, me dedico a cuidar niños. Me gusta, me realiza y por tanto disfruto y obviamente prefiero estar con ella que con los hijos de otros aunque sea duro y cansado y nadie te pague por ello, pero ese es otro tema…
Pero además lo hago porque estoy convencida de que es lo mejor para ella. Al sistema le interesa que te pongas pronto a trabajar, a los cuatro meses exactamente. Cuando aún ni tu cuerpo ni tu mente están preparados para separarte del bebé. No lo digo yo, lo dice la evidencia científica. Criando no produces. Y entonces el sistema te ofrece las escuelas infantiles y te dice que son lo mejor. Hablan de conciliación y los partidos supuestamente más modernos hacen propuestas para hacer escuelas públicas desde los 4 meses. Conciliar no es dejar a tu bebé ocho o más horas en una escuela. Pero ese tampoco es el tema…
El tema es que nos hacen creer que lo mejor para el bebé es la escuela. Porque se inmuniza, porque socializa, porque le estimulan, porque así espabila, que sepa que no es el centro de atención… y demás cosas que he oído tantas veces ya que se acaban aceptando como verdades. Pero no son ciertas.
Los bebés tienen un sistema inmunitario que se está desarrollando. Exponerlos a un espacio cerrado lleno de virus es malo para su salud. Que un niño caiga enfermo cada quince días, con su respectivo antibiótico o medicamento no le hace más fuerte, sino todo lo contrario.
Si has estudiado algo sobre el desarrollo del niño de 0-3, sabrás que los niños más o menos hasta esa edad no socializan, no hacen juego simbólico, sino en paralelo. Es cierto que disfrutan de estar con niños, cosa que se puede lograr en parques y con la familia. Pero un niño que no ha ido a la escuela infantil no tiene problemas de socialización porque allí lo que hará será pelearse por un juguete, morderse, tirarse del pelo… no pueden hacer otra cosa. Además ¿es realmente socializadora la escuela? Otro día hablaré de ello…
Un niño que va a la escuela infantil no está más espabilado ni más estimulado que uno que no. Creo que se confunde estar espabilado con que un aula de 1-2 años con 20 niños que quieren lo mismo y falta de manos para atenderlos correctamente puede convertirse en la jungla y entonces prima la ley del más fuerte. Pero eso nada tiene que ver con estar espabilado. La estimulación es post para otro día también. De antemano digo: a los niños, a no ser que tengan problemas, no hay que estimularlos. Yo no hago nada para que mi hija aprenda, solo dejándoles material adecuado y libertad lo aprenderá todo sola.
Y si eres profe de infantil, también sabrás que es normal y saludable que el niño se sienta el centro de atención. No puede ser de otra forma, es madurativo. Hasta alrededor de los tres años no puede entender las necesidades del otro. Está en una etapa egocéntrica. Cree que el mundo gira en torno a él y necesita que así sea para desarrollarse, por eso es una locura que una persona esté sola para atender física y emocionalmente a veinte niños. No puede.
Y antes de acabar, repito que soy profe de infantil. Que me parece una profesión preciosa y necesaria. Que las maestras hacen una labor muy dura y muy poco reconocida. Que al final vivimos en un mundo en el que existen las escuelas, porque no todas las familias tienen las mismas necesidades ni las mismas opciones y me parece bien. Si les llevas como si no. Pero al menos, creo que ayuda mucho saber que no es una necesidad del niño, que no le hará más listo, ni más sociable ni más espabilado. Y teniendo esto claro, si decides escolarizar,  será más fácil encontrar una escuela que responda a sus necesidades de la mejor manera. Porque no, no todas las escuelas son iguales. Pero como os imagináis… eso también es otro tema y os lo cuento otro día.

LAS BAJAS IGUALES E INTRANSFERIBLES SON UNA MEDIDA MACHISTA

“Que la tramitación a ley de los permisos iguales e intransferibles haya sido aprobada por unanimidad total por todos los partidos del parlamento, es la prueba de que no es una medida con visos de cambiar nada fundamental, y desde luego no es en absoluto antipatriarcal ni anticapitalista” Patricia Merino
Se ha aprobado la propuesta de que la baja de paternidad sea de cuatro meses igual que la de la madre e intransferible, es decir, obligatoria. Se ha hecho en nombre de la igualdad y creo que la medida no puede ser más machista y adultocéntrica.
Porque da privilegios a los hombres y a las mujeres, que llevamos años pidiendo que aumenten la de maternidad, al menos hasta los seis meses que es lo que recomienda la OMS para las que eligen lactancia materna, no nos hacen ni caso.
Porque es meterse en la organización de cada familia a decidir lo que tienen que hacer. Otra vez diciéndoles a las madres lo que las hará libres y en nombre de la realización personal. ¿Y si a mí me realiza o me hace más libre quedarme cuidando de mi bebé que trabajando en una empresa?
Porque dicen que así las empresas contratarán igual hombres que mujeres. Eso va a seguir siendo igual, porque las que nos embarazamos, que no se olvide, somos nosotras, así que las empresas seguirán igual. Y si el problema es con las empresas, que tomen medidas hacia ellas, como incentivar que contraten mujeres embarazadas o penalizar que las echen, no contra las mamás y los bebés.
Porque dicen que eso es igualdad. Pero es que queremos equidad, no igualdad. Porque nosotras somos las que parimos y damos el pecho las que queremos y tenemos derecho a tener unas bajas dignas para hacerlo. Si se buscase la equidad, en vez de hablar de bajas de paternidad con un bebé de cuatro meses, se podría hablar por ejemplo de que el padre se cogiera esa baja en los años siguientes. La infancia es muy larga, hay que quedarse con el niño cuando está malo, llevarlo al médico, ir a reuniones escolares…
Porque se supone que todas las madres prefieren ir a trabajar que quedarse con un bebé de cuatro meses. Pues mira, habrá unas que sí y habrá otras que no. Pero legislar obligando a que te tengas que ir sí o sí, llorando y con el alma rota, es de todo menos feminista.
Porque nadie hace políticas sobre el cuidado de las personas mayores ni sobre quien limpia el baño o hace de comer y por eso nadie debería hacer política sobre quien cuida de los bebés.
Porque se está obviando completamente los derechos del bebé poniendo por encima el derecho de los adultos. El bebé tiene derecho a tomar el pecho y a estar con su figura primaria si esta así lo desea. Y aunque a muchas y muchos les pese, el bebé a quien necesita al principio es a su mamá o vínculo primario.
Porque seríamos el país de Europa con las bajas de paternidad más largas y las de maternidad más cortas. Otra vergüenza más.
Porque si fueran transferibles, como en los países más avanzados, cada familia podría decidir lo que mejor le conviene. 
Por todo esto estoy indignada. Abro debate.

¿POR QUÉ MI HIJA NO LLEVA PENDIENTES?

“No es mi responsabilidad ser bonita. No estoy viva para ese propósito” Warsan Shire
Hacemos muchas cosas a lo largo de nuestra vida que si reflexionáramos mucho sobre ellas, no haríamos. Bebemos leche que para ser extraída ha conllevado sufrimiento animal, compramos ropa la cual lleva detrás explotación de personas y también ponemos pendientes a las niñas. Se ha hecho siempre, no paramos mucho a pensar en ello para que no aparezca la “disonancia cognitiva”, término que me encanta y que tanto malestar nos provoca.
Pero a veces sí nos paramos, pensamos, lo vemos claro y ya no podemos hacer las cosas de otra forma. Y eso es lo que me pasó con el tema de los pendientes de mi hija.
Nos escandalizamos con las mutilaciones que se les hacen en algunos países a las niñas, pero los pendientes sin ser exactamente lo mismo, tienen una base común. Marcar a las niñas desde que nacen, perforándoles su cuerpo con la excusa de que quedan bonitos o de que así se sabe que son niñas (como si eso fuera importante para algo más que para que la gente por la calle no se confunda).
Esos agujeros que les duelen, que se les pueden infectar, que se les puede enganchar, en definitiva, que les hemos hecho en su cuerpo sin su consentimiento, nos parecen bien porque son en las orejas y porque lo hemos decidido nosotros. Si con diez años quieren agujerearse la lengua o el ombligo ya no nos parece tan buena idea, porque los agujeros solo cuando y donde manden los adultos.
He oído de todo. Que mejor ahora que no les duele, como si los bebés fueran insensibles al dolor. Que así no se acuerdan. Como si no acordarte te ahorrara el mal trago. Que ya se los querrá hacer ella de mayor y será peor. No entiendo que sea peor si es su decisión. Y me han preguntado ¿y si luego se los quiere hacer? Pues que se los haga obviamente, es su cuerpo y puede agujereárselo si quiere y donde quiera.
Además el tema de los pendientes en las niñas lleva implícito algo más profundo. Algo muy machista. Relacionado con el respeto al cuerpo. Queremos educar a las niñas en que su cuerpo es suyo, que nadie puede tocarlo sin su consentimiento pero les obligamos a dar y recibir besos que no quieren y les hacemos pendientes. Todo una gran contradicción.
Y no, no es una crítica a los papás que han decidido hacerlo. Entiendo que cada uno es libre para tomar las decisiones que quiere y que se hace en base a la información y circunstancias que se tiene. Solo es una invitación más a reflexionar sobre lo que hacemos por costumbre, porque todo el mundo lo hace y que quizá viéndolo desde otra perspectiva podría cambiar nuestra forma de hacer las cosas.
¿Y vosotros qué pensáis? ¿Si volvierais atrás se los haríais a vuestras hijas?

