“Cuando las autoridades o las personas adultas adopten decisiones que tengan que ver con los niños y las niñas deberán actuar siempre teniendo en cuenta sus intereses y ser reconocidos como personas.” Derechos del Niño

Vivimos en un mundo basado en las relaciones de poder. Unos mandan y otros obedecen. Unos están arriba y otros abajo. Como explica tan bien Paloma Palenciano en su monólogo “No solo duelen los golpes” que os recomiendo muchísimo, (podéis verlo en Youtube), en el mundo hay personas que están arriba, con privilegios y personas que están abajo, discriminadas. Blancos, negros. Hombres, mujeres. Heterosexuales, homosexuales. Y así tenemos un mundo racista, machista y homófobo. Pero existe una gran desigualdad que pasa desapercibida, que es una lacra social cuyas víctimas no pueden si quiera manifestarse. El adultocentrismo.

Mañana es el día de los Derechos del Niño y quería aprovechar la ocasión para hablar de esta realidad tan dura que observo cada día y tanto me duele. Los niños en nuestra sociedad son tratados como personas de segunda. Los adultos creemos que los niños son propiedad nuestra y que eso nos da carta blanca para hacer lo que queramos con ellos. “Es MI hijo”.

Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto porque jamás no lo permitiría. Les hacemos cosas que un amigo no nos perdonaría, les hablamos de una forma que no hablaríamos a nuestra pareja. Les obligamos a comer, les manipulamos, les chantajeamos para conseguir que hagan lo que nosotros queremos… y se lo hacemos siendo las personas que más queremos. ¿Por qué?

Porque vivimos en una sociedad enferma, como he dicho antes basada en relaciones de poder. Unos dominan y otros se someten. Y sí, a los niños los tenemos sometidos y nos molesta mucho, muchísimo cuando quieren rebelarse ante su situación.

Lo que tienen las relaciones de poder es que el más fuerte somete al más débil. Y aquí los niños son un punto fácil donde volcar todas nuestras frustraciones. Siempre digo que cuando tenemos un mal día reaccionamos peor con los niños que cuando ha sido bueno, lo que demuestra que cómo actuamos con los niños no tiene que ver con lo que ellos hacen sino con cómo estoy yo. Cuando más sana está una sociedad mejor trata a sus niños.

Tanto en las escuelas como en las casas los niños no son tenidos en cuenta, se da por hecho que ellos no saben, ellos no pueden opinar, nosotros mejor que nadie sabemos lo que es mejor para ellos. Y entonces así conseguimos personas obedientes, sin criterio y desconectadas totalmente de sus necesidades reales. Otros eligen por mí cuánto tengo que comer, cuándo, si tengo frío, si quiero salir a la calle, si necesito descansar, si necesito moverme.

Cosas que parecen tan simples como llevar a un niño atado cuando quiere moverse, obligarle a ponerse el abrigo si no quiere, obligarle a dar un beso a alguien son adultocéntricas.

Veo eternas luchas de poder entre adultos y niños cada día. Adultos en realidad que están dañados y no son capaces de minimizar su ego cuando están con un niño. Pelearse con un niño que quiere llevarse al parque por ejemplo un cuento de casa y a nosotros, como no entraba en nuestros planes, nos molesta, es una lucha de poder.

Pelearse con un niño que quiere ir vestido de Superman a la calle es una lucha de poder. Pelearse con un niño que no quiere comerse los guisantes es una lucha de poder. No es por su seguridad, ni por su salud, es “porque lo digo yo”, que quede claro quien manda. Porque en una relación de poder siempre hay alguien que manda.

Pero podemos romper con esto y construir mejores relaciones con nuestros niños. Solo tenemos que hacer dos cosas. Por un lado, ser conscientes de si estamos metidos en otras relaciones de poder e intentar salir de ellas, y por otro, cambiar nuestra mirada hacia los niños, verlos como seres humanos iguales a nosotros y simplemente empezar a tratarlos como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

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