Categoría: Educación

LA AUTONOMÍA MAL ENTENDIDA

“Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo.” M. Montessori

Eso dijo Montessori y nos lo tomamos tan al pie de la letra que, hace unos días, una mamá me contaba, que en una escuela Montessori justamente que fue a visitar, le dijeron que no le hacían nunca nada a una niña que ella pudiera hacer por si misma.

Yo no interpreto para nada así esa frase y creo en fomentar la autonomía, sí, pero con alegría, como me dijo un día una profesora. Nunca forzada e impuesta desde fuera.

Además, creo que con este tema, o nos pasamos, como es este caso, o no llegamos, como ocurre con algunas que se han formado o leído sobre Pikler y el movimiento libre. Pikler dice : “No coloques a una niña en una postura a la que ella sola no ha llegado. (Hasta ahí bien, podéis leer sobre esto aquí.) Y tampoco hagáis a una niña algo que ella no es capaz aún (subirse a algún sitio alto, utilizar un juguete…).

Y entonces es cuando pienso: “Se nos ha ido la olla por completo.” No podemos hacerles nada que ya sepan hacer ni nada que no sepan hacer. Vamos, que se las apañen con todo. Que eso les ayudará a ser muy autónomas.

Respecto al primer caso: Todas queremos que nuestras niñas sean autónomas. Tenemos miedo. Como si con 15 años fueran a pedirnos que les pusiéramos los zapatos. La autonomía, (ya hablé un poco de autonomía e independencia aquí) es una conquista que las niñas van alcanzando poco a poco. Hay que darles la oportunidad de ello. Por ejemplo, si le he dado de comer durante dos años yo a ella en la boca, pretender que luego sea autónoma con la comida es bastante más complicado.

Yo entiendo la frase de Montessori como que no hagas cosas por ellas, que ellas pueden y QUIEREN hacer. Comer solas, vestirse, ponerse los zapatos, recoger, limpiar, transportar… Cosas que si no quieren hacer pero tú te empeñas: “No voy a ponerte los zapatos porque tú sabes hacerlo” solo generarán rabietas, malestar y frustración. Porque hay mil motivos para que una niña no quiera un día ponerse los zapatos: cansancio, necesidad de cuidado, no le apetece…. vamos, como nos pasa a nosotros cuando queremos que nuestra pareja por ejemplo nos haga la cena, a pesar de que sabemos hacérnosla.

Las traemos al mundo con la responsabilidad de cuidarlas. Y cuidarlas tambien es esto. Queremos que empaticen con las demás y a veces nos cuesta horrores empatizar con ellas cuando nos acechan esos miedos a que “se hagan unas comodonas” y ese ansia de que sean autónomas cuanto antes. Olvidándonos de que somos interdependientes y de que son niñas.

Segundo caso: He visto niñas llorando porque querían subierse a un sitio y adultas que deciden no subirlas porque: “Si no puede subirse sola, tampoco podrá bajar sola. Cuando esté preparada lo hará. Le resta autonomía si se acostumbra a que lo hagamos por ella.” También esto otro: “Si no puede hacer ese juego solo, yo no se lo hago, aunque me lo pida, porque sino siempre me pedirá que se lo haga yo, le resta autonomía.”

Que tú no hagas por ellas lo que no pueden y te están pidiendo, para mi, de nuevo, es no cuidar. Se están comunicando contigo pidiéndote ayuda para hacer lo que no pueden o no saben. Y se la estás negando. Imagina que le pides a una amiga que te abroche la cremallera de atrás del vestido que no llegas y te dice que no, que busques la forma de hacerlo sola, que no puedes andar dependiendo de otras, que lo hace por tu bien, para que seas más autónoma.

Que tú la subas a un bordillo al que no llega o que le hagas un puzzle que no consigue no le resta autonomía. El día que pueda lo hará y disfrutará de su conquista. No va a dejar de intentarlo porque tú se lo hagas. Las niñas quieren superarse, subirse a bordillos y lograr hacer un puzzle. ¡Claro que es más cómodo que no nos pidan nada! Quizá pensamos que si no se lo hacemos se acostumbrarán y dejarán de pedirlo. Un poco triste ¿no?. Y obviamente que si tengo 20 niñas en clase y un columpio al que no pueden acceder solas, igual no puedo andar subiendo y bajando niñas todo el día. Pero ahí lo que no tendría que haber es un columpio de esas características.

Siempre digo que la mejor regla para medir si lo que hacemos es o no respetuoso con las peques es imaginar que nos lo hicieran a nosotras. Creo que en ninguno de los casos nos sentiríamos bien.

OS RECUERDO QUE ESTE SÁBADO 23 DE NOVIEMBRE ESTARÉ EN MADRID, EN ALCALÁ DE HENARES Y EL 30 EN BARCELONA, CON EL TALLER: NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCAR SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS. INSCRIPCIONES ABIERTAS. RESERVAS POR PRIVADO.

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MIS LIBROS

“No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer o entregarte a una ignorancia que tú mismo has elegido.” Confucio

Me encanta leer. He sido “devoralibros” desde bien pequeña. Cuando ya era tarde y mi madre venía a decirme que apagara la luz, al darse la vuelta, yo volvía a encenderla para seguir leyendo.

Ahora tengo poco tiempo y leo mucho menos de lo que me gustaría. También leo mucho en el móvil, artículos, blogs… pero no es lo mismo. Hago el esfuerzo de dejar eso de lado y leer libros, en papel si puede ser.

Me habéis pedido muchas veces que escribiera un post con recomendaciones de libros y aquí está. He leído muchísimo sobre crianza y educación porque me apasiona, porque siempre quiero saber más y acumulo una gran lista de libros por leer sobre el tema que nunca acaba y no sé cuanto tiempo hace que no leo una novela. En fin aquí van algunos libros que he leído separados por temas y una pequeña opinión. Espero que os sirva.

Los primeros libros que leí cuando empecé en este mundo fueron sobre todo de crianza. Leí a Carlos González, Rosa Jové, Aletha Solter… son libros sencillos, básicos sobre crianza que en su día me encantaron pero ahora mismo a lo mejor no recomendaría quizá por eso mismo y por que tienen cosas que no me parecen del todo respetuosas. A pesar de eso el de lactancia de Carlos gonzález o Dormir sin lágrimas de Rosa me parece que están bien. Años después he leído ¡Dulces sueños! un libro muy completo sobre sueño infantil pero que me resulto muy largo y tedioso con muchoos datos. Creo que hay libros de crianza más completos y que encajan más con mi forma de pensar como los dos de los que siempre hablo de Yolanda González Amar sin miedo a malcriar y Educar sin miedo a escuchar. Completísimos. De crianza tambien leí y estos sí recomiendo mucho: El concepto del continuum y El bebé es un mamífero. Crianza incondicional de Alfie Kohn también está bien. El cerebro del niño no me gustó. Tampoco el famoso libro: Como hablar para que los niños escuchen o el de Comunicación no violenta. Estos dos últimos no por el contenido que creo que es bueno, sino porque son libros que una vez leídos sin un trabajo posterior se quedan en nada, se olvida. Me parece que no se interioriza y se cambia la manera de hablar solo con el libro.

Sobre parto y lactancia recomiendo Parir de Ibone Olza, Pariremos con placer de Casilda Rodrigañez, Parir sin miedo de Consuelo Ruiz y Somos la leche de Alba Padró. De alimentación y BLW, Aprender a comer solo y Sin dientes y a bocados.

Recomiendo muchísmo todos los libros de Alice Miller, duros pero necesarios para entender sobre las consecuencias del autoritarismo.

Sobre pedagogías he leído también mucho. De Waldorf no os recomiendo nada aunque tengan alguna cosa interesante en general no me gusta, aquí escribí sobre ello. El famoso libro Educar en el asombro no lo recuerdo que me marcara especialmente, tampoco me aportó el último de Rosa Jové: “La escuela más feliz” no me gustó La nueva educación de César Bona ni el de Disciplina Positiva de Jane Nelsen, aquí hablé sobre el tema. Recomiendo mucho a Rebeca Wild y soprendentemente a lo mejor para algunos a María montessori. Leí todos sus libros en su día, los devoré, me encantaron y auqnue no soy fan del método, también escribí sobre ello, me parecen libros interesantes, fáciles de leer para ser de hace cien años y que aportan mucho. Recomiendo especialmente El secreto de la infancia y La mente Absorbente. El libro de Moverse en libertad de Emmi Pikler no es que sea un libro que dijera ¡me ha encantado! pero los fundamentos sí, lo recomiendo para educadoras infantiles y si no es con el libro, leer sobre ello por ahí, es muy muy interesante. Las leyes naturales del niño, lo veo guay por ejemplo si trabajas en la pública y tienes poca libertad de actuación y quieres montessorizar el espacio. Sobre pedagogía libertaria, muy recomendables estos dos: Dejadnos aprender de Txelu y Nada por sentado de Miguel Flores.

Sobre desescolarización me han encantado El fracaso de la escuela, de John Holt y Yo nunca fui a la escuela, de Andre Stern. los recomiendo muchísimo. Ahora mismo estoy con Aprender en libertad de Peter Gray y me está encantando también.

Hasta aquí mis recomendaciones, ya tenéis para haceros una lista también. ¿Y vosotras, que me recomendáis a mi?

OS RECUERDO QUE EL 26 DE ESTE MES ESTARÉ EN LA RIOJA, EN ALFARO, CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS. EL 23 DE NOVIEMBRE EN MADRID Y EL 30 EN BARCELONA.

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UNA ADAPTACIÓN RESPETUOSA

Ya escribí en otro artículo que podéis leer aquí, por qué no estaba de acuerdo con las adaptaciones que se solían hacer en la mayoría de coles. Pero en estas semanas he recibido muchos mensajes de mamás preocupadas porque sus peques lo estaban pasando mal y no sabían qué podían hacer.

Pensé, voy a escribir un artículo sobre cómo es para mi la adaptación ideal, que es la que se hace en el cole donde estamos y así de paso os cuento más cositas de nuestra aventura en una escuela libre.

Antes de nada decir que a veces, incluso queriendo hacerlo bien, los papás no pueden hacer una adaptación respetuosa. Porque hay que luchar no solo por cambiar las adaptaciones sino por medidas de conciliación que las permitan. Aun así a veces podemos recurrir a un abuelo, amiga o alguien cercano a la familia para que la haga.

Primero hay que tener en cuenta la edad. Con niñas muy pequeños, de meses, un año o incluso más, las adaptaciones a veces aun siendo respetuosas no se consiguen a lo largo de un año básicamente porque las niñas aún no están preparadas para separarse de sus figuras de referencia. Como contaba en el otro artículo, que una niña deje de llorar no indica que esté adaptada o más bien diría vinculada.

Porque ahí está la clave. La peque necesita vincularse con una persona adulta que no conoce. Y eso necesita un tiempo. Igual que no nos hacemos amigos íntimos de alguien en dos días, una niña no se siente segura para que la consuelen, la cambien el pañal, la acompañen a dormir en dos días.

Para mi lo ideal es que un adulto de referencia pueda entrar al espacio con la niña y poco a poco irse alejando hasta marcharse dejando a la niña sin sufrimiento (que no quiere decir que no prefiera estar con mamá o papá). Vamos, que se sienta segura y quiera explorar, jugar y pueda disfrutar y estar feliz en el nuevo espacio.

Los primeros días la adulta de referencia está siempre acompañando al niño pero manteniéndose al margen, sin invadir ni proponer juegos. Después, puede quedarse en un espacio en el que la peque la vea y a donde pueda acudir siempre que quiera. La siguiente fase sería estar en un sitio donde la peque no la ve pero sabe que está y donde puede acudir siempre que quiera y finalmente la adulta se iría del espacio. Primero por un corto período de tiempo (comprar algo y volver) y poco a poco ese tiempo se iría alargando. Mientras ocurre todo este proceso (que puede durar días o meses) las profesoras van creando mediante la cercanía, el juego, las conversaciones, el acompañamiento, un vínculo con las niñas.

Sin llantos, sin sufrimiento y con alegría puede una niña vivir el proceso de empezar el cole. Y aun así diría que es “forzoso” porque no es su necesidad sino la nuestra, porque no necesitan ni separarse de nosotros tanto tiempo (las jornadas escolares son muy muy largas) ni ir al cole pero la vida es como es…

Por eso es importante, por las tardes, entender que están más mimosos, demandantes, quizá lloran y se enfadan mucho. Que es su forma de decirnos que nos han echado de menos.

Si el cole de tu peque no está teniendo la adaptación que te gustaría, aquí te dejo esta propuesta por si puede ayudar en algo y te mando mucho ánimo y fuerza para pasar este a veces duro proceso.

(La adaptación de Mia es diferente porque yo siempre voy a estar en el espacio pero poco a poco yo me he ido yendo a otras salas con otros niños y ella se ha quedado con otra profe y otros niños jugando feliz, haciendo vínculo con las otras adultas y volviendo a mi cuando lo necesita.)

OS RECUERDO QUE QUEDAN LAS ÚLTIMAS PLAZAS PARA EL TALLER DEL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 EN SALAMANCA Y QUE EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

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MI HIJA VA A UN COLE NORMAL

“Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” Paulo Freire

Mañana la mayoría de niñas en España empiezan el cole. Y la gran mayoría lo harán en escuelas tradicionales.

Me habéis pedido muchísimo que escribiera un post sobre qué se puede hacer cuando nuestras hijas van a escuelas “normales” y he querido empezar el curso con esto.

Primero y seguramente lo más importante es que nos quitemos el peso de la culpa de encima. Lamentablemente las escuelas alternativas, libres no son accesibles para todos por muchísimas razones. También es cierto que hay escuelas públicas donde está habiendo un gran cambio y personas geniales haciéndolo posible.

Aun así a veces nuestras peques tienen que ir a una escuela que no nos gusta mucho o no compartimos las formas de actuar de la profe que nos ha tocado. Os daré unos consejos que creo que os pueden ayudar a afrontar este nuevo curso con otra actitud:

1- Es fundamental que las niñas no normalicen la violencia. Gritos, castigos, manipulaciones y chantajes. En muchas escuelas se siguen utilizando estos métodos para educar. Hablad con las peques, explicadles que no merecen que nadie les haga eso. Que quizá la profe no sabe hacerlo de otra forma pero que eso no está bien. Que no se sientan culpables. (Es importante que se sientan seguros por lo que no se trata de hablar mal de la profe sino de lo que hace. Si criticamos a la persona que se supone debe cuidarlos podrían preguntarse por qué les dejamos con una mala persona.)

2- Creo que enfrentarse a las profes no ayuda. Podemos intentar hablar, dar argumentos, llevarles un artículo, regalarles un libro… Si te sientes atacado te pones a la defensiva. Así funcionamos. Habrá cosas muy serias que sí exigirán poner límites y hablar con quien haga falta. Por ejemplo: Obligar a comer.

3- Participar en el AMPA, juntarse con otras familias para intentar hacer cosas, exigir formaciones para el profesorado, compartir recursos… Juntas se tiene más fuerza.

4- Que las niñas tengan claro que las notas no importan, no dicen nada de quienes son. Los deberes no sirven para nada, podéis permitirles que no los hagan si no creeís en ellos y no quieren hacerlos. No tengáis miedo a decir lo que pensáis de verdad. Creo que hay que contrarrestar el mensaje que les llega desde el cole. Empaticemos: entiendo que el cole no te guste, entiendo que te aburras en clase y que te gustaría hacer otras cosas, a mi tampoco me gustaba (o sí),

5- Compensar en casa. El cariño que no han podido tener, la atención que no les han podido dar, el tiempo para hacer otras cosas. Que el cole no se convierta en el único lugar donde se supone que se “aprende”. Que puedan encontrarse, que puedan disfrutar de lo que de verdad les gusta y motiva y que jueguen lo que no han podido jugar.

¿Se os ocurre algún consejo más?

OS RECUERDO QUE DEBIDO A LA GRAN DEMANDA HE ABIERTO UN GRUPO NUEVO PARA EL TALLER DE SALAMANCA. SERÁ EL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 17:00 A 19:00 Y EL 26 ESTARÉ EN LA RIOJA CON EL TALLER NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. EDUCANDO SIN PREMIOS, CASTIGOS NI CONSECUENCIAS.

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SI MI HIJA FUERA AL COLE

“Podemos ayudar mejor a los niños a aprender haciendo que el mundo, en la medida de lo posible, les resulte accesible, prestando mucha atención a lo que hacen, respondiendo a su pregunta (si la tienen) y ayudándoles a explorar las cosas que más les interesan.” John Holt

Sé que muchos habéis estado buscando cole para el año que viene y yendo a jornadas de puertas abiertas últimamente. Me llegan muchas preguntas de qué sería para mi lo fundamental a la hora de buscar cole y hoy os lo cuento.

Como sabéis los que lleváis tiempo leyéndome yo siempre digo que los primeros años donde mejor está un niño es en casa, con mamá si puede ser o con una figura de referencia. Si esta opción no fuera posible optaría por un acompañante del hogar o madre de día. Y como última opción optaría por la escuela.

Aun así, para la mayoría, antes o después llega el momento de escolarizar. Y para mi la lista de cosas que miraría sería muy muy larga, sabéis que soy muy quisquillosa, pero voy a tratar de resumir:

Voy a resumir tanto que con una palabra creo que lo englobo todo. Respeto. Igual pensáis eso es lo normal, se da por hecho. Yo creo que no. El respeto en su sentido más amplio implica muchas cosas que no están ocurriendo en muchas escuelas. Sería una escuela sin gritos, sin castigos (regañar también es castigar), ni consecuencias raras, sin premios, chantajes o manipulaciones, sin humillaciones, sin etiquetas, sin juicios.

Un lugar donde se respetaran los tiempos del niño, sus intereses, sus gustos, sus necesidades, de moverse, de hablar, de jugar. Para mi es importante que tengan libre acceso al exterior por ejemplo.

Sería un espacio sin deberes, sin exámenes ni libros de texto. Donde primara el juego libre y se hicieran propuestas, sin obligaciones, pero no por ello un espacio sin valores. Rico en experiencias y oportunidades de aprendizaje.

Muy importante la figura del maestro que acompaña. No por su formación sino por la visión que tiene del niño. Que le diera importancia a crear vínculo, una persona cercana, amable, respetuosa. Que mirara al niño como a un igual y no por encima. Sin adultocentrismo ni relaciones de poder.

Que fuera un espacio donde se permitiera sentir. Sin represión emocional. Donde el enfado, el miedo o la tristeza tengan cabida. También el normal desarrollo de la sexualidad.

Sería un lugar donde se les permite a los niños resolver los conflictos pero no por ello se les deja solos o no se les pretege. Un sitio con límites de salud y seguridad y poquitas normas.

La mezcla de edades también es un plus. Y si encima la escuela no es una empresa, sino un espacio creado desde la horizontalidad, donde familias, padres y niños forman una tribu donde hay espacio para el debate, el crecimiento, la cooperación ya ni me lo pienso.

En resumen: LIBERTAD, RESPETO Y AMOR como valores fundamentales.

Sé lo que estáis pensando: Estás pidiendo demasiado. Esa escuela no existe. Lo cierto es que sí existen algunas que se le parecen pero es verdad que son pocas. Así que os invito a hacer vuestra propia lista de valores e intentar buscar dentro de lo que hay lo menos malo, lo más respetuoso. Eso ya será mucho.

OS RECUERDO QUE EL 22 DE JUNIO ESTARÉ EN VALENCIA EN LA ESCUELA INFANTIL MI KITA. DE 10:30 A 13:30 HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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SER MAESTRA DE INFANTIL

Hoy se ha convocado una huelga de educadores infantiles por un convenio justo. Las condiciones laborales de una educadora infantil son indignantes. Los sueldos no llegan a los 900 euros, las ratios son altísimas para dar una correcta atención a los más pequeños y para estar bien física y emocionalmente y la mayoría trabajan gratis muchas horas extra cada día.

Voy a aprovechar la ocasión para contaros mi experiencia trabajando de maestra de infantil en una escuela privada. Ya os conté en este post algunas cosas que me hicieron dejar la escuela infantil tradicional pero hoy quiero contaros algunas más sobre las condiciones en las que trabajaba.

Como sabéis los que me leéis desde hace tiempo no estoy a favor de que pongan escuelas gratuitas desde los cuatro meses, porque creo que ese dinero debería ir a las bajas de maternidad. También sabéis que creo que los niños pequeños donde mejor están es en casa y no en instituciones y que por eso mi hija no va a la escuela. Pero eso no tiene nada que ver con la realidad que existe, de que hay familias que no tienen otra opción y de que las educadoras se dejan la piel cada día para que sus niños estén bien a pesar de tener unas condiciones laborales deprimentes.

Las ratios de España en la etapa 0-3 son inhumanas. Cualquier persona que ha estado con un bebé sabe lo duro que es y la demanda que exige cuidarlo. ¿Os imagináis con 8? Efectivamente están desatendidos. Sobre todo emocionalmente. Porque es imposible atender las demandas de ocho bebés una sola persona.

Yo tenía 29 niños de 4 años. Y no, tampoco podía atenderlos emocionalmente a todos. Ni prevenir conflictos, ni dar a cada uno lo que necesitaba. Al estrés que esto supone se sumaban los padres que (entiendo su posición) venían después enfadados porque a su hijo le habían mordido o es que se había caído en el patio y no lo habías visto.

Como el sistema está como está, se sumaba también el papeleo que te exigen tener al día y como a los niños hay que dirigirlos en su aprendizaje todo el tiempo, también programar actividades, propuestas y un montón de cosas que si cambiáramos la mirada y les dejáramos jugar libremente nos ahorraríamos y podríamos así centrarnos más en ellos.

Pero es que lo peor de todo lo anterior es que en la gran mayoría de escuelas, todo esto se hace fuera del horario de trabajo. Y gratis claro. Yo hacía: tutorías con los padres, reuniones de ciclo, de etapa, de nivel, cursos de formación, papeleo, preparación de material, decoraciones (que ni siquiera nos dejaban guardar de un año para otro, nos hacían tirarlas), preparación de fiestas, notas… en mis tardes. Había semanas que todas las tardes terminaba a las 8 y a veces incluso hacía cosas en el descanso de la comida.

Cuando la escuela lo necesitaba era obligatorio hacer horas extras por la mañana o por la tarde. Y más de un sábado y de dos también tenías que ir a pasar el día gratis en alguna actividad.

Esta es la realidad que se vive en muchas escuelas infantiles. Muchas contratando maestras de infantil pero pagándolas como educadoras, por debajo de su nivel profesioal. (Siendo una verguenza hacerlo y pagar a las educadoras lo que se les paga).

Yo en definitiva tuve suerte. Me escribe mucha gente contándome sus experiencias de estrés, ansiedad… muchas acaban abandonando su vocación por esta razón pero muchas aunque quieren no pueden. Por todo esto hoy quería dar todo mi apoyo a la HUELGA DE EDUCADORES INFANTILES.

¡YA TENEMOS ESPACIO PARA EL PRÓXIMO TALLER EN VALENCIA! SERÁ EN LA ESCUELA INFANTIL MI KITA. EL 22 DE JUNIO DE 10:30 A 13:30 HABLARÉ DE EDUCAR SIN PREMIOS Y CASTIGOS, DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR FACEBOOK, INSTAGRAM O POR MAIL.

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“LA EDUCACIÓN ES UN ACTO POLÍTICO”

“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás.” Herbert Spencer

El domingo tenemos elecciones aquí en España. El panorama es bastante desolador y si hablamos de educación la cosa ya es para echarse a llorar.

De lo que más se está hablando es de garantizar plazas públicas desde los cero años. Es la GRAN propuesta de conciliación. No se han enterado de nada. Lo que las familias queremos, es más, lo que los niños necesitan no es un espacio público donde estar desde los cuatro meses. Lo que necesitamos son bajas de maternidad dignas. Pero claro, se me olvidaba, que para eso, no hay dinero.

Para las bajas de paternidad iguales e intransferibles sí. Pero de eso ya hablé en otro artículo. Podéis leerlo aquí. También tenemos que aguantar que haya partidos que quieran legalizar el alquiler de personas y la compra de seres humanos. Pero ese es otro tema que podéis también leer aquí.

Las ratios son algo que podría mejorar la práctica educativa considerablemente pero es una pena que no haya en ningún programa nada sobre esto. Con 8 bebés, 20 niños de dos años o 25 en primaria como imagináis, poco se puede hacer para que la calidad educativa sea más digna.

Nada de esto me sorprende, la verdad. Pero igualmente tendremos que votar lo menos malo, por defensa propia esta vez, porque nos jugamos mucho, pero yo en realidad no venía a hablar de esto.

Yo de lo que quería hablar es de por qué criar y educar son actos políticos. Todo lo que hacemos con un niño, la manera en la que nos relacionamos con él, le hablamos, como le tratan en el cole, qué hacen y por qué es política.

El sistema educativo, del que tanto me quejo (que no de los maestros) tiene una intención que va más allá de lo que cada profe desea inculcar a sus alumnos. Por eso es tan difícil ir en contra del sistema. Aun así se puede pelear desde dentro (hay mucha gente haciendo cosas maravillosas).

El sistema quiere personas que no sean críticas, que sean obedientes, que acaten las normas, que no reflexionen mucho, que no piensen… Esto le interesa bastante. Y de ahí, parte el modelo autoritario que normalmente encontramos en los colegios. Basado en premios y castigos, en el respeto a la autoridad, en no reflexionar mucho. En general tampoco se cuestiona nada de lo que se aprende, el alumno se limita a memorizar, a escuchar y a no hacerse demasiadas preguntas.

Además del sistema educativo ,tenemos otro modelo que hace exactamente lo mismo dentro de los hogares. El modelo de crianza tradicional. Que, sin mala intención quiero creer, están reproduciendo miles de padres sin saber que lleva a sus hijos al mismo destino. A ser personas dependientes de los que están por encima, inseguras, obedientes, con poca libertad y una gran falta de capacidad crítica.

Cuando dejas llorar a un bebé sin atenderlo estás colaborando a su sumisión y eso es política. Cuando castigas a un niño haciendo uso de tu poder estás haciendo política. Cuando chantajeas a un niño para que haga lo que tú quieres estás haciendo política. Cuando no le permites que te cuestione, cuando le exiges obediencia, que sea bueno, que no te contradiga, cuando no le dejas ser libre estás haciendo política.

No sé que pasará el domingo, la verdad es que creo que en materia de educación de poco servirá lo que ocurra. No podemos controlar lo que otros hacen pero sí podemos controlar lo que hacemos nosotros. Votar es necesario pero hacer política desde nuestras casas y aulas es urgente. No hace falta esperar al domingo, puedes empezar ya mismo.

OS RECUERDO QUE ESTE SÁBADO 27 DE ABRIL HAY TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. ÚLTIMAS PLAZAS LIBRES.

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LOS MORDISCOS

“Nadie nace malo.” Alice Miller

Hoy vengo a hablar de un tema del que me habéis hecho muchas consultas y que preocupa tanto a padres como a educadores infantiles.

Es una realidad que los niños muerden. Unos más que otros pero todos suelen hacerlo en alguna ocasión y muchas veces no sabemos como afrontar la situación, qué decir, qué hacer y como acabar con ello.