POR FAVOR, NO SENTÉIS A LOS BEBÉS

“El niño que llega a algo por su propio medio adquiere conocimientos de otra naturaleza del que recibe la solución totalmente elaborada.” Emmi Pikler

El otro día contaba mi experiencia en la escuela tradicional y como me llevó a acabar descubriendo las pedagogías alternativas, que cambiaron mi vida. Entre todo lo nuevo que fui descubriendo, hubo algo que me conquistó y que a día de hoy me parece importante y necesario para cualquier papá, pediatra o profesional de la educación infantil. Es Pikler o el movimiento libre.
Emmi Pikler fue una pediatra que trabajó durante muchos años en Budapest con niños sin hogar. En el orfanato pudo estudiar el movimiento de los bebés y su desarrollo en libertad, sin intervención adulta. Y de esos estudios nace lo que hoy llamamos movimiento libre, y que por desgracia tantos profesionales aún desconocen.
Pikler dice que la posición de la que parten los bebés es boca arriba. De ahí aprenderán a darse la vuelta, después reptarán, para más tarde gatear, sentarse, ponerse de pie y andar. Parece sencillo y obvio, pero la realidad es que hoy en día hay muchos niños, muchísimos diría yo, que no gatean, que no reptan y que se pierden una gran cantidad de aprendizajes en su desarrollo motor. Esto ocurre por varias razones.
Desde la desinformación que existe aún hoy, en muchas consultas pediátricas se insiste en poner a los bebés boca abajo cuando son muy pequeñitos, con intención de que fortalezcan el cuello, una postura que no les suele gustar nada, ya que no suelen estar preparados. También se mira como un logro cuando el bebé se sienta con apoyo, cosa que hace que muchísimos adultos sienten a los bebés cuando sus espaldas aún no están preparadas.
¿Y qué ocurre cuando les sentamos? Lo primero aclarar que no es bueno porque forzamos su columna que evidentemente no está preparada, cosa que vemos claramente porque se caen para los lados y hacia atrás. Lo segundo es que como no es una postura a la que han llegado por ellos mismos, lo que suele ocurrir cuando empiezan a gatear, no pueden salir de ella. Un niño que se ha aprendido a sentar, sabe volverse a tirar al suelo a gatear o reptar. Un niño al que se le sienta se queda bloqueado, no puede moverse, depende de nosotros para cambiar de postura por lo que se pierden un montón de movimientos, pasando muchas veces directamente a andar desde la postura sentado, hasta “culear”, moverse arrastrando el culo desde la posición sentado. En las escuelas y muchas familias que desconocen esto, sientan a los bebés alrededor de los seis meses y ahí se pasan jugando los niños mucho tiempo. Pikler en sus estudios demostró que el niño es movimiento y que cambia de postura muchísimas veces. Estar en la misma postura jugando para un bebé es completamente antinatural. Pero claro, no pueden hacer otra cosa, porque no pueden salir de esa posición.
Además pasa otra cosa, si sentamos a un niño a jugar sentado, obviamente rechazará que le tumbes. La visión en vertical les gusta más, entonces ya no quieren estar jugando boca arriba ni boca abajo, ni reptar, que es lo que les toca por su edad. Y esto puede hacer que se pierdan todo lo demás.
Lo mismo ocurre con ponerlos de pie. Si lo pongo de pie agarrado a un mueble antes de que él lo haya logrado, lo primero es que estoy forzando sus piernas que no están preparadas, y lo segundo es que se quedará ahí sin poder moverse hasta que alguien lo cambie de postura. En cambio si él logro arrodillarse y ponerse de pie, aprenderá también a bajar.
Igualmente ocurre con el andar. A los niños no hay que enseñarles a andar. Lo harán cuando estén preparados. Dar las manos a los bebés en alto para que den pasitos, además de que es fulminante para nuestras espaldas, no les enseña a andar bien, no es desde su iniciativa cuando están preparados, dependen de nosotros para desplazarse y además pasa igual que con lo de sentarlos, si lo hacemos pueden después rechazar gatear y solo querer que les lleves andando tú.
En el instituto Pikler, el cien por cien de los niños gateaban. En libertad, con posibilidad de movimiento y sin intervención adulta los niños gatean y hacen todas las posiciones por ellos mismos, antes o después. Así que por favor, ¡no sentéis a los bebés!

NO

Desgastamos el NO con los niños. Decimos más noes de los que necesitan, de los que pueden comprender, de los que pueden cumplir.
Ya desde que son bebés se lo decimos mucho, queremos que aprendan que hay cosas que NO y punto. Pero los bebés no pueden entendernos.
Mucha gente me ha dicho a lo largo de mi trayectoria profesional que sí te entienden, porque cuando van a coger eso que no deberían los niños te miran, como sabiendo que les vas a regañar, como retándote. Por favor, un bebé no te reta, a un bebé como mucho le hace gracia tu reacción y entonces lo repite, o se sorprende por tu cara de enfado y quiere comprobar si la vuelves a poner.
Y lo peor es que a veces sí parece que han aprendido y dejan de tocar ese jarrón de la mesa después de que le has regañado 20 veces. Pero no por comprender que no se toca eso que es delicado (es un bebé y no da para tanto), no porque es un niño bueno y obediente, sino por miedo, para agradarnos, porque ha visto que si lo hace se enfadarán con él o le gritarán y quiere evitar eso. Y obviamente, creo que ese no es el tipo de relación que queremos tener con nuestros niños.
Yo también digo que no muchas veces a mi hija de un año y en realidad no se por qué lo hago. No pretendo que aprenda nada, se que no lo hará. Lo digo que cuando hay peligros, porque hay cosas con las que no puede jugar porque son peligrosas, pero es mi tarea no ponerlas a su alcance y si aun así llegan a sus manos, la intento distraer y siempre se me escapa un NO que no es un reproche sino casi un no para decirme a mí misma que tengo que tener más cuidado la próxima vez.
Si un niño pequeño pudiera realmente entender el NO, no pondríamos protectores de enchufe, les enseñaríamos que eso no se toca y ya está. Sabemos que van a ir ahí por mucho que se lo digamos, así que la única opción es protegerlos. Pretender que no toquen cosas que están a su alcance es agotador y desgasta mucho. Además es una pérdida de tiempo.
Cuando ya no son tan bebés, seguimos con el no en todo momento. No te subas ahí, no hagas eso, no corras, no se hace eso. Sobran la mayoría. Deberíamos guardar los NO para cuando sean absolutamente necesarios. Para que tengan valor el día que realmente los necesitemos. Los NO que valen son los que les protegen, los demás suelen estar de más. Todos conocemos a niños que a todo les dicen que no y ya les da igual, la palabra ha perdido todo su significado.
Voto por más SÍ. SÍ puedes subirte ahí, yo me quedo aquí cerca por si te escurres. SÍ puedes correr, si te caes es normal, no pasa nada. SÍ puedes comerte otro bombón, estamos de fiesta. SÍ puedes saltar en el charco, luego te cambio de ropa. SÍ podemos quedarnos un rato más en el parque, ya pondré mañana la lavadora. SÍ puedes saltar en la cama, es divertido, a mí también me encantaba cuando era pequeña (con mi hermana una vez hasta partimos una madera del somier, pero no es nada grave y compensa).
Pensadlo, cuando nuestros niños se hagan mayores y echen la vista atrás todos los noes les pesarán, en cambio serán los síes los que recordarán y les harán sonreír. 

LAS EMOCIONES

“Enfadarse con un niño enfadado, gritarle a un niño que grita, y pegarle a un niño que pega, es como embarrarle de lodo porque se ha ensuciado y esperar que así se limpie.” L. R. Knost
Hugo tiene cinco años y está pasando el momento más difícil de lo que lleva de vida. Acaba de tener una hermanita y está muy celoso. Su forma de expresarlo es con potentes rabietas y contestando mal a cualquier adulto que intente hablar con él. Su profe cada vez que se pone así porque algo no sale como él quiere, le castiga y se enfada diciéndole que hasta que no se calme no le va a hacer caso y que esas no son formas de ponerse. No soporta verle fuera de sus casillas. Hugo no quiere ir al cole.
Las emociones están de moda. Se habla de inteligencia emocional, tenemos en las aulas cuentos sobre las emociones, hablamos de ellas y hacemos actividades para desarrollarlas porque nos han dicho que eso hará de los niños mejores personas. La intención es buena, pero lo estamos enfocando mal. Las emociones no se educan, se viven.
Los niños sienten, mucho y muy intensamente, y lo que los adultos solemos hacer es reprimir sus emociones en vez de acompañarlas. Tendemos a pensar que hay emociones positivas y negativas y esto no es cierto. Las emociones son todas buenas y necesarias, otra cosa es que sean más o menos agradables.
Cuando un niño está triste, enfadado o siente miedo nos suele molestar, probablemente porque es lo mismo que hicieron con nosotros, porque huimos de esas emociones, porque no nos dejaron vivirlas y queremos librar a los niños de ello cuanto antes. Por eso, cuando un niño llora ledecimos que deje de hacerlo, cuando se enfada y tiene una rabieta nos solemos enfadar con ellos y cuando tienen miedo, o bien menospreciamos su sentimientos diciendo que no pasa nada o incluso nos reímos de ellos. Y esto nada tiene que ver con acompañar las emociones de los niños y ayudarles a entenderlas y así poder vivirlas, sino que reprime algo que existe por una razón y que si no es expresado, esa rabia, miedo o tristeza se quedará dentro y es entonces cuando vendrá el problema.

Para acompañar las emociones de los niños basta con ponernos a su altura y decirles que entendemos lo que están sintiendo, podemos decir “veo que estás muy enfadado porque Fulanito te ha quitado el juguete”, “veo que estás triste porque echas de menos a mamá” o “entiendo que te de miedo entrar ahí”. Poniendo nombre a sus emociones los niños sienten que está bien llorar o enfadarse y entonces podrán salir de ahí gracias a que han podido vivirlo. Si un niño se enfada y nos enfadamos con él, más enfadado estará, porque se sumará a su razón inicial que el adulto no le permite sentirse como quiere, por lo que entenderá que hay algo malo en él y que está mal sentir lo que se siente.
Todos queremos niños empáticos, que se conviertan en adolescentes que nos cuenten lo que les pasa y como se sienten, pero desde que son pequeñitos no hacemos más que negarles lo que está pasando, ninguneándolos no dando importancia a sus pequeñas frustraciones que para ellos son terribles. Los cuentos y actividades pueden estar muy bien pero si queremos tener niños sanos emocionalmente empecemos por el principio y dejemos de reprimir y comencemos a dejarles vivir.

HACER LAS PACES

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.” Albert Camus
Isabel tiene cinco años y está todo el día peleándose con Cristina. Se pelean por todo y acaban pegándose, gritándose y una de las dos siempre termina llorando y viniendo a mi a decirme que la otra ya no quiere ser su amiga ni jugar con ella. Yo intento resolverlo como puedo. Las animo a hacer las paces, les digo que tienen que jugar juntas, ser amigas y darse un beso. El pack completo. Ellas obedecen y a los diez minutos están igual. Esta claro que todo eso que hago no sirve para nada. Isabel hay días que no quiere ir al cole.
Imaginemos por un momento que nosotros somos Isabel. Discutimos con alguien en la calle o tenemos un conflicto con un amigo y viene alguien a decirnos que tenemos que llevarnos bien, estar juntos, ser amigos y encima nos obligan a darle un beso o un abrazo. Creo que se entiende que eso es lo que menos nos apetece cuando estamos enfadados con alguien y que no está bien obligar a los niños a hacerlo por una sencilla razón, invalida lo que sienten.
El niño puede sentirse enfadado, disgustado, triste con la otra persona y no les dejamos vivir eso cuando les imponemos que se besen, estén juntos o sean amigos cuando no es lo que les apetece. Tienen derecho a querer alejarse del otro, a estar solos y a no dar muestras de afecto cuando no les nace.
Esto nos ocurre a los adultos porque estamos muy acostumbrados a huir de los conflictos. No nos gustan, nos dan miedo y no nos damos cuenta que forman parte de la vida, que nos ayudan a crecer y a ser mejores. Los niños viven sus conflictos también intensamente y es cierto que se enfadan y a ellos solos se les pasa y normalmente enseguida están jugando otra vez como si nada, pero eso no niega que sus sentimientos sean reales y tengan derecho a vivirlos.
Intervenimos mucho en los conflictos de los niños, demasiado. Nos gusta ser jueces y determinar quien fue el culpable y ha de pedir perdón. Pero el perdón, como el compartir, como el dar un abrazo o un beso a un amigo tiene que salir de uno, no puede venir impuesto. Pedimos perdón a alguien cuando empatizamos con la persona y somos conscientes de que le hemos hecho daño. Decirle a un niño que pida perdón por algo que no entiende, es un perdón vacío, como un gracias o un por favor obligado, que no enseña nada, más que obediencia al adulto o incluso que puedo hacer lo que quiera mientras luego diga perdón.
He visto a muchos niños pequeños que muerden o pegan y acto seguido dan un beso. No tiene sentido. Eso no hace que dejen de pegar o morder ni sana el dolor del otro. Cuando sean más mayores y puedan comprender, y si han tenido modelos de disculpa en su entorno, pedirán perdón, harán las paces, y darán abrazos si lo sienten y les apetece.
Así que podemos ahorrarnos muchas charlas con los pequeños con cosas como “tenéis que ser todos amiguitos”, cosa que no es cierta, no tienen por qué serlo. “Tenéis que hacer las paces y daros un abrazo” (luego hablamos de consentimiento), y dejar los perdones para cuando a cada uno le salgan. Eso sí, como digo siempre, podemos ser su mejor ejemplo y pedirles perdón a ellos cuando nos equivoquemos, mostrándoles que todos podemos cometer errores y puede que nos perdonen y que nos dejen darles un beso o un abrazo o puede que no, y estará bien también.

EDUCAR A UN NIÑO EN UN MUNDO MACHISTA

Hijo eres un bebé fuerte, un campeón pero también eres precioso, un bombón.
Hijo, te visto de azul, de verde, de rosa y de morado. Porque no hay colores para niñas y colores para niños. Porque no hay por qué diferenciaros por lo que lleváis puesto.
Hijo puedes jugar al fútbol, a las muñecas, a ser pirata o princesa. A lo que te haga feliz.
Hijo si te gustan los coches está bien y si te gustan las barbies también.
Hijo no tienes que ser siempre fuerte y valiente. Puedes tener miedo y llorar. Ser sensible y delicado. Puedes ser como quieras. Llorar es de hombres, mujeres y niños.
Hijo, si alguien te dice que corres o pegas como una niña no te lo tomes como un insulto. Ser como una niña nunca debería serlo. Las niñas al igual que los niños son geniales. Y pueden correr y pegar incluso mejor.
Hijo puedes bailar o jugar al baloncesto, no hay actividades de niños y de niñas.
Hijo, puedes vestirte como te dé la gana, llevar el pelo largo, ponerte un vestido de princesa, pintarte las uñas, lo que te haga sentir bien.
Hijo, aunque la televisión y lo sociedad te hagan ver lo contrario, ten claro que las chicas no son solo un cuerpo. No las juzgues por su físico.
Hijo, aunque en los libros y en la tele apenas aparezcan, tienes que saber que hay mujeres increíbles que han hecho cosas maravillosas a lo largo de la historia.
Hijo, no toques nunca el cuerpo de una chica sin su permiso ni la violentes por la calle diciéndole cosas. Es desagradable y es acosarla.
Hijo, la pornografía es violenta con las mujeres y nada tiene que ver con el sexo sano. La prostitución es pagar a una mujer pobre para violarla, tenemos que luchar para acabar con ella.
Hijo, no está bien presionar, chantajear, insistir a una chica para que te bese o se acueste contigo. Y te pueden decir que sí y luego que no. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión. Tienes que respetarlo.
Hijo, hacer humor sexualizando mujeres, reírte de ellas o no decirles nada a los amigos que lo hacen perpetúa el machismo con el que queremos acabar.
Hijo, si tienes pareja, no tienes que ayudarla con la casa y los niños. Son responsabilidad tuya igual que de ella. Implícate y asume lo tuyo.
Hijo, se aliado de las mujeres, feminista y lucha por la igualdad de hombres y mujeres. Tienes que entender que este mundo en el que vivimos es mucho más duro para ellas que para ti. No se lo pongas más difícil.