Es cierto que los niños escolarizados suelen morder mucho más, esto es normal y ocurre sencillamente porque una de las causas de que los niños muerdan es la frustración y los niños pequeños no están preparados aún para estar con tantos niños de su misma edad en un entorno en el que se originan muchos conflictos que no saben gestionar. Muchos niños queriendo el mismo juguete por ejemplo ocasiona muchas ocasiones de frustrarse. El niño ante estos sentimientos muerde para descargar su rabia.

Pueden morder también al sentirse solos, por necesidad de cariño, de atención. Decimos mucho eso de: lo hace para llamar la atención, como si fuera algo malo, y entonces les regañamos o castigamos más. Y es al revés. Si un niño está pidiendo atención hay que darle esa atención pero de forma positiva. Ocurre una cosa muy triste, y es que los niños, con tal de que les hagamos caso, son capaces de hacer cosas para que les regañemos. Así al menos se sienten atendidos.

Pueden morder también por sentirse muy limitados, en su movimiento, en sus decisiones, todo esto hace que se carguen de rabia y terminen mordiendo.

Por otro lado, a veces los niños pequeños simplemente están jugando, probando, a ver que pasa si hago esto. ¡Anda, mis padres gritan, qué divertido, voy a hacerlo otra vez!

Sea cual sea el motivo por el que el niño muerde, lo que debemos hacer es más o menos lo mismo siempre. No castigar ni regañar, porque esto además de que no sirve para nada, puede empeorar el problema. Si por ejemplo el niño lo hacía porque se sentía mal, se sentirá peor. Si lo hacía para llamar tu atención y se la das así, lo seguirá haciendo. Y si lo hace como un juego para ver que pasa y tu reaccin le hace gracia también seguirá.

Con lo cual la clave no está en qué hacer cuando el niño muerde sino en prevenir para que no muerda. Que sus necesidades afectivas y emocionales estén cubiertas. Un niño que se siente querido, que es escuchado, que tiene libertad, evidentemente morderá menos. Intentar que en su día a día no se encuentre muy limitado ni frustado. Y cuando esto no es posible todo lo que nos gustaría, por el ambiente, como en una escuela, la prevención está en tener mil ojos, estar cerca de los niños que más suelen morder y evitar en la medida de lo posible que suceda, aunque no siempre vamos a llegar a tiempo. Para evitarlo no tenemos que decir nada, solo ponernos delante como un límite físico y nada más.

¿Y si ya han morido? Si ya han mordido, ni charlas ,ni no se muerde, ni mira lo que le has hecho. Un niño pequeño no puede empatizar ni entender nada y ya hemos dicho que no queremos que se sienta peor así que intentaremos darle más atención, más cariño a ese niño en la medida de lo posible, para que se encuentre mejor. Atenderemos al niño que ha sido mordido obviamente, pero no nos olvidemos del que muerde, que si ha hecho eso, seguramente tampoco se sienta bien.

¿Y cuando nos muerden a nosotros? Lo mismo, evitaremos, en la medida de lo posible tomarlo como un juego, gritar (aunque es cierto que a veces nos hacen daño de verdad), no le daremos mucha importancia y la conducta desaparecerá en poco tiempo.

Podemos poner palabras a lo que sienten: entiendo que estás enfadado por esto, veo que no te ha gustado que te quiten el juguete, por ejemplo. Eso les ayuda mucho a sentirse comprendidos y no juzgados, en definitiva a sentirse mejor, la que es sin duda la mejor prevención.

OS RECUERDO QUE EL 27 DE ABRIL HAY TALLER DE NORMAS, LÍMITES Y LIBERTAD EN LEGANÉS, TENÉIS TODA LA INFO EN FACEBOOK, INSTAGRAM Y EN LA WEB. PARA APUNTAROS PODÉIS PONEROS EN CONTACTO CONMIGO POR CUALQUIERA DE LAS TRES VÍAS. LAS PLAZAS SON LIMITADAS.

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LOS DEBERES

“Lo siento mamá, todavía nos queda al menos una hora de juego, no puedo hacer los deberes.” FRATO

Habéis sido muchos los que me pedíais que hablara del tema de los deberes. Es un tema que trae de cabeza a padres de niños de todas las edades, porque ya hasta en infantil mandan deberes. Es preocupante, algo de lo que se ha hablado y discutido mucho pero con lo que no se ha conseguido nada porque seguimos igual o peor que antes.

A pesar de que sabemos que no sirven para nada, que roban tiempo de juego y que empeoran las relaciones familiares, seguimos los profes mandándolos y los padres empeñados en que los hagan. Es urgente que ambos cambiemos el chip.

Hay numerosos estudios que demuestran esto que digo. Los países con mejor rendimiento escolar no son los que más deberes mandan. No existe relación entre deberes y mejores notas. En cambio sí hay relación entre excesivos deberes con efectos perjudiciales en el niño.

Esto solo, debería ser determinante para que papás y profes se negarán a continuar mandando a los niños a hacer deberes. Pero cuando hablamos de cambiar algo que llevamos haciendo años siempre aparecen las excusas o los miedos.

Es que tengo que dar el temario y si no nos da tiempo. Es que tienen que aprender hábitos de estudio. Es que tienen que ser responsables. Es que todos los hacen. Es que si no los lleva le van a castigar. Es que refuerzan lo aprendido. Vamos a desmontar esto.

Nadie te obliga como profe a que se hagan todos los ejercicios del libro. El niño pasa seis horas lectivas en el colegio, tiempo de sobra para dar el temario. No se puede usar el tiempo de juego y descanso de los niños para esto.

Respecto a la responsabilidad y los hábitos de estudio, los deberes consiguen todo lo contrario. El niño sale cansado del cole, después de ocho horas y necesita desconectar. Hacer deberes consigue que aborrezcan más aún el estudio, quieren hacerlo rápido para irse a jugar, les supone una carga que más que conseguir responsalibilidad consigue obediencia. Porque ser responsable sale de dentro, nadie te puede forzar.

Lo de que refuerzan lo aprendido ya os he comentado que hay muchos estudios que desmienten esto. Es obvio. Llega un momento en que tú cabeza necesita descansar. Seguir haciendo ejercicios no hará que mejore mi comprensión. El niño que va bien los hará bien y el que va mal los hará mal.

Y respecto a los padres aconsejo siempre lo mismo: Lo primero es pelear con quien haga falta para que se eliminen los deberes del centro (sé que es complicado a veces). Hay leyes que defienden este derecho y ciudades y ecntros que lo han conseguido.

Si esta opción no es posible yo me negaría a que mi hijo los hiciese. Le permitiría no hacerlos y le explicaría al maestro las razones. (Siempre que esto no genere problemas al niño o con el centro).

Y si no te queda más remedio siempre puedes decirle que lo haga rápido para irse cuanto antes a jugar sin darle importancia ninguna al resultado o incluso “ayudarles mucho” para que acaben cuanto antes y poder así disfrutar del poco tiempo que algunos padres tienen con sus hijos para hacer cosas interesantes, divertidas y que partan del interés del niño, con las que seguro aprenderá muchísimo más.

Los deberes no es solo que no sirvan de nada es que estropean las relaciones familiares. Son fuente de conflictos, castigos, chantajes… Entorpecen más que ayudan. Son un incordio para padres y para niños que ya con cuatro años tienen que leerse un libro cada fin de semana y hacer un dibujo. Esto hace que la dinámica familiar se tenga que amoldar a los deberes, discutir con el niño el domingo a última hora porque no lo ha hecho y lo peor de todo, consigue lo contrario de lo que pretendía. Si querían fomentar la lectura y el dibujo, han conseguido que el niño no quiera leer y odie pintar

Los deberes generan estrés en los niños. Pero no solo en los que los hacen, también en los que se escaquean y prefieren jugar pero están sufriendo por si los van a castigar o a pillar sin ellos. Un niño no debería estar jugando sintiéndose mal porque no ha hecho los deberes ni dejando de disfrutar un segundo por hacerlos. #BASTADEDEBERES

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CASTIGOS VS CONSECUENCIAS

“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.” Robert G. Ingersoll

En el post de la Disciplina Positiva que podéis leer aquí, ya expliqué un poco que es muy fácil caer en los castigos y disfrazarlos de consecuencias. Hoy quiero explicar mejor cúal es la diferencia y por qué creo que un niño aprende de las consecuencias naturales y no de los castigos.

En el post de los castigos, ya os conté que estos no sirven para nada más allá de empeorar nuestra relación con los niños, crear niños sumisos y obedientes y hacerles sentir mal. Pero está muy de moda hablar de consecuencias lógicas y muchas veces es más de lo mismo. “Yo no castigo dejo que experimente las consecuencias.”

Un acto tiene consecuencias y aprendemos de ellas. Y es el mejor aprendizaje que podemos tener porque es el de la experiencia propia. Siempre decimos que no hay mejor forma de aprender que vivir, que experimentar algo. En los niños pequeñitos lo vemos muy claro. Ellos aprenden todo así continuamente. Si hago esto ocurre esto otro.

Las consecuencias naturales de los actos es lo que ocurre después naturalmente. Por ejemplo: Si pinto la pared, la consecuencia natural es que queda pintada. Si no te bañas estarás sucio. Si no te pones el abrigo tienes frío.

Si un niño no quiere recoger la habitación la consecuencia natural es que estará desordenada. No hay otra. Podemos hablar con él, ayudarle, ser ejemplo de orden. Pero tendremos que respetar que no quiera. De lo contrario tendríamos que obligarle a hacerlo ya sea con amenazas, castigos o consecuencias disfrazadas.

Para que una consecuencia sea natural debe estar relacionada directamente con el acto en sí. Si le decimos a un niño que si no se pone el abrigo no salimos al patio es castigarle por no hacer lo que nosotros queremos que haga. Puedo llevarle el abrigo por si luego tiene frío y se lo quiere poner.

Decirle a un niño que si no se termina la comida no hay postre es un castigo. La consecuencia natural de no comer es tener hambre, esto nada tiene que ver con el postre.

En definitiva se trata de cambiar la mentalidad de querer que los niños hagan lo que no quieren hacer a través otra vez de la manipulación y el chantaje disfrazándolo de consecuencias cuando no lo son.

¿Y qué pasa con los límites? Un límite es algo que ponemos al niño para protegerlo y no permitimos que experimente las consecuencias de ir sin cinturón en el coche por ejemplo, jugar con un cuchillo o cruzar la calle solo. Porque los límites no se ponen para que el niño aprenda nada, se ponen para proteger. El niño aprenderá a medida que vaya creciendo que es importante usar el cinturón, tener cuidado con el cuchillo y al cruzar la calle. En cambio las consecuencias las experimentará él solo y le servirán para aprender.

Como he dicho en varias ocasiones, si tu frase empieza por “si” (si haces esto, te pasará esto) casi seguro que es un castigo, porque las consecuencias naturales no hace falta que se las digamos, ocurren sin más.

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MONTESSORI NO PERO SÍ

“Si la ayuda y la salvación han de llegar sólo puede ser a través de los niños. Porque los niños son los creadores de la humanidad.” M. Montessori

Hace unas semanas escribí un post en el que hacía una crítica de varios aspectos que no comparto de la pedagogía Montessori. Podéis leerlo aquí.

Hoy quiero hablaros de qué cosas sí me gustan y cuáles me parecen útiles para llevar al aula. Porque aunque creo que el error que se ha cometido con el método es que se ha quedado obsoleto y no se ha revisado, no puede negarse que la doctora era una genia y que hay muchas cosas de su pedagogía que a día de hoy siguen siendo muy interesantes.

Si eres maestro de 3-6 años y quieres llevar Montessori a tu aula de una forma flexible, te recomiendo este libro sin premios ni castigos. Esto me fascinó cuando lo leí por primera vez. Ahora me parece una obviedad. Los niños no aprenden para recibir ninguna nota o recompensa. Tampoco se castiga el error. El error forma parte del aprendizaje. Los niños aprenden movidos por su interés. La motivación es intrínseca.

Proceso individual de aprendizaje. Esto es fundamental. Con Montessori cada niño lleva su propio ritmo de aprendizaje. Todos los niños no aprenden lo mismo a la vez entendiendo que no todos los niños tienen ni los mismos intereses ni las mismas capacidades.

-Libertad y autonomía. El niño tiene libertad de escoger qué hacer en cada momento movido por su interés. El aula está adaptada para que sean autónomos y puedan moverse, coger el material, recogerlo, sin necesidad de ayuda.

-El ambiente. Me gusta que no esté sobrecargado de colores, dibujos y cosas que distraen y sobreestimulan a los niños. Que creemos que les gustan pero que en realidad no necesitan. Un aula sencilla y cálida invita al aprendizaje.

-Y lo más importante, aunque ya dije que no es un método perfecto y que no siempre es respetuoso, es que pone el foco del aprendizaje en el niño. Que se respeta su interés, su tiempo… No se ve al niño como alguien vacío al que llenar de conocimientos sino como alguien que ya tiene todo y al que solo hay que darle un entorno adecuado y una compañía respetuosa para que despliegue todo su potencial.

SI NO HACES LO QUE YO QUIERO ME ENFADO

Si te enfadas con un niño porque no quiere hacer lo que le has pedido, en realidad es que no era una petición sino una exigencia.

Hice esta reflexión el otro día porque me doy cuenta de que son muchas las relaciones entre padres e hijos, también entre parejas, amigos… que se basan en esta premisa.

Las relaciones basadas en chantajes emocionales son tóxicas, dañinas para los niños, que el día de mañana reproducirán esto con sus amigos, hijos o pareja.

Cuando nos enfadamos porque un niño no hace lo que queremos le estamos mandando el mensaje de que si no es como nosotros queremos que sea no le aceptamos. Enfadarnos con él es castigarle por ser como es.

Si no me das un beso me enfado, para un niño, significa que le quieres por lo que hace no por lo que es.

Queremos manipular a los niños y lo peor de todo es que lo conseguimos. Porque un niño lo que menos quiere en el mundo es que sus referentes le dejen de querer. Y entonces nos dan besos sin quererlo y hacen cosas que no quieren para que no nos enfademos. Dejan de ser ellos mismos para complacernos.

Si un niño (o cualquiera) no quiere hacer lo que queremos que haga tenemos que aceptarlo. Tiene derecho a no pensar como tú.

Estos patrones son comunes en muchas familias y continuan en la edad adulta. Cuando por ejemplo tu madre se enfada porque no vas un domingo a comer a su casa te está chantajeando. Prefiere que vayas aunque no quieras ir (que hagas lo que ella quiere) por encima de lo que a ti te apetece (ser tú mismo).

Si tus padres se enfadan si sacas un tema de conversación te están manipulando para que hables de lo que ellos quieren. Es una forma horrible de negarte como persona. A través del enfado consiguen que hagas, digas y seas lo que ellos quieren.

Y bajo este tipo de relaciones nos convertimos en adultos que por no enfadar al otro nos negamos a nosotros mismos. Con la excusa que nos han metido muy a fuego, de que hay que hacer cosas por los demás, somos capaces de hacer cosas que no queremos para satisfacer los deseos de otros.

Hay que hacer cosas por los demás, sí, pero cuando desees hacer cosas por los demás, no por miedo a que se enfaden, porque entonces dejarás de hacerlas con gusto y se convertirán en una obligación. Y no hablo de individualismo, hablo de respeto a uno mismo.

Decir más NO a los demás para decirse SÍ a uno mismo. Aunque se enfaden.

JUGAR CON LOS NIÑOS

“Es necesario dejar que los niños se aburran de vez en cuando… Solo así aprenden a ser creativos.” Kim Raver

Creo que nunca antes en la historia los padres han jugado tanto con los niños como ahora, a pesar de ser justo cuando menos tiempo pasamos con ellos. Y no es una casualidad. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué está ocurriendo?

No me refiero a compartir momentos, risas, cuentos… si no a ese juego simbólico que pertenece a los niños y en el que muchas veces veo que los adultos no terminan de encontrarse cómodos.

No quiero que penséis que me parece mal jugar con los niños a los muñecos o a los dinosaurios. Es solo que me interesa reflexionar por qué tienen ahora esa necesidad y nosotros intentamos cubrirla aunque no nos apetezca.

Por un lado está la socialización. Los niños más o menos alrededor de los tres años necesitan jugar con niños. Muchos niños no encuentran el tiempo ni el espacio para hacerlo. Vivimos cada vez de forma más solitaria, apenas conocemos a nuestros vecinos. Nos da miedo que nuestros hijos salgan solos a casa de un amigo, tampoco podemos o queremos llevarles. Vamos poco al parque. Y al final, un niño que necesita estar con otros niños para jugar, nos lo pide a nosotros porque no tiene otra opción.

Viviendo en comunidad esto no ocurriría. Los adultos disfrutarían de la compañía de otros adultos y los niños jugarían con niños. Todo padre sabe que cuando su hijo está rodeado de niños apenas le reclama.

Por otro lado estamos los padres, que no tenemos tiempo para estar con ellos. Los niños necesitan presencia. Eso del tiempo de calidad es un invento para lavar conciencias. Necesitan también cantidad. Como no podemos dársela, en el poquito tiempo que tenemos los niños quieren que juguemos con ellos, es una forma de aprovecharlo. No lo juzgo. No nos queda otra. Pero creo que quizá no es lo natural ni lo ideal.

Cuando digo que no es lo ideal es porque muchas veces, dirigimos su juego, lo invadimos. Como adultos y niños no estamos en el mismo plano de desarrollo, hay que tener cuidado de no acaparar su juego, que es suyo, nosotros solo somos invitados a su mundo y no deberíamos tratar de conquistarlo.

Pero si hay algo que me preocupa y que veo cada vez más, sobretodo en niños pequeños es el niño que está constantemente entretenido por sus padres o maestros (en las escuelas también pasa).

No es lo mismo entretenerse que divertirse. Divertirse sale de dentro, entretenerse proviene de fuera. Veo muchos niños adictos al entretenimiento, que no saben jugar un minuto solos, que no disfrutan si no es de que alguien esté continuamente jugando con ellos.

Los niños pequeños cuando empiezan en la etapa del suelo a moverse, necesitan nuestra compañía y presencia pero poco más. Necesitan también descubrirse a sí mismos, solos, su cuerpo, sus capacidades, descubrir el mundo a nuestro lado pero sin hacernos dueños. No saber divertirte sin que te entretengan te hace dependiente del exterior, apaga tu curiosidad y tu creatividad. Por eso, me parece importantísimo respetar el juego del niño en solitario, sin el juicio y la mirada constante y crítica del adulto, que le permita disfrutar de él mismo sin la necesidad de lo que yo llamo el adulto “animador”.

¿Y vosotros? Contadme ¿Jugáis con los niños?

LAS RABIETAS

“La etapa de las rabietas es buena. Y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas.” Rosa Jové

Imagina que estás muy enfadado por algo, porque alguien te ha hecho algo que no te ha gustado. Mientras esperas que los demás empaticen contigo, lo que recibes es que se enfadan por haberte puesto así, o te ignoran y te hacen sentir mal por tu reacción, dicen que exageras y que no es para tanto. Eso claramente no te ayudará a estar mejor. Pues a los niños tampoco.

Los niños pequeños alrededor de los dos años entran en la fase de las llamadas “rabietas”. No es casualidad, es el momento en el que empiezan a darse cuenta que son seres independientes, quieren tomar decisiones, dicen a todo que no, están creando su “yo” y quieren reafirmarse. Esto es sano y necesario para que el día de mañana puedan ser personas seguras de sí mismas y lo que os contaba en el post anterior, más empáticas también.

Su expresión de ira nos desborda. Los niños sienten así. Sus emociones son intensas y nos cuesta mucho acompañar estos momentos porque a nosotros no nos permitieron expresar el enfado cuando éramos pequeños. Queremos que acabe cuanto antes, si estamos en un lugar público más todavía. Nos incomoda muchísimo.

Pero el que tiene un cerebro inmaduro es el niño, los que debemos aprender a controlarnos ante estas situaciones somos nosotros. Decimos: “Es que se pone como un loco y no entiende a razones”, cuando nosotros estamos también perdiendo el control y encabezonados muchas veces porque hagan lo que nosotros queremos.

La mayoría de rabietas vienen provocadas por el adulto, porque no les dejamos tocar algo, porque tenemos prisa, porque queremos que hagan algo que no quieren. ¿Quién es entonces el que no entiende a razones? Otras veces es porque están cansados, estresados o se frustran por algo.

Los niños tienen derecho a enfadarse. Desde que se levantan hasta que se acuestan están prácticamente todo el rato haciendo lo que nosotros queremos. La rabieta también es la forma que tiene el niño de decir “basta, no puedo más”.

Podemos prevenirlas en la medida de lo posible, intentar que no se estresen tanto, que no se les pase su hora de dormir, que su mundo no sea muy frustrante diciéndoles a todo que no, pero la realidad es que las rabietas van a aparecer y hay que acompañarlas.

Hay que respetar que el niño se enfade, estar ahí, tranquilos. Podemos decirle que sabemos que está enfadado. No entremos en luchas de poder, no quieren molestarnos. No deberíamos intentar cogerle o tocarle si no quiere. Nada de “abrazos de contención” cuando el niño no quiere ser abrazado, eso es represivo. Tampoco ignorarles ni mucho menos regañarle.

Dejemos que expresen la emoción, lo que no sale se queda dentro. Según vayan creciendo podrán expresarlas de otra forma. Y tranquilos, no os preocupéis, es una fase, y como todas las fases, pasará.

LA EMPATÍA O LA TEORÍA DE LA MENTE

“Un niño criado con empatía aprenderá a tratar con empatía a las demás personas.”

Digo muchas veces que les pedimos cosas a los niños para las que aún no están preparados. Que queremos enseñarles cosas que no se enseñan, que se adquieren simplemente cuando están preparados para ello.

Queremos que los niños pequeños compartan, que no hagan daño a otros, que pidan perdón, que empaticen. Y para ello no nos queda otra que obligarles porque de ellos es algo que no puede salir. Un niño no puede empatizar si no tiene teoría de la mente.

La teoría de la mente es un proceso que comienza a adquirirse alrededor de los tres años. Permite al niño ponerse en el lugar del otro, leer su mente. Os dejo un vídeo donde podéis verlo muy bien explicado aquí.

Pretender que un niño de menos de tres, cuatro años empatice con otro es una batalla perdida. No es capaz. Intentar de mil maneras diferentes que entienda que hace daño a otro, que tiene que compartir, que sienta lo que otros sienten es perder el tiempo. Porque lo va a aprender sí, pero cuando esté preparado, no necesita que forcemos nada.

Lo que si que podemos hacer para que un niño el día de mañana sea más empático es ser empáticos con él. Un niño que ha sido escuchado, al que se le ha permitido sentir y ha sido acompañado emocionalmente puede preocuparse de lo que sienten los demás.

Un niño con el que no se ha empatizado, es decir, que se le ha dejado llorar sin consolar, al que no se le ha permitido enfadarse, que su miedo ha sido ignorado será un adulto anclado en cubrir su necesidad de ser escuchado y comprendido. Obviamente que alguien así no puede preocuparse por lo que sienten los demás, si nunca antes alguien se preocupó por lo que él sentía.

La teoría de la mente además nos demuestra que es mentira el mito de que los niños nos manipulan. Cuando lloran, cuando quieren que les cojamos en brazos, no es un capricho, no pueden manipularnos, no pueden saber lo que estamos sintiendo. Lloran, nos reclaman, se quejan porque lo necesitan, porque vienen preparados para ello. Para poder manipularnos deberían saber que pasa por nuestras cabezas.

Debemos relajarnos cuando veamos que nuestro hijo no comparte, cuando pega a otro niño y no le da ninguna pena y pretendemos que le de un besito, cuando queremos incluso que empaticen con nosotros. Les estamos pidiendo demasiado. Pidámosles menos y empaticemos con ellos un poquito más.

APRENDER A ESPERAR

“Se aprende a soportar la frustración cuando uno es suficientemente fuerte y tiene suficiente amor” Yolanda González

Seguro que conocéis el experimento de las nubes de golosina. Consiste en que a unos niños de cuatro años se les pone una chuchería delante y un adulto les dice que si esperan unos minutos a que vuelva y no se la han comido les dará dos.

Con este experimento se demostró que quince años después, los niños que habían podido controlarse, los que eran menos impulsivos, eran más felices. Tenían mejores relaciones sociales, trabajos en los que disfrutaban, una vida mejor.

El experimento está genial pero sabiendo eso lo interesante sería ver qué es lo que podemos hacer los adultos para que los niños cuando lleguen a los cuatro años sepan esperar y controlen mejor sus impulsos. Es decir, qué podemos hacer para que sean más felices.

Al contrario de lo que pudiera parecer no hay que frustar a los niños desde bien pequeños haciéndoles esperar. Hablé de la frustración innecesaria aquí. Se oye muchísimo la frase de: “Es que tienen que aprender a esperar.” Y a próposito hacemos que esperen con intención de “enseñarles”.

Obviamente que a veces en la vida hay que esperar, que la comida está caliente y no se la puedo dar al bebé, que tengo 14 niños en clase y no puedo darles agua a todos a la vez y tienen que esperar, pero porque no queda otra, eso no les va a ayudar en nada. Hacerlo a propósito no tiene ningún sentido.

El niño pequeño es egocéntrico, no entiende de esperas. Son impacientes y quieren las cosas ya. Si tienen hambre, sed, quieren brazos… tenemos que atender esas necesidades. Si tardamos, cada vez se pondrán peor porque no pueden gestionarlo de otra manera.

Gracias a esto, a responder a las demandas del niño generamos una mayor seguridad en sí mismo y mayor autoestima. Un niño así, el día de mañana podrá controlar mejor sus impulsos y esperar. Es un proceso, es madurativo. No se trata de enseñarles a esperar sino de dejar que adquieran la paciencia mientras no les hacemos esperar porque sí.

Un adulto impulsivo e impaciente fue un niño pequeño al que le hicieron esperar en sus necesidades más básicas. Esto provoca que se pase toda la vida en ese estado de impaciencia en el que se encontraba. Por otro lado, un niño que tiene el contacto y la atención a demanda superará esa etapa egocéntrica, será un adulto más sano y en consecuencia con más control de su vida.

Pedimos a los niños cosas para las que no están preparados. Queremos que se controlen, que sean pacientes. Pero ¿y nosotros? ¿Somos acaso un ejemplo? ¿Tenemos paciencia con ellos?

MONTESSORI SÍ PERO NO

“No me sigan a mí, sigan al niño.” María Montessori

Os conté mi experiencia en la escuela tradicional aquí, mi experiencia con la pedagogía Waldorf aquí y hoy vengo con la tercera parte de la historia que muchos estabais esperando, mi historia con Montessori.

Durante la formación de Waldorf realicé un curso de iniciación a Montessori de un fin de semana. La realidad es que me cautivó, me parecía el método perfecto y quizá lo fuera para su época, su contexto y sus necesidades pero creo que cojea por muchos lados y os voy a contar por qué.

En su momento no me di cuenta, al lado de la escuela tradicional y de Waldorf, realmente era lo mejor que había escuchado, quise formarme más y realicé el curso de Asistente y al año siguiente me matriculé en el curso de Guía de Casa de Niños 3-6 años. A lo largo de esta formación ha sido cuando he descubierto que Montessori no es perfecto, (nada lo es en realidad), que existen otras cosas más respetuosas, que responden mejor a las necesidades de los niños y que estoy segura de que si María Montessori levantara la cabeza le encantarían. Pero esa es otra historia que os contaré otro día.