NO HAY QUE COMPARTIR

“Muy lenta y dolorosamente aprendí que cuando yo empecé a enseñar menos, los niños empezaron a aprender más.” John Holt
Rebeca tiene cuatro años, es de la clase de al lado y está harta de compartir. Cuando sale al patio y coge un triciclo siempre hay otro niño que también lo quiere. Su profe cuando ve que ya ha estado un rato, la baja aunque ella no quiere y se lo da a otro niño. Le dice, Rebeca hay que compartir. Cuando en clase coge una muñeca y otro niño la quiere y se lo dice a la profe, esta le quita la muñeca y Rebeca se queda llorando. Ella le dice que hay que compartir. Sus padres cuentan que cuando va al parque no quiere prestar sus juguetes, que la obligan a compartir, no quieren que Rebeca sea una egoísta y le dicen que si no comparte, los demás no van a compartir con ella. Rebeca hay días que no quiere ir al cole.
El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos.
Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere.
Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere.
Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
Por esto yo siempre propongo lo siguiente. Primero dejar deintervenir tanto, y darles la oportunidad de resolverlo solos. Nos sorprenderá. Seguramente quien tenga el objeto deseado no lo querrá soltar y el otro puede que decida irse. Y si vemos que necesitan ayuda podemos explicarles y poner palabras a lo que pasa: Rebeca tiene ese triciclo, se que tú también lo quieres pero está ella ahora con él. Si lo suelta podrás cogerlo. Esto que puede parecer que solo beneficia a Rebeca, en realidad no es así. El día de mañana, su compañero podrá estar tranquilo cuando coja un triciclo o cualquier otra cosa, porque sabrá que puede disfrutar de ello todo el tiempo que quiera y que no debe preocuparse porque vaya a venir un adulto justiciero a quitarle su gran tesoro.

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SEXUALIDAD INFANTIL

“La función de la supresión de la sexualidad infantil y adolescente es facilitar a los padres la sumisión de los niños a su autoridad” Wilhelm Reich

Claudia tiene 4 años, es de enero, la más mayor de la clase. Le encanta bailar, cantar y dibujar y aunque es una niña muy tímida, cuando cree que nadie la está mirando se desmelena y lo hace realmente bien. Es una artista. Se lo he dicho a su madre, pero se lo toma un poco a broma. A ella lo que le importa es que Claudia tiene mucho carácter y se le está subiendo a la chepa. Daniela se masturba en clase cuando está aburrida, lo que ocurre muchos días. Es muy madura y todo le parece demasiado fácil. Yo no se cómo enfocar el tema, la pedagoga me ha dicho que la distraiga para que deje de hacerlo, pero la verdad es que a mí no me molesta. Su madre dice que en casa lo hace mucho y que ella la regaña. Hay muchos días que Claudia no quiere ir al cole.
El tema de la sexualidad es tabú en esta sociedad. Si encima juntamos sexualidad y niños saltan todas las alarmas y solo podemos pensar en acoso y demás aspectos sucios que nada tienen que ver con la sana sexualidad infantil, que existe aunque no queramos verla.
Los niños hasta los tres años más o menos están en una etapa conocida como etapa oral. Encuentran placer en la boca, son los años de la lactancia y el chupete. A partir de ahí el placer se traspasa a la zona genital. Los niños comienzan a tocarse, les interesa lo que tienen los demás, preguntan… Y esto es lo sano y natural.
En países como el nuestro lo que ocurre es que debido a este gran tabú y a la represión que va pasando de generación en generación los niños dejan de hacerlo, lo hacen a escondidas, se sienten culpables y ese es el fin del problema. Los adultos ya no hablan de ello y aquí no ha pasado nada.
Pero sí pasa. La sexualidad forma parte de la vida, es sana y necesaria. No hay que reprimirla. Frases como: no te toques ahí, no seas cochina, eso no se hace… no son las más indicadas cuando vemos a un niño hacerlo. Que nos moleste, incomode, o nos parezca sucio es un problema nuestro que tendremos que resolver, pero lo que el niño hace ni es de cochinos, ni está mal, así que el mensaje debería ser diferente.
Podemos hablarles de la privacidad, de la intimidad, pero nunca deberíamos hacerles sentir mal por hacer una cosa que está bien y que es buena y placentera.
Por otro lado a estas edades comienzan a curiosear con el cuerpo de los demás, quieren conocer, explorar, “jugar a los médicos” y normalmente no les dejamos. Nos vuelve a incomodar y vuelve a salir esa represión que tenemos guardada dentro. Mientras los niños jueguen libremente, con niños de su misma edad, y haciendo cada uno lo que quiere con su cuerpo, no debería preocuparnos. Es normal, sano, y forma parte del desarrollo infantil.
El mundo en el que vivimos está loco. Reprimimos lo sano, nos parece mal que un niño se masturbe, que descubra el cuerpo y los límites con otros, no hablamos de sexo con ellos y dejamos que se eduquen solos cuando son adolescentes buscando respuestas a esas preguntas que no contestamos en su día, en la pornografía y en internet, que les muestra una sexualidad distorsionada, violenta, tóxica y sumamente machista.
Ah, por cierto, por si alguien anda preocupado. Permitir una sexualidad sin represión a nuestros niños les protege de sufrir abusos en el futuro.

EDUCAR A UNA NIÑA EN UN MUNDO MACHISTA

Hija, eres una bebé preciosa, un bombón, pero también eres fuerte y una campeona.
Hija, te visto de rosa, de verde, de rojo y de azul. Porque no hay colores para niñas y colores para niños. Porque no hay por qué diferenciaros por lo que lleváis puesto.
Hija, puedes jugar al fútbol, a las muñecas, a ser princesa o guerrera. A lo que te haga feliz.
Hija, si te gustan las barbies está bien, y si te gustan los coches también.
Hija, no tienes que ser delicada. Puedes ser valiente, jugar a luchar y mancharte. Ah y si un niño te pega no es porque te quiere. 
Hija, eso que haces si no es de señoritas tampoco es de señoritos. Si está mal, está mal para todos.
Hija, puedes jugar al baloncesto y odiar bailar, no hay actividades de niñas y de niños.
Hija, puedes vestirte como te de la gana, con vestido, con pantalones, con chándal, con falda…con lo que te haga sentir más cómoda.
Hija, si te apetece depilarte y usar sujetador está muy bien, pero si no quieres hacerlo también lo está. Haz lo que te haga sentir bien a ti. Que no te importe lo que piensen los demás.
Hija, no tienes que ser como esas que salen en la tele, ni estar delgada. Deberías cuidar tu alimentación y hacer ejercicio para estar sana. Tú ya eres bella como eres, que nadie te haga creer lo contrario.
Hija, no tienes por qué maquillarte ni usar tacones. Eres perfecta tal cual eres. Pero si decides usarlo está genial. Que nadie te diga lo que tienes que hacer con tu cuerpo.
Hija puedes estudiar lo que quieras, puedes ser ingeniera, futbolista, médico o directora. Que nadie te diga hasta donde puedes llegar.
Hija, no tienes por qué echarte novio. Tú ya estás completa. Pero si encuentras a alguien con quien compartir tu vida que sea alguien que no piense que es superior a ti o que eres de su propiedad. Los celos no indican amor. 
Hija, no permitas que nadie te controle tu vida, ni que te diga con quien puedes juntarte o en que gastarte tu dinero. Quien bien te quiere no te hará llorar.
Hija, puedes acostarte con quien te apetezca. Pero también puedes decir que no siempre que quieras. No tienes obligación de complacer a nadie. Tienes derecho a cambiar de opinión. Tu cuerpo es tuyo y siempre puedes decidir que hacer con él, quien puede tocarlo y quien no.
Hija, no tienes que ser madre si no te apetece. Si lo decides estará genial también. Haz con tu vida siempre lo que te diga el corazón.
Hija, si decides tener hijos edúcalos por igual si son niñas o niños pero enséñales que el mundo en el que vivimos no es igual para todos y que ser niña es mucho más difícil.
Hija, nunca dejes de luchar por un mundo más justo para todos.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


9 MESES DENTRO 9 MESES FUERA O LA EXTEROGESTACIÓN

“El cuerpo de la madre es la mejor máquina jamás inventada: aporta nutrición, temperatura, glucosa, desarrollo cerebral, optimismo y salud con el mínimo coste” Nils Bergman
Mi hija ha hecho 9 meses. Los nueve meses se corresponden más o menos con la edad en que un bebé comienza a gatear y marcan un hito muy importante en el desarrollo del niño. Veamos por qué.
El bebé humano nace prematuro. Somos la única especie, en la que las crían nacen totalmente desvalidas y dependientes. No tienen nada de lenguaje, no pueden moverse ni desplazarse. Esto ocurrió gracias a que pasamos de movernos a cuatro patas a ponernos de pie lo que estrechó la pelvis de la mujer que junto a cerebros cada vez más grandes imposibilitaban un parto de un bebé más mayor.
¿Y a dónde quiero llegar con todo esto? A que los bebés necesitan para su correcto desarrollo seguir viviendo de la forma más parecida posible a la que tenían cuando estaban en el útero, ya que están inmaduros y su cerebro está terminándose de desarrollar.
¿Y cuáles son esas cualidades? Calor. Olor. Movimiento. Ruido. El bebé en el útero se encuentra siempre recogido y abrazado. Eso le da seguridad y bienestar, por eso no es capricho de los bebés querer estar en brazos. No les hemos acostumbrado a eso. No son unos listos porque reclaman eso una y otra vez. Es que lo tienen en sus genes y sirve para algo. Portear a un bebé en una mochila es la forma más cómoda para un adulto de poder ir con un bebé a cuestas. Todos los bebés se quejan cuando los dejamos en el carro y se callan cuando los cogemos en brazos. ¡No saben nada! Decimos irónicamente. Efectivamente lo saben todo.
En el útero también tienen comida a demanda. Las recomendaciones de hace años eran dar el pecho o el biberón cada tres horas e ir espaciando las tomas. Las nuevas recomendaciones hablan de darlo a demanda, es decir siempre que el niño quiera, lo más parecido a lo que sentía el bebé en la tripa.
Alrededor de los nueve meses los bebés comienzan a gatear y quieren estar menos en brazos y más tiempo descubriendo el mundo. Pueden seguir a mamá y desplazarse por sí mismos. Evidentemente esto no significa que ya no necesiten contacto, brazos, alimentación a demanda… sino que poco a poco irán hacia esa independencia que tanta prisa tenemos los adultos porque adquieran.
Podemos relajarnos, no los vamos a malacostumbrar, sino todo lo contrario. Les vamos a dar las mejores condiciones para que se sientan totalmente seguros el día de mañana y puedan volar, para que se desarrollen de la mejor forma posible. De lo contrario, estaremos consiguiendo justo lo que no queríamos, que el niño se vuelva más dependiente, que quiera compensar lo que no tuvo y se pasará el tiempo buscando ese contacto, ese calor, esos brazos que le faltaron, de todas las formas posibles y con las estrategias que tienen y que tan poco nos gustan, como llamadas de atención, rabietas y demandas constantes.
Démosles a los bebés lo que necesitan cuando son bebés y así no tendremos que preocuparnos por esos adultos que se pasen la vida buscando aquello que no tuvieron.

EL PAÑAL

“Los árboles no crecen tirando de las hojas” Proverbio japonés

Lucía tiene 3 años, es de diciembre y va a la clase de cuatro años y en cuatro años ya no se puede llevar pañal, hayas nacido en enero o en diciembre. Lucía controla bien el pis pero la caca aún se le escapa. Se la hace encima casi todos los días. La tengo que cambiar entera prácticamente todos los días. Todo porque nadie ha entendido bien que a controlar esfínteres, como a andar o a hablar, no se enseña, se adquiere. Lucía no quiere ir al cole.
Con los niños parece que siempre cuanto antes mejor. Cuanto antes anden, hablen o no usen pañal mejor. Como si eso fuera indicativo de algo. Que no lo es. Como si tuviera que ver con lo que va a ser el niño en el futuro o con su nivel intelectual. Hay niños que andan con siete meses y otros que lo hacen con 18. Hay bebés que duermen nueve horas seguidas (los que menos) y otros que se despiertan cada hora y todos son normales.
Con el control de esfínter pasa lo mismo. Cada niño lleva su proceso y hay que respetarlo. Forzarlo solo nos va a llevar a agravar el problema. A estar más tiempo cambiando al niño de ropa. A generar más presión en él. A desesperarnos y agobiarnos.
Si esperamos al momento en el que el niño está física y psicológicamente preparado, el proceso será más lento y sencillo. No pasa nada por volverle a poner el pañal si nos hemos adelantado. No es una vuelta atrás porque nunca estuvo listo.
En muchas escuelas se fuerza el control de esfínter. La meta es que en la clase de tres años salgan todos sin pañal. Para ello se hacen auténticas barbaridades como tener al niño sentado en el orinal durante largos períodos de tiempo hasta que salga algo. ¡Cómo si eso sirviera para algo!
No es el verano el mejor momento para quitar el pañal porque no pasa nada si se mojan, no son los dos años el mejor momento porque es cuando la mayoría controlan. El mejor momento es cuando el cuerpo del niño esté preparado.
Lo sabremos porque el propio niño será consciente de que tiene ganas de hacerlo y nos lo hará saber. Aseguro que no hay niños de ocho años que prefieran hacérselo encima. En definitiva, dejar el pañal es fácil, no hay que hacer prácticamente nada más que esperar a qué el niño esté preparado.
Ah, y por favor, dejemos de ridiculizar, regañar, o enfadarnos porque al niño se le ha escapado algo. En serio, el niño no desea mojarse ni mancharse. Y además si tanto se escapa, seguramente es porque nos hemos adelantado. Así que si alguien tiene la culpa de algo, como casi siempre con los niños, somos nosotros.

ACOSTUMBRARSE

“Cuando otras personas esperan de nosotros que seamos como ellos quieren, nos obligan a destruir a la persona que realmente somos” Jim Morrison
¡Cuántas veces al día puede escuchar una madre la frase: Se tiene que acostumbrar! Ayer volvimos a matronatación. En el grupo al que asistimos los bebés van con algún familiar a la clase. En el grupo que estaba a nuestro lado están los de dos años que ya van solos. Ayer había un niño allí de dos añitos. Era el primer día que estaba en ese grupo, sin su mamá. Se pasó toda la clase llorando y gritando ¡mamaaaá! Lo estaba pasando realmente mal. No quería meterse en el agua y estaba ya mojado y temblaba de frío. La monitora medio que se reía de él, medio que le regañaba por llorar. Y a mí, que tengo ese don de empatizar hasta el extremo, se me estaba revolviendo todo así que me acerqué educadamente a su monitora y le dije, pobrecito, que venga su madre a por él ¿no? NOOO me dijo, SE TIENE QUE ACOSTUMBRAR.
¿Acostumbrarse a qué exactamente? Me pregunto yo. ¿Acostumbrarse a que da igual que sientas miedo o frío o que necesites a mamá, porque no va a venir? ¿Acostumbrarte quizá a que en los momentos que más necesitas a tu referente no esté? ¿Acostumbrarte a que la vida es dura? Esto lo oigo tantas veces como la frase de: Se tiene que acostumbrar.
Se que estas respuestas en general son expresadas fruto del miedo. Pero no entiendo a qué exactamente tenemos tanto miedo. En este caso, miedo quizá a que el niño nunca quiera bañarse sin su madre. Pero eso no va a pasar. ¿A qué tarde más en adaptarse?
A los niños se les malacostumbra, cuando se les dan golosinas para merendar todos los días. Se les malacostumbra cuando se les compra juguetes para cubrir el tiempo que no estamos con ellos, se les malacostumbra a los gritos y a las humillaciones pero nunca vamos a malacostumbrar a un niño por darle cariño y responder a sus necesidades. A eso es a lo que sí se tienen que acostumbrar.
Un bebé no se tiene que acostumbrar a que no le cojan. Es más cómodo para nosotros que esté sin molestar en una hamaca pero no es mejor. No se tiene que acostumbrar a dormir solo. Llegara el día que quiera hacerlo. No hay niños de 18 años durmiendo con sus padres. Es más cómodo para nosotros que lo hagan desde los seis meses, pero no es mejor.
Un niño no se tiene que acostumbrar a llorar y que nadie le haga caso. Porque como se acostumbre, significa que habrá normalizado que sus necesidades no son importantes. Que no merece ser atendido ni consolado. Que no merece atención. En definitiva que no vale nada.
Porque esos niños serán el día de mañana, esos adolescentes y adultos que se miran al espejo y no se gustan, que no confían en sus posibilidades. Que no se quieren. Y nos echaremos las manos a la cabeza y no sabremos de donde vienen esas inseguridades y esa baja autoestima. Y quizá, ya sea tarde.

LAS PALABRAS

“Sobre cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado. Contiene sueños.” Mirko Badiale

Soy Sara y tengo 35 años. Ayer cuando llegué de trabajar, Jesús, mi marido, sin decirme ni hola, abrió la puerta y me dijo:

– Eres una guarra, mira como traes las botas de sucias. Siéntate a cenar.

Me sentí fatal. Tenía tantas ganas de verle. Fui a quitarme la ropa cuando volvió a gritarme.

-¿Pero qué haces?, te he dicho que te sientes a cenar ahora mismo.

-Es que iba a cambiarme…

-¡Qué no me contestes!

Me senté a cenar y comencé a contar como me había ido el día. Estaba tan ilusionada con lo que me había pasado hoy en el trabajo y quería compartirlo con él.

-¡Vale ya de hablar, comiendo no se habla!, ¿eres tonta? Eso no tiene gracia.

Se me quito el hambre de golpe. ¿Por qué me insultaba? Igual tenía razón y tenía que haberme callado.

-Me voy a la cama, le dije.

-No te levantas de la mesa hasta que termines lo que hay en el plato, hasta que yo termine de comer no se levanta nadie.

No quería estar ahí. Estaba triste, enfadada y cansada. 

-Es que estoy cansada, le respondí.

-Ya, pero aquí se hace lo que yo digo, que para eso soy tu marido. ¿Te enteras?

Terminamos de cenar, me levanté y comencé a recoger la mesa. Se me cayó el vaso.

-¡Quita! Estate quieta. Ya lo hago yo, que tú no sabes. Eres más torpe… Igualita que tu madre. Vete a la habitación y te quedas ahí ya sin salir, que hoy te has portado fatal.

Me fui llorando, me metí en la cama y pensé: Le odio.

Como os imagináis Jesús no es mi marido, es mi padre y yo tengo cinco años.

No hagamos que nuestros niños nos odien.

EL VESTUARIO

“Ser disciplinado como esclavo crea el temperamento esperado de esclavos… Golpear a los niños y aplicarles otros tipos de castigo corporal no es la herramienta apropiada para quien busca formar hombres inteligentes, buenos y sabios” John Locke

Ayer estuve en la piscina con mi bebé. Hemos empezado matronatación y es cierto, que el momento vestuario con un niño, con el calor que hace allí, es toda una aventura. Entiendo el estrés. Entiendo las prisas. Puedo entender el cabreo. Pero no puedo entender pegar a un hijo.
Cuando entras en el mundo de la crianza respetuosa, pasa como cuando te vas a comprar un coche y lo ves por todos lados, o te enteras de que estás embarazada y no haces más que ver carritos de bebé. Comienzas a ver violencia por todas partes y cosas que antes normalizabas, y no te producían nada, ahora te duelen profundamente.
Había en el vestuario una mamá desesperada. Tenía dos niños. Uno tendría cinco años y el otro dos, mas o menos. El mayor venía del agua, y la mamá estaba intentando vestirlo mientras se resistía y quería salir corriendo.
La madre no paraba de gritar: Que pares, que te estés quieto, fatal, te vas a quedar sin merendar, eres malo, me tienes harta… Solo se le oía a ella en todo el vestuario. Realmente no podía más.
El pequeño le contestaba: Tú si que eres mala mamá, fatal tú. Yo no podía dejar de mirar la escena mientras me vestía. Pensaba, ¿no se supone que llevamos a los peques a la piscina para disfrutar? Esto es una lucha. Los dos lo están pasando mal. ¿Qué necesidad?
De repente oigo unas risas. El pequeño se había escapado y se había metido bajo el agua de la ducha vestido. Un grito, dos azotes en el culo, uno a cada uno. Y los dos comienzan a llorar desconsolados.
Me quedé bloqueada. Sentí lástima. Un niño no merece que le peguen por jugar, por mojarse, por ser niño. No merece que le peguen nunca. Quise decirle a la madre que no se pega. Además de que no se puede. Pero, ¿quién soy yo para meterme en cómo educa cada uno a sus hijos?
Después en casa, dándole vueltas pensé en lo ocurrido. En qué quizá sí deberíamos meternos, igual que nos meteríamos si un hombre está pegando a una mujer. Porque sino, ¿quién los va a proteger? Y a la vez pensaba en esa madre. Que es presa de su cansancio y de su ira. Que quiere a sus hijos más que a nada en el mundo y aún así no tiene herramientas ni estrategias para hacerlo de otra forma y tiene que pegarles. Sentí lástima por ella también.
Y en ese círculo vicioso me he quedado dando vueltas, por si me vuelve a pasar. Y otra vez no sabría como actuar. No sabría si mirar al niño a los ojos y decirle que no merece que nadie le haga daño. Si mirar a la madre y decirle que entiendo lo agotador que debe ser ir a la piscina con dos niños tan pequeños. O no hacer nada porque ya se sabe, no hay que meterse en la vida de los demás.

LA ADAPTACIÓN

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” Krishnamurti
Blanca tiene 3 años. Lleva un mes en el cole pero llora todo el día, y grita “mamá, mamá” desde que entra hasta que se va. En el patio es cuando más nerviosa se pone, se agarra a mi pierna y llora desconsolada. Un día hasta vomitó. Está llamando la atención, dice alguna compañera. Yo lo que veo es una niña que está sufriendo y no se qué puedo hacer para ayudarla. Blanca por nada del mundo quiere ir al cole.
Lo que comúnmente conocemos como período de adaptación en las escuelas es en realidad algo totalmente diferente de lo que pretende ser. Un par de días, una semana como muchísimo, donde los padres pueden dejar a los niños unas pocas horas o si hay suerte estar dentro del aula con ellos, para que los niños se familiaricen. En algunos centros no hay si quiera eso, desde el primer día los padres se despiden y los niños se quedan ocho horas allí, sin dilación.
Estoy hablando de niños que a lo mejor no se han separado nunca de sus padres, o sus figuras de referencia. Niños que vienen quizá de otro centro. Que no conocen nada ni a nadie, y sienten miedo.
Para explicar el tema de la adaptación tengo que hablar de Bowlby y su teoría del apego. Existen dos tipos de apego . Apego seguro, que es el saludable. El niño que llora cuando su referente desaparece. Y el apego inseguro, que puede ser evitativo, el niño que al irse su referente ni se inmuta. (Creemos que esto es genial, que un niño pequeño, de entre cero y tres años, no llore al irse su madre y dejarlo con un extraño, pero no lo es). Y el apego inseguro ambivalente, que son los niños que al volver su referente se muestran enfadados con él o pueden mostrarse demasiado dependientes sin querer separarse de ellos .
Esto lo explico para que se entienda que es saludable que un niño ante una situación extraña llore y busque a su madre. Por suerte la mayoría de niños tienen este tipo de vínculo seguro. El problema viene cuando queremos que el niño adquiera otro referente de un día para otro, en este caso la maestra.
La adaptación necesita tiempo, mucho a veces, depende de cada niño. Y soy consciente de que es difícil, pero no imposible. Hay escuelas que lo están haciendo. Como los papás suelen trabajar, pueden ser los abuelos, o algún vecino quien haga esa transición. Se trata de que el niño se vincule con la maestra y no le produzca ansiedad quedarse con ella.
Normalmente en los coles se dice que el niño ya está adaptado cuando ya no llora. Pero eso no es adaptación. Eso es supervivencia. El niño llora, llora y llora y llega un punto en el que no puede más y deja de llorar. Pero no se ha vinculado con nadie. Ha aprendido que llorar, un mecanismo muy importante que tiene a su edad, no sirve para nada. Por mucho que pida ayuda, nadie le hace caso. Como dice Michel Odent, su primera experiencia de sumisión.  

LOS CASTIGOS

“¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerle sentir mal?” Jane Nelsen
Sergio tiene seis años y todos los días está castigado. Un día por pegar, otro día por desobedecer, otro día por correr. Es alumno mío desde los tres años. Siempre ha sido igual y a pesar de que lleva tres siendo castigado todos los días su comportamiento no varía. Y yo me pregunto, ¿entonces para qué le castigo? Sergio tampoco quiere ir al cole.
Castigamos a los niños porque no sabemos hacer otra cosa ante un supuesto “mal comportamiento”. Es lo que normalmente hicieron con nosotros y es lo que hace la mayoría. El niño se porta mal y creemos que si le quitamos algo que le gusta como tiempo para jugar, o le ignoramos, que es otra forma de castigo, el niño para evitarlo, no volverá a portarse mal. Pero no es tan sencillo y además está claro que no funciona, al menos a largo plazo. Y sí, tiene consecuencias.
Castigar forma parte de la corriente pedagógica del conductismo. El psicólogo Skinner descubrió que si a una rata le dabas una descarga eléctrica cuando se acercaba a un sitio, la rata se dejaba de acercar. Se extrapoló esto al comportamiento humano y se creyó que sería tan sencillo como su experimento de laboratorio. Pero no es así.
El comportamiento humano es complejo. Los niños hacen cosas, que para nosotros no son correctas, como pegar, contestar, moverse. Son cosas naturales en el niño pequeño. Pero a nosotros nos molestan y queremos que esas conductas desaparezcan. El problema es que al castigar a un niño la conducta parece que desaparece por un tiempo. El niño que está castigado no está pegando ni corriendo ni gritando. Y quizá hasta pueda controlarse por un tiempo para no volverlo a hacer. Pero no ha aprendido nada sobre no hacer daño a los demás, solo está intentando evitar el castigo. No confundamos el respeto con el miedo. 
Me explico. Si yo no mato gente no es para no ir a la cárcel. Es porque sé que no está bien. Nosotros lo que queremos es que el niño no pegue a los demás porque entienda que hace daño, no para evitar el castigo. Pero eso lo alcanzará poco a poco, gracias a su madurez y nuestro acompañamiento. Nunca gracias a los castigos. 
¿Y por qué digo que son perjudiciales? Porque hay algo que sí enseñan los castigos. Enseñan un modelo de abuso de poder en el que puedo hacer sentir mal a otra persona cuando no me gusta lo que hace. Y un mensaje para el niño: cuando hago algo mal merezco que me hagan daño.
Castigamos a los bebés cuando les regañamos porque tocan un enchufe y pretendemos que para evitar nuestro enfado el bebé no toque eso, en vez de tapar el enchufe. Castigamos a los niños en la silla de pensar, cuando en lo único que deben estar pensando es en que nos odian por hacerles eso. Castigamos a los adolescentes cuando con una mirada hacemos que se callen o no digan algo que nos molesta. Y luego cuando somos adultos seguimos castigando a nuestros amigos o a nuestra pareja retirándoles la palabra cuando nos enfadamos con ellos. Creo que no es el mejor modelo a seguir para relacionarnos con la gente que más queremos.

NO SE GRITA

“Tus niños al crecer tal vez olviden tus palabras, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir” Maya Angelou
Lucas tiene 6 años. Es un niño muy nervioso. El pobre vive castigado, porque no hace caso y pega mucho. La profe de natación habla siempre conmigo porque no sabe qué hacer con él para que obedezca. Yo no sé qué decirle. La madre de Lucas me ha escrito en la agenda para ver si pasó algo en natación el último día. La profe me cuenta que se portó mal y le dejó sin nadar. Él me cuenta que la profe le gritó muy fuerte y lloró. Su madre dice que ahora Lucas los días de pisci no quiere ir al cole.
No se grita a los niños. No está bien. No digo que no lo haya hecho. Muchas veces he perdido los nervios y he gritado. (Ese es mi problema, no de ellos. Nadie hace perder los nervios a nadie, los perdemos nosotros solos.) Pero no está bien. Después les insistimos a ellos con el “no se grita”, pero me pregunto, ¿quién gritó primero?.
Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto. Quizá porque son los más débiles y no pueden defenderse, descargamos toda nuestra ira y cansancio sobre ellos. No es justo.
Gritar a un niño como obligarle a comer es violento, como pegarle o humillarle, aunque esto último nos parezca más evidente. La violencia no está justificada y la hemos normalizado en muchos ámbitos. No vale de nada hacer palomas de papel el día de la paz si luego somos violentos con ellos. Seamos coherentes con lo que decimos y hacemos.
Gritamos porque nos desbordamos, porque el trabajo es estresante, tenemos muchos niños, incluso porque creemos que si lo decimos más fuerte nos entenderán mejor. Pero gritar no muestra más que nuestras carencias y falta de recursos para solucionar los problemas. Cuando alguien nos grita a nosotros, ¿cómo nos sentimos? ¿nos ayuda en algo? ¿acaso así comprendemos mejor el mensaje?
A lo largo de mi experiencia me he encontrado muchos niños con miedo. Con miedo a dirigirse a los profes. Niños que te hablan y preguntan todo con una gran inseguridad. Hay que trabajar esa inseguridad, decía alguna compañera. ¿No somos nosotros los que deberíamos trabajarnos para dejar de gritarles y hacer que se sientan asustados?
¿Y cuando son ellos los que gritan? Ellos sí tienen derecho a gritar porque son niños. Porque están aprendiendo todavía formas de comunicarse y resolver los conflictos. No tienen tantas estrategias como nosotros. No nos lo tomemos como algo personal, sus emociones son intensas y es normal que exploten. Somos los adultos los que supuestamente deberíamos saber gestionar nuestras emocilones, no ellos. 

Intentemos no gritarles, como intentamos no gritar a nuestra pareja o a nuestros amigos. Y si nos equivocamos, pidamos perdón. Les sorprenderá, no están acostumbrados. No hay mejor ejemplo que darle a un niño que pedirle perdón y mostrarle que todos podemos cometemos errores. Con ese gesto tan simple les estamos dando una gran lección de humildad y estarán entendiendo que gritar no está bien. Ah, y además así nos podemos ahorrar las absurdas palomas.

EL COMEDOR

“Uno no siempre puede hacer lo que quiere… pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.” Mario Benedetti
Rodrigo tiene 4 años. Sus padres están desesperados porque no come nada. Cuando llega la hora del comedor Rodrigo se empieza a poner nervioso y a preguntar que qué hay para comer. Sabe que empieza un momento horrible y que lo va a pasar mal. Se sienta en el banco del comedor con las manos por detrás colgando porque siempre le han dado de comer y la comida no le interesa en absoluto. Tiene una relación realmente mala con la comida. Después de media hora no ha comenzado y hay que empezar a dar de comer. A mí no me gusta meterles la cuchara, entonces chantajeo, castigo, presiono y solo si no me funciona nada, les obligo. No me siento bien con esto pero los niños no se pueden ir sin comer, ya me lo dijeron en la última reunión. Rodrigo no quiere ir al cole.
El tema de la comida es junto al sueño uno de los grandes problemas que hay en torno a los niños pequeños. Preocupa a padres y maestros. Y como casi todos los problemas que creemos que tienen los niños, la culpa es nuestra, de los mayores.
Si a mi hijo le suelo dar de comer galletas, bollería, chuches es normal que rechace la fruta. No es tan dulce. Yo tampoco la elegiría. Solo que yo soy adulta y se que es más sano comer fruta. A un niño eso le da igual. Por tanto, a un niño no le preguntes si quiere galletas o fruta. Pregúntale si quiere uvas o mandarina.
Si mi hijo come patatas fritas a diario, pizzas, procesados… ¿Cómo le van a parecer sabrosas las verduras? El paladar se acostumbra y se educa. Somos nosotros los que les ofrecemos y damos esas cosas y luego nos echamos las manos a la cabeza porque no quieren comer otras. La clave está, como dice el nutricionista Julio Basulto, en no ofrecer no prohibir. No ofrezcas ni tengas en casa cosas insanas y no tendrás que decir que no. Tampoco prohíbas ciertos alimentos fuera de casa, no hará más que aumentar el deseo.
¿Realmente alguien en su sano juicio pensaría que un niño puede morir de hambre en esta sociedad? Salvo muy muy contados casos de niños con problemas, todo ser humano va a comer para sobrevivir, así que dejemos de esforzarnos tanto para que los niños coman. Lo harán. No son suicidas. Quizá no coman tanto como nos gustaría pero ese es nuestro problema. Los niños mejor que nadie saben cuánto necesitan y si están sanos es lo único que importa. Quizá no coman de todo, pero resulta que nosotros tampoco lo hacemos, respetemos sus gustos. Que más da que no coma naranja si come plátano. Que más da que no coma espinacas si come guisantes. Ningún alimento es imprescindible.
Obligar a un niño a comer es violento. Está mal. Y además es contraproducente. Consigue todo lo contrario de lo que pretende. Comer debe ser un acto de disfrute, no una batalla. Si el niño relaciona el acto de comer con que le griten, le castiguen, le regañen, no querrá comer. Si le metemos la cuchara con zanahoria cuando no le gusta y no quiere solo haremos que la aborrezca. Pongamos en sus platos cosas sanas y relajémonos. Comerán lo que quieran, como hacemos nosotros.

BULLYING

“Si un niño se “porta mal” es porque se siente mal” Rebeca Wild
Diego tiene cinco años, es de diciembre, de los pequeños de la clase, y es fan incondicional de Luis y Raúl que son de enero, tienen seis años y los líderes de la clase. Sí, en infantil ya hay líderes. Diego solo quiere hacer lo que ellos hacen y jugar a lo que ellos juegan. Pero Luis y Raúl no quieren jugar con él, le pegan, le insultan y se ríen de él porque es más pequeño. Jessica, su madre, viene a hablar conmigo, está preocupada. Hablo con la psicopedagoga del centro que me dice que hay que intentar que jueguen todos juntos, ¿se puede obligar a alguien a querer estar con alguien? Hablo con la mamá de Luis. Me dice que todo lo que le cuento que su hijo hace y dice a Diego son las cosas que a él le hace y le dice su hermano mayor. El bullying comienza en infantil y yo estoy perdida. Ah, Diego tampoco quiere ir al cole.
Diego ahora tendrá nueve años y espero que no abuse de otros niños más débiles que él ni que nadie se ría de él, le pegue o le insulte a diario.
Desde hace un tiempo la palabra bullying está en boca de todos. Los coles hacen protocolos antibullying, los padres hablan seriamente con sus hijos, y mientras algunos niños siguen sufriendo esta lacra día tras día que se lleva todos los años la vida de unos cuantos.
El acoso escolar, como la violencia machista, ha existido siempre, solo que ahora gracias a los medios lo escuchamos más. Aunque rápidamente queremos etiquetar a la víctima y al acosador, la cosa no es tan sencilla. El niño que acosa es víctima a su vez de otros y sólo está repitiendo patrones para poder sobrevivir.
Tenemos que empezar a cambiar la visión del niño que se porta mal. Un niño que se porta mal no se siente bien. El bebé que muerde a otro bebé en la escuela infantil quizá eche de menos a su madre y aún no sabe comunicarse, el niño que pega a su madre quizá está celoso de su hermano y no sabe expresarlo con palabras. El niño que acosa a otro es víctima también del sistema y está sufriendo.
Vivimos en un mundo violento y los niños reciben esa violencia de la televisión, de la calle y de nosotros. Cuando insultamos a la vecina, o al conductor del coche de al lado. Cuando les gritamos o insultamos a ellos o a nuestra pareja. Cuando nos reímos de alguien que sale en la tele. Todo lo ven y todo lo van a repetir. Los niños lo absorben todo, lo bueno y lo malo.
Detrás de un niño que hace bullying puede haber mil cosas, un padre que maltrata a su madre, un hermano que le acosa a él, una crianza muy autoritaria basada en el miedo. Al final ese niño se siente muy inseguro y necesita acosar a otros para volver a sentirse fuerte porque le han hecho sentir pequeño.

Por tanto, vamos a proteger siempre a la “víctima” , sí, pero no nos olvidemos de que el que acosa necesita también ayuda y que castigarle, regañarle, humillarle, no hará mas que hacerle sentir peor y eso empeorará el problema. Y no olvidemos que si los niños son violentos lo han aprendido de los adultos. Así que si hay un culpable aquí, somos nosotros.  

TATUAJES Y TDAH

“Todos somos genios, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil” Albert Einstein
Rober tendría unos once años cuando yo empecé a darle clases particulares. Era de los que suspendía varias asignaturas, le aburría profundamente el colegio y no prestaba atención a nada de lo que allí le contaban. Yo hacía lo que podía. Los profesores le dijeron a sus padres que tenía TDAH (hiperactividad con déficit de atención). Empezaba a estar de moda el diagnóstico. En el momento no me di cuenta, (yo era una adolescente que ni había comenzado a estudiar magisterio por aquel entonces), pero Rober no tenía ningún trastorno, lo que tenía era un don. ¿Cómo sino un niño supuestamente con problemas de atención, podía pasarse horas (literalmente) delante de un folio, y otro, y otro más, haciendo dibujos, con una calidad y un entusiasmo dignos de admirar? Ingenua de mí, cometí un error. Llegó justamente a mis manos un absurdo libro sobre como medicar a los niños con TDAH y tuve la brillante idea de dárselo a su madre. Ella, mucho más sabia que yo, me dijo que prefería no darle ninguna cosa a su hijo. Rober tampoco quería ir al cole.
Hoy Rober es un gran tatuador y gana premios en los concursos a los que asiste. Donde mucha gente vio un fracasado, había alguien con talento que no sólo tiene éxito sino que tiene algo de lo que muy poca gente puede estar orgullosa. Un trabajo que le apasiona. Esto fue posible gracias a unos padres que nunca le dieron mucho valor a las notas, que lo apoyaron siempre en su sueño y que vieron algo más en él que los profesores con los que se cruzó. Porque la escuela es válida para algunos, pero se puede cargar a muchos otros, y de esos solo algunos sobreviven. Rober fue un superviviente.
A lo largo de mi experiencia posterior como maestra de infantil, me volví a encontrar con muchos niños a los que se les había diagnosticado TDAH. algunos medicados. Es una auténtica plaga. Medicar a los niños (con los efectos secundarios que tiene) para que encajen en un sistema que no hace nada para que todos los niños encajen en él me parece un horror. Como hay niños que se mueven, se levantan, preguntan y molestan mucho, en vez de hacer una reflexión de cómo podemos ayudarles, les damos algo que los apacigüe y así todos podemos seguir haciendo las cosas igual de mal, sin que se note.  
La comunidad científica está dividida entre los que creen que existe este trastorno y los que no. Yo me posiciono en contra de un trastorno que existe porque existe la escuela tal como es. Si se comprendiera que cada niño aprende de diferente manera, y que sus necesidades y aptitudes son distintas, dejarían de tener sentido las etiquetas y sólo habría que darle a cada uno lo que mejor le va.
Me puse bastante triste, cuando me enteré que Andrea, una antigua alumna mía, estaba siendo medicada. Fui a visitarla y ya no era ella. Me impactó. Sus padres estaban contentos porque en clase los profes decían que estaba mucho más tranquila. En verano no la medicamos, me dijeron, no hace falta. Esa frase lo explicaba todo. La medicación es para ir al cole, porque el problema no era de Andrea, es del cole.

LA OBEDIENCIA

“Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer” Mahatma Gandhi

 
Mario tiene 5 años y ya no sabemos que hacer con él porque no hace caso. Es muy nervioso, cuando hay que sentarse se levanta, cuando hay que escuchar habla, cuando hay que estar quieto corre. Es cierto que es desesperante porque es complicado con 25 niños. No obedece a nada y mira que se lo hemos dicho veces… Hemos hablado con sus padres, con la orientadora pero la verdad es que llevo ya tres años con él y siempre ha sido así. Hay compañeras que se lo toman como algo personal y piensan que es un niño malo sin más, yo simplemente creo que es pequeño y quizá les estamos exigiendo demasiado. Mario no quiere ir al cole.
Mario ahora tendrá nueve o diez años y sólo espero que siga siendo igual.
Nos han vendido la moto de la obediencia y nos la hemos creído. Ser obediente no es un valor. Se nos llena la boca hablando de ser adultos libres, de saber decir que no, no dejar que nadie te pase por encima, saber ganarse el respeto, cuestionarse las cosas y resulta que educamos a los niños para todo lo contrario. Queremos que hagan caso, a la primera, y mira que nos demuestran una y mil veces que no lo van a hacer, que aún así no los escuchamos. 
 
Me arriesgaría a decir que la gran mayoría de adultos piensan que los niños no obedecen y pocos son los que se cuestionan que quizá si todos los niños desobedecen igual nos están queriendo decir algo. Tantos niños desobedeciendo no pueden estar equivocados. Igual nos están diciendo que no pueden obedecer a cosas para las que no están preparados, como estarse quieto si tiene cinco años durante veinte minutos. O que no quieren ahora callarse porque le están contando algo muy importante a su amigo. ¿Nos gustaría que nos mandaran callar a nosotros? No es para nada agradable. O simplemente que lo que les estamos contando: “esto es un círculo y este es el color rojo”, les aburre soberanamente.
 
Y si, es cierto que hay lugares en los que hay que estar callados y quietos pero la escuela infantil no debería ser ese sitio, sino todo lo contrario, un lugar donde poderse moverse y hablar. Además, ¿no queríamos que socializaran?, ¿no es eso acaso socializar? Ya llegara el momento en que los niños deseen ir a sitios a estar callados y escuchar por decisión propia porque les interesa lo que oyen o puedan esperar sentados en la sala del médico leyendo un libro.
 
No se aprende a estar callado y quieto, son aspectos que se adquieren con el tiempo cuando el niño está preparado y tiene madurez para ello. No se enseña a obedecer sino que uno se obedece a sí mismo en base a unos valores, (que sí hay que enseñar, pero simplemente siendo ejemplo) y con cierta edad. Ahora no debo comer esto que es insano, ahora debo salir a correr que me viene bien, ahora no voy a hacer lo que el jefe me dice porque es inmoral o injusto… 
 
Pensareis que hay niños que sí obedecen casi siempre pero no es lo ideal, no queremos niños sumisos que a todo digan que sí, que pongan por delante las necesidades del otro antes que las suyas propias. No es característica de un niño ser obediente y no debería serlo. Lo que debemos hacer como adultos es preguntarnos constantemente por qué me “desobedece” el niño, y así sabremos fácilmente qué es lo que necesita. Puede ser moverse, puede ser afecto, descansar… A veces podremos dárselo y otras veces no, pero al menos responderemos de diferente forma y veremos al niño de manera distinta si sabemos que no está portándose mal sino sólo diciéndonos qué es lo que le hace falta en ese momento. Porque lo que está claro, es que nosotros se supone que estamos ahí para responder a sus necesidades dentro de lo posible, no para que nos obedezcan y lo que un niño de 3 a 6 años necesita es moverse, es hablar, es curiosear, es preguntar, es jugar…