El gran problema de Montessori es lo que se ha hecho con su método. Ella era una genia y hay que reconocerlo. Recomiendo a todo profe de infantil que lea sus libros, deberían ser obligatorios en la carrera, son geniales y de fácil lectura. Fue una adelantada, una visionaria que se dedicó a observar, observar y observar a los niños para ir adaptando el método a ellos, a lo que creía que necesitaban. Su método para enseñar matemáticas y a leer y a escribir son realmente buenos entre muchas otras cosas de las que os hablaré en otro post.

Ella era científica y hizo del aula un laboratorio. Se caracterizó por ir cambiando continuamente el método, perfeccionándolo, viendo que cosas no funcionaban para hacer otras. Todo lo contrario de lo que se hace ahora con Montessori. Antes de fallecer dijo que no quería que siguieran a rajatabla su método sino que siguieran evolucionanado. Pero no fue así. Desde las escuelas de formación el método sigue exactamente igual que hace cien años, con lo bueno y con lo malo. Y esto creo que ha sido el gran error que se ha cometido.

Gracias a haber querido ser fieles al método cien por cien se han quedado anclados en aspectos que ahora se sabe que no son los mejores. Voy a contaros cuales son las cosas de Montessori que para mí deberían revisarse.

Montessori hablaba de tiempo de trabajo de tres horas, en ese tiempo los niños deben estar en clase utilizando el material. Es el tiempo que ellá comprobó que duraba la concentración, con un momento de fatiga en el que luego volvían a concentrarse. En muchas escuelas que siguen el método el espacio exterior no está abierto siempre, no tienen opción durante ese tiempo a moverse libremente, saltar, correr, gritar. Los niños necesitan eso, algunos más y otros menos, pero deberían tener siempre la oportunidad de salir al exterior cuando lo deseen. No todos los niños tienen las mismas necesidades de movimiento y no es lo mismo un niño de tres que uno de seis.

Otro aspecto a valorar es el de las presentaciones. Montessori hace muchísimo hincapié en como han de ser de precisos y lentos los movimientos durante la presentación de un material. Soy partidaria de que los niños exploren el material sin presentaciones. Creo que es más enriquecedor para ellos descubrir por ellos mismos. Con esto no quiero decir que no pueda explicarse nada o que no haya ciertos materiales que requieran ayuda sino que no creo que los niños necesiten esas presentacionas tan sumamente largas y exactas que restan naturalidad y una comunicación real y fluída.

En relación a esto, tampoco me gusta esa poca conversación con los niños en las aulas Montessori, en las que las guías apenas hablan con los niños y todo es demasiado estructurado y frío. Puede llegar a convertirse el aula en un espacio artficial donde no hay espontaneidad ni creatividad.

Respecto a la gestión del aula, se está utilizando en muchos espacios Montessori la Disciplina Positiva, de la que ya os hablé aquí y os conté por qué no me convence. Tampoco me gusta como acompañan los conflictos en el aula, el tema del “no se pega” por ejemplo.

Otro tema que siempre genera conflicto es el de la fantasía. Hablaré más en profundidad sobre esto en otro post. Pero igual que sí que creo que los peques de cero a tres necesitan más realidad, no creo que los niños de 3-6 no puedan disfrutar de ello.

Por último mencionar el tema del juego simbólico. Montessori decía que el niño no necesitaba “jugar a” sino hacer de verdad. No jugar a que cocinaba sino cocinar, no jugar a que limpiaba sino limpiar. Hoy sabemos que el juego simbólico es importantísimo en los niños por lo que no comparto la idea de no tener juguetes en el aula mas allá del material Montessori, creo que esto les limita. Tampoco me gusta que no les dejen utilizar el material Montessori para otro fin que no sea para el que se pensó.

En definitiva no me gusta la rigidez que tiene el método en ciertos aspectos y como se gestionan algunas cosas en el aula. También soy consciente de que no todas las guías trabajan igual y que no en todos los coles Montessori se sigue todo de la misma forma. De todas formas Montessori tiene muchísimas cosas buenas y creo que pueden ser muy útiles para cualquier aula de infantil. Pero eso da para mucho y os lo cuento otro día.

LOS COLES “BILINGÜES”


“Si hablas a un hombre en una lengua que entiende, el mensaje llega a su cabeza. Si le hablas en su lengua, le llega a su corazón.” Nelson Mandela

Los coles bilingües están de moda. No niego que aprender inglés pueda ser importante. Que el nivel de este país es vergonzoso es una realidad. Pero nos han dado gato con liebre con este tema. Las familias se lo han creído y empiezan a verse las consecuencias. 

El primer problema que planteo es la formación del profesorado. De un año para otro un gran número de coles han pasado a ser bilingües y es imposible que a los profes les de tiempo a adquirir un nivel tan bueno como para llamar bilingüe a un colegio. Esto da lugar a profes con un pésimo dominio de la lengua que hacen lo que pueden. Yo misma soy maestra de inglés y he ejercido en cole “bilingüe” cuando el nivel con el que salimos de la carrera es realmente vergonzoso.

Los niños de infantil por ejemplo acaban aprendiendo palabras de vocabulario, muchas veces descontextualizadas, a fuerza de repetirlas, pero para nada hablan inglés o entienden más que cuatro frases, es imposible cuando no es significativo para ellos más allá de un aula. En algunas escuelas se compagina la enseñanza de la lectura y escritura en inglés y en español con las dificultades que esto conlleva. No digo que no exista inglés en infantil, es una opción más como otra cualquiera, pero sí cuestiono el cómo se imparte la asignatura y la idea de hablar SIEMPRE en inglés a los niños.

El niño en los primeros años está formando su personalidad, se está desarrollando en muchos aspectos y es básico para ello la comunicación. Poner por encima de todo la adquisición de una lengua (aunque no se llega a adquirir como ya he dicho) antes que otras cosas más importantes me parece un grave error.

Necesitamos nuestra lengua para expresarnos, para hablar de sentimientos, de emociones. Un profe no puede conectar con un niño en una lengua que no es suya. Muchos profes se quejan de no poder usar el humor, la ironía porque en otro idioma es imposible. Se pierden muchísimas cosas cuando hablamos en inglés a los niños. Como dice Mandela cuando hablamos en otro idioma lo hacemos desde la cabeza y los niños necesitan que les hablemos desde el corazón y no solo eso, necesitan entendernos además. Esto es fundamental.

Los profes que tienen que hablar en inglés todo el rato se sienten obligados a ello por la imposición del sistema pero muchos no se sienten cómodos en esa lengua y se ven limitados en su relación con los niños. 

Otro aspecto  a considerar es el de los resultados. Está ocurriendo que los niños están obteniendo menor puntuación que antes en las asignaturas que son en inglés. Es normal. ahora se añade la dificultad del idioma. Si se te da mal inglés, fracasarás en esa y en las demás. Se está enseñando el ciclo del agua en inglés a niños que no dominan la gramática inglesa. Es como querer que multipliquen sin saber sumar. Además desconocerán los propios conocimientos en su lengua. Saberse historia o biología en inglés y desconocerlo en el propio idioma es algo que está ocurriendo. Además que como he dicho antes, exige a los profesores un trabajo extra de preparación que para muchos es casi inalcanzable.

Por lo que parece los resultados de todo esto no están siendo muy positivos. Seguimos con bajos niveles de inglés y al final los que lo dominan son los que tienen recursos para salir fuera del país o dar clases particulares o en academias. Con lo cual para mi el “plan bilingüe” es un fracaso y si tuviera que elegir un cole creo que hay aspectos muchísimos más importantes que este a tener en cuenta a la hora de escolarizar. Pero como siempre digo, es solo mi humilde opinión. Y vosotros ¿qué opináis?

UNA CRÍTICA A LA DISCIPLINA POSITIVA

“La infancia es fugaz. Que nuestra obsesión por corregirla no nos impida disfrutarla.”

Sé que este post no va a gustar a mucha gente, pero como ya he dicho otras veces no es mi intención gustar. Antes de empezar, me veo en la obligación de explicar que hablo desde el conocimiento. He realizado un curso y he leído un par de libros de Disciplina Positiva y como os imagináis no, en general no me gusta.

Sé que tiene cosas buenas, sé que no todo el mundo la utiliza igual y que hay gente haciendo las cosas bien. Lo digo de antemano antes de que me lluevan los ataques.

Yo de lo que quiero hablar es de lo que no me gusta de la disciplina positiva y de las cosas que se hacen en su nombre.

La Disciplina Positiva, para el que no la conozca, habla de corregir, reconducir, con un mínimo control (ya esto no me gusta nada) de una forma más amable que el modelo autoritario tradicional. Para mí disciplina y niños no pueden ir unidos. Porque aunque la disciplina se vista de seda, disciplina se queda.

En nombre de la Disciplina Positiva se hacen cosas como las de antes pero de forma más amable. Esto es peligroso, porque además de ser el mismo perro con distinto collar, es más manipulativo aun si cabe que el modelo tradicional. Pongo un ejemplo. Si un alumno me molesta en clase y yo le castigo. Al menos soy transparente. Él me va a odiar y es capaz de ver lo malo que soy. Pero si le digo que me hace sentir mal que haga eso, le estoy haciendo un chantaje emocional que además puede hacer que ni siquiera se de cuenta de que no estoy siendo respetuoso con él.

Me da la sensación que este método se está poniendo de moda, además de porque funciona, igual que los premios y los castigos, porque hay ganas de hacer las cosas de otra manera y queremos recetas que nos ayuden a seguir haciendo lo mismo y no nos damos cuenta de que lo que tenemos que cambiar no es la técnica sino los objetivos.

Si un alumno está aburrido en clase y no quiere estar ahí, se sincero con él, dile que entiendes que es un rollo la clase, intenta motivarle con lo que sea, no le obligues a escucharte si no quiere, pero no busques formas más “dulces” de que atienda si no quiere atender. Haz una reflexión de por qué molesta en clase.

Desde la Disciplina Positiva se habla de poner límites, de forma firme, expresando desaprobación sin atacar. Para mi, esto es regañar y ya escribí acerca de esto. En algunos ambientes supuestamente respetuosos, cuando un niño pega, se le dice: No se pega, eso no lo puedes hacer… todo lo que ya sabemos que hará al niño sentirse peor y por tanto portarse todavía peor. Acompañar un conflicto respetuosamente nada tiene que ver con esto. Si yo quiero poner un límite a un niño que ha roto un juguete por ejemplo y firmemente le digo que eso no se hace, estoy haciendo el mismo conductismo de siempre. Intento que la próxima vez no lo haga para evitar mi desaprobación. ¿No era la idea ver por qué ese niño lanza juguetes? Quizá tiene que descargar, necesita atención y afecto, le parece divertido… No digo que hay que dejar que lo haga, digo que no comparto juzgarle por ello. Eso no le ayuda en nada.

Pero si hay algo de la Disciplina positiva que es realmente irrespetuoso es el tema de las consecuencias lógicas que está muy de moda. Se dice que no hay que castigar que está muy mal, sino que deben aprender de las consecuencias de sus actos. Hasta ahí bien pero el problema es cuando disfrazamos de consecuencias lógicas los castigos de siempre. Ejemplo de consecuencias lógicas reales: Si a un niño se le cae el vaso de cristal de las manos, se rompe. Si pinto la pared, se mancha. Si rompo el juguete ya no sirve.

¿Y qué dice la disciplina positiva? Cosas como: Si tardas mucho en la ducha no hay dibujos. ¿Qué tiene que ver la ducha con los dibujos? Una consecuencia lógica es natural sino será un castigo. Aprender a base de las consecuencias que yo le pongo a los actos del niño no es que aprenda por las consecuencias naturales de sus acciones. Porque que tarde en la ducha no hace que no pueda ver los dibujos, eso lo estás decidiendo tú en base a x motivos.

Ayuda mucho a diferenciar analizar la intención. Si es del tipo “pagar las consecuencias” o que simplemente queremos dejar que prueben y se equivoquen. Yo te dejo que uses el vaso de cristal y no me importa que se te caiga porque así verás que el cristal se rompe, es diferente a, si se te cae lo tienes que recoger.

Otro ejemplo: El niño no quiere llevarse el abrigo al patio, ellos están dentro y no sienten frío claro. Pues no se lo llevo y así aprenderá y se lo llevará la próxima vez. Eso no es respetuoso la verdad. Llévaselo tú, que eres el adulto y dile: lo tengo aquí por si lo necesitas. Deja que cuando tenga frío te lo pida. No le castigues. La consecuencia de no ponerte el abrigo es que tienes frío. No cogerle el abrigo sabiendo que hace frío para que lo sienta es un castigo. Si un niño no quiere comer, dejarle pasar hambre hasta la próxima comida, es un castigo. La consecuencia natural de no comer no es que no puedes comer hasta dentro de cuatro horas, la consecuencia natural es tener hambre. Los horarios de comidas y su seguimiento es algo cultural, los niños no tienen hambre y a la hora sí. Hacerles pasar hambre no es aprender de un error es hacerle pagar por no comer cuando tú considerabas.

En definitiva. Ojo con las modas y con los mensajes con los que nos bombardean de educar sin gritos ni castigos y de una manera diferentes. No es oro todo lo que reluce.

EDUCACIÓN FEMINISTA

“La revolución será feminista o no será.”
Ayer fue el Día Internacional contra la Violencia de género y quería aprovechar la ocasión para hablar de qué podemos hacer los adultos, padres y educadores para ayudar a combatir esta lacra que cada año sufren tantas mujeres y niñas.
Todos deberíamos ser feministas. Porque o eres feminista o eres machista. No hay más. Parece una obviedad pero todavía hoy hay que explicarle a muchísimas personas que si crees en la igualdad es que eres feminista.
Partiendo de esa base, podemos empezar a hablar de educar en feminismo. Porque el gobierno invierte dinero, no todo el que debería pero ese es otro tema, en aplicar medidas necesarias pero insuficientes para las víctimas. Teléfonos para denunciar, órdenes de alejamiento y demás medidas directas que aunque dejan mucho que desear, pueden ayudar pero no solucionan el problema. Salvando las distancias, es como cuando un niño pega y le castigamos. De nada sirve solo fijarnos en la conducta y querer acabar con ella. Tenemos que ir más allá y entender por qué los hombres nos están matando. Ellos a nosotras. Por ser mujeres. Solo así podremos erradicar el problema. Yendo al fondo de la cuestión.
Y la raíz de este problema no es más que una sociedad machista que desde que nacemos nos educa a las niñas a ser sumisas y a los hombres a dominar. Cuando un hombre mata a una mujer es la punta de un iceberg, pero debajo hay todo un sistema que lo sostiene basado en cosas como publicidad machista, humor machista, micromachismos y también la educación que recibimos. Entonces, sí, hay que tomar medidas para ayudar a las víctimas pero es urgente que también se comience a trabajar desde la base del iceberg para que algún día no tengamos que salir a la calle a decir NI UNA MENOS.
Los que tenemos hijos o trabajamos con niños tenemos una gran responsabilidad. En nuestras manos está el futuro de nuestra sociedad y tenemos mucho poder para cambiar las cosas. Ya escribí “Como educar a un niño y a una niña en un mundo machista.”, pero hoy quiero ir un paso más allá y dar ideas de cosas que podemos hacer en nuestro día a día.
Primero revisarnos. Dar ejemplo. Tanto hombres como mujeres venimos de una educación machista, por lo tanto seguramente repitamos roles y tengamos trabajo por hacer. Cosas tan sutiles como criticar a las mujeres o hablar de sus cuerpos y su apariencia física cosifican a la mujer. Los roles que les mostramos en casa, la forma, las palabras con las que nos dirigimos a niños y a niñas es diferente. Deberíamos hacer un ejercicio de reflexión sobre esto. Frases como, qué fuerte estás, que guapa eres, se repiten demasiadas veces en diferentes contextos.
También es importante como educadores darles a los niños referentes. En las aulas el discurso, los libros de texto, la historia es machista. Por tanto, es tarea nuestra buscar escritoras, artistas, deportistas… y que los niños puedan tener una visión más justa e igualitaria del mundo.
Pero si hay que hacer algo urgentemente para educar en feminismo es hablar. Tenemos que hablar con los niños y adolescentes. A veces creemos que los más pequeños no pueden entendernos y quizá es así en parte, pero hay que explicarles las cosas, como que las tiendas tienen separados los juguetes y la ropa en dos colores y que eso es una tontería. Si no se lo decimos lo estamos normalizando. El tiempo se encargará de que lo entiendan.
Hay que hablar, según la edad, de machismo, de sexo, del porno, del amor romántico, de los roles de genéro… cada cosa a su edad pero tienen que saberlo. No se trata de prohibirles el reggaetón o jugar con barbies, eso solo les manda el mensaje de que sus gustos no son válidos y sentirán que les juzgamos por ello. Se trata de aprovechar eso para hablar de las letras de las canciones, de la sexualización de las muñecas, de lo que vemos en la televisión… Insisto, si no se habla estamos dejando que la sociedad sea quien los eduque y no será en feminismo, eso seguro.
Por suerte, si algo bueno han traído las nuevas tecnologías, es entre otras cosas, la posibilidad de tener el conomiento en la palma de nuestra mano. Creo y quizá estoy siendo optimista, que la juventud gracias a esto, está más informada que nunca, que el feminismo viene fuerte y es imparable pero aun así creo que nos queda muchísimo camino por recorrer, sería bueno que los niños pudieran hacerlo de nuestra mano y no seentirse así tan desprotegidos en esto como seguramente nos sentimos en su día todos nosotros.
 

DEJAD DE REGAÑAR

“No busques culpables, busca soluciones.”

Parece que casi todos tenemos bastante claro que pegar a un niño está mal, muchos sabemos que gritar y castigar también, pero hay algo que se hace continuamente, que me desagrada muchísimo y que no sirve para nada bueno, regañar.

¿A qué me refiero con regañar? A sermonear, a reprender el comportamiento de alguien. Lo hacemos no solo con los niños, también en relaciones de adultos y me parece horrible y que está demasiado normalizado.

¿Significa entonces que no hay que decir nunca nada a los niños, ni cuando creemos que se están equivocando? No es eso. Me refiero a las formas. No es lo mismo decir: “Se te ha caído el agua, mira cógelo así con las dos manos”, que decir: “Ya has tirado el agua otra vez, ten cuidado”. Es muy muy diferente. Que el vaso se haya caído ya es suficiente muestra de que nos hemos equivocado. Nadie se equivoca queriendo. A nadie le gusta que le hagan sentir mal por un error.

Vamos a hacer un ejercicio de empatía para ponernos en el lugar de un niño al que le regañan. Imaginad que en el trabajo te regaña tu jefe por algo que has hecho, te echa una charla, o que tu pareja en casa te regaña porque has dejado algo fuera de lugar. Y te dicen: “María, que desastre el trabajo que te pedí ayer” o ¨Luis te he dicho cien veces que no dejes eso ahí.” ¿Cómo te sientes cuando alguien te habla así? ¿Crees que eso te hace mejorar?

Cuando alguien te regaña no está buscando soluciones sino culpables. Está lanzando su odio hacia ti, no intenta mejorar la relación ni que mejores tú, solo quiere sentirse mejor haciéndote sentir mal.

Como decía al principio, no sirve para nada bueno. Decirle a un niño: “No se insulta, no se pega, no se hace eso… ” sabemos que no sirve. Lo sabemos porque los niños siguen pegando, insultando o haciendo eso que nos molesta. Habrá que ver por qué hacen lo que hacen. Si tu frase empieza por “No se…” estás regañando. (Odio ese “SE” impersonal que usamos con los niños).

Para lo que sirve es para que el que ha sido regañado se sienta atacado y quiera defenderse. Acordaros del jefe. Nos regaña, ¿acaso pensaremos en hacer mejor nuestro trabajo? o pensaremos: “Le odio”. Trabajaremos con presión y con miedo la próxima vez. Eso no nos hará mejores desde luego.

Si un niño me dice tonta, no sirve de nada que le diga eso no se dice. Lo primero es que el niño lo ha aprendido de los mayores, usan muy bien las palabras en el momento adecuado, igual que nosotros. Así que regañarle por algo que le hemos enseñado nosotros es cuanto menos, incoherente. Y lo segundo es que es su forma de decirnos que está enfadado. Enfadarme yo con él porque me ha dicho tonta es ponerme a su altura en una posición infantil. ¿De verdad tiene importancia que me diga tonta? ¿Me hace daño? ¿Qué tal decirle “veo que estás muy enfadado conmigo”? El respeto se gana respetando. Si es mayor podemos preguntarle ¿por qué me dices eso? por ejemplo, sin juzgar.

A lo que voy es que nos pasamos el día regañando, corrigiendo, desgastándonos y que eso hace que los niños se sientan peor. Y ya sabemos que un niño que se siente mal no se porta bien. Regañamos pensando que así se portarán mejor y conseguimos todo lo contrario. Si me equivoco y alguien me dice: “no te preocupes, nos pasa a todos” me anima a hacerlo mejor.

Cambiemos la forma en que nos relacionamos con los niños y ellos cambiarán. Y sí, ya sé que alguien pensará: ¡Qué locura, que un niño te llame tonta y no decirle nada! No me hagáis caso, decirle: Eso no se dice. Pero ya os lo digo, no os servirá de nada.

MI EXPERIENCIA EDUCATIVA

“Since I was a child I had to interrupt my education to go to school.” George Bernard Shaw
Today I want to tell you about my experience in the educational system, how I lived it and how I remember it. The truth is that in general I was a lucky girl, for several reasons, but I still regret losing so much of my life sitting in a chair.

The first reason is that I did not go to school until I was three years old , and yes, that’s great luck. Although I could not be with Mom and Dad, which would have been ideal, I could be at home with a person for me, who could give me their full attention.
I was lucky also because when I entered the nursery school, at that time, we practically played all day, everything was much more playful, there were not so many rules , so much discipline, nor chips , nor directed activities.

I was lucky because when I entered elementary school and started school, I was a girl who enjoyed classes, I loved reading, I liked to learn, I wanted September to come, the traditional method used was good for me, at least the first years , but I know and being realistic, I know that it was not like that for everyone, most of the classmates did not want to go, they did not enjoy it.
This lasted a couple of years, in the third year of primary school the homework already took me a long time and I hated it. I did not always do them, I looked for ways to do them at recess or copy them from someone in a hole. But despite not doing them, they generated horrible pressure.

When we traveled to visit my family in Argentina at Christmas, as we were leaving for a month, they sent me an awful lot of work to do. I did not do it all, my parents did not oblige me either, but I was there, I knew I had to do it and it anguished me. I had to enjoy holidays and people but the happy duties did not allow me to disconnect.

Course to course the thing was getting boring and increasingly difficult, but as I said I was lucky, because I have a good memory, and that, in the system we have a lot of help. I was studying the day before, memorizing like a parrot, and letting go of the exam so that I would never remember anything of that again.

High school was spent inventing a thousand ways to entertain me in class and survive the dead hours in which teachers read the textbook. We sent notes with friends, made drawings, wrote songs, letters, anything was more entertaining than listening to the teacher. I went from feeling overwhelmed and bored to feeling cheated and angry. I did not want to waste my time studying things that I knew I was going to forget so I invented a thousand ways to pass the exams without doing it. I’m not proud of it but I’m not ashamed either. I survived.

Mathematics, which I did not study and I just liked, nailed them and I did not mind passing my exam to the one next to me to get a ten like me. For some that is cheating, I saw it as helping my friends, but the system as we know it wants us competitive non-cooperative .

Luckily again, in college I was able to study the career I wanted. I had good teachers, I enjoyed some classes, I wanted to go to several (I also spent a lot of time in the cafeteria learning things that are also very valuable for life) and I remember it with love. But I also had many hours lost sitting in a desk. I perfected my strategies to entertain myself and I printed literature books that I liked on paper sheets, so they looked like notes and I read hours and hours during many classes.

I was never an outstanding girl. I got tired of listening to my teachers say that if I tried harder I could be excellent. I did not want to try harder or be excellent. I wanted to play and be with my friends. I was satisfied with a 5. As I said, I was lucky because my parents did not ask me much more either. 

When I finished college and until today, I’m still studying. This time on my own I have read about what has interested me, I have taken courses that I wanted to do, I have gone to talks, I have researched, I have shared with other people and I have been able to put it into practice. These last years have been a real learning, real, productive, motivating, fun, meaningful, useful and have made me discover that this is the only way to learn something well, from passion, interest and desire. Everything else is not learning, it’s something else. And you? How has your experience been?

 

LOS MIEDOS


“El miedo es una oportunidad para ser valiente.”
Halloween está a la vuelta de la esquina y quería aprovechar la ocasión para hablar de los miedos infantiles y qué hacer cuando aparecen.
El miedo, como cualquier otra emoción es útil y nos ayuda en la vida. Sentir miedo prepara nuestro cuerpo para huir, pelear… ante un peligro. Este puede ser real o imaginario, pero lo que está claro es que la emoción es positiva y necesaria. Sin el miedo no hubiéramos sobrevivido como especie.
Pero como solemos hacer con otras emociones que consideramos negativas, la rabia, la tristeza… intentamos reprimirlas, que desaparezcan rápidamente, muchas veces porque es lo que hicieron con nosotros y muchas otras porque creemos que así conseguiremos niños más seguros y como suele pasar, ocurre completamente al revés.
Hay varios tipos de miedos. Los reales, miedo al fuego, a los animales…, miedos patológicos que nos bloquean y no nos permiten vivir, (los cuales hay que tratar con especialistas) y los miedos que les trasmitimos nosotros a nuestros niños.

Por un lado les contagiamos nuestros miedos absurdos. Si yo me tenso ante el acercamiento de un perro o de una araña, seguramente el niño hará lo mismo. Somos el reflejo donde se miran, si ven que algo nos da miedo, a nosotros, que somos los que debemos darles seguridad, ellos sentirán que eso que nos asusta ha de ser realmente peligroso. Por tanto intentemos en la medida de lo posible no transmitirles nuestros miedos.
Por otro lado somos los adultos muchas veces los culpables de generarles miedos no reales, con historias, dibujos, imágenes para las que no están preparados, diciéndoles cosas como “va a venir el señor y te va a llevar…”. Luego cuando por la noche aparecen esos miedos no les permitimos vivirlos, no los acompañamos e incluso hay quien se burla o ignora.
Sea el miedo del tipo que sea, hay que aceptarlo y darle al niño seguridad. Como con cualquier otra emoción, si no dejamos que la viva, se quedará dentro. Pretender que un niño tenga menos miedo diciéndole cosas como: “que no pasa nada”, “que eso no da miedo”, “no seas tonto”, “con lo mayor que eres”… conseguimos que el niño sienta que no está bien lo que siente, por tanto que él no está bien. Negar su emoción es negar lo que él es.
Tenemos que darles seguridad con nuestras palabras: “no te va a pasar nada, estoy aquí”, y también empalizar con su sentimiento: “entiendo que esos ruidos te asustan, veo que te da miedo ese animal”, poniendo nombre a la emoción y acogiendo a los niños siempre que lo demanden físicamente.
Muchas veces en nombre de la autonomía y la independencia, dejamos que los niños pasen miedo solos en su habitación. Esto no los hará más valientes sino más inseguros. El proceso para eliminar esos miedos es madurativo y lo vivirán de forma más saludable si sienten que tienen una base segura a la que acudir cuando aparezcan.
En fin, que disfrutéis mucho con los niños si celebráis esta fiesta, pero no olvidéis que los sustos y las bromas son para disfrutar, todos. Si un niño lo está pasando mal, no quiere hacer algo o llora, claramente no está siendo divertido. Respetemos a ellos y a sus miedo, evitemos cosas para las que no están preparados y acompañemos si aparece la emoción.
¡FELIZ HALLOWEEN!

LA AUTOESTIMA


“Amarse a si mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.” Oscar Wilde
Pensad en un bebé de un año. Si os pregunto si tiene la autoestima alta o baja ¿qué diríais? Alta ¿verdad? Porque la autoestima, aunque nos hagan creer lo contrario, no es algo que hay que crear en los niños, basta con no robársela.
Los niños nacen muy seguros de si mismos. Sin miedos absurdos, quieren comerse el mundo, se sienten el centro del universo… pero la realidad es que luego nos encontramos muchísimos niños de tres y cuatro años que han perdido todo eso, se sienten inseguros, necesitan la aprobación externa constante y decimos que tienen una baja autoestima. Es entonces, cuando queremos subírsela, animándoles, diciéndoles que son los mejores… y eso, como os imagináis, no sirve, porque de lo que se trata es de no quitársela.
La autoestima, como su nombre indica, es algo personal de cada uno. Nadie me la puede dar. Por ejemplo, si yo me siento fea, aunque vengan diez amigas a decirme que estoy preciosa, eso no hará que no me siga sintiendo fea. Porque que me sienta fea es MI autoconcepto y solo yo puedo cambiarlo. Esto no significa que no podamos ayudar a los niños a recuperar la seguridad en si mismos, sino que decirles que son geniales y los mejores no les hará sentirse así.

Entonces si los bebés nacen con una gran autoestima. ¿Por qué con los años la pierden, qué hacemos los adultos mal para quitársela? Pues básicamente no atender a sus necesidades primarias. Si yo lloro y mi madre me coge, el mensaje que recibo es que merezco amor, por tanto me quiero. Si yo lloro y mi madre no me coge, yo entiendo que no soy digno de recibir amor, por tanto no me quiero. Sencillo. Otro ejemplo, si yo me enfado y mi profe me rechaza, interiorizo que no soy una persona digna de amor, no me quieren por como soy, entonces no me quiero. Si mi padre me ignora cuando tengo una rabieta, pienso que no merezco atención, no me acepto.

Amar incondicionalmente a un niño, es lo que hará que se sienta seguro de si mismo. Saber que es digno de ser querido por como es y no por lo que hace o deja de hacer. Los castigos, insultos, humillaciones, desprecios que reciben los niños por sus comportamientos, les envían un mensaje de que si hacen eso, no se les quiere, por lo tanto ellos lo van a vivir como que algo en ellos no está bien. Esto no quiere decir que vayamos a dejarles hacer lo que quieran, se trata de quererles a pesar de que hagan cosas que no nos gusten.

La autoestima también tiene que ver con sentirnos competentes y esto tiene mucho que ver con la independencia y autonomía. Pensad en las personas que admiráis porque se muestran muy seguras, son personas que se sienten realizadas con lo que hacen, que tienen un sentido en la vida y son felices haciendo lo que hacen. Para sentirme bien conmigo mismo tengo que sentirme útil. Si no me dejan hacer nada, me lo hacen todo, toman todas las decisiones por mi, es imposible que yo me quiera.

Por tanto, si ya tenemos un niño al que le han quitado su autoestima, tenemos que quererle, quererle bien, aceptarle como es, incluso cuando se equivoque, responder a sus necesidades de atención, de tiempo de calidad, de cariño, de aceptación... y por otro lado darle responsabilidades, hacer caso a sus intereses, que encuentre cual es su sitio y pueda desplegar todo su potencial en él. Que pueda sentirse bien haciendo lo que le gusta.

Pero si queremos evitar todo eso, prevención. Si cuidamos de los bebés y no les robamos la gran autoestima que traen de serie, nos podremos ahorrar en el futuro muchos euros en terapias y libros de autoayuda, ahí lo dejo.

ESO NO ES TRABAJAR POR PROYECTOS

“Dime algo y lo olvidaré, enséñame algo y lo recordaré, hazme partícipe de algo y lo aprenderé.” Confucio
Es una realidad que trabajar por proyectos está de moda. Está muy bien y los niños pueden aprender un montón de cosas con esta metodología. Pero como siempre, yo vengo a contaros la otra cara de lo que se está haciendo en muchas escuelas: 
Las diez cosas que nada tienen que ver con trabajar por proyectos.
1-Trabajar por proyectos no es elegir nosotros, los maestros, el tema que queremos que aprendan los niños. Es lo más básico, y aun así no se ha entendido bien. Son los niños los que a través de sus intereses eligen sobre qué quieren investigar.
2-Por tanto, ¡no es lógico que se estén utilizando editoriales de texto con temas para trabajar proyectos! Los castillos, la granja, el supermercado… que vienen marcados por los libros.
3-Trabajar por proyectos no es usar las mismas fichas de antes, solo que ahora con dibujos del tema que toca. Fichas de los castillos, fichas de la granja, fichas del supermercado… ¡Se trata de eliminar las fichas!
4-Trabajar por proyectos no es meter con calzador lo que nos interesa utilizando el tema elegido como vía. Como estamos con el proyecto del espacio, ahora hacemos en el rincón de matemáticas sumas de soles y en el de arte una manualidad de un planeta.
5-Trabajar por proyectos no es enseñarles vocabulario a la antigua usanza repitióndoles cien veces palabras para que las aprendan. Como estamos en el proyecto del circo, repetid: malabarista, acróbata, funambulista…
6-Tampoco es un medio para meterles vocabulario en inglés. Como estamos con el proyecto de la granja, repetimos: pig, dog, chicken… hasta que lo aprendáis. 
7-Trabajar por proyectos no es seguir haciendo lo mismo con otro nombre. Seguir dirigiendo el aprendizaje del niño y eligiendo las actividades a realizar.
8-La evaluación del trabajo por proyectos no se basa en analizar si el niño ha aprendido las palabras de vocabulario del tema del mes, lo que importa es el proceso.
9-Trabajar por proyectos es cambiar nuestro rol de “soy el que tengo el conocimiento” para dejar que sean los niños los que descubran por sí mismo las cosas acompañados por nosotros.
10-El objetivo del trabajo por proyectos no es aprender contenido. Eso es solo una consecuencia positiva de ello.
¿Y entonces, qué es trabajar por proyectos? Os lo dejo a vuestra imaginación.

LA VIDA ES DURA O LA FRUSTRACIÓN INNECESARIA

“Vivimos en una Sociedad, donde desde la más tierna infancia, se nos enseña a soportar la frustración. Existe la creencia generalizada, de que si no hay frustración marcada por los adultos, los bebés y los niños, no logran tener ningún límite a su demanda y como consecuencia, devienen en sujetos anti-sociales y no adaptados.” Yolanda González
Nos pasamos el día frustrando a los niños. Desde que nacen escuchamos frases como “no le cojas tanto que se acostumbra“, “no le des tanta teta que te usa de chupete” que no quieren decir otra cosa que: no respondas a sus necesidades primarias, contacto, alimento, succión… que se te subirá a la chepa y tienen que aprender, rápido y desde bien pequeños que la vida es dura.
Después los bebés crecen y seguimos frustrándolos. No le dejo eso, le pongo muchos límites y le digo a todo que no. Que aprenda que no todo puede ser, que la vida no gira en torno a él, es que la vida es así, tiene que aprender a frustrarse.
Efectivamente, la vida es dura y está llena de frustraciones. Y todos queremos que nuestros niños aprendan a tomarse las cosas bien y que no hagan un mundo de todo. Pero es que a tolerar la frustración no se enseña frustrando al niño. Lo que esto consigue es que el niño se enfade cada vez más porque verá el mundo como un lugar hostil donde nada puede conseguir. En cambio si veo que puedo lograr cosas, eso me hará una persona segura y por tanto que tolera mejor las frustraciones. (Hablaré próximamente del tema de la autoestima, que está muy relacionado con esto.) 
El mundo está lleno de límites que el niño se va a ir encontrando a lo largo de su vida, hay muchas cosas que le frustrarán, la vida es de por sí bastante frustrante así que no necesita que añadamos ninguna más. Imagínate que en el trabajo cada vez que fueras a hacer algo no te dejaran, que te regañaran constantemente, que te castigaran, que constantemente te hicieran esperar… ¿Cómo crees que tolerarías la frustración en un entorno así?
Un niño al que apenas se le dice que no, que tiene sus necesidades cubiertas, aceptará mejor cuando algo no pueda ser, confiará más en el adulto y en su criterio que si no le dejamos hacer nada. Sentirá que él también es escuchado y aunque esto no nos libre de rabietas normales si ayudará a que sean en menor cantidad.
Decimos a los niños que tienen que esperar, muchas veces no queremos darles las cosas rápido con la intención de enseñarles, para que aprendan que no todo es YA. Y es lo mismo, los niños los tres primeros años están en etapa egocéntrica, con lo cual no entienden de esperar. A partir de ahí, y no de un día para otro, podrán cada vez esperar más y ser más pacientes. Es un proceso, que como todos, (control de esfínteres, andar, empatizar…) no se enseña, se adquiere con la madurez. No tenemos que hacer nada. Podemos darles las cosas cuando nos las pidan sin miedo a estar creando monstruos impacientes.
¿Significa esto que tenemos que darles todo a los niños y evitar cualquier esperar? Evidentemente que no. Hay límites que obligatoriamente tendremos que poner, pero son pocos (en el coche hay que abrocharse por ejemplo) y habrá veces que por circunstancias no podamos darles lo que quieren ya mismo, (la comida aún no está lista), pero eso nada tiene que ver con frustrarles o hacerles esperar con el propósito de que aprendan algo. Será además duro para ellos, agotador para nosotros y una gran pérdida de tiempo porque no habrá servido de nada. Bueno sí, les hará creer que la vida es más dura de lo que es en realidad y por tanto a tolerar peor la frustración, justo lo contrario de lo que pretendíamos.

UNA CRÍTICA A LA PEDAGOGÍA WALDORF

“Cuando muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente cuentos. La vida es de por sí bastante interesante. A un niño de siete años puede emocionarle que Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un niño de tres años le emociona ya bastante que Perico abra la puerta.” G. K. Chesterton
Hace ya unos meses que escribí el post : Yo tampoco quería ir al cole. En él os contaba por qué dejé la escuela tradicional y os prometí que os contaría la segunda parte de la historia, de cómo llegué a las pedagogías alternativas y lo que pasó después.
Pues bien, por el mes de abril de aquel año dejé aquella escuela y aunque en un principio quise dejar también la profesión, alguien más listo me dijo: ¿Por qué no buscas algo diferente? A ti te gusta ser maestra, lo que no te gusta son las formas. Existen otros métodos. Investiga.
Y eso hice. En septiembre comenzaba un máster de pedagogía Waldorf. Sonaba todo muy bien. Muy diferente a lo que yo conocía. Supuestamente más respetuoso. Era lo que yo buscaba y me inscribí.
Los primeros meses estaba fascinada. Visitamos la escuela y era preciosa. No había fichas, no había gritos, no había juguetes de plástico sino materiales de madera, casitas y toboganes dentro del aula. Me emocionaba de verdad al darme cuenta que había otra forma de educar que encajaba mucho más conmigo.
Pasó el tiempo y empezaba a descubrir que aunque el método tenía algunas cosas buenas no era perfecto. Nos hablaron de cómo era primaria en sus escuelas. Y aunque es cierto que no usaban libros de texto, sino que los creaban ellos, no dejaban de ser aulas en las que los alumnos estaban sentados mirando al maestro que es el que explicaba la lección. A través de cuentos, todo muy creativo y espiritual pero era el mismo perro con distinto collar. Los niños no dirigían su propio aprendizaje, seguía viniendo de fuera con un currículum inflexible y con nada de margen de improvisación. Había estado investigando en esa época sobre escuelas libres y sabía que existían modelos mucho más respetuosos con el niño y en los que de verdad eran ellos los que aprendían cada uno a su ritmo y en base a sus intereses.
En infantil, que era la formación en concreto que yo estaba estudiando todo era muchísimo más libre, es cierto. Los niños no tenían acceso a ninguna noción matemática, ni de escritura ni lectura durante esa etapa hasta los seis años. El día se basaba en el juego libre dentro y fuera del aula y en algunas propuestas de actividades como hacer pan, pintar, leer cuentos, cantar. Hasta ahí bien, hasta que llegaron las prácticas.
Durante el período de prácticas pude desencantarme del todo con el método. Veía repetidas las cosas de las que venía huyendo en la escuela tradicional, solo que ahora eran más sutiles. Castigos disfrazados de consecuencias, imposición a realizar actividades, rigidez ante los temas a tratar (solo se podían leer los cuentos tradicionales, cantar canciones de un solo tipo, usar ciertos colores para pintar y aunque un niño se mostrara interesado por los números, se le negaba el acceso a ese conocimiento). Todo esto bañado de una fantasía, llena de hadas, gnomos y príncipes que acabó por espantarme del todo y hacerme terminar el curso con una sensación amarga de que no me había servido casi para nada.
Por suerte, una compañera que estaba viviendo la experiencia de la misma forma que yo, me habló de un método que me iba a encantar y que nada tenía que ver con Waldorf. Montessori. Me apunté a un curso de iniciación de un fin de semana y muy rápido entendí que ese sí era mi sitio. Pero esa es otra historia y ya os la cuento otro día…

LA DEVASTACIÓN DE LA ESCUELA, por Laura del blog BAJO EL SAÚCO

La industrialización, la economización de la educación es una de las plagas más monstruosas de nuestro tiempo. Le roba a los que están aprendiendo el placer, la creatividad, la libertad” André Stern, Jugar
El origen de la escuela
Hay una pregunta recurrente que suelen hacerse los niños, y es: ¿Quién narices inventó la escuela? Y la hacen de manera inocente, creyendo en el fondo que la escuela está ahí desde siempre, igual que está para ellos el agua corriente o la electricidad.
Pero no, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, en Prusia, nace el concepto actual de escuela, obligatoria, pública y gratuita. ¡Hace solo dos siglos! Y no, no pretendía facilitar la igualdad o el libre acceso al conocimiento, sino que su pretensión real era lograr la docilidad y la obediencia ante el temor a que se expandieran las revoluciones que estaban dinamitando a los monarcas absolutos desde Francia. Y su estructura era militar, basada en la disciplina y el autoritarismo.
Súbditos obedientes y mano de obra dócil para la creciente revolución industrial.
La escuela hoy
Siglo XXI, doscientos años después. La escolarización ha resultado ser una estrategia genial para preservar el orden social, para que nada cambie.
Desde arriba, alguien decide tu aprendizaje:
  1. Lo que debes estudiar, no lo que a ti te interesa o en lo que tienes talento.
  2. Con quién estudiarás: con niños de tu misma edad, separado del resto de la sociedad.
  3. Dónde estudiarás: encerrado en un recinto, separado de la comunidad.
  4. Cuánto tiempo estudiarás, nunca el que tu pasión te marque, sino el que marquen los timbres según un horario estricto.
  5. Quién hará las preguntas y dirigirá tu aprendizaje, que nunca serás tú mismo, sino unos exámenes a través de los que otros decidirán tus competencias.
  6. Para qué estudiarás: no para satisfacer tus inquietudes presentes, sino para acumular información que otros dictan será necesaria en tu futuro.
Igual que Rocío, conozco el sistema desde dentro, y lo que me extraña es que aún haya quien mantenga las ganas de aprender a pesar de la escuela. Dice sir Ken Robinson que la escuela mata la creatividad, y yo añado que mata la vida. Que nacemos con una curiosidad innata y que no hay más que observar a un niño pequeño para ver el placer que le produce cada nuevo aprendizaje. Que ese impulso es interno, caótico, diverso, único y no conoce más objetivo que el placer en sí. La neurobiología lo confirma: no hay aprendizaje duradero sin emoción. Y la emoción nunca puede ser impuesta.
La escuela nos desconecta de nosotros mismos y de nuestra fuerza vital, alimentando falsamente el ego de los adaptados a su sistema y condenando a la cárcel de creerse fracasados a aquellos que no han sabido o querido aceptarlo.
Vuelta al cole, ¿y ahora qué?
Septiembre y a empezar otra vez. Puede parecerte exagerado lo que digo, pero día a día del calendario escolar la fuerza de nuestros niños se debilita. La potente capacidad para desarrollar sus talentos se apaga.
Cada vez se extiende más el homeschooling o educación en casa en sus diferentes vertientes (Laura Mascaró es una referente en España sobre el tema) Y está bien si sientes que es vuestro camino y puedes permitírtelo.
Pero tal vez no tengas esa posibilidad, y entonces puede que te ayuden algunas de estas ideas:
  • Acompañar a los niños al margen y a pesar de la escuela.
  • Situarte de su lado.
  • Observarlos para hacer que su curiosidad se vea alimentada con los estímulos que les proporcionaremos con amor.
  • Contribuir a su desarrollo sin poner la escuela en el centro de vuestras vidas.
  • Hacer que la vida fuera de la escuela sea tan estimulante que ir a clase se convierta entonces en un mero trámite.
  • Aprovechar la vida escolar como oportunidad de crecimiento personal.
  • Desescolarizarnos nosotros, y aplicar eso que tanto se nos olvida, de que el aprendizaje está en todas partes.
Estas reflexiones no pretenden desvalorizar a las personas que trabajan para el sistema. Sé por experiencia que hay seres humanos excepcionales en todas partes, también dentro de la escuela. Son los faros que salvan a muchos niños. Pero no puedo olvidar que al final, el sistema se lo traga todo, también la voluntad y buen hacer de profesionales muy humanos, y que, como toda organización tan establecida, termina haciendo que, de manera inconsciente, cumplas con una finalidad que tú ni siquiera sospechas.
Os dejo de nuevo con André Stern:

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Desde que escribimos la historia, no ha existido ninguna generación entera sin violencia pedagógica. Y esa violencia, sin que la percibamos, está por todas partes. Lo que vivimos hoy es la continuación directa de lo que vivimos ayer. Y si nosotros, que somos conscientes de ello, no empezamos a inventar lo nuevo, entonces nadie lo hará nunca.”

DEJAR LLORAR O LA INDEFENSIÓN APRENDIDA

“Cuando un recién nacido aprende en una sala de nido que es inútil llorar está sufriendo su primera experiencia de sumisión.” Michel Odent
La vuelta al cole está aquí a la vuelta de la esquina y con ella llegan los terribles períodos de adaptación. Terribles para los educadores pero sobre todo terribles para los más pequeños. Para hablar de este tema voy a contaros la historia de cuando me llamaron para trabajar en una escuela infantil y duré tres días porque no lo podía soportar.
Era agosto y la escuela tenía muy poquitos niños. Había uno nuevo, era bebé, tenía solo cuatro meses. Entré el primer día y el resto estaban viendo dibujos en la pantalla digital. El bebé lloraba sin parar. Lo cogí sin preguntar. Su profe no me dijo nada pero noté que no le sentaba bien. Ella mientras, estaba sentada mirando como los demás veían los dibujos. Yo cada vez que podía le cogía. El segundo día mientras yo estaba en el aula de al lado oía al bebé llorando en la cuna, solo, en una habitación. La profe decía que se tenía que acostumbrar así a dormir. Yo no podía soportar escucharle. El tercer día cuando entré, el bebé estaba en la hamaca mudo. La profe me miró y con cierto rintintín dijo: ¡Qué bien mi chico ya está adaptado, ya no llora! Salí llorando ese día y no volví más.
Eso no es adaptarse, es resignarse. Es aprender que llorar no me va a servir de nada en este mundo cruel, porque nadie me atiende. Es enseñarle desde muy pequeñito que no se queje cuando algo le haga sentir mal. Es decirle que sus necesidades no importan. Es mostrarle que no merece ser querido y atendido. Es todo eso y mucho más.
Por eso yo no dejo llorar a mi hija ni a ningún niño solo. Porque el llanto se inventó para algo. Los niños lloran para que los atendamos. No pueden hablar y es su única manera de comunicarse con nosotros. Puedo entender que en el aula es muy difícil atenderlos a todos, prácticamente imposible muchas veces, por eso insisto en que la escuela infantil no es el mejor lugar para un niño pequeño y eso nada tiene que ver con que las maestras lo hagan lo mejor que puedan.
Me parece indignante que se esté dando por hecho que los niños tienen que llorar unos días mucho hasta que se cansen y dejen de hacerlo. Que muchos padres y profes entiendan eso como normal cuando es horrible, me parece normalizar el sufrimiento. Hay que luchar por unos períodos de adaptación más largos donde los niños puedan vincularse con un nuevo referente, que aunque prefieran estar en casa, se sientan seguros en la escuela y que sepan que si lloran alguien los va a atender.
Y si tienes 20 y todos lloran y no puedes cogerlos ni atenderlos personalmente porque estás desbordado al menos acompaña, estate presente, diles que los entiendes, no los ignores ni los dejes llorando solos pero sobre todo lucha como puedas para que esto cambie.
¿Y qué es eso de la indefensión aprendida? Justamente lo que acabo de explicar. “Condición de un ser humano o animal que ha “aprendido” a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva.” Ese bebé que ya no llora cuando quiere brazos será ese niño que le quitan un juguete y se queda parado, que le pegan y no se defiende. Y ese niño será el día de mañana un adulto que cuando abusen de él en el trabajo agachará la cabeza y no se quejará ante lo injusto.
Porque los niños que normalmente decimos que son muy buenos, que no pegan, que no se quejan y que obedecen a todo no son niños sanos, son los que ya han perdido toda capacidad de defensa, algo que es bastante grave y que empieza en la cuna.

NO PASA NADA

“Cuando empezamos a ser más conscientes de aquello que nos pasa a nosotros, nos es más fácil entender y conectar con el otro. Cuando comprendemos más al otro, también le podemos amar más.” Yvonne Laborda

No pasa nada, les decimos a los niños muchas, muchas veces. Cuando se caen, si se les rompe algo, si lloran por alguna cosa. Lo hacemos con la mejor intención, para restarle importancia, porque pensamos que así pasará antes pero sucede justamente al revés.
Imagina que te das en la pierna con el pico de la mesa y pegas un grito. ¿Qué te hace sentir mejor que te digan: oye no grites que eso no es nada o que te dgan: uff eso duele como te entiendo? Ahora imagina que has roto con tu pareja y estás llorando, ¿prefieres que te digan, ya pasó, ya está, vale ya de llorar, no es nada o que te abracen y te digan: llora lo que quieras, entiendo tu dolor, debes sentirte fatal?
Los niños como los adultos necesitan comprensión. El primer paso para ayudarles a desarrollar sanamente su mundo emocional es dejarles que sientan, y no juzgar ni ignorar sus emociones. Cuando nos reímos de sus miedos, nos enfadamos por sus llantos o ignoramos su tristeza, les estamos diciendo que sentirse así está mal. Decir que no pasa nada cuando para ellos sí que pasa es negar lo que están sintiendo.
A nosotros nos puede parecer una tontería el motivo de por qué lloran, pero lo que a nosotros nos parezca da igual. Para ellos es importante, están tristes y quieren que se les entienda. Además un niño que es comprendido saldrá mucho antes de su estado que uno que no. Si me pongo a llorar porque se me ha roto un juguete y mi mamá se ríe, me ignora o le resta importancia, eso no me ayudará a estar mejor. Porque encima de que estoy triste por mi muñeca rota, se suma que mi madre se ríe de mi o me ignora, lo que hará que me sienta aún peor.

Esto no quiere decir que tengamos que asustarle sé más o hacer un drama donde no lo hay, si un niño se cae y nos ve una cara de espanto será peor, pero eso no significa que debamos quitarle importancia a su dolor. Además con niños muy pequeños a veces sí que nos tocará distraerlos porque no pueden entender los límites o porqué no pueden tocar eso o abrir ese cajón.

En definitiva, acompañemos las emociones de los niños, pongámosle nombre y demos importancia a lo que les pasa. Porque no es lo mismo decir: no te pongas así, te he dicho mil veces que no te voy a comprar más chuches, que decir: entiendo que estés enfadado, sé que te encantan las chuches pero no puedo comprártelas porque no son buenas para ti. Es muy diferente. Su reacción también lo será. No dejarán de llorar de inmediato porque les comprendamos,eso está claro, pero os aseguro que no se sentirán igual. Probadlo y me contáis.

EL CHUPETE

“Lo peor no es que el pezón sea de plástico, sino el cuerpo que falta detrás del chupete” Casilda Rodrigáñez
Si eres madre y lactante seguro que has escuchado la frase de “te está usando la teta de chupete”. Estamos tan sumamente desnaturalizados que esa frase la asumimos y nos parece normal. Vamos a ver, ¿qué vino antes, la teta o el chupete?, ¿no será que los niños usan el chupete de teta? Ver a un niño de dos años con chupete nos parece de lo más normal. Ver a una niña de uno tomando teta ya llama bastante la atención. Porque sí, hay que dar teta, sino te juzgarán, pero solo unos meses, si te pasas de eso, te juzgarán también. Está complicado el asunto. Pero ese es otro tema…
El chupete se inventó para comodidad de las madres. Los bebés demandan mucha teta, no solo para comer, también es contacto, calor, placer, relajación, olor… (por eso no tiene sentido dar teta cada tres horas). Y ante tanta demanda, que es agotadora, inventamos el chupete para ponernos las cosas más fáciles.
El chupete no es el demonio, es un recurso, para mamás que no dan pecho, para mamás que no quieren o no pueden con esa demanda o para cuando mamá no está. Yo lo he usado también varias veces hasta que Mia me dejo claro con seis meses que no lo quería escupiéndolo, en el coche por ejemplo, aunque luego descubrí que haciendo contorsionismo podía darle teta también (no cuando voy de conductora obviamente), pero el problema que veo no es su uso, sino su mal uso y su abuso. Me explico.
Cuando un bebé llora o se queja, puede ser por muchas cosas, pero lo primero es darle contacto, brazos. A veces basta con eso y se calman, a veces no quieren succión, ni teta, nada más quieren atención. Utilizar el chupete para no coger a un niño me parece un error, porque igual que no es lo mismo dejar a un bebé de meses tomarse un biberón solo, sí lo he visto, que dárselo, no es lo mismo utilizar un chupete en brazos, que dárselo cuando un bebé llora y no atenderle. Porque incluso el niño que sí está pidiendo succión, lo hace porque le relaja no el hecho en sí, sino estar en contacto con su madre o adulto de referencia. Por tanto el chupete sí, pero que no se convierta en un artilugio para cogerles menos, que a veces se nos va un poco la cabeza y ya hasta existen cunas que se mueven solas y en las que se graba la voz de la madre. ¡A ver qué más podemos inventar para no tener que atender a los bebés!
Por otro lado veo un abuso del uso del chupete, cuando veo a niños de dos o tres años jugando en el parque con un chupete en la boca. Una cosa es que el niño utilice un chupete para relajarse, para dormir, en brazos… como podría demandar el pecho y otra es que viva con un chupete en la boca, que además de deformarle la boca y dificultarle el habla podría ser señal de que algo está mal si necesita constantemente esa succión.
Y por último creo que cometemos otro error. Somos nosotros los que se lo damos, ellos no nos lo pidieron y luego nosotros decidimos cuando y como quitarlo. A veces de un día para otro, bruscamente, o incluso en algunas escuelas en un momento dado ya no lo dejan. El chupete es consuelo y quitarlo debería hacerse de una forma respetuosa y poco a poco como haríamos un destete y a la edad que se da naturalmente que es alrededor de los tres años.
En conclusión, ¿chupete? No tienes por qué usarlo, no lo necesitan, pero si decides usarlo que no sea para sustituirte, es un objeto, nunca podrá hacerlo.

LOS JUGUETES PARA BEBÉS

“Las manos son el instrumento de la inteligencia.” M. Montessori
Le compré una cosa superchula y ella jugaba con el papel. Lo hemos oído todos. Es una realidad y aun así seguimos llenando a los niños de juguetes a los que sabemos que apenas harán caso. Muchas veces por cumplir, porque nos hace ilusión a nosotros, nos hubiera encantado tener ese juguete de pequeños o no sabemos qué regalar. Pero un bebé no necesita juguetes. Es un gasto inútil. Y no solo eso, sino que los juguetes para bebés pueden incluso ser contraproducentes.
Los primeros meses apenas juegan, su juguete preferido es mamá y su mejor juego estar en brazos. Pero después empezamos a colocarlos en el suelo para que comiencen a moverse y cometemos el primer error. Les colocamos bajo móviles de colores que se mueven (gimnasios) que distraen al bebé de descubrir su propio cuerpo. Se quedan mirándolos en vez de cogerse los pies, jugar con sus manos y empezar a girarse para dar la vuelta.
Más tarde, les comenzamos a poner juguetes que llamen su atención para que se muevan. Pero os voy a contar un secreto, a los bebés no les gustan mucho los juguetes, un rato sí, pero no mucho. ¿Sabéis por qué? Porque son todos iguales.
Los niños descubren el mundo a través de las manos. Tocando los objetos, mirando, chupando… Y a los juguetes de bebés les pasa una cosa: son todos de colorines, huelen, saben, suenan y se sienten igual. ¡Son un rollo! Ellos quieren comprender la vida a través de los objetos y por eso les gustan tanto las cosas de verdad. Porque los materiales reales suenan diferente al golpearlos. La madera y el metal saben distinto. Una tela y una goma tienen diferentes texturas. Además, los juguetes tienen pocas opciones, a veces lo dan todo hecho.
Muchos juguetes para bebés suelen estar llenos de colores y sonidos. Pensamos que a los niños esto les encantará. ¡Hiperestimulación! Pero ocurre una cosa. Si el juguete se mueve y suena solo o dándole a un botón. ¿Qué más puede hacer el niño con él además de mirar? No fomenta el movimiento porque el niño se quedará parado mirando, no fomenta la creatividad ni la curiosidad por ver que puede hacer con él. Convierte al bebé en un ser pasivo ante el juego. No invita a mucho.
Los bebés juegan con el papel porque se puede romper, suena al estrujarlo, se estira, tiene muchas más posibilidades. Y también porque es algo nuevo, no como lo que hay dentro del paquete, que a lo mejor se parece muchísimo a otro juguete que ya tiene. Los niños necesitan cosas diferentes que permitan hacer cosas diferentes. El juguete estrella de mi hija por ejemplo, es mi cartera: cremallera, botones, sacar tarjetas, motricidad fina, descubrimiento, imitación, error, reto… lo tiene todo.
No digo que los juguetes sean el demonio. Además hay juguetes mejores y peores. Digo que no los necesitan. Que lo mejor que podemos ofrecerles a los bebés son cosas reales no peligrosas. El cesto de los tesoros y el juego heurístico son opciones que se utilizan mucho en escuelas infantiles y se basan en esto. 
Dejarles a los bebés todo lo que se nos ocurra para jugar es la mejor forma de que desarrollen su inteligencia. Si un niño va a la escuela infantil o está en casa y encuentra cada día los mismos juguetes de plástico de colores prácticamente igual, lo que podrá aprender de ellos se verá muy limitado. Invito a padres y maestras a abrir los cajones de su casa. Hay un mundo entero ahí dentro por descubrir que les encantará. Y si eres minimalista como yo, no pasa nada, siempre puedes ir a casa de las abuelas, esas sí que están llenas de tesoros.

AMOR CONDICIONAL, AMOR CON CONDICIONES

“Es fácil amar a alguien cuando todo es perfecto. Mantener ese amor durante los momentos imperfectos es lo que lo hace un amor incondicional”

Si no te comes la verdura no hay postre.

Si sigues así te vas a quedar sin ir a la fiesta.

Si te pones pesado no te lo compro.

Si seguís sin hacer caso os quedáis sin patio.

Si me contestas te vas a enterar.

Si no recoges eso te lo tiro a la basura.

Si apruebas te lo compro.

Si no te estás quieto no venimos más.

Si no sabéis jugar nos vamos.

Si no me das un beso ya no te quiero.

Chantajes, amenazas, castigos, manipulación. Amor condicional. Amor con condiciones.

¿POR QUÉ MI HIJA NO VA A LA ESCUELA INFANTIL?

“Es antinatural que los niños vayan a la guardería y sus padres les vean solo dos o tres horas al día” Carlos González

Lo primero porque puedo y porque quiero. Esto lo quiero dejar claro porque respeto profundamente a los que no quieren quedarse en casa cuidando de un niño pequeño porque necesitan realizarse fuera en sus trabajos. Y obviamente soy consciente de que hay muchas personas que quieren y no pueden cuidar a sus bebés porque tienen que volver a trabajar para no ser despedidas, para llegar a fin de mes o por razones varias.
Yo he elegido quedarme con mi hija porque puedo. Como contaba en el post de: Yo tampoco quería ir al cole, al entrar en el mundo de la educación alternativa y de la crianza respetuosa cambió mi vida. No solo a nivel profesional sino también en lo personal. Hubo en cambio de consciencia respecto a muchos aspectos sobre como vivimos y a la forma de consumo que tenemos que me hizo cambiar y aprender a vivir con menos y necesitar muy poco. Y este cambio es, entre otras cosas, lo que me permite poder estar en casa con Mia.
Y lo he elegido porque quiero. Soy maestra de infantil y Madre de Día, con lo cual, me dedico a cuidar niños. Me gusta, me realiza y por tanto disfruto y obviamente prefiero estar con ella que con los hijos de otros aunque sea duro y cansado y nadie te pague por ello, pero ese es otro tema…
Pero además lo hago porque estoy convencida de que es lo mejor para ella. Al sistema le interesa que te pongas pronto a trabajar, a los cuatro meses exactamente. Cuando aún ni tu cuerpo ni tu mente están preparados para separarte del bebé. No lo digo yo, lo dice la evidencia científica. Criando no produces. Y entonces el sistema te ofrece las escuelas infantiles y te dice que son lo mejor. Hablan de conciliación y los partidos supuestamente más modernos hacen propuestas para hacer escuelas públicas desde los 4 meses. Conciliar no es dejar a tu bebé ocho o más horas en una escuela. Pero ese tampoco es el tema…
El tema es que nos hacen creer que lo mejor para el bebé es la escuela. Porque se inmuniza, porque socializa, porque le estimulan, porque así espabila, que sepa que no es el centro de atención… y demás cosas que he oído tantas veces ya que se acaban aceptando como verdades. Pero no son ciertas.
Los bebés tienen un sistema inmunitario que se está desarrollando. Exponerlos a un espacio cerrado lleno de virus es malo para su salud. Que un niño caiga enfermo cada quince días, con su respectivo antibiótico o medicamento no le hace más fuerte, sino todo lo contrario.
Si has estudiado algo sobre el desarrollo del niño de 0-3, sabrás que los niños más o menos hasta esa edad no socializan, no hacen juego simbólico, sino en paralelo. Es cierto que disfrutan de estar con niños, cosa que se puede lograr en parques y con la familia. Pero un niño que no ha ido a la escuela infantil no tiene problemas de socialización porque allí lo que hará será pelearse por un juguete, morderse, tirarse del pelo… no pueden hacer otra cosa. Además ¿es realmente socializadora la escuela? Otro día hablaré de ello…
Un niño que va a la escuela infantil no está más espabilado ni más estimulado que uno que no. Creo que se confunde estar espabilado con que un aula de 1-2 años con 20 niños que quieren lo mismo y falta de manos para atenderlos correctamente puede convertirse en la jungla y entonces prima la ley del más fuerte. Pero eso nada tiene que ver con estar espabilado. La estimulación es post para otro día también. De antemano digo: a los niños, a no ser que tengan problemas, no hay que estimularlos. Yo no hago nada para que mi hija aprenda, solo dejándoles material adecuado y libertad lo aprenderá todo sola.
Y si eres profe de infantil, también sabrás que es normal y saludable que el niño se sienta el centro de atención. No puede ser de otra forma, es madurativo. Hasta alrededor de los tres años no puede entender las necesidades del otro. Está en una etapa egocéntrica. Cree que el mundo gira en torno a él y necesita que así sea para desarrollarse, por eso es una locura que una persona esté sola para atender física y emocionalmente a veinte niños. No puede.
Y antes de acabar, repito que soy profe de infantil. Que me parece una profesión preciosa y necesaria. Que las maestras hacen una labor muy dura y muy poco reconocida. Que al final vivimos en un mundo en el que existen las escuelas, porque no todas las familias tienen las mismas necesidades ni las mismas opciones y me parece bien. Si les llevas como si no. Pero al menos, creo que ayuda mucho saber que no es una necesidad del niño, que no le hará más listo, ni más sociable ni más espabilado. Y teniendo esto claro, si decides escolarizar,  será más fácil encontrar una escuela que responda a sus necesidades de la mejor manera. Porque no, no todas las escuelas son iguales. Pero como os imagináis… eso también es otro tema y os lo cuento otro día.

POR FAVOR, NO SENTÉIS A LOS BEBÉS

“El niño que llega a algo por su propio medio adquiere conocimientos de otra naturaleza del que recibe la solución totalmente elaborada.” Emmi Pikler

El otro día contaba mi experiencia en la escuela tradicional y como me llevó a acabar descubriendo las pedagogías alternativas, que cambiaron mi vida. Entre todo lo nuevo que fui descubriendo, hubo algo que me conquistó y que a día de hoy me parece importante y necesario para cualquier papá, pediatra o profesional de la educación infantil. Es Pikler o el movimiento libre.
Emmi Pikler fue una pediatra que trabajó durante muchos años en Budapest con niños sin hogar. En el orfanato pudo estudiar el movimiento de los bebés y su desarrollo en libertad, sin intervención adulta. Y de esos estudios nace lo que hoy llamamos movimiento libre, y que por desgracia tantos profesionales aún desconocen.
Pikler dice que la posición de la que parten los bebés es boca arriba. De ahí aprenderán a darse la vuelta, después reptarán, para más tarde gatear, sentarse, ponerse de pie y andar. Parece sencillo y obvio, pero la realidad es que hoy en día hay muchos niños, muchísimos diría yo, que no gatean, que no reptan y que se pierden una gran cantidad de aprendizajes en su desarrollo motor. Esto ocurre por varias razones.
Desde la desinformación que existe aún hoy, en muchas consultas pediátricas se insiste en poner a los bebés boca abajo cuando son muy pequeñitos, con intención de que fortalezcan el cuello, una postura que no les suele gustar nada, ya que no suelen estar preparados. También se mira como un logro cuando el bebé se sienta con apoyo, cosa que hace que muchísimos adultos sienten a los bebés cuando sus espaldas aún no están preparadas.
¿Y qué ocurre cuando les sentamos? Lo primero aclarar que no es bueno porque forzamos su columna que evidentemente no está preparada, cosa que vemos claramente porque se caen para los lados y hacia atrás. Lo segundo es que como no es una postura a la que han llegado por ellos mismos, lo que suele ocurrir cuando empiezan a gatear, no pueden salir de ella. Un niño que se ha aprendido a sentar, sabe volverse a tirar al suelo a gatear o reptar. Un niño al que se le sienta se queda bloqueado, no puede moverse, depende de nosotros para cambiar de postura por lo que se pierden un montón de movimientos, pasando muchas veces directamente a andar desde la postura sentado, hasta “culear”, moverse arrastrando el culo desde la posición sentado. En las escuelas y muchas familias que desconocen esto, sientan a los bebés alrededor de los seis meses y ahí se pasan jugando los niños mucho tiempo. Pikler en sus estudios demostró que el niño es movimiento y que cambia de postura muchísimas veces. Estar en la misma postura jugando para un bebé es completamente antinatural. Pero claro, no pueden hacer otra cosa, porque no pueden salir de esa posición.
Además pasa otra cosa, si sentamos a un niño a jugar sentado, obviamente rechazará que le tumbes. La visión en vertical les gusta más, entonces ya no quieren estar jugando boca arriba ni boca abajo, ni reptar, que es lo que les toca por su edad. Y esto puede hacer que se pierdan todo lo demás.
Lo mismo ocurre con ponerlos de pie. Si lo pongo de pie agarrado a un mueble antes de que él lo haya logrado, lo primero es que estoy forzando sus piernas que no están preparadas, y lo segundo es que se quedará ahí sin poder moverse hasta que alguien lo cambie de postura. En cambio si él logro arrodillarse y ponerse de pie, aprenderá también a bajar.
Igualmente ocurre con el andar. A los niños no hay que enseñarles a andar. Lo harán cuando estén preparados. Dar las manos a los bebés en alto para que den pasitos, además de que es fulminante para nuestras espaldas, no les enseña a andar bien, no es desde su iniciativa cuando están preparados, dependen de nosotros para desplazarse y además pasa igual que con lo de sentarlos, si lo hacemos pueden después rechazar gatear y solo querer que les lleves andando tú.
En el instituto Pikler, el cien por cien de los niños gateaban. En libertad, con posibilidad de movimiento y sin intervención adulta los niños gatean y hacen todas las posiciones por ellos mismos, antes o después. Así que por favor, ¡no sentéis a los bebés!

YO TAMPOCO QUERÍA IR AL COLE

“No puedo enseñar así por más tiempo. Si os enteráis de algún trabajo en el que no tenga que hacer daño a los niños para ganarme la vida, hacédmelo saber.” John Taylor Gatto
Rocío tiene 20 años, acaba de terminar la carrera y no puede creerse que va a empezar a trabajar en un cole de infantil como tutora. Es su sueño. Tiene mil ideas y está emocionada, pero cuando lleva un mes allí ya no está tan contenta y no entiende por qué. Pasan los meses y cada vez tiene menos ilusión. A pesar de que los niños la adoran, ella no está bien. Se siente estresada, cansada, ha empezado a tener problemas con las compañeras, con la jefa y a tener crisis de ansiedad. La gente le dice que es normal, que ya se acostumbrará. Aguanta allí tres años hasta que un día no puede más y decide dejar atrás el que creía su sueño y no volver más. Rocío tampoco quería ir al cole.
A pesar de que la carrera de magisterio deja mucho que desear y de que está anticuada en metodologías y demás formas de hacer, creo que todas salimos de allí con ilusión y ganas de cambiar las cosas, de por fin tener un aula con niños y disfrutar de la profesión. Pero somos muchas las que nos damos de bruces con la realidad de un sistema educativo que deja poco margen de actuación, que tiene muchas trabas y que nos pone muchas zancadillas para disfrutar de verdad de estar con los niños.
Esta es mi experiencia y cada una tendrá la suya, pero me consta que muchas cosas se están haciendo mal en muchos sitios. Que no era la única que lo estaba pasando mal. Que hay mucha gente que quiere huir de las escuelas infantiles y mucha que no puede.
29 niños de 4 años en muy pocos metros cuadrados es muy estresante. Tienes varias opciones: coges el rol de sargento, los tienes firmes y callados para que no se te descontrolen, o tomas el rol de animadora que tanto me disgusta, de estar cantando y haciendo teatro todo el día para que estén entretenidos y tampoco se te descontrolen. Y luego está la opción 3, que fue la que acabó conmigo y me trajo problemas. Dejar que se descontrolen, que jueguen, que salten, que se peleen, que hagan trenes con las sillas, castillos con las mesas, que no vayan en fila, que coman lo que quieran… Eso sí, las tres son agotadoras por igual, aunque unas mejores que otras.
Lo peor era bajar a la piscina. Todos los días me decían que nos iban a poner un ayudante, pero acabó el curso y nunca vino. Bajaba con los 29, los desvestía, se bañaban y luego tenía que vestirlos a todos, en media hora, con el calor del vestuario, mientras camisetas y calcetines volaban por los aires y se mezclaban unos con otros. Todo esto rezando para que la camiseta que le había puesto a Berta, fuera la de Berta y no la de Juan, porque sino al día siguiente tendría bronca de su madre. Como aquel día que Luis se fue con los zapatos cambiados, el derecho en el izquierdo y recibí una nota diciendo que era inadmisible lo que había ocurrido y que no me iban a consentir que volviera a pasar.
Bueno miento, lo peor no era eso. Lo peor era la violencia y lo peor es cuando la normalizas. Porque gritar es violencia, zarandear es violencia, meter una cuchara en la boca a la fuerza es violencia, humillar es violencia, dar en la boca a un bebé por morder es violencia, insultar es violencia, tener a un niño castigado sin moverse es violencia. Y hubo un día en que vi claro que o me iba o acabaría convirtiéndome en esas personas que me horrorizaban tanto cuando pisé el cole por primera vez. 

Por suerte elegí lo primero y a esas personas en realidad les debería dar las gracias, me enseñaron aunque quizá no de la mejor forma, el tipo de maestra a la que nunca me gustaría parecerme. Salí de allí pensando que mi carrera como maestra había terminado, no quería saber nada más de coles y niños. Pero todo en la vida pasa por algo y siempre digo que si no hubiera estado allí, hoy no estaría aquí. Porque no, no dejé la educación, sino que descubrí un mundo nuevo llamado pedagogías alternativas, con sus luces y sus sombras, pero que me cambió la vida, sí, suena grande, pero es verdad. Pero eso es otra historia y ya os lo cuento otro día…

LAS MANUALIDADES

“Todo niño es un artista, porque todo niño cree ciegamente en su propio talento. La razón es que no tienen ningún miedo a equivocarse… hasta que el sistema les va enseñando poco a poco que el error existe y que deben avergonzarse de él.” Ken Robinson

Erik tiene tres años y ayer, que fue el día de la familia, tuvo que dejar su juego a desgana para que le pusiera pintura en los pies y los plantara en un folio. El mes pasado tuvo que pegar unas orejas, con mi ayuda, a uno de los 24 conejos que había hecho para Pascua. Mañana pintará con pintura de dedos una flor para la fiesta de la primavera y para Navidad haremos tarjetas en las que pegará papelitos verdes dentro de un arbolito dibujado por mí. Yo odio este tipo de actividades, Erik también. Creo que a los únicos a los que les gustan es a sus papás. Erik hay días que no quiere ir cole.
Como contaba en el artículo de el baile  de fin de curso, en la escuela infantil, y en primaria también ocurre mucho, se hacen un montón de cosas absurdas que además de gastar energía y tiempo tanto para los niños como para las profes, creo que no sirven para nada, e incluso que son perjudiciales.
Para fomentar la creatividad, la capacidad para crear e inventar, algo de lo que tanto se habla ahora en educación, quizá este tipo de actividades sea lo peor que hay para ese fin. Decirle a un niño de qué color pintar eso, cómo y dónde poner esa pegatina, cómo dibujar aquello, y dónde colocar esas orejas al conejo, deja nula opción a la creatividad. Todo ya está creado por otros, solo hay que acatar órdenes.
Por otro lado, no solemos dejar a los niños opción de hacerlo o no, suelen ser actividades dirigidas e impuestas, no queremos que ningún papá se quede sin regalo, y si vemos que no hay forma de que lo haga, siempre podemos hacerlo las profes, si total, el fin es que el niño saque un regalito. ¿Porque era ese el fin no?
Porque divertirse con este tipo de actividades, los niños no se divierten. Aprender, no aprenden nada que no puedan hacer jugando o con actividades libres que ellos elijan. Y la creatividad, ya hemos visto que fomentarla no la fomentan. Entonces, ¿Por qué seguimos haciéndolas?
En el aula debe haber tijeras, pegamento, pinturas y material creativo a disposición de los niños para el que quiera utilizarlo. Deben ser libres para crear lo que quieran y libres para regalárselo a quien quieran. Porque obligar a un niño que no quiere a hacer una manualidad para dársela a alguien, es de todo menos un regalo.
Me da la sensación de que las maestras intentamos llenar muchos espacios haciendo cosas porque creemos que si no hacemos nada y los niños juegan todo el rato, están perdiendo el tiempo, cuando es justo lo contrario, están perdiendo el tiempo haciendo estas actividades y es mil veces más productivo para ellos el juego libre.
Un voto para dejar de lado las manualidades obligatorias, y lo siento mucho por los papás que se quedarán sin tarjeta de Navidad, pero estoy segura de que las maestras que se pasan tardes recortando orejitas y ojos de conejo de cartulina me lo agradecerán.

NO

Desgastamos el NO con los niños. Decimos más noes de los que necesitan, de los que pueden comprender, de los que pueden cumplir.
Ya desde que son bebés se lo decimos mucho, queremos que aprendan que hay cosas que NO y punto. Pero los bebés no pueden entendernos.
Mucha gente me ha dicho a lo largo de mi trayectoria profesional que sí te entienden, porque cuando van a coger eso que no deberían los niños te miran, como sabiendo que les vas a regañar, como retándote. Por favor, un bebé no te reta, a un bebé como mucho le hace gracia tu reacción y entonces lo repite, o se sorprende por tu cara de enfado y quiere comprobar si la vuelves a poner.
Y lo peor es que a veces sí parece que han aprendido y dejan de tocar ese jarrón de la mesa después de que le has regañado 20 veces. Pero no por comprender que no se toca eso que es delicado (es un bebé y no da para tanto), no porque es un niño bueno y obediente, sino por miedo, para agradarnos, porque ha visto que si lo hace se enfadarán con él o le gritarán y quiere evitar eso. Y obviamente, creo que ese no es el tipo de relación que queremos tener con nuestros niños.
Yo también digo que no muchas veces a mi hija de un año y en realidad no se por qué lo hago. No pretendo que aprenda nada, se que no lo hará. Lo digo que cuando hay peligros, porque hay cosas con las que no puede jugar porque son peligrosas, pero es mi tarea no ponerlas a su alcance y si aun así llegan a sus manos, la intento distraer y siempre se me escapa un NO que no es un reproche sino casi un no para decirme a mí misma que tengo que tener más cuidado la próxima vez.
Si un niño pequeño pudiera realmente entender el NO, no pondríamos protectores de enchufe, les enseñaríamos que eso no se toca y ya está. Sabemos que van a ir ahí por mucho que se lo digamos, así que la única opción es protegerlos. Pretender que no toquen cosas que están a su alcance es agotador y desgasta mucho. Además es una pérdida de tiempo.
Cuando ya no son tan bebés, seguimos con el no en todo momento. No te subas ahí, no hagas eso, no corras, no se hace eso. Sobran la mayoría. Deberíamos guardar los NO para cuando sean absolutamente necesarios. Para que tengan valor el día que realmente los necesitemos. Los NO que valen son los que les protegen, los demás suelen estar de más. Todos conocemos a niños que a todo les dicen que no y ya les da igual, la palabra ha perdido todo su significado.
Voto por más SÍ. SÍ puedes subirte ahí, yo me quedo aquí cerca por si te escurres. SÍ puedes correr, si te caes es normal, no pasa nada. SÍ puedes comerte otro bombón, estamos de fiesta. SÍ puedes saltar en el charco, luego te cambio de ropa. SÍ podemos quedarnos un rato más en el parque, ya pondré mañana la lavadora. SÍ puedes saltar en la cama, es divertido, a mí también me encantaba cuando era pequeña (con mi hermana una vez hasta partimos una madera del somier, pero no es nada grave y compensa).
Pensadlo, cuando nuestros niños se hagan mayores y echen la vista atrás todos los noes les pesarán, en cambio serán los síes los que recordarán y les harán sonreír. 

LOS RINCONES

“La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle” M. Montessori
Carlota tiene 6 años y le encantan los cuentos, las letras, escribir palabras. Cuando llega el momento de jugar por rincones ella siempre quiere ir al rincón de biblioteca, pero hay cinco rincones, y cinco días en una semana. Ya fue el lunes así que hasta el lunes próximo no le tocará volver. En cambio Raúl y Marcos tienes que ir hoy a ese rincón y no les interesa nada, por lo que empiezan a lanzar los cuentos y tengo que intervenir. Me dicen que se aburren, ellos quieren ir al rincón de los coches. Carlota no quiere ir al cole.
La metodología por rincones es de las que más se están utilizando ahora mismo en educación infantil. Para el que no la conozca, se trata de dividir el aula en espacios en los que se realizan diferentes actividades. Suelen estar la biblioteca, el matemático, arte, juego simbólico. El origen, entre otros, viene de María Montessori y sus diferentes áreas de aprendizaje. Tiene muchos aspectos positivos, como la autonomía y la posibilidad de realizar actividades diferentes simultáneamente pero el problema está en que no se ha entendido bien el propósito y al final no deja de ser una actividad dirigida más. Si al final yo llevo el control para que todos los niños pasen por todos los rincones a lo largo de la semana, ¿dónde está la autonomía?, ¿para eso no sería más cómodo hacer todos lo mismo a la vez?. No tiene ningún sentido.
No deja de ser lo mismo de siempre disfrazado de algo más libre y alternativo (aunque tenga 100 años de antigüedad) . La base del trabajo por rincones es buena. Delimitar los espacios y que haya diferentes actividades es enriquecedor y acaba con la imposición de que todos los niños tengan que hacer lo mismo y a la vez, entendiendo que es antinatural que todos tengan los mismos intereses en el mismo momento. Pero en cuanto obligamos a los niños a ir al rincón que nosotros queremos que vayan, porque entendemos que nosotros somos los que mejor sabemos lo que necesitan, cometemos el error de estropear lo que en un principio era una buena propuesta.
Esto ocurre otra vez por el miedo. Tenemos miedo de que los niños no aprendan lo que se supone tiene que saber un niño de seis años. Miedo a que si siempre quiere estar viendo cuentos, quizá nunca aprenda los números. Y eso no va a pasar. Cada niño tiene unas cualidades, unos intereses, unos gustos, y unas ganas. Hay niños que con cuatro años quieren aprender las letras y hay otros que solo quieren jugar, es normal y bueno que no todos seamos iguales. Eso no quiere decir que nunca le interese escribir, pero no es su momento y hay que respetarlo. Ya querrá. Un niño no quiere ser analfabeto, eso seguro.
Una vez leí una frase que decía “Cometemos el error de que cuando nuestro hijo es excelente en pintura pero va mal en matemáticas, le apuntamos a clases de matemáticas en vez de a las de pintura”. Luego nos sorprendemos porque somos un país en el que no se fomenta la excelencia, donde los genios pasan desapercibidos (y creo que todos somos genios en algo) y en el que si destacas en algo se te ignora porque al final lo que importa es que pases por el mismo aro que pasan todos y aprendas lo mismo y a la vez que todos los demás. No vaya a ser que te salgas del redil.

LAS EMOCIONES

“Enfadarse con un niño enfadado, gritarle a un niño que grita, y pegarle a un niño que pega, es como embarrarle de lodo porque se ha ensuciado y esperar que así se limpie.” L. R. Knost
Hugo tiene cinco años y está pasando el momento más difícil de lo que lleva de vida. Acaba de tener una hermanita y está muy celoso. Su forma de expresarlo es con potentes rabietas y contestando mal a cualquier adulto que intente hablar con él. Su profe cada vez que se pone así porque algo no sale como él quiere, le castiga y se enfada diciéndole que hasta que no se calme no le va a hacer caso y que esas no son formas de ponerse. No soporta verle fuera de sus casillas. Hugo no quiere ir al cole.
Las emociones están de moda. Se habla de inteligencia emocional, tenemos en las aulas cuentos sobre las emociones, hablamos de ellas y hacemos actividades para desarrollarlas porque nos han dicho que eso hará de los niños mejores personas. La intención es buena, pero lo estamos enfocando mal. Las emociones no se educan, se viven.
Los niños sienten, mucho y muy intensamente, y lo que los adultos solemos hacer es reprimir sus emociones en vez de acompañarlas. Tendemos a pensar que hay emociones positivas y negativas y esto no es cierto. Las emociones son todas buenas y necesarias, otra cosa es que sean más o menos agradables.
Cuando un niño está triste, enfadado o siente miedo nos suele molestar, probablemente porque es lo mismo que hicieron con nosotros, porque huimos de esas emociones, porque no nos dejaron vivirlas y queremos librar a los niños de ello cuanto antes. Por eso, cuando un niño llora ledecimos que deje de hacerlo, cuando se enfada y tiene una rabieta nos solemos enfadar con ellos y cuando tienen miedo, o bien menospreciamos su sentimientos diciendo que no pasa nada o incluso nos reímos de ellos. Y esto nada tiene que ver con acompañar las emociones de los niños y ayudarles a entenderlas y así poder vivirlas, sino que reprime algo que existe por una razón y que si no es expresado, esa rabia, miedo o tristeza se quedará dentro y es entonces cuando vendrá el problema.

Para acompañar las emociones de los niños basta con ponernos a su altura y decirles que entendemos lo que están sintiendo, podemos decir “veo que estás muy enfadado porque Fulanito te ha quitado el juguete”, “veo que estás triste porque echas de menos a mamá” o “entiendo que te de miedo entrar ahí”. Poniendo nombre a sus emociones los niños sienten que está bien llorar o enfadarse y entonces podrán salir de ahí gracias a que han podido vivirlo. Si un niño se enfada y nos enfadamos con él, más enfadado estará, porque se sumará a su razón inicial que el adulto no le permite sentirse como quiere, por lo que entenderá que hay algo malo en él y que está mal sentir lo que se siente.
Todos queremos niños empáticos, que se conviertan en adolescentes que nos cuenten lo que les pasa y como se sienten, pero desde que son pequeñitos no hacemos más que negarles lo que está pasando, ninguneándolos no dando importancia a sus pequeñas frustraciones que para ellos son terribles. Los cuentos y actividades pueden estar muy bien pero si queremos tener niños sanos emocionalmente empecemos por el principio y dejemos de reprimir y comencemos a dejarles vivir.

HACER LAS PACES

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.” Albert Camus
Isabel tiene cinco años y está todo el día peleándose con Cristina. Se pelean por todo y acaban pegándose, gritándose y una de las dos siempre termina llorando y viniendo a mi a decirme que la otra ya no quiere ser su amiga ni jugar con ella. Yo intento resolverlo como puedo. Las animo a hacer las paces, les digo que tienen que jugar juntas, ser amigas y darse un beso. El pack completo. Ellas obedecen y a los diez minutos están igual. Esta claro que todo eso que hago no sirve para nada. Isabel hay días que no quiere ir al cole.
Imaginemos por un momento que nosotros somos Isabel. Discutimos con alguien en la calle o tenemos un conflicto con un amigo y viene alguien a decirnos que tenemos que llevarnos bien, estar juntos, ser amigos y encima nos obligan a darle un beso o un abrazo. Creo que se entiende que eso es lo que menos nos apetece cuando estamos enfadados con alguien y que no está bien obligar a los niños a hacerlo por una sencilla razón, invalida lo que sienten.
El niño puede sentirse enfadado, disgustado, triste con la otra persona y no les dejamos vivir eso cuando les imponemos que se besen, estén juntos o sean amigos cuando no es lo que les apetece. Tienen derecho a querer alejarse del otro, a estar solos y a no dar muestras de afecto cuando no les nace.
Esto nos ocurre a los adultos porque estamos muy acostumbrados a huir de los conflictos. No nos gustan, nos dan miedo y no nos damos cuenta que forman parte de la vida, que nos ayudan a crecer y a ser mejores. Los niños viven sus conflictos también intensamente y es cierto que se enfadan y a ellos solos se les pasa y normalmente enseguida están jugando otra vez como si nada, pero eso no niega que sus sentimientos sean reales y tengan derecho a vivirlos.
Intervenimos mucho en los conflictos de los niños, demasiado. Nos gusta ser jueces y determinar quien fue el culpable y ha de pedir perdón. Pero el perdón, como el compartir, como el dar un abrazo o un beso a un amigo tiene que salir de uno, no puede venir impuesto. Pedimos perdón a alguien cuando empatizamos con la persona y somos conscientes de que le hemos hecho daño. Decirle a un niño que pida perdón por algo que no entiende, es un perdón vacío, como un gracias o un por favor obligado, que no enseña nada, más que obediencia al adulto o incluso que puedo hacer lo que quiera mientras luego diga perdón.
He visto a muchos niños pequeños que muerden o pegan y acto seguido dan un beso. No tiene sentido. Eso no hace que dejen de pegar o morder ni sana el dolor del otro. Cuando sean más mayores y puedan comprender, y si han tenido modelos de disculpa en su entorno, pedirán perdón, harán las paces, y darán abrazos si lo sienten y les apetece.
Así que podemos ahorrarnos muchas charlas con los pequeños con cosas como “tenéis que ser todos amiguitos”, cosa que no es cierta, no tienen por qué serlo. “Tenéis que hacer las paces y daros un abrazo” (luego hablamos de consentimiento), y dejar los perdones para cuando a cada uno le salgan. Eso sí, como digo siempre, podemos ser su mejor ejemplo y pedirles perdón a ellos cuando nos equivoquemos, mostrándoles que todos podemos cometer errores y puede que nos perdonen y que nos dejen darles un beso o un abrazo o puede que no, y estará bien también.

EL BAILE DE FIN DE CURSO

“Y si nos estimulasen el pensamiento en vez de decirnos lo que tenemos que hacer.”
Sara tiene cuatro años y es una niña muy especial. No le gustan muchos las multitudes ni ser el centro de atención. Llevamos quince días ensayando el baile para el festival de fin de curso pero en el momento en el que ha empezado a sonar la música, Sara se ha visto ahí arriba del escenario, con tanta gente mirando que se ha puesto a llorar y ha venido hacia mí que estaba abajo intentando marcar los pasos para que los niños me siguieran. La he cogido, se ha calmado y se la he dado a sus padres. La música seguía sonando, pero como yo he dejado de hacer los movimientos, los niños se han perdido. Ha sido un desastre. Los padres aplauden igual. Les hace mucha ilusión este tipo de cosas. Yo estoy cabreada. Todo esto me parece ridículo. Esto es una fiesta donde los que deberían disfrutar son los niños, no solo los padres y no estoy segura de que todos los niños de cuatro de años disfruten con esto. Sara llevaba quince días que no quería venir al cole.
Hace quince días nos dieron los horarios de ensayo para bajar con los niños a practicar el baile al salón de actos.
Primer día:
“Chicos vamos a preparar un baile para los papás. Da igual que no os guste la canción, que no os guste bailar, que os de vergüenza, que no os apetezca, que no queráis. Vamos a hacerlo.”
14 días posteriores:
“Julia ponte aquí. Pedro tú aquí. No te muevas Lucas. He dicho que ahí quietos hasta que suene la música. Raquel agárrate a tu compañero. Ahora vuelta, ahora saltamos, ahora cambiamos de lado. ¿Sonia qué haces? Tienes que ir para el otro lado. Luis no es momento de jugar, estamos ensayando. Sofía un paso atrás. ¿No te acuerdas? Venga, muy bien. ¡Raúl vale ya! Como sigas así te quedas sin bailar. Lidia fenomenal, es la única que se sabe los pasos. Venga, yo voy a estar debajo y tenéis que mirarme por si se os olvida. ¿Sara no quieres bailar? Tus papás quieren verte, si no se pondrán tristes. ¡Andrea para! ¡Carlota basta! ¡SILENCIOOOOO!”
Que queréis que os diga. A mí no me compensa y creo que a ellos tampoco. Es cierto que luego queda muy bonito y muy vistoso. Es cierto que a los papás les encanta, pero mi experiencia me dice que la mayoría de niños de cuatro años no disfrutan con esto. A muchos no les gusta bailar, muchos no están preparados para seguir tantas órdenes, muchos no aguantan tanto tiempo haciendo la misma actividad, muchos no quieren hacerlo, muchos prefieren bailar a su ritmo, muchos no están maduros para entender los pasos, muchos prefieren jugar a ensayar, muchos se aburren soberanamente y yo me siento totalmente frustrada porque no deseo hacer esto, porque para conseguirlo tengo que pelearme con ellos y no quiero. Tengo que obligarles y no quiero. Tengo que gritar y no quiero. Pero no pasa nada, los papás aplaudirán y harán muchas fotos e incluso vendrán a felicitarme y eso debe ser que es lo único que importa.

LA FILA

¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones? Michel Foucault

Candela tiene seis años y lleva desde los tres intentando ir en fila. A mí es de las cosas que me ponen de mal humor en la escuela porque nunca consigo que la hagan bien, que vayan en línea y acaba siendo un desastre. He intentado alguna vez que se desplacen andando normal, sin fila, pero me han llamado la atención las directoras porque los niños tienen que ir en fila, así que les obligo a ir así aunque no nos guste ni a ellos ni a mí. Hay otras compañeras que se dejan la vida en ello. Gritan, regañan, castigan si los niños no van bien agarrados y se pueden tirar media hora para subir del patio hasta que la fila esté perfecta. No se dan cuenta que da igual, sea septiembre o junio seguirán con la misma pelea y la fila seguirá sin salirles bien. Candela hay días que no quiere ir al cole.

La fila es otra de las cosas que se siguen haciendo en las escuelas desde no se sabe cuando y en la que no nos paramos a pensar mucho. Donde fueres haz lo que vieres, dice el refrán. Y así andamos todos los maestros intentando hacer filas sin preguntarnos por qué y para qué las hacemos.

Los niños las odian, son siempre causa de peleas por quien va primero, quien se cuela… pero además es incómodo, si tienen que agarrarse a la ropa del de delante, se tropiezan… Imaginaros ir así en vuestro trabajo. No es una forma muy natural de moverse.

La fila puede ser útil en la vida para algunas cosas, pero tal cual la utilizamos en los coles es simple y llanamente porque es cómoda para los adultos, es señal de obediencia y orden, pero quizá no sea la mejor forma de moverse para un niño. Queremos que sean autónomos e independientes, pero no confiamos en ellos ni fomentamos con este tipo de normas que lo sean.

Hay ocasiones en que no nos quedará más remedio, pero se puede reflexionar para ver si muchas otras podemos no recurrir a ellas. Por ejemplo, la subida del patio suele ser el momento más caótico debido a que hay muchos grupos pero podemos hacer la fila en el patio y una vez contados todos ir a clase en grupo, andando normal, como nos desplazamos los adultos por los sitios. O igual simplemente basta con que un profe vaya al principio y otro al final para asegurarse de que todos van para las aulas. No sé, seguro que hay mil opciones mucho más respetuosas. Quizá serán algo más movidas y más ruidosas, pero que no se nos olvide, que estamos en una escuela no en un cuartel militar.

NO HAY QUE COMPARTIR

“Muy lenta y dolorosamente aprendí que cuando yo empecé a enseñar menos, los niños empezaron a aprender más.” John Holt
Rebeca tiene cuatro años, es de la clase de al lado y está harta de compartir. Cuando sale al patio y coge un triciclo siempre hay otro niño que también lo quiere. Su profe cuando ve que ya ha estado un rato, la baja aunque ella no quiere y se lo da a otro niño. Le dice, Rebeca hay que compartir. Cuando en clase coge una muñeca y otro niño la quiere y se lo dice a la profe, esta le quita la muñeca y Rebeca se queda llorando. Ella le dice que hay que compartir. Sus padres cuentan que cuando va al parque no quiere prestar sus juguetes, que la obligan a compartir, no quieren que Rebeca sea una egoísta y le dicen que si no comparte, los demás no van a compartir con ella. Rebeca hay días que no quiere ir al cole.
El tema de compartir en los niños se ha entendido mal y está mal planteado. Compartir, dice el diccionario que es, dar parte de lo que uno tiene para que otro lo disfrute. No dice en ningún sitio que compartir sea que una persona externa me quite algo de las manos y se lo de a otra. Eso es quitar, robar, pero no compartir. Compartir tiene que salir de uno. Nadie te puede obligar a compartir, como mucho te obligan a dárselo. Pero compartir no se puede enseñar. Ser generoso se adquiere viendo como los demás lo son, teniendo el ejemplo de los adultos.
Haciendo esto de quitarle a un niño algo de las manos para dárselo a otro, u obligándole y haciéndole sentir mal por ello, no vamos a conseguir que sea más generoso, nada tiene que ver una cosa con otra. Como mucho se estará llevando una lección de que uno puede quitarle a otro las cosas de las manos porque así lo considere.
Pensemos por un momento en nosotros mismos. ¿Somos generosos? ¿Cuánto? ¿Le dejaríamos nuestro móvil, nuestro coche, nuestra casa a uno que pasa por el parque? ¿A un conocido? Para los niños sus juguetes, son sus tesoros y tienen todo el derecho del mundo a no querer dejarlos, como nosotros a no querer prestar nuestro teléfono a cualquiera. Además en los primeros años están en una fase egocéntrica en la que todo gira en torno a ellos, no pueden empatizar. Poco a poco irán entendiendo que los demás tienen necesidades y podrán querer compartir, o no, y estará bien. Cada uno es libre de prestar o no lo que quiere.
Imaginemos que estamos concentrados en un libro, o haciendo una manualidad y llega alguien y nos dice, se acabó tu tiempo, le toca al siguiente, te lo quita de las manos y se lo da a otra persona. Pensaríamos que vaya falta de respeto. Pues se lo hacemos a los niños constantemente. Su juego y su concentración también son importantes.
Por esto yo siempre propongo lo siguiente. Primero dejar deintervenir tanto, y darles la oportunidad de resolverlo solos. Nos sorprenderá. Seguramente quien tenga el objeto deseado no lo querrá soltar y el otro puede que decida irse. Y si vemos que necesitan ayuda podemos explicarles y poner palabras a lo que pasa: Rebeca tiene ese triciclo, se que tú también lo quieres pero está ella ahora con él. Si lo suelta podrás cogerlo. Esto que puede parecer que solo beneficia a Rebeca, en realidad no es así. El día de mañana, su compañero podrá estar tranquilo cuando coja un triciclo o cualquier otra cosa, porque sabrá que puede disfrutar de ello todo el tiempo que quiera y que no debe preocuparse porque vaya a venir un adulto justiciero a quitarle su gran tesoro.

LOS CUENTOS

“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.” Jorge Luis Borges

Vega tiene 6 años y ha sido alumna mía desde los 3. Siempre le han encantado los cuentos como a casi todos los niños, pero lleva un tiempo en el que durante la asamblea, cuando leemos algún cuento ella se quiere ir a jugar así que empieza a hablar con una amiga, se distrae, molesta… Yo le digo que es la hora del cuento y que hay que atender, pero eso a Vega le da igual. Vega hay días que tampoco quiere ir al cole.

La gran mayoría de niños adora los cuentos. Desde que tienen un añito, incluso antes, les encantan que les cuenten historias y ver los dibujos. Es una actividad placentera y debería serlo durante toda la vida.

En el mismo momento en el que obligamos a un niño que no quiere a ver un cuento, a leer u libro, a escuchar una historia, nos estamos cargando de un plumazo el placer que conlleva. “Se puede obligar a prestar atención pero no a mostrar interés.” Una frase que me encanta y que todo maestro debería grabarse a fuego. ¿Cuál es el fin último de leerle un cuento a un niño? ¿Qué estamos fomentando? ¿Qué queremos cultivar en ellos?

Según los niños se van haciendo mayores la cosa se complica. Al principio, cuando son muy pequeños, les interesa casi cualquier historia, los cuentos para las primeras edades les llaman mucho la atención y no suele haber problema, pero cuando van creciendo todas las historias ya no les interesan a todos o quizá no en ese momento porque están interesados haciendo otra cosa.

Además hay un punto clave en esto y es cuando pasamos de leerles cuentos por el mero hecho de disfrutar, a cuando queremos conseguir objetivos “pedagógicos” con ello, y entonces los cuentos nos sirven para introducir cosas que queremos que aprendan y lo hacemos por obligación. Y ellos, como es lógico, lo notan y rechazan.

Después en primaria la cosa continúa y es aún peor. Deben leer cuentos y hacer dibujos o resúmenes, para acabar en secundaria leyendo el Quijote. Y todo esto se hace en teoría como fomento de la lectura.

¿Y entonces no les leemos cuentos? Claro que podemos leer cuentos, pero lo respetuoso para todos, para el que escucha y para el que lee, sería leer cuentos para aquellos que quieran escuchar. No hace falta que todos los niños hagan lo mismo en el mismo momento, no es normal que todos los niños quieran hacer lo mismo a la vez, es imposible y solo sirve para que nos enfademos y tengamos que andar peleándonos con ellos.

No tengamos miedo, el niño que no escucha el cuento, no se está perdiendo nada imprescindible. Algo entretenido en todo caso, pero tendrá sus razones. Si no quiere oírlo será porque algo mucho más interesante para él querrá hacer y eso es mucho más importante. Forzarle a ello solo hará que le cree más rechazo.

La lectura no se puede imponer ni forzar, y esto hay que tenerlo claro para empezar a actuar en consecuencia desde que los niños son muy pequeños. Después nos preocuparemos por esos adolescentes que no quieren coger un libro, y huyen de todo lo que tenga más de 140 caracteres, y no sabremos exactamente qué hemos hecho mal.

LA COMPETITIVIDAD

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra.” M. Montessori

Aarón tiene 4 años y no le gusta nada perder. Se siente frustrado y se pone a llorar. Quiere jugar pero solo si va a ganar, cuando ve que está perdiendo dice que no quiere jugar más. Le pasa en clase, en el patio y dice su madre que en casa también. Yo le digo que hay que saber perder, que no siempre se gana, que lo importante es participar, y todas esas cosas que se supone que hay que decir a los niños en estos casos. Aarón hay días que no quiere ir al cole.

Vivimos en un mundo competitivo, de eso no hay ninguna duda. Y como dijo Montessori la competitividad es el principio de cualquier guerra. Este modelo competitivo se lo estamos metiendo a los niños prácticamente desde que nacen y les comparamos con los logros de los demás, con las notas y con los juegos de clase.

En una clase de 28 niños hacemos juegos en los que gana uno y pierden 27. Frustramos a 27 niños que no son capaces aún de lidiar con ello no sé con qué intención realmente. Quizá creemos que así aprenderán que en la vida no siempre se gana. Pero eso lo van a aprender a pesar de nosotros, eso lo podemos dar por sentado. No necesitan que artificialmente se lo mostremos, la vida se encargará de ello.

Este mundo lo que necesita es menos competitividad y más cooperación. Se habla de pasada de juegos cooperativos, pero la realidad es que principalmente en las aulas el modelo que más se repite no es ese. Invito a padres y maestros a buscar juegos de mesa y de muchos otros tipos que invitan a la cooperación, son igualmente divertidos y ganamos todos o perdemos todos. Los valores que muestran son totalmente diferentes.

Igual alguno puede pensar que el día de mañana estos niños serán adultos y tendrán que luchar por un puesto de trabajo y es cierto, pero eso nada tiene que ver con intentar pisar a otros para subir yo. Tiene que ver con la única competencia que vale, que es la que tenemos con nosotros mismos. Intentar ser mejor, intentar superarse e intentar lograr llegar a ser quien queremos ser porque lo que hacemos es bueno en sí mismo, independientemente de lo que hagan los demás.

¿Significa que debemos evitar siempre los juegos competitivos? Sería lo más recomendable los primeros seis años, ya que no aportan nada positivo y en estas edades los niños aún son pequeños para gestionarlo. Aunque depende mucho de cada niño. Hay niños que lo toleran mejor que otros. Lo que está claro es que la competitividad no es un valor, y que la escuela a través de las notas, de los castigos, de los juegos, del “tú fenomenal y tú fatal”, del “a ver quien se lo termina primero”… está mandando un mensaje a los niños de que el mundo es una competición y los que están al lado son nuestros enemigos.

El día de mañana esos niños serán esos adultos que creerán que para ser felices tienen que tener más dinero, mejor casa, mejor coche que el vecino en vez de buscar la felicidad en unirnos unos con otros para intentar formar parte de algo más grande cuyo fin último sea un mundo mejor para todos.

SÍ SE PEGA

“Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros.” Brene de Brown
Carlos tiene 3 años y pega mucho. Cuando le quitan un juguete pega, cuando no le dejan montar en un columpio pega, y cuando alguien le pega responde pegando. Su madre vino a hablar conmigo, porque dice que a ella y a su hermano bebé también les pega. Todos le regañamos cada vez que lo hace y le decimos que no se pega. Los niños que pegan mucho no nos gustan a nadie. El caso es que Carlos lo sigue haciendo así que le seguimos castigandopor ello. Carlos no quiere ir al cole.
No nos gustan los niños que pegan porque creemos que tiene que ver con la violencia y la violencia está mal. Creemos que si no paramos eso, si no les enseñamos y les repetimos una y mil veces que no se pega, los niños van a ir solucionando los problemas a tortas por la vida. Pero cuando un niño pega normalmente no es violencia sino agresividad natural. Algo que es bueno y necesario. ¿Estoy diciendo con esto que hay que dejar que los niños se peguen? Obviamente que no. Voy a intentar explicarlo.
Si vas por la calle y alguien te quiere robar o violar, ¿lo correcto qué sería?. ¿Quedarte quieta?, ¿decirle educadamente que no te robe o te toque?. Evidentemente que no. Lo correcto es defenderse. Así que en esta situación sí se pega. Partiendo de esta premisa, y si entendemos que el niño cuando pega se está defendiendo, no está siendo violento porque sí, podremos comenzar a verlo de otra forma. Porque defenderse está bien. Porque nadie quiere que los niños se conviertan en adultos que no sepan poner límites y que se dejen pisar. Y para eso no podemos enseñarles a no defenderse, a quedarse quietos cuando algo es injusto, a no luchar por lo que es suyo.
¿Y esto cómo se hace?, ¿cómo ayudo a los niños a no perder su capacidad de defenderse sin que se maten unos a otros? Lo primero comprendiendo. Comprendiendo que el niño se está defendiendo, no está siendo violento. Se defiende porque se siente atacado, bien porque le han quitado su juguete, porque ha llegado un hermanito que le ha quitado su sitio, porque alguien está intentando abusar de él y no le dejan por ejemplo subir al tobogán. Cuando en estos casos el niño va a ir a pegar a otro tendremos que intentar evitarlo, no vamos a dejar que haga daño a otros. Porque una cosa es entender que defenderse está bien y otra olvidarnos que hay otro niño al que proteger. Por tanto, intentar evitar siempre que se hagan daño, poniéndonos delante, como un límite físico.

Por otro lado, sobran las palabras, decir que no se pega además de que no sirve para nada, les manda un mensaje incorrecto, porque ya hemos visto que sí se pega, a veces. Podemos en todo caso hablar de sus emociones, ponerles nombre, decirles que vemos que están enfadados por lo ocurrido. Tienen derecho a ello. Si son mayores podemos hablarles de intentar llegar a acuerdos.

Si en algún caso vemos a un niño al que le están quitando sus juguetes o abusando de él debemos animarle a que se defienda, a que vaya a por su cubo si se siente mal porque se lo han quitado. Y lo que está claro es que la mayoría de las veces no vamos a llegar antes de que los niños se peguen y no hay que preocuparse. Esas peleas forman parte del desarrollo infantil y tenemos que dejar de tenerles tanto miedo. Los conflictos forman parte de la vida y si no les damos la oportunidad nunca aprenderán a resolverlos por ellos mismos. No estaremos siempre ahí para separarlos.

SEXUALIDAD INFANTIL

“La función de la supresión de la sexualidad infantil y adolescente es facilitar a los padres la sumisión de los niños a su autoridad” Wilhelm Reich

Claudia tiene 4 años, es de enero, la más mayor de la clase. Le encanta bailar, cantar y dibujar y aunque es una niña muy tímida, cuando cree que nadie la está mirando se desmelena y lo hace realmente bien. Es una artista. Se lo he dicho a su madre, pero se lo toma un poco a broma. A ella lo que le importa es que Claudia tiene mucho carácter y se le está subiendo a la chepa. Daniela se masturba en clase cuando está aburrida, lo que ocurre muchos días. Es muy madura y todo le parece demasiado fácil. Yo no se cómo enfocar el tema, la pedagoga me ha dicho que la distraiga para que deje de hacerlo, pero la verdad es que a mí no me molesta. Su madre dice que en casa lo hace mucho y que ella la regaña. Hay muchos días que Claudia no quiere ir al cole.
El tema de la sexualidad es tabú en esta sociedad. Si encima juntamos sexualidad y niños saltan todas las alarmas y solo podemos pensar en acoso y demás aspectos sucios que nada tienen que ver con la sana sexualidad infantil, que existe aunque no queramos verla.
Los niños hasta los tres años más o menos están en una etapa conocida como etapa oral. Encuentran placer en la boca, son los años de la lactancia y el chupete. A partir de ahí el placer se traspasa a la zona genital. Los niños comienzan a tocarse, les interesa lo que tienen los demás, preguntan… Y esto es lo sano y natural.
En países como el nuestro lo que ocurre es que debido a este gran tabú y a la represión que va pasando de generación en generación los niños dejan de hacerlo, lo hacen a escondidas, se sienten culpables y ese es el fin del problema. Los adultos ya no hablan de ello y aquí no ha pasado nada.
Pero sí pasa. La sexualidad forma parte de la vida, es sana y necesaria. No hay que reprimirla. Frases como: no te toques ahí, no seas cochina, eso no se hace… no son las más indicadas cuando vemos a un niño hacerlo. Que nos moleste, incomode, o nos parezca sucio es un problema nuestro que tendremos que resolver, pero lo que el niño hace ni es de cochinos, ni está mal, así que el mensaje debería ser diferente.
Podemos hablarles de la privacidad, de la intimidad, pero nunca deberíamos hacerles sentir mal por hacer una cosa que está bien y que es buena y placentera.
Por otro lado a estas edades comienzan a curiosear con el cuerpo de los demás, quieren conocer, explorar, “jugar a los médicos” y normalmente no les dejamos. Nos vuelve a incomodar y vuelve a salir esa represión que tenemos guardada dentro. Mientras los niños jueguen libremente, con niños de su misma edad, y haciendo cada uno lo que quiere con su cuerpo, no debería preocuparnos. Es normal, sano, y forma parte del desarrollo infantil.
El mundo en el que vivimos está loco. Reprimimos lo sano, nos parece mal que un niño se masturbe, que descubra el cuerpo y los límites con otros, no hablamos de sexo con ellos y dejamos que se eduquen solos cuando son adolescentes buscando respuestas a esas preguntas que no contestamos en su día, en la pornografía y en internet, que les muestra una sexualidad distorsionada, violenta, tóxica y sumamente machista.
Ah, por cierto, por si alguien anda preocupado. Permitir una sexualidad sin represión a nuestros niños les protege de sufrir abusos en el futuro.

SÍ SE LLORA

“Yo no dejaría jamás llorar a mi hijo. Ni a mi esposa, ni a mis padres ni a mis amigos. Cuando una persona a la que quiero llora, voy a ver qué le pasa e intento consolarla” Carlos González
Andrés tiene cuatro años y es de la clase de al lado. Cuando su profe le regaña y le castiga siempre se pone a llorar, entonces la profe le regaña aún más y le dice que no se llora, que se pone muy feo cuando llora, que no le va a hacer caso hasta que pare. Andrés no quiere ir al cole.
Desde que los niños nacen escuchamos un montón de frases absurdas relacionadas con el llanto, como que llorar ensancha los pulmones, que les viene bien, que no pasa nada porque lloren un poco. Pero sí que pasa. Cuando un niño está llorando lo está pasando mal. Otra cosa es que el motivo por el que llore sea importante para nosotros o no. Pero para el niño sí lo es, por eso llora.
Por esta razón siempre debemos atender el llanto de un niño y acompañarlo. No digo que siempre podamos calmarlo. Si es debido a necesidades primarias, contacto, hambre, sueño sí deberíamos intentar hacerlo cuanto antes. Si en cambio llora porque quiere chuches a todas horas, cruzar la calle sin darnos la mano, ir sin cinturón, no podremos, pero no por eso ignoraremos su dolor y no le haremos caso.

Cuando decimos que no pasa nada si un niño se ha hecho daño al caer y llora estamos invalidando sus emociones. Sí pasa. Le duele. Lo está sintiendo y tú le dices que no pasa nada. El niño piensa entonces que sus sentimientos no tienen valor. Cuando a nosotros nos duele algo lo que menos nos gustaría escuchar es justamente eso: “No te quejes, no es nada”.

Pongámonos en la situación de que a nuestro amigo le han echado del trabajo y está llorando. No puedo solucionarle el problema, es cierto, pero puedo acompañarle. Decirle que estoy ahí, que le entiendo, que le escucho. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con los niños. Empatizar, acompañar y poner nombre a sus emociones. Eso que tanto gusta hoy día, la educación emocional, empieza por cosas como estas.
Otra cosa que solemos hacer mucho es distraer, porque el llanto de los niños nos incomoda y nos remueve, seguramente porque a nosotros tampoco nos dejaron llorar. Obviamente que si un bebé llora porque tiene hambre y la comida aún no está, lo distraeré porque no es capaz de entender nada y no puedes darle lo que necesita en ese momento que es una necesidad primaria, pero muy diferente es distraer a un niño mayor de sus emociones. Me refiero a que si un niño llora porque quería comprarse un juguete y le hemos dicho que no, aceptemos que se enfade, tiene derecho. Podemos decirle que sabemos que quería el juguete y que entendemos que esté triste pero que no se lo podemos comprar. Muy diferente es eso a enfadarnos porque se enfada, a ignorarlo o ridiculizarlo por sentir lo que siente.
Llorar está bien, es sano y sirve para regular nuestras emociones. Lo que no está bien es que haya niños que con cuatro años quieren llorar y hacen fuerza para tragarse las lágrimas y no hacerlo porque le han dicho mil veces que no se llora, que llorar es de niñas (como si ser niña fuera un insulto), que los hombres no lloran. Porque los hombres sí deberían llorar y las mujeres y los niños. Sí se llora.

LAS CARITAS CONTENTAS DE SUPERNANNY

“Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da.” M. Montessori
Clara tiene 5 años y es una niña risueña y tranquila. Cada vez que hace un dibujo o cualquier cosa viene corriendo a enseñármelo. A veces solo ha hecho una línea en un folio pero necesita que le diga que es precioso todo lo que hace continuamente. Cuando llegan las cinco siempre me pide que le pinte una carita contenta en la mano porque se ha portado muy bien. Clara los días que no se lleva un premio a casa no quiere ir al cole.
Parece que el tema de los castigos y por qué no son una buena herramienta educativa se entiende bastante bien pero lo de los premios cuesta un poco más. Todos sabemos que si refuerzo un comportamiento el niño lo repetirá. Pero ocurre algo importante que se nos pasa por alto. Una pregunta que muchos no nos hacemos. ¿Cuál era el objetivo realmente, que lo repita sin más? Me explico.
Si yo le doy a Clara una pegatina por haberse comido las espinacas. Clara puede que se las coma para conseguir la pegatina. ¿Hará eso que se coma las espinacas? Puede. ¿Es ese mi objetivo? No debería. Mi objetivo debería ser que coma verduras y lo disfrute. Que el día de mañana siga comiéndolas. Para eso puedo prepararlas de diferentes formas, ser ejemplo y comerlas yo… pero si le doy un premio por hacerlo, no haré que le gusten más, solo lo hará por el premio y seguramente acabe aborreciéndolas, justamente lo contrario de lo que pretendía.
Si obligo a un niño a compartir su juguete y entonces le digo efusivamente “Muy bien” conseguiré que “comparta” pero lo hará por buscar mi aprobación (cosa que es horrible, hacer cosas que no queremos para buscar la aprobación de los demás). Quizá lo que yo quería en realidad era que el niño compartiera de corazón. Y eso solo se da cuando uno quiere. Nadie puede obligarte a sentir lo que no sientes. Compartir sale de uno mismo, sino no es compartir, es otra cosa.
¿Significa esto que no puedo alegrarme por los logros de los niños? Claro que no. Si un niño hace algo que nos gusta, y de verdad nos alegra obviamente que podemos mostrar nuestros sentimientos, está bien apoyar a los niños. De lo que hablo es de manipular el comportamiento de los niños a través de los premios. De utilizar el elogio para conseguir que hagan cosas.
Decirle a un niño “Muy bien” ante cualquier cosa, no refuerza su autoestima sino que le hace más inseguro porque dependerá siempre del juicio de los demás. Un niño que hace un dibujo por el placer de hacerlo y recibe un premio, el próximo día ya no lo hará por el placer sino por el premio, por lo que perderá el interés que tenía.
En realidad todos buscamos que los niños compartan, que coman verdura, que saluden, que sean cariñosos. Pero queremos que lo sean no que lo hagan sin más. Así que para eso solo podemos hacer una cosa que es dar ejemplo. Lo otro es manipulación en toda regla.
¿Y entonces qué puedo decir en vez de “muy bien”? Prueba a describir más que a juzgar. No es lo mismo decir veo que has dibujado una línea roja en un folio que decir: Es precioso. Haced la prueba. 

NORMAS Y LÍMITES

“Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común” Eduardo Galeano

Sergio tiene tres años y está siempre castigado porque no para. A este niño lo que le faltan son límites (es la frase más repetida que usan todos los profes para referirse a él). Yo siempre pienso, pero si estamos todo el día poniéndoselos: para, siéntate, no se pega, escucha, ahora no se habla, ahora no se corre, no se grita, eso no se hace, eso no se dice… Si hay algo que tiene Sergio en su vida son normas y límites. Quizá demasiados, quizá desmedidos, quizá lo que nos está queriendo decir con su actitud es que nos estamos pasando. Sergio no quiere ir al cole.

Hay una frase que todo maestro y padre ha escuchado alguna vez en la vida. Es ese tipo de clichés que si todo el mundo dice será por algo, así que lo asumimos sin pararnos a reflexionar mucho en él. Dice así: Los niños necesitan límites, les dan seguridad. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué tiene de cierta esta expresión? Vamos por partes.

Los límites están en la vida. No es que los niños los necesiten es que existen y se los van a encontrar. Un bebé que gatea se encuentra con una puerta que no puede pasar, eso es un límite. El límite no se pone diciéndole a un bebé que no toque el enchufe, el límite es físico cuando ponemos un protector de enchufes. El límite no es decirle a un niño que no se puede tocar la figurita de porcelana, está en quitarla de su alcance. Los límites cuando son físicos son naturales y forman parte de la vida de los niños, otra cosa es quererles enseñar antes de tiempo a obedecer y a que por miedo no hagan las cosas que no queremos que hagan. Eso nada tiene que ver con los límites.

Por otro lado hay otro tipo de límites que sí hay que ponerles a los niños porque ellos son pequeños y nosotros estamos para cuidarles. Son los límites de salud y seguridad. No te dejo que cruces la calle sin darme la mano, no puedes comer chuches a todas horas, no puedes estar solo en la piscina ni coger el cuchillo. Aquí también entran los límites de: no dejo que te hagas daño, ni que nadie te lo haga, ni que abuses de nadie ni que nadie abuse de ti. 

Y estos deberían ser los únicos límites que deberían tener los niños pequeños hasta más o menos los tres años. Lo demás no lo van a entender, no pueden cumplirlo, y no les da seguridad sino que les crea una frustración innecesaria, de la que hablaré otro día, porque es otro gran cliché.

A partir de más o menos los tres años los niños ya pueden entender otro tipo de normas sociales, y poco a poco irán adquiriéndolas. Pero no se trata de llenarles de límites tampoco. Sigue siendo muchísimo lo que les pedimos y una lucha de poder en la mayoría de los casos. Termínate el plato, ponte el abrigo, no corras, estate quieto, no te levantes… Lo mejor es que sean pocos y razonables. Si nos pasamos el día con el “no” en la boca dejará de tener sentido para ellos. Dejémoslos para cosas importantes. Y sin olvidar, que la mayoría los podemos evitar si somos previsores. No teniendo chuches en casa evitamos poner ese límdite. Y siendo ejemplo. Si estamos todo el día con el móvil es hipócrita no dejarles ver la tablet. En definitiva menos límites y más valores.


EL PAÑAL

“Los árboles no crecen tirando de las hojas” Proverbio japonés

Lucía tiene 3 años, es de diciembre y va a la clase de cuatro años y en cuatro años ya no se puede llevar pañal, hayas nacido en enero o en diciembre. Lucía controla bien el pis pero la caca aún se le escapa. Se la hace encima casi todos los días. La tengo que cambiar entera prácticamente todos los días. Todo porque nadie ha entendido bien que a controlar esfínteres, como a andar o a hablar, no se enseña, se adquiere. Lucía no quiere ir al cole.
Con los niños parece que siempre cuanto antes mejor. Cuanto antes anden, hablen o no usen pañal mejor. Como si eso fuera indicativo de algo. Que no lo es. Como si tuviera que ver con lo que va a ser el niño en el futuro o con su nivel intelectual. Hay niños que andan con siete meses y otros que lo hacen con 18. Hay bebés que duermen nueve horas seguidas (los que menos) y otros que se despiertan cada hora y todos son normales.
Con el control de esfínter pasa lo mismo. Cada niño lleva su proceso y hay que respetarlo. Forzarlo solo nos va a llevar a agravar el problema. A estar más tiempo cambiando al niño de ropa. A generar más presión en él. A desesperarnos y agobiarnos.
Si esperamos al momento en el que el niño está física y psicológicamente preparado, el proceso será más lento y sencillo. No pasa nada por volverle a poner el pañal si nos hemos adelantado. No es una vuelta atrás porque nunca estuvo listo.
En muchas escuelas se fuerza el control de esfínter. La meta es que en la clase de tres años salgan todos sin pañal. Para ello se hacen auténticas barbaridades como tener al niño sentado en el orinal durante largos períodos de tiempo hasta que salga algo. ¡Cómo si eso sirviera para algo!
No es el verano el mejor momento para quitar el pañal porque no pasa nada si se mojan, no son los dos años el mejor momento porque es cuando la mayoría controlan. El mejor momento es cuando el cuerpo del niño esté preparado.
Lo sabremos porque el propio niño será consciente de que tiene ganas de hacerlo y nos lo hará saber. Aseguro que no hay niños de ocho años que prefieran hacérselo encima. En definitiva, dejar el pañal es fácil, no hay que hacer prácticamente nada más que esperar a qué el niño esté preparado.
Ah, y por favor, dejemos de ridiculizar, regañar, o enfadarnos porque al niño se le ha escapado algo. En serio, el niño no desea mojarse ni mancharse. Y además si tanto se escapa, seguramente es porque nos hemos adelantado. Así que si alguien tiene la culpa de algo, como casi siempre con los niños, somos nosotros.

ACOSTUMBRARSE

“Cuando otras personas esperan de nosotros que seamos como ellos quieren, nos obligan a destruir a la persona que realmente somos” Jim Morrison
¡Cuántas veces al día puede escuchar una madre la frase: Se tiene que acostumbrar! Ayer volvimos a matronatación. En el grupo al que asistimos los bebés van con algún familiar a la clase. En el grupo que estaba a nuestro lado están los de dos años que ya van solos. Ayer había un niño allí de dos añitos. Era el primer día que estaba en ese grupo, sin su mamá. Se pasó toda la clase llorando y gritando ¡mamaaaá! Lo estaba pasando realmente mal. No quería meterse en el agua y estaba ya mojado y temblaba de frío. La monitora medio que se reía de él, medio que le regañaba por llorar. Y a mí, que tengo ese don de empatizar hasta el extremo, se me estaba revolviendo todo así que me acerqué educadamente a su monitora y le dije, pobrecito, que venga su madre a por él ¿no? NOOO me dijo, SE TIENE QUE ACOSTUMBRAR.
¿Acostumbrarse a qué exactamente? Me pregunto yo. ¿Acostumbrarse a que da igual que sientas miedo o frío o que necesites a mamá, porque no va a venir? ¿Acostumbrarte quizá a que en los momentos que más necesitas a tu referente no esté? ¿Acostumbrarte a que la vida es dura? Esto lo oigo tantas veces como la frase de: Se tiene que acostumbrar.
Se que estas respuestas en general son expresadas fruto del miedo. Pero no entiendo a qué exactamente tenemos tanto miedo. En este caso, miedo quizá a que el niño nunca quiera bañarse sin su madre. Pero eso no va a pasar. ¿A qué tarde más en adaptarse?
A los niños se les malacostumbra, cuando se les dan golosinas para merendar todos los días. Se les malacostumbra cuando se les compra juguetes para cubrir el tiempo que no estamos con ellos, se les malacostumbra a los gritos y a las humillaciones pero nunca vamos a malacostumbrar a un niño por darle cariño y responder a sus necesidades. A eso es a lo que sí se tienen que acostumbrar.
Un bebé no se tiene que acostumbrar a que no le cojan. Es más cómodo para nosotros que esté sin molestar en una hamaca pero no es mejor. No se tiene que acostumbrar a dormir solo. Llegara el día que quiera hacerlo. No hay niños de 18 años durmiendo con sus padres. Es más cómodo para nosotros que lo hagan desde los seis meses, pero no es mejor.
Un niño no se tiene que acostumbrar a llorar y que nadie le haga caso. Porque como se acostumbre, significa que habrá normalizado que sus necesidades no son importantes. Que no merece ser atendido ni consolado. Que no merece atención. En definitiva que no vale nada.
Porque esos niños serán el día de mañana, esos adolescentes y adultos que se miran al espejo y no se gustan, que no confían en sus posibilidades. Que no se quieren. Y nos echaremos las manos a la cabeza y no sabremos de donde vienen esas inseguridades y esa baja autoestima. Y quizá, ya sea tarde.

LA SIESTA


“Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo” Albert Einstein
Clara tiene 4 años y es puro nervio. Es de esas niñas que no pueden parar. Va a nivel 4, los más pequeños del segundo ciclo de educación infantil, por lo que todavía tienen siesta después de comer. En los dos niveles siguientes ya no hay, y los niños salen al patio después de comer. Mientras que alguno de la clase de cinco años se duerme tirado en el suelo del patio, Clara se pasa dos horas en una colchoneta sin poderse mover y sin quererse dormir. Clara es el martirio de todos los cuidadores de siestas. Gritos, castigos y amenazas para que se esté quieta y callada y no despierte al resto, pero Clara no se ha dormido ni un solo día durante todo el curso básicamente porque no tiene sueño. Algo no se está gestionando bien y Clara no quiere ir al cole.
El sueño como el hambre no se pueden forzar. Obligar a un niño a dormir, como obligarlo a comer, son dos grandes errores que cometemos como adultos.
Que cada niño es único parece que lo entendemos todos y lo repetimos mucho en el ámbito educativo. Pero nuestras respuestas a estas diferencias no suelen ir acordes a lo que predicamos.
Cuando trabajaba en el cole de Clara, propuse abrir un aula para que los niños que no tuvieran sueño pudieran jugar. Nadie me escuchó. Era una locura. Los niños de 4 años necesitan siesta. Mentira.
Habrá niños que sí, quizá la mayoría. Pero habrá muchos que no. O no todos los días y es algo que deberíamos respetar. Porque tener a una niña en una colchoneta a oscuras quieta y callada durante dos horas creo que es una tortura, no solo para una niña de cuatro años sino para cualquiera.
Por el contrario hay niños más mayores que necesitan descansar. Que se duermen en el suelo del patio. Que se duermen en la alfombra de clase. Porque madrugan mucho, porque pasaron mala noche, porque están enfermos…
Con los bebés pasa algo parecido. En el aula de bebés duermen siesta de mañana. En la clase de 1 a 2 años ya no. Nadie piensa que hay niños de esa clase que nacieron solo un día mas tarde que los de la clase de bebés y solo por eso se les niega la posibilidad de descansar por las mañanas si lo necesitan.
Tenemos rincones de matemáticas, de lectura, de juego simbólico y no se nos ocurre tener una colchoneta para ofrecerle a un niño que quiera descansar.
Es nuestro deber como maestras permitir que un niño tenga cubierta sus necesidades básicas. Y el sueño por si se nos ha olvidado, es una de ellas.

LA ASAMBLEA

“Es posible obligar a alguien a prestar atención, pero no se puede forzar a nadie a sentir interés” A. S. Neill (Summerhill)


Sofía tiene cuatro años, es la más pequeña de la clase, de diciembre. Se lleva un año con algunos de sus compañeros. Cuando entramos en clase, a primera hora de la mañana, durante la asamblea, Sofía no me escucha. Se dispersa con los juguetes de clase, juega con su amiga Andrea. No le interesa nada de lo que le estoy contando y ya he probado todo, canciones, juegos, incluso la pizarra digital pero Sofía solo quiere jugar. Igual no es su culpa, ni mía, sino de la asamblea. Sofía no quiere ir al cole.


La asamblea en mi cole era de una hora. Las hay de más y de menos tiempo. El que ha trabajado con niños alguna vez sabe que la atención de un niño de 3 a 6 años suele durar mucho menos que eso suponiendo que le interese lo que le estás contando.

La asamblea es de esas muchas otras cosas absurdas que tiene la escuela infantil. La asamblea es el espacio donde más se grita y se regaña a los niños para que nos escuchen porque necesitamos mantener el control. Las más “blanditas” cantamos, bailamos y hacemos el payaso para que no se nos disperse el grupo. ¿Realmente es esto necesario? No podemos callar, si dejas de hablar los niños comienzan a jugar y a hablar y claro, eso no lo podemos permitir. Veamos qué se hace en la asamblea.

En la asamblea damos los buenos días y solemos cantar todos los días una canción. Hasta ahí bien. Preguntamos qué tal están los niños y si alguno nos quiere contar su fin de semana. Alguno. No todos. Para un niño de cuatro años, escuchar lo que han hecho 27 niños el fin de semana es física y psicológicamente imposible. 

Después solemos ver qué día es hoy, qué tiempo hace y quién ha faltado a clase. Aquí los niños ya han agotado su tiempo máximo de atención. El niño no necesita repetir todos los días si hace sol o está nublado, y si estamos en otoño o invierno. Le vasta con salir al patio y mirar el cielo.

Después de estas rutinas suelen venir otras actividades varias como los bits de inteligencia, tarjetas con dibujos para enseñarles vocabulario. Como si un niño necesitara ver un árbol en una foto para aprender lo que es. Enseñarles palabras a ellos que aprendieron a hablar solos… ¿Puede haber algo más aburrido? También están los juegos educativos, en los que hacemos preguntas, en los que mientras juega uno, los otros 27 se aburren. 

En fin, un tiempo perdido, que todos quieren que acabe cuanto antes. Los niños para que los dejen en paz y puedan por fin irse a jugar. La profe porque no entiende por qué, con lo chulo que era el juego que había preparado, los niños no le hacen caso.

Si a los niños les apetece, está bien tener un momento de juntarse todos. Está bien que hablen en público, si quieren. Está bien cantar, si tienen ganas, todos juntos una canción. Pero todo lo demás está de más.


LAS PALABRAS

“Sobre cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado. Contiene sueños.” Mirko Badiale

Soy Sara y tengo 35 años. Ayer cuando llegué de trabajar, Jesús, mi marido, sin decirme ni hola, abrió la puerta y me dijo:

– Eres una guarra, mira como traes las botas de sucias. Siéntate a cenar.

Me sentí fatal. Tenía tantas ganas de verle. Fui a quitarme la ropa cuando volvió a gritarme.

-¿Pero qué haces?, te he dicho que te sientes a cenar ahora mismo.

-Es que iba a cambiarme…

-¡Qué no me contestes!

Me senté a cenar y comencé a contar como me había ido el día. Estaba tan ilusionada con lo que me había pasado hoy en el trabajo y quería compartirlo con él.

-¡Vale ya de hablar, comiendo no se habla!, ¿eres tonta? Eso no tiene gracia.

Se me quito el hambre de golpe. ¿Por qué me insultaba? Igual tenía razón y tenía que haberme callado.

-Me voy a la cama, le dije.

-No te levantas de la mesa hasta que termines lo que hay en el plato, hasta que yo termine de comer no se levanta nadie.

No quería estar ahí. Estaba triste, enfadada y cansada. 

-Es que estoy cansada, le respondí.

-Ya, pero aquí se hace lo que yo digo, que para eso soy tu marido. ¿Te enteras?

Terminamos de cenar, me levanté y comencé a recoger la mesa. Se me cayó el vaso.

-¡Quita! Estate quieta. Ya lo hago yo, que tú no sabes. Eres más torpe… Igualita que tu madre. Vete a la habitación y te quedas ahí ya sin salir, que hoy te has portado fatal.

Me fui llorando, me metí en la cama y pensé: Le odio.

Como os imagináis Jesús no es mi marido, es mi padre y yo tengo cinco años.

No hagamos que nuestros niños nos odien.

EL ABRIGO

“Si tuviera que hacer una regla general para vivir y trabajar con niños, podría ser esta: Tenga cuidado de decir o hacer a un niño cualquier cosa que no haría a otro adulto, cuya buena opinión y afecto valora” John Holt

Nuria tiene 4 años y es de la clase de al lado. Hoy cuando he ido a salir al patio con mi clase la he visto en la puerta, quieta, mirando al infinito. Todos los niños de su clase estaban fuera jugando. Pero claro, no se puede salir al patio sin abrochar el abrigo y Nuria no se había abrochado. Después de que han salido los niños de mi clase me acerco a ella y le pregunto si quiere salir al patio. Nuria me dice que sí. Le digo que se tiene que abrochar y me dice que no sabe. Le ayudo a encajar la cremallera y ella la sube y sale corriendo. Quiero decirle a su profesora que es una insensible, pero me callo. Nuria tampoco quiere ir al cole.

Se nos olvida en el día a día de nuestro trabajo con niños que estamos con criaturas de tres, o cuatro años, que acaban de llegar al mundo. Se nos olvida, con las prisas, los papeleos, las actividades, y exigencias, que nos necesitan mucho aún. Los queremos tratar como adultos, que sean totalmente independientes, nos encanta hablar de autonomía pero no nos paramos a mirarles a los ojos y ver que necesitan.
Tenemos que frenar. Agacharnos y empatizar un poco con ellos. Preguntarles cómo están. Se supone que estamos ahí para eso. Para enseñarles a abrocharse el abrigo o abrochárselo nosotros si no son capaces aún. Lo de que aprendan los colores o los números no es tan importante.
El cole está plagado de normas absurdas que hacemos cumplir a los niños porque siempre se ha hecho así. No hay reflexión. Niños que tienen que ir en fila agarrándose al babi del de delante, mientras se tropiezan unos con otros. Niños que tienen que ir al baño con las manos en la espalda y sin hablar. Sí, lo he visto. ¿Qué les estamos queriendo enseñar con esto? A cómo comportarse en un cuartel militar. ¿Acaso nosotros nos desplazamos así en fila? ¿Acaso nos movemos por los sitios sin poder hablar? 

Niños de cuatro años que no pueden ir al baño hasta que sea la hora del recreo. Que no pueden hablar durante la hora de la comida. Que no pueden salir al patio sin abrigo.
Salir al patio abrochado, o con el abrigo, porque lo dice la profe, es un sinsentido. Es dar por hecho que un niño de cuatro o cinco años no es capaz de saber si tiene frío o calor. Es en realidad una lucha de poder. Lo haces porque lo digo yo. Me da igual que te pases todo el recreo corriendo y estés sudando. El abrigo te lo pones sí o sí.
¿Por qué no confiamos más en ellos? ¿No les pedimos luego mucha autonomía e independencia? Si a un niño le das la opción de llevarse el abrigo y ponérselo si tiene frío, lo hará. No pasará frío teniendo su abrigo a mano. Son niños, pero no son tontos.
Una vez estando con un pequeño de tres años al que cuidaba por las tardes, al salir del coche, me dijo: ¡No quiero ponerme el abrigo! Hacía un frío polar. Debía ser su lucha eterna con su madre o su profe. Le dije, vale no te lo pongas si no quieres. Te lo saco por si acaso. Me miró como si estuviera burlándome de él, se sorprendió que le dejara hacer una cosa así. Salió corriendo y feliz. A los cinco minutos vino: ¿Me lo pones, porfa? Así de fácil. Me ahorré una rabieta. Deberíamos dejar de pelearnos con ellos. En serio. No son nuestros enemigos. 

LA ADAPTACIÓN

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” Krishnamurti
Blanca tiene 3 años. Lleva un mes en el cole pero llora todo el día, y grita “mamá, mamá” desde que entra hasta que se va. En el patio es cuando más nerviosa se pone, se agarra a mi pierna y llora desconsolada. Un día hasta vomitó. Está llamando la atención, dice alguna compañera. Yo lo que veo es una niña que está sufriendo y no se qué puedo hacer para ayudarla. Blanca por nada del mundo quiere ir al cole.
Lo que comúnmente conocemos como período de adaptación en las escuelas es en realidad algo totalmente diferente de lo que pretende ser. Un par de días, una semana como muchísimo, donde los padres pueden dejar a los niños unas pocas horas o si hay suerte estar dentro del aula con ellos, para que los niños se familiaricen. En algunos centros no hay si quiera eso, desde el primer día los padres se despiden y los niños se quedan ocho horas allí, sin dilación.
Estoy hablando de niños que a lo mejor no se han separado nunca de sus padres, o sus figuras de referencia. Niños que vienen quizá de otro centro. Que no conocen nada ni a nadie, y sienten miedo.
Para explicar el tema de la adaptación tengo que hablar de Bowlby y su teoría del apego. Existen dos tipos de apego . Apego seguro, que es el saludable. El niño que llora cuando su referente desaparece. Y el apego inseguro, que puede ser evitativo, el niño que al irse su referente ni se inmuta. (Creemos que esto es genial, que un niño pequeño, de entre cero y tres años, no llore al irse su madre y dejarlo con un extraño, pero no lo es). Y el apego inseguro ambivalente, que son los niños que al volver su referente se muestran enfadados con él o pueden mostrarse demasiado dependientes sin querer separarse de ellos .
Esto lo explico para que se entienda que es saludable que un niño ante una situación extraña llore y busque a su madre. Por suerte la mayoría de niños tienen este tipo de vínculo seguro. El problema viene cuando queremos que el niño adquiera otro referente de un día para otro, en este caso la maestra.
La adaptación necesita tiempo, mucho a veces, depende de cada niño. Y soy consciente de que es difícil, pero no imposible. Hay escuelas que lo están haciendo. Como los papás suelen trabajar, pueden ser los abuelos, o algún vecino quien haga esa transición. Se trata de que el niño se vincule con la maestra y no le produzca ansiedad quedarse con ella.
Normalmente en los coles se dice que el niño ya está adaptado cuando ya no llora. Pero eso no es adaptación. Eso es supervivencia. El niño llora, llora y llora y llega un punto en el que no puede más y deja de llorar. Pero no se ha vinculado con nadie. Ha aprendido que llorar, un mecanismo muy importante que tiene a su edad, no sirve para nada. Por mucho que pida ayuda, nadie le hace caso. Como dice Michel Odent, su primera experiencia de sumisión.  

LOS CASTIGOS

“¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien primero tenemos que hacerle sentir mal?” Jane Nelsen
Sergio tiene seis años y todos los días está castigado. Un día por pegar, otro día por desobedecer, otro día por correr. Es alumno mío desde los tres años. Siempre ha sido igual y a pesar de que lleva tres siendo castigado todos los días su comportamiento no varía. Y yo me pregunto, ¿entonces para qué le castigo? Sergio tampoco quiere ir al cole.
Castigamos a los niños porque no sabemos hacer otra cosa ante un supuesto “mal comportamiento”. Es lo que normalmente hicieron con nosotros y es lo que hace la mayoría. El niño se porta mal y creemos que si le quitamos algo que le gusta como tiempo para jugar, o le ignoramos, que es otra forma de castigo, el niño para evitarlo, no volverá a portarse mal. Pero no es tan sencillo y además está claro que no funciona, al menos a largo plazo. Y sí, tiene consecuencias.
Castigar forma parte de la corriente pedagógica del conductismo. El psicólogo Skinner descubrió que si a una rata le dabas una descarga eléctrica cuando se acercaba a un sitio, la rata se dejaba de acercar. Se extrapoló esto al comportamiento humano y se creyó que sería tan sencillo como su experimento de laboratorio. Pero no es así.
El comportamiento humano es complejo. Los niños hacen cosas, que para nosotros no son correctas, como pegar, contestar, moverse. Son cosas naturales en el niño pequeño. Pero a nosotros nos molestan y queremos que esas conductas desaparezcan. El problema es que al castigar a un niño la conducta parece que desaparece por un tiempo. El niño que está castigado no está pegando ni corriendo ni gritando. Y quizá hasta pueda controlarse por un tiempo para no volverlo a hacer. Pero no ha aprendido nada sobre no hacer daño a los demás, solo está intentando evitar el castigo. No confundamos el respeto con el miedo. 
Me explico. Si yo no mato gente no es para no ir a la cárcel. Es porque sé que no está bien. Nosotros lo que queremos es que el niño no pegue a los demás porque entienda que hace daño, no para evitar el castigo. Pero eso lo alcanzará poco a poco, gracias a su madurez y nuestro acompañamiento. Nunca gracias a los castigos. 
¿Y por qué digo que son perjudiciales? Porque hay algo que sí enseñan los castigos. Enseñan un modelo de abuso de poder en el que puedo hacer sentir mal a otra persona cuando no me gusta lo que hace. Y un mensaje para el niño: cuando hago algo mal merezco que me hagan daño.
Castigamos a los bebés cuando les regañamos porque tocan un enchufe y pretendemos que para evitar nuestro enfado el bebé no toque eso, en vez de tapar el enchufe. Castigamos a los niños en la silla de pensar, cuando en lo único que deben estar pensando es en que nos odian por hacerles eso. Castigamos a los adolescentes cuando con una mirada hacemos que se callen o no digan algo que nos molesta. Y luego cuando somos adultos seguimos castigando a nuestros amigos o a nuestra pareja retirándoles la palabra cuando nos enfadamos con ellos. Creo que no es el mejor modelo a seguir para relacionarnos con la gente que más queremos.

NO SE GRITA

“Tus niños al crecer tal vez olviden tus palabras, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir” Maya Angelou
Lucas tiene 6 años. Es un niño muy nervioso. El pobre vive castigado, porque no hace caso y pega mucho. La profe de natación habla siempre conmigo porque no sabe qué hacer con él para que obedezca. Yo no sé qué decirle. La madre de Lucas me ha escrito en la agenda para ver si pasó algo en natación el último día. La profe me cuenta que se portó mal y le dejó sin nadar. Él me cuenta que la profe le gritó muy fuerte y lloró. Su madre dice que ahora Lucas los días de pisci no quiere ir al cole.
No se grita a los niños. No está bien. No digo que no lo haya hecho. Muchas veces he perdido los nervios y he gritado. (Ese es mi problema, no de ellos. Nadie hace perder los nervios a nadie, los perdemos nosotros solos.) Pero no está bien. Después les insistimos a ellos con el “no se grita”, pero me pregunto, ¿quién gritó primero?.
Hacemos cosas a los niños que jamás haríamos a otro adulto. Quizá porque son los más débiles y no pueden defenderse, descargamos toda nuestra ira y cansancio sobre ellos. No es justo.
Gritar a un niño como obligarle a comer es violento, como pegarle o humillarle, aunque esto último nos parezca más evidente. La violencia no está justificada y la hemos normalizado en muchos ámbitos. No vale de nada hacer palomas de papel el día de la paz si luego somos violentos con ellos. Seamos coherentes con lo que decimos y hacemos.
Gritamos porque nos desbordamos, porque el trabajo es estresante, tenemos muchos niños, incluso porque creemos que si lo decimos más fuerte nos entenderán mejor. Pero gritar no muestra más que nuestras carencias y falta de recursos para solucionar los problemas. Cuando alguien nos grita a nosotros, ¿cómo nos sentimos? ¿nos ayuda en algo? ¿acaso así comprendemos mejor el mensaje?
A lo largo de mi experiencia me he encontrado muchos niños con miedo. Con miedo a dirigirse a los profes. Niños que te hablan y preguntan todo con una gran inseguridad. Hay que trabajar esa inseguridad, decía alguna compañera. ¿No somos nosotros los que deberíamos trabajarnos para dejar de gritarles y hacer que se sientan asustados?
¿Y cuando son ellos los que gritan? Ellos sí tienen derecho a gritar porque son niños. Porque están aprendiendo todavía formas de comunicarse y resolver los conflictos. No tienen tantas estrategias como nosotros. No nos lo tomemos como algo personal, sus emociones son intensas y es normal que exploten. Somos los adultos los que supuestamente deberíamos saber gestionar nuestras emocilones, no ellos. 

Intentemos no gritarles, como intentamos no gritar a nuestra pareja o a nuestros amigos. Y si nos equivocamos, pidamos perdón. Les sorprenderá, no están acostumbrados. No hay mejor ejemplo que darle a un niño que pedirle perdón y mostrarle que todos podemos cometemos errores. Con ese gesto tan simple les estamos dando una gran lección de humildad y estarán entendiendo que gritar no está bien. Ah, y además así nos podemos ahorrar las absurdas palomas.

EL COMEDOR

“Uno no siempre puede hacer lo que quiere… pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.” Mario Benedetti
Rodrigo tiene 4 años. Sus padres están desesperados porque no come nada. Cuando llega la hora del comedor Rodrigo se empieza a poner nervioso y a preguntar que qué hay para comer. Sabe que empieza un momento horrible y que lo va a pasar mal. Se sienta en el banco del comedor con las manos por detrás colgando porque siempre le han dado de comer y la comida no le interesa en absoluto. Tiene una relación realmente mala con la comida. Después de media hora no ha comenzado y hay que empezar a dar de comer. A mí no me gusta meterles la cuchara, entonces chantajeo, castigo, presiono y solo si no me funciona nada, les obligo. No me siento bien con esto pero los niños no se pueden ir sin comer, ya me lo dijeron en la última reunión. Rodrigo no quiere ir al cole.
El tema de la comida es junto al sueño uno de los grandes problemas que hay en torno a los niños pequeños. Preocupa a padres y maestros. Y como casi todos los problemas que creemos que tienen los niños, la culpa es nuestra, de los mayores.
Si a mi hijo le suelo dar de comer galletas, bollería, chuches es normal que rechace la fruta. No es tan dulce. Yo tampoco la elegiría. Solo que yo soy adulta y se que es más sano comer fruta. A un niño eso le da igual. Por tanto, a un niño no le preguntes si quiere galletas o fruta. Pregúntale si quiere uvas o mandarina.
Si mi hijo come patatas fritas a diario, pizzas, procesados… ¿Cómo le van a parecer sabrosas las verduras? El paladar se acostumbra y se educa. Somos nosotros los que les ofrecemos y damos esas cosas y luego nos echamos las manos a la cabeza porque no quieren comer otras. La clave está, como dice el nutricionista Julio Basulto, en no ofrecer no prohibir. No ofrezcas ni tengas en casa cosas insanas y no tendrás que decir que no. Tampoco prohíbas ciertos alimentos fuera de casa, no hará más que aumentar el deseo.
¿Realmente alguien en su sano juicio pensaría que un niño puede morir de hambre en esta sociedad? Salvo muy muy contados casos de niños con problemas, todo ser humano va a comer para sobrevivir, así que dejemos de esforzarnos tanto para que los niños coman. Lo harán. No son suicidas. Quizá no coman tanto como nos gustaría pero ese es nuestro problema. Los niños mejor que nadie saben cuánto necesitan y si están sanos es lo único que importa. Quizá no coman de todo, pero resulta que nosotros tampoco lo hacemos, respetemos sus gustos. Que más da que no coma naranja si come plátano. Que más da que no coma espinacas si come guisantes. Ningún alimento es imprescindible.
Obligar a un niño a comer es violento. Está mal. Y además es contraproducente. Consigue todo lo contrario de lo que pretende. Comer debe ser un acto de disfrute, no una batalla. Si el niño relaciona el acto de comer con que le griten, le castiguen, le regañen, no querrá comer. Si le metemos la cuchara con zanahoria cuando no le gusta y no quiere solo haremos que la aborrezca. Pongamos en sus platos cosas sanas y relajémonos. Comerán lo que quieran, como hacemos nosotros.

BULLYING

“Si un niño se “porta mal” es porque se siente mal” Rebeca Wild
Diego tiene cinco años, es de diciembre, de los pequeños de la clase, y es fan incondicional de Luis y Raúl que son de enero, tienen seis años y los líderes de la clase. Sí, en infantil ya hay líderes. Diego solo quiere hacer lo que ellos hacen y jugar a lo que ellos juegan. Pero Luis y Raúl no quieren jugar con él, le pegan, le insultan y se ríen de él porque es más pequeño. Jessica, su madre, viene a hablar conmigo, está preocupada. Hablo con la psicopedagoga del centro que me dice que hay que intentar que jueguen todos juntos, ¿se puede obligar a alguien a querer estar con alguien? Hablo con la mamá de Luis. Me dice que todo lo que le cuento que su hijo hace y dice a Diego son las cosas que a él le hace y le dice su hermano mayor. El bullying comienza en infantil y yo estoy perdida. Ah, Diego tampoco quiere ir al cole.
Diego ahora tendrá nueve años y espero que no abuse de otros niños más débiles que él ni que nadie se ría de él, le pegue o le insulte a diario.
Desde hace un tiempo la palabra bullying está en boca de todos. Los coles hacen protocolos antibullying, los padres hablan seriamente con sus hijos, y mientras algunos niños siguen sufriendo esta lacra día tras día que se lleva todos los años la vida de unos cuantos.
El acoso escolar, como la violencia machista, ha existido siempre, solo que ahora gracias a los medios lo escuchamos más. Aunque rápidamente queremos etiquetar a la víctima y al acosador, la cosa no es tan sencilla. El niño que acosa es víctima a su vez de otros y sólo está repitiendo patrones para poder sobrevivir.
Tenemos que empezar a cambiar la visión del niño que se porta mal. Un niño que se porta mal no se siente bien. El bebé que muerde a otro bebé en la escuela infantil quizá eche de menos a su madre y aún no sabe comunicarse, el niño que pega a su madre quizá está celoso de su hermano y no sabe expresarlo con palabras. El niño que acosa a otro es víctima también del sistema y está sufriendo.
Vivimos en un mundo violento y los niños reciben esa violencia de la televisión, de la calle y de nosotros. Cuando insultamos a la vecina, o al conductor del coche de al lado. Cuando les gritamos o insultamos a ellos o a nuestra pareja. Cuando nos reímos de alguien que sale en la tele. Todo lo ven y todo lo van a repetir. Los niños lo absorben todo, lo bueno y lo malo.
Detrás de un niño que hace bullying puede haber mil cosas, un padre que maltrata a su madre, un hermano que le acosa a él, una crianza muy autoritaria basada en el miedo. Al final ese niño se siente muy inseguro y necesita acosar a otros para volver a sentirse fuerte porque le han hecho sentir pequeño.

Por tanto, vamos a proteger siempre a la “víctima” , sí, pero no nos olvidemos de que el que acosa necesita también ayuda y que castigarle, regañarle, humillarle, no hará mas que hacerle sentir peor y eso empeorará el problema. Y no olvidemos que si los niños son violentos lo han aprendido de los adultos. Así que si hay un culpable aquí, somos nosotros.  

LAS MALDITAS FICHAS

“Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño” M.Montessori

Pablo tiene tres años y unos ojos grandes preciosos. Es un niño travieso y divertido. No le interesa absolutamente nada más en la vida que jugar con sus amigos, como es lógico y normal. Su profe me dice que está muy cansada de él, porque lleva una hora delante de una ficha y no ha empezado a hacerla. ¡Una hora! Pablo está llorando. Le veo y se me parte el corazón. Me bloqueo y no se qué decir. Ya nos lo han dicho cien veces desde dirección: las fichas tienen que salir hechas. Pablo hay días que tampoco quiere ir al cole.
Ahora Pablo tendrá unos 7 años y espero que en su escuela hayan desaparecido los libros de texto, aunque sé que estoy pidiendo demasiado.
Definitivamente hemos perdido el norte. Nos estamos cargando el aprendizaje. Pensad por un momento en un niño de dos años. Los niños nacen con un instinto de querer descubrir y aprender todo, pero con cosas como esta no hacemos mas que conseguir que lo odien, que no quieran ni les interese nada relacionado con la escuela. Los niños pequeños necesitan descubrir el mundo de forma concreta, tocando, estando, experimentando, viviendo.
Las fichas, para el que lo desconozca, no dejan de ser hojas que rellenar poniendo una pegatina, uniendo dibujos o escribiendo algo. Es, entre muchas otras, una de las cosas más absurdas que me he encontrado en la escuela infantil. Realmente el que piense que un niño va a aprender lo que es grande y pequeño, poniendo una pegatina en una hoja, es que desconoce muchísimo cómo aprende un niño.

¿Conocéis a alguien que no sepa lo que es un círculo? Yo tampoco. Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto en que los niños aprendan cosas que de sobra van a aprender sin nosotros? ¿No será que tenemos que demostrar como maestros que estamos haciendo algo?
Muchas escuelas como a la que iba Pablo, tienen acuerdos con las editoriales que les obligan a tener libros de texto con fichas. Me gané más de una charla por permitir que los niños las hicieran rápido y muchas veces mal para poderse ir a jugar. Los padres estaban pagando esos libros y había que tomárselas en serio. Pero en mi fuero interno no podía martirizarlos con algo que sabía no solo que no les gustaba, y no servía para nada, sino que además era perjudicial para su aprendizaje. Les estaba robando el placer de aprender.
Los niños aprenden todas esas cosas que queremos enseñarles, a pesar de nosotros. Las aprenden en las conversaciones, haciendo cosas, en la vida misma. No necesitan ninguna ficha. Ellos traen todo el potencial para aprenderlas. Nos empeñamos en meter con calzador los colores, las estaciones, los animales… con canciones, juegos, bits de inteligencia… Cuanto más estrambótico mejor, como si nos fuera la vida en ello, como si no fueran a aprenderlo si no lo hacemos. Y no, no lo necesitan. Lo van a aprender. Confiemos un poco más en los niños. Les estamos tomando por inútiles.  

TATUAJES Y TDAH

“Todos somos genios, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil” Albert Einstein
Rober tendría unos once años cuando yo empecé a darle clases particulares. Era de los que suspendía varias asignaturas, le aburría profundamente el colegio y no prestaba atención a nada de lo que allí le contaban. Yo hacía lo que podía. Los profesores le dijeron a sus padres que tenía TDAH (hiperactividad con déficit de atención). Empezaba a estar de moda el diagnóstico. En el momento no me di cuenta, (yo era una adolescente que ni había comenzado a estudiar magisterio por aquel entonces), pero Rober no tenía ningún trastorno, lo que tenía era un don. ¿Cómo sino un niño supuestamente con problemas de atención, podía pasarse horas (literalmente) delante de un folio, y otro, y otro más, haciendo dibujos, con una calidad y un entusiasmo dignos de admirar? Ingenua de mí, cometí un error. Llegó justamente a mis manos un absurdo libro sobre como medicar a los niños con TDAH y tuve la brillante idea de dárselo a su madre. Ella, mucho más sabia que yo, me dijo que prefería no darle ninguna cosa a su hijo. Rober tampoco quería ir al cole.
Hoy Rober es un gran tatuador y gana premios en los concursos a los que asiste. Donde mucha gente vio un fracasado, había alguien con talento que no sólo tiene éxito sino que tiene algo de lo que muy poca gente puede estar orgullosa. Un trabajo que le apasiona. Esto fue posible gracias a unos padres que nunca le dieron mucho valor a las notas, que lo apoyaron siempre en su sueño y que vieron algo más en él que los profesores con los que se cruzó. Porque la escuela es válida para algunos, pero se puede cargar a muchos otros, y de esos solo algunos sobreviven. Rober fue un superviviente.
A lo largo de mi experiencia posterior como maestra de infantil, me volví a encontrar con muchos niños a los que se les había diagnosticado TDAH. algunos medicados. Es una auténtica plaga. Medicar a los niños (con los efectos secundarios que tiene) para que encajen en un sistema que no hace nada para que todos los niños encajen en él me parece un horror. Como hay niños que se mueven, se levantan, preguntan y molestan mucho, en vez de hacer una reflexión de cómo podemos ayudarles, les damos algo que los apacigüe y así todos podemos seguir haciendo las cosas igual de mal, sin que se note.  
La comunidad científica está dividida entre los que creen que existe este trastorno y los que no. Yo me posiciono en contra de un trastorno que existe porque existe la escuela tal como es. Si se comprendiera que cada niño aprende de diferente manera, y que sus necesidades y aptitudes son distintas, dejarían de tener sentido las etiquetas y sólo habría que darle a cada uno lo que mejor le va.
Me puse bastante triste, cuando me enteré que Andrea, una antigua alumna mía, estaba siendo medicada. Fui a visitarla y ya no era ella. Me impactó. Sus padres estaban contentos porque en clase los profes decían que estaba mucho más tranquila. En verano no la medicamos, me dijeron, no hace falta. Esa frase lo explicaba todo. La medicación es para ir al cole, porque el problema no era de Andrea, es del cole.

LA OBEDIENCIA

“Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer” Mahatma Gandhi

 
Mario tiene 5 años y ya no sabemos que hacer con él porque no hace caso. Es muy nervioso, cuando hay que sentarse se levanta, cuando hay que escuchar habla, cuando hay que estar quieto corre. Es cierto que es desesperante porque es complicado con 25 niños. No obedece a nada y mira que se lo hemos dicho veces… Hemos hablado con sus padres, con la orientadora pero la verdad es que llevo ya tres años con él y siempre ha sido así. Hay compañeras que se lo toman como algo personal y piensan que es un niño malo sin más, yo simplemente creo que es pequeño y quizá les estamos exigiendo demasiado. Mario no quiere ir al cole.
Mario ahora tendrá nueve o diez años y sólo espero que siga siendo igual.
Nos han vendido la moto de la obediencia y nos la hemos creído. Ser obediente no es un valor. Se nos llena la boca hablando de ser adultos libres, de saber decir que no, no dejar que nadie te pase por encima, saber ganarse el respeto, cuestionarse las cosas y resulta que educamos a los niños para todo lo contrario. Queremos que hagan caso, a la primera, y mira que nos demuestran una y mil veces que no lo van a hacer, que aún así no los escuchamos. 
 
Me arriesgaría a decir que la gran mayoría de adultos piensan que los niños no obedecen y pocos son los que se cuestionan que quizá si todos los niños desobedecen igual nos están queriendo decir algo. Tantos niños desobedeciendo no pueden estar equivocados. Igual nos están diciendo que no pueden obedecer a cosas para las que no están preparados, como estarse quieto si tiene cinco años durante veinte minutos. O que no quieren ahora callarse porque le están contando algo muy importante a su amigo. ¿Nos gustaría que nos mandaran callar a nosotros? No es para nada agradable. O simplemente que lo que les estamos contando: “esto es un círculo y este es el color rojo”, les aburre soberanamente.
 
Y si, es cierto que hay lugares en los que hay que estar callados y quietos pero la escuela infantil no debería ser ese sitio, sino todo lo contrario, un lugar donde poderse moverse y hablar. Además, ¿no queríamos que socializaran?, ¿no es eso acaso socializar? Ya llegara el momento en que los niños deseen ir a sitios a estar callados y escuchar por decisión propia porque les interesa lo que oyen o puedan esperar sentados en la sala del médico leyendo un libro.
 
No se aprende a estar callado y quieto, son aspectos que se adquieren con el tiempo cuando el niño está preparado y tiene madurez para ello. No se enseña a obedecer sino que uno se obedece a sí mismo en base a unos valores, (que sí hay que enseñar, pero simplemente siendo ejemplo) y con cierta edad. Ahora no debo comer esto que es insano, ahora debo salir a correr que me viene bien, ahora no voy a hacer lo que el jefe me dice porque es inmoral o injusto… 
 
Pensareis que hay niños que sí obedecen casi siempre pero no es lo ideal, no queremos niños sumisos que a todo digan que sí, que pongan por delante las necesidades del otro antes que las suyas propias. No es característica de un niño ser obediente y no debería serlo. Lo que debemos hacer como adultos es preguntarnos constantemente por qué me “desobedece” el niño, y así sabremos fácilmente qué es lo que necesita. Puede ser moverse, puede ser afecto, descansar… A veces podremos dárselo y otras veces no, pero al menos responderemos de diferente forma y veremos al niño de manera distinta si sabemos que no está portándose mal sino sólo diciéndonos qué es lo que le hace falta en ese momento. Porque lo que está claro, es que nosotros se supone que estamos ahí para responder a sus necesidades dentro de lo posible, no para que nos obedezcan y lo que un niño de 3 a 6 años necesita es moverse, es hablar, es curiosear, es preguntar, es jugar…

LOS NIÑOS QUE NO QUIEREN IR AL COLE

“Somos el único animal que despierta a sus crías” Andre Stern

Raquel tiene cuatro años. Se levanta a las seis, o mejor dicho la levantan. A las siete está en el cole, es de las que llega antes, tiene horario ampliado de mañana porque sus padres entran temprano a trabajar. Desayuna allí y espera jugando un poco con los otros madrugadores hasta las nueve que entran todos los demás. Raquel luego se queda dormida en la alfombra de clase durante la asamblea, si tiene suerte y le toca conmigo, que soy la blanda y la dejo porque me da lástima. Por las tardes el resto de niños se van a casa a las cinco, pero Raquel merienda también en el cole y se queda hasta las seis porque sus padres salen tarde de trabajar. Raquel no quiere ir al cole.

Raquel ahora tendrá ocho años ya y quizás no se acuerde de que no quería ir, o puede que aun siga sin querer, no lo sé, le perdí la pista cuando dejé aquella escuela. Las causas de por qué no quería ir son muchas y variadas pero lo que está claro es que Raquel tiene que ir como todos los demás, quiera o no, porque sus padres trabajan, para pagar cosas como el cole al que va Raquel. También para aprender, socializar y esas cosas… Pero sobre todo por eso, porque sus padres trabajan y sino ¿con quién se quedaría Raquel? Pero esto no fue siempre así. Vayámonos un poco atrás en el tiempo. Aunque nos cueste creerlo hubo una época en el que la escuela infantil no existía y los niños socializaban y aprendían a leer y a sumar sin problema. La introducción de la mujer en el mercado laboral trastoca un poco el sistema, ¿quién cuidará ahora de los niños? Aparece la escuela infantil, que primero fue un sitio en el que los niños jugaban como lo hacían antes en sus casas, sin fichas, sin tantas obligaciones, ni normas, ni deberes, ni fila india, ni es la hora de jugar… para poco a poco convertirse en lo que es hoy en día, un lugar al que muchos niños no desean ir, donde cada vez antes se impone que aprendan cosas, donde cada vez hay menos tiempo para el juego libre (ya hasta en el patio se propone hacer juegos dirigidos, no vaya a ser que los niños no sepan a qué jugar), donde premia la competitividad y la obediencia por encima de todo. Un lugar que no bastaba con ser un espacio de juego, que tenía que ser productivo, donde los niños hicieran algo útil, ¿útil para quién? ya que jugar debe ser que no lo es. Pero un lugar obsoleto para el siglo en el que vivimos, que no responde a las necesidades reales de los niños, que todos sabemos que tiene que cambiar pero no sabemos cómo exactamente. Que cada vez se parece más a la escuela primaria, cogiendo todo los aspectos negativos de ésta, dónde todo viene impuesto y hay poco espacio para la creatividad, el interés, la reflexión, el descubrimiento. Donde el adulto es el que tiene el saber y los niños han de escuchar para después comprobar si han aprendido lo que se supone tienen que aprender.  En definitiva, un lugar que necesita revisarse. Hagámoslo